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Foro de USTEA. Cuestiones no educativas => El Recreo => Mensaje iniciado por: kermit en 18 Agosto, 2014, 08:50:21 am

Título: SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 18 Agosto, 2014, 08:50:21 am
Supongo que con la cantidad de personas que andamos rondando por el foro, tal vez, y sólo digo tal vez, haya alguien a quien le suceda como a mí. Tal vez, alguien necesite expresar, y necesite sacar fuera y necesite dejar salir al exterior. Yo sí lo necesito. No siempre. En momentos puntuales, tal vez. Pero siento que debo hacerlo y cuando eso pasa me encuentro mucho mejor alejando de mí esa sensación indefinible de querer.... "vomitarlo".

El foro y el anonimato es un buen lugar para vaciarse. Suena a cobardía, lo sé. Pero es que yo lo soy  ;)

Este espacio quisiera sirviera para eso.... para quien quiera usarlo.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 18 Agosto, 2014, 08:54:37 am
SOLO LETRAS

                                            Otra página en blanco más que se iba convirtiendo paulatinamente en un rastro de letras al azar que conseguían sacarme de mi estado de nerviosismo. Mis manos necesitaban teclear, tenían que escupir palabras y frases, línea tras línea, dando forma al esqueleto de lo que parecía sería una nueva historia de la que aún nada conocía. Empezaba bien, me animaba sólo con saber que estaba en camino hacia alguna parte por mucho que desconociera mi destino. Y eso le daba emoción. Me dejaba guiar por mis pensamientos que surgían libremente sin yo llamarlos ni empeñarme en buscarles sentido alguno. Ya vendría después la autocensura y cortaría de aquí y de allá aquellas palabras que no encajaran o aquellas expresiones que no fueran coherentes o aquellas comas, puntos y demás signos de puntuación inadecuados o fuera de lugar.

                                      Así era como empezaba todo. Un súbito arranque, una sensación de necesidad, un desasosiego, un querer expresar, un sacar fuera. Me sentaba delante del ordenador casi por obligación. Me atraía y me llamaba para que me sentara allí, a su lado y empezara a escribir o, más bien, a teclear. Ya surgiría algo válido a lo que ir dando forma. Y así, poco a poco y letra a letra, emergían historias, anécdotas, algunas rimas, pequeñas bromas o simplemente pensamientos a medio camino entre la realidad y la ficción. Todo cabía una vez me disponía a escribir. Ya no era yo sino  un cuerpo que se dejaba llevar, como poseído por no se sabía qué fuerza que me empujara a seguir hasta que las palabras dejaran de brotar. Entonces, paraba, como perdida, aturdida, y leía lo que había surgido de mis dedos. Muchas veces me extrañaba de lo que allí ponía, otras, en cambio, me reconocía entra esas líneas que parecían diligentes  hormigas caminando hacia su hormiguero. Y tras esto, la pausa, una especie de tregua o de paz falta de equilibrio verdadero puesto que sabía que en otro momento volvería a mí esa ansiedad y esa necesidad de vaciarme.

                               Pero hasta entonces, estaría dos o tres días revisando y releyendo aquel galimatías, aquella maraña de letras unidas unas a otras por no se sabía muy bien qué razón. Y nunca sabría cómo surgieron ni qué causó su aparición. Sólo aparecen sin más, cuando así lo deciden ellas, para desaparecer igual que surgieron, por sorpresa, casi a traición. Y entonces, me dejan extraña, con una sensación de vacío o de ausencia de algo que no puedo definir claramente. Lo único de lo que soy consciente es de que ya no están. Ha desaparecido ese ímpetu, esa energía creadora generadora de toda una serie de alocadas y desordenadas ideas que acaban cohesionadas en una especie de todo muy singular.

                                 Cuando esto pasa, no entiendo cómo es posible que de mí hayan salido esas elucubraciones. Me sorprendo al releerme y busco una forma de continuar, no siempre con éxito, la historia así empezada. Pero cuando lo vuelvo a retomar, no siento el mismo ánimo y las palabras no vienen a mí con facilidad, me resultan esquivas y desafiantes. Entonces dudo, repaso lo leído de nuevo, avanzo a trompicones y acabo borrando la mitad de lo escrito por no considerarlo apropiado. Y así, una vez más, vuelvo a empezar el proceso, en el mismo punto donde lo dejé pero con la sensación de que me han cargado a mí el muerto de rematar  una faena que me viene grande y que no sé ni cómo  concluir ni cómo eludir.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Agosto, 2014, 15:16:21 pm
LA PUERTA

                                     Había abierto la puerta. Pero ahora no sabía si la traspasaría o no. Una puerta abierta ofrece todo un mundo de posibilidades pero, por otra parte, había que sopesar la conveniencia o no de dejarse tentar. Nunca se sabe lo que puede una encontrarse al otro lado y eso es lo que  hace el paso tan emocionante y atractivo. No quería resistirse. Ya llevaba mucho tiempo castigada y estaba cansada de permanecer amordazada. Sabía que tarde o temprano tendría que salir a explorar de nuevo, no podría permanecer allí encerrada para siempre. Tal vez hubiera llegado el momento o tal vez no. Las dudas, siempre al acecho, la retenían al otro lado como un amante despechado.

   Quizá si sólo asomara para ver qué luz llegaba del otro lado, qué sonidos, qué sombras, qué corrientes de aire…. Pudiera ser que estuviera en el lado equivocado y traspasar aquella puerta fuera su liberación. O también era posible que no tuviera efecto alguno y sólo fuera una puerta tránsito hacia otras donde de nuevo tendría que enfrentarse a la decisión de elegir una de ellas para abrirla, o no; lo que supondría  otro esfuerzo más, otro reto que superar.

   No lo pensó más y avanzó. Ya estaba al otro lado. Y no notaba cambio alguno. Ociosa y aliviada, recorrió aquel nuevo espacio para reconocer sus límites. Es lo primero que hacía siempre que tropezaba con algo nuevo: conformar el perímetro en el que poder moverse para posteriormente apropiarse de él. No en el sentido estricto. Nunca en el de dominio y pertenencia. Más bien era un acomodarse, un sentirse a gusto para disfrutarlo si ese era su deseo.
El que ahora exploraba era un espacio neutro, minimalista, con pocas novedades. Luz tenue, casi apagada. Un largo pasillo que no parecía acabar surgía a su izquierda y unas escaleras de madera ofrecían la posibilidad de ascender a otra planta en la que seguir investigando y curioseando. Esas, decidió, las dejaría para más tarde. Ahora se concentró en un objeto que se encontraba a medio camino entre las escaleras y el pasillo, como dejado caer allí al salir de forma precipitada desde una a la otra dirección.

   Un libro. Bien. Lo recogió con mimo. Acarició su cubierta y retiró la suciedad acumulada para descubrir una imagen poco precisa de colores suaves sin forma definida. Lo mismo podía ser un campo de amapolas que un cielo estrellado. No había título. Por no haber no había ni letras. Era pesado, para lo escueto de sus páginas. Manejable. Podría tratarse de un diario con formato casero, elaborado tal vez como tarea o trabajo de clase. Antes de abrirlo pasó los dedos por sus hojas rasgándolas suavemente como se haría con las cuerdas de una guitarra para comprobar si está afinada. Lo acercó a su cara y dejó que el olor la inundara y provocara algún tipo de imagen o le hiciera rememorar alguna experiencia pasada. Un olor tenue como de hojas secas le hizo pensar en un día gris en el que sentada a la entrada de un cine mientras observaba con detenimiento cómo una niña jugueteaba con un montón de hojas caídas. Ella misma había jugado así cuando era pequeña, y no tan pequeña. Le gustaba despertar el rumor de las hojas de otoño al ser pisadas y contemplar su baile oscilante al ser lanzadas al aire.

   Repasó las páginas en una lectura rápida y analítica tratando de hacerse una imagen de la persona que lo había escrito. La escritura era bastante lineal. Buenos márgenes. Letra no muy abigarrada. No especialmente ordenada pero clara e inteligible. Estaban escritas casi la mitad de las páginas en lo que parecía seguir un esquema o pauta definida: Introducción, con fecha, hora y lugar; Observaciones sobre lo que captaban sus sentidos; Análisis de la situación; Alternativas posibles.
La última entrada era de hacía casi un año. Y luego nada más. Páginas en blanco con el reborde amarillento. Lo guardó para leerlo más tarde, siempre era interesante descubrir otros mundo vividos o imaginados por otras personas.
   
   Subió las escaleras en busca de más rincones que despertaran su interés y se encontró con otro espacio totalmente diferente. Había mucha luz que entraba por una ventana, abierta. Se asomó de inmediato y dejó que la brisa se paseara por sus mejillas y su frente. El campo abierto se extendía frente a ella  y no dudó en salir por la ventana para pisar esa hierba salvaje que  parecía invitarla a ser pisada. Se descalzó y dejó que la alfombra verde pusiera suavidad y frescor a su caminar, que le llevó hasta una zona en sombra con un tronco cuidadosamente colocado en el suelo, como dispuesto para sentarse en él. Se acomodó allí. Entonces, abrió el libro y empezó a leer.
“23 de agosto de 2013. 2:35. Miércoles. Pasillo izquierdo. Apenas hay cierta claridad. Ningún sonido o aroma perceptible. Siento curiosidad y cierto recelo. Acabo de atravesar la puerta. Te espero. Tú también vendrás……..”
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 20 Agosto, 2014, 17:53:51 pm
                                      ¿Merece la pena? Daba vueltas a esa idea mientras fijaba la mirada en lo que tenía frente a sí sin darse cuenta de que la observaban con gesto desafiante desde el otro lado de la calle. Comprendió que le hablaban cuando ya era demasiado tarde para reaccionar así que su acompañante respondió por ella haciéndose el desentendido y dejando ver  que no se encontraba muy bien y que por eso había hecho caso omiso a la provocación.

No, no se encontraba muy bien. Seguía dando vueltas a aquella pregunta que alguien había lanzado al espacio virtual en uno de esos momentos en los que tras reflexionar pausadamente, o no, se replantea el sentido de lo que hace. Por supuesto, era una pregunta retórica que no requería respuesta. Y aunque estuvo tentada de hacerlo, lo dejó pasar por la futilidad del intento. ¿Qué cabía decir cuando en el mismo planteamiento se respondía a sí mismo?
Sin embargo, aquella pregunta le llevó a sumergirse en sus propios pensamientos. Y allí seguía planteándose una y otra vez la misma cuestión, de forma reiterada y repetitiva como esperando a que el eco le devolviera en algún momento una solución que sabía no llegaría.

   No sabía si merecía la pena o no. Ya no sabía nada. No pensaba. Solo se dejaba llevar. Los acontecimientos acabarían desembocando en algún punto sin retorno que seguramente no le gustaría y que no sería capaz de afrontar.  Bajó la cabeza con desgana dejando caer el peso de su cuerpo sobre su espalda.
Notó que le tiraban del brazo y le animaban a levantarse de donde estaba. Como una marioneta, se dejó llevar. Trataba de concentrarse en lo que le decía su acompañante pero no podía; cada dos o tres frases se perdía de nuevo en sus retorcidos planteamientos. Retorcidos porque de tanto darles vueltas y más vueltas ya no sabía por dónde cogerlos. Ya no sabía si aquello era como lo pensaba, si lo soñaba, si solo era una alternativa posible o si en algún momento había sido algo real.

   Esta vez se esforzó de verdad en no perder ni una sola palabra de lo que le decían. Afortunadamente, se acababan de encontrar con otra amiga que de inmediato se unió a la conversación y le posibilitó evadirse de nuevo a rumiar en soledad la que empezaba a ser su nueva y única pregunta favorita. ¿Acaso merecía la pena malgastar tantas energías en algo que no le aportaba sino dudas y decepciones? Parece ser que sí, porque allí seguía.

   Entonces escuchó algo que le sacó de su ensimismamiento. Alguien había hablado de “Baraka”… Aquello atrajo su atención de inmediato porque su primo trabajaba allí y quería saber si le había pasado algo. Dejando a un lado su desastrosa vida interior cortó ansiosa la conversación de quien hablaba en ese momento. “Perdona - interrumpió- ¿Qué has dicho? ¿Le ha pasado algo a alguno de los que trabajaban allí?

Más tranquila una vez que le aseguraron que no había pasado nada, mas que un extraño personaje se había dejado caer por allí y había armado algún revuelo por culpa de una ginebra mal elegida, la conversación siguió sin mayor trascendencia. Aún así, se acercó por el bar a ver a su primo para que le explicara mejor qué había ocurrido.
El bar en el que trabajaba su primo Ander le pillaba de camino a casa y hacía tiempo que no se veían así que era una excusa perfecta para entrar. No es que necesitara ninguna excusa pero aquello reforzaba su decisión. Le encontró con los codos apoyados en la barra y su barbilla sobre las manos, con aire pensativo y distraído. No parecía muy alegre pero cuando ella le saludó su cara cambió de ánimo y mostró una de sus características y pícaras sonrisas que tanto le hacían reír por lo falso  y exagerado de la pose.

   Antes de poder decirle nada, le soltó de sopetón… “Sabes; estaba pensando si realmente vale la pena. ¿Tú crees que realmente vale la pena seguir aquí? Podría irme a vivir con mi hermano y buscar algo por allí.” Ah, de nuevo esa pregunta. El asomo del inconformismo ante una situación que ya no se percibe tan deseable como en un principio se imaginó. El final de un ciclo y el renacer de otro que nos empuja hacia otros horizontes que se nos antojan más prometedores. Vanas ilusiones de un deseo ingenuo por alcanzar una utopía esquiva, huidiza, pasajera y efímera, pues una vez conseguida se verá al momento reemplazada por otra.

   Permanecieron en silencio, haciéndose mutua compañía. No había nada que decir. Mañana o esa misma tarde ya habrían olvidado sus cuitas y estarían enredados en uno de los múltiples proyectos que tenían  siempre en mente.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 23 Agosto, 2014, 16:45:01 pm
EL EXTRANJERO

              Cuando escuchó el timbre de la puerta no imaginaba en qué medida lo que iba a suceder a continuación influiría en el resto de su vida. Y si alguien se lo hubiera contado con anterioridad a ese momento concreto en que se levantó de su asiento para acudir a la llamada, no habría podido explicarle cómo aquel simple hecho podría ser el causante de los cambios que se avecinaban. Una llamada equivocada. Eso era todo. O no.
Eso parecía, al menos. Una simple equivocación cuando se estaba buscando a un amigo del que hacía mucho tiempo que se había perdido el rastro y a quien el discurrir de la vida había vuelto a llevar a la localidad natal. Un intercambio de frases cortas y una despedida decepcionada habían dado por terminada aquella conversación con un chico de unos treintaitantos años, pelo corto, acento extranjero, bien vestido y educado.

   Se sentía un poco decepcionada ella también. Al joven se le veía tan ansioso por reanudar aquella amistad que se había reprochado el no haber podido darle  información alguna que le fuera de utilidad. Pero no tenía nada que ofrecerle porque ella se había mudado hacía poco a aquella casa  y no conocía apenas nada de la nueva ciudad donde había sido destinada. Su trabajo le había impuesto un cambio de residencia y allí estaba ella, perdida en medio de aquellas calles que le parecían todas iguales y que con frecuencia equivocaba. Hubiera preferido una zona más despejada y con menos tráfico, alejada del centro; por la periferia, más cercana al campo. Tal vez algo que diera a un extenso horizonte. Pero no había tenido otra opción y se tuvo que conformar con ese pequeño ático. Al menos, la vista estaba bien, se dijo con ironía; un mar de azoteas y tejados a su alrededor repletos de ropa tendida, antenas y soledad.

   Se hacía tarde y tuvo que darse prisa para coger el bus. Ya estaba cerca y pudo ver cómo el autobús  estaba empezando a cerrar las puertas así que trató de retenerle llamando su atención con un desesperado “No dejen que se vaya” lanzado a los pasajeros que quedaban en tierra para que avisaran a quien estaba al volante; pero no hubo suerte. Llegó sin aliento y con el tiempo justo para verle la cara antes de que se cerrara la puerta. Miró cómo se alejaba de la parada mientras trataba de contener su furia. No empezaba bien el día.
Todavía no controlaba muy bien el horario de llegada, era normal. Apuntó mentalmente que debía salir antes y enfiló sus pasos calle abajo hacia su nuevo “centro de actividad deportiva” como lo denominaba burlonamente ante sus familiares para dar a entender que aquello más que un trabajo era un continuo ir y venir de una mesa a la otra portando recados, paquetes, cartas u otros materiales. Era la recadera de la oficina porque como era la última que acababa de incorporarse aún no habían definido su tarea por lo que se pasaba el día ejerciendo de “ayudante” del resto del personal. En realidad no le importaba ni mucho ni poco. Así tenía la oportunidad de ir conociendo a las personas con las que tendría que trabajar y convivir a la vez que se dedicaba a realizar un trabajo bastante relajado y que le permitía observar los movimientos estratégicos que realizaban los distintos grupillos  que se reunían alrededor de la puerta de entrada donde salían a fumar o simplemente a desahogarse.

   Y fue en uno de esos grupillos donde escuchó mencionar la historia del chico que tuvo que irse porque, según contaba la gente del lugar, había golpeado brutalmente a su amigo y le había dejado tendido en el suelo huyendo hacia no sé sabía dónde. Lo encontraron unos minutos más tarde una pareja de  ancianos que paseaban frecuentemente por allí. De no ser por ellos, posiblemente habría muerto desangrado. Estaba inconsciente y malherido cuando descubrieron su cuerpo tendido en el suelo. Nadie se explicaba lo sucedido. Eran muy amigos y siempre se les podía ver juntos y bien avenidos. Una vieja historia que volvía a circular de boca en boca puesto que habían visto, según rumoreaban los vecinos más antiguos, cómo un extraño había rondado cerca de la casa de los Santos.
No le dio tiempo a  escuchar nada más porque el corrillo se disolvió con la última calada de quien estaba contando la historia.

   De vuelta a casa, quiso indagar más sobre aquello. No tenía nada mejor que hacer y sería una buena forma de “mimetizarse” con el entorno. Preguntó en el Quiosco de la esquina, donde solía comprar el bonobús, acerca de la casa de los Santos. El quiosquero se mostró entusiasmado de poder contarle cuanto sabía: Pablo y Miguel, que era como se llamaban los dos amigos, que por aquel entonces tenían diecisiete y dieciséis años, habían protagonizado una historia de lo más extraña; Una casa deshabitada donde solían realizar pequeñas incursiones  y que utilizaban como especie de cuartel secreto; La tarde en que se encontraron a Miguel malherido con múltiples moratones y evidentes señales de violencia; Cómo los ancianos describieron a un chaval de unos diecisiete años huyendo por el muro (descripción que encajaba a la perfección con Pablo); La recuperación de Miguel y el mutismo de la familia respecto a lo sucedido; El traslado de la familia a no se sabía qué otra ciudad y de la que nunca nadie había vuelto a tener noticias.
El quiosquero no había parado de hablar en todo el rato, mientras despachaba a las personas que  acudían allí a comprar alguna chuchería, revistas o refrescos. Algunas hasta habían participado en la conversación poniendo su propio toque personal a una historia ya de por sí bastante curiosa. Por lo que contaban, el tal Pablo, en un ataque de rabia, habría golpeado a Miguel con algún palo que probablemente habría encontrado en la casa abandonada. El motivo, no se sabía. Algunos apuntaban  que era por cuenta de un dinero que le debía; otros pensaban que era por celos (últimamente estaban más distanciados desde que Miguel tenía novia); Los más arriesgados aseguraban que había drogas por medio. Lo cierto es que nadie sabía decir qué pasó.

   Por supuesto, hubo una investigación policial que tuvo a todo el barrio murmurando y rumoreando sobre las diversas posibilidades largo tiempo, pero se abandonó con el tiempo por falta tanto  de testigos como de pruebas. Hasta la propia familia del agredido había declinado denunciar. De eso hacía ya casi veinte años. Nadie hablaba de ello. Nadie hasta ahora, que volvían los rumores y las conversaciones a media voz por la llegada de aquel extranjero que se paseaba por el barrio sin hablar con nadie. Solo con ella, al parecer.

   Al acercarse a su portal, encontró al chico sentado en un banco cercano. No es que la estuviera esperando; más bien parecía que, cansado de tanto caminar, hubiera decidido pararse allí a descansar. Estaba sumido en sus propios pensamientos y su gesto era serio. No, no mostraba  actitud de estar esperándole a ella, ni a ninguna otra persona.
Se acercó a él por curiosidad, suponía, o tal vez por sentimiento de empatía o, por qué no, por pura atracción física. No se sentó a su lado de inmediato sino que mientras se aproximaba a él, como tanteando, le dirigió un saludo que no obtuvo respuesta. Tuvo que acercarse aún más para que reaccionara y levantara la vista hacia ella. Parecía muy cansado y con el ánimo apagado. Aquello le hizo sentir un repentino arranque de sentido protector que cortó en  seco con una prudente advertencia. “No seas imbécil y  déjate de instintos protectores que a saber quién es este y qué quiere”.
Esperó a que le invitara a acompañarlo antes de sentarse a su lado.

   Durante un tiempo estuvieron hablando de convencionalismos sobre el trabajo, el día a día; lo normal en una conversación intrascendente entre extraños. ¿Qué otra cosa iba a decir?¿Que si era ese Pablo del que todo el mundo hablaba? Y, en ese caso… ¿Podía explicarle o aclararle qué había pasado aquel día? ¿Sería tan amable de saciar su curiosidad?
Eso pensaba ella mientras él le hablaba de cuánto había cambiado el barrio, que apenas reconocía. Tuvo que marcharse precipitadamente hacía mucho tiempo y los espacios por los que sus recuerdos solían pasear en nada se asemejaban a los que su vista le ofrecía.

Ah, esa era una buena manera de empezar a indagar sin resultar excesivamente ansiosa por conocer; le preguntó de manera un tanto descuidada, como si no le importara la respuesta en realidad y solo tratara de mostrase amable,  cuál fue el motivo por el que tuvo que irse. Notó que la miraba fijamente mientras dudaba si responder o no. Ella no se atrevió a levantar la vista del suelo, como si hubiera sido pillada en una falta y sintió que se le encendían un poco las mejillas. Seguramente había cometido una imprudencia que dejaba a las claras su falta de tacto.
Permanecieron callados aún un buen rato más; Uno, mirando hacia un punto fijo al frente, luchando con sus propios recuerdos; la otra sin atreverse a hacer el más mínimo movimiento, cabizbaja y con la vista clavada en el suelo. Al fin, Pablo (si, era él, se lo había confesado), se decidió a hablar. Le contó aquello que quería saber, se vació del todo; no omitió detalle. Era tanto el tiempo que llevaba con ese secreto dentro sin saber qué hacer con el que necesitaba desprenderlo de sí mismo para, por fin, quedar en paz con su pasado.

   Pero su historia, como suele suceder, no tenía nada que ver con las habladurías de la gente del lugar. Nada de golpear a su mejor amigo; Nada de salir huyendo; nada de drogas. Fue una simple historia familiar que le pilló a él en medio. El padre fue el culpable de todo  aquel enredo. Nunca quiso que su hijo  se juntara con aquella muchacha y menos que la dejara embarazada. Era un hombre agresivo, no atendía a razones.
“Aquella tarde vino a buscarnos a la vieja casa abandonada. Esperaba que yo le ayudara a convencer  a su tozudo hijo de la locura que estaba a punto de hacer”. Era absurdo, decía, querer responsabilizarse de ese futuro bebé. Y, además, seguro que no era ni hijo suyo. A saber con quién  habría estado aquella chica, que ahora quería resolver el asunto responsabilizándole a él porque sabía que su padre era un importante empresario y era una buena forma de asegurarse una bonita casa donde vivir sin necesidad de preocuparse por el dinero. No estaba dispuesto a tolerar aquello.

   Miguel no pudo aguantar más y saltó sobre su padre en un estallido de furia ciega arremetiendo a puñetazos contra él. Su padre, que no se arredró en absoluto, no solo lo contuvo sino que además le golpeó varias veces con el bastón que solía llevar últimamente para salir a pasear. Yo traté de separarlos pero era inútil. Miguel descargaba toda su rabia contenida contra ese padre que desde pequeño había controlado su vida a base de agresiones físicas y verbales. Nadie lo sabía porque Miguel se encargaba de aparentar una imagen de familia normal e incluso feliz. Nadie sabía las noches pasadas en la soledad de su cuarto tragándose la impotencia que aquel padre le causaba. Nadie excepto él, Pablo.

   Su padre había arreglado todo para que yo pudiera irme a estudiar fuera, callar a mi familia y borrar las huellas de su vil y rastrero acto. Nosotros no teníamos muchos recursos y él era un hombre poderoso y conocido en la zona como padre de familia ejemplar. ¿A quién iban a creer? ¿A mí, que no era más que un despreocupado e indolente muchacho que no tenía dónde caerme muerto?
Me sentía tan avergonzado por no haber podido ayudar a mi amigo que ya no tenía voluntad ninguna y me dejé llevar aconsejado por mi familia quien entendía que podía ser una buena oportunidad para mí la de marchar al extranjero a realizar diversos cursos y poder buscarme mejor futuro que el que ellos podrían proporcionarme. Además, existía la posibilidad de que se tomaran represalias sobre mi familia ya que trabajaban en la fábrica  que su padre tenía en funcionamiento en la ciudad. Aquello le superaba y no podía hacer nada por evitarlo. No volvió a ver a Miguel nunca más pero su mala conciencia y el reconocerse un cobarde le habían llevado de nuevo a buscarlo, era como una herida siempre abierta que le impedía seguir su camino. Buscaba redimirse, un gesto que le ayudara a cicatrizar aquella llaga.

   Tras varios minutos hablando sin parar, Pablo permaneció en silencio, como agotado tras el esfuerzo realizado. Sin embargo, no pasó mucho rato antes de que se dirigiera de nuevo a su interlocutora, esta vez con más calma. Ella le miraba de reojo porque no se atrevía a sostener su mirada, abrumada como se sentía por lo dramático de la historia. Pablo le estaba contando cómo habían transcurrido esos años en el extranjero apartado de todo cuanto conocía y con la necesidad de olvidar. Pero hacía cosa de tres años ya no había podido aguantar más la falsa situación y se había dedicado a investigar por internet y en diversos periódicos sobre la vida del famoso empresario cuya estrella iba en aumento y no dejaba de obtener beneficio tras  beneficio. Así es como le había encontrado a ella.
Esto sí que no se lo esperaba. Se giró en redondo hacia él y le dirigió una mirada interrogadora y profunda que hizo que el joven se sintiera incómodo. No pensaba que reaccionara de esa manera. En realidad no sabía cuál sería su actitud cuando le contara el resto de la historia. Pero tenía que hacerlo. Estaba decidido. Cuando volvió a hablar fue para excusarse. “Siento no haber sido muy sincero contigo, Ana”.

   Ana le miraba asombrada, sin saber qué pensar de ese chico bien parecido que parecía realmente avergonzado de su conducta. Sabía su nombre, ¿Qué más sabría de ella? Empezaba a comprender. ¿Realmente habría sido una equivocación el hecho de que hubiera llamado a su puerta? ¿Y qué querría de ella? Automáticamente desconfió de él y lo mostró con un claro gesto de protección cruzándose de brazos y apartándose ligeramente de su lado.
“Entiendo que no quieras escucharme y desconfíes de mí. No he sido claro desde el principio. Debí advertirte”. ¿Advertirle? ¿Advertirle de qué? Aquello se complicaba cada vez más y Ana se sentía cada vez más confusa y con ganas de salir corriendo de allí. Pero no tuvo tiempo, Pablo ya le había dicho lo que provocaría el derrumbe de su vida anterior. “Es tu padre”.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 05 Octubre, 2014, 18:01:15 pm
Hoy es uno de esos días. Mi necesidad me lleva a sentarme y teclear. Da igual el principio y da igual lo que sigue porque todo acabará conformando una historia desigual que me resulte coherente en función de no sabré qué finalidad. Sólo debo dejarme llevar. Ya saldrá lo que deba ser. Tal vez más filosófico de lo esperado o tal vez dramático o quién sabe si histriónico. Siempre empieza igual. La necesidad de hacer. La necesidad de escribir.

Pero, cada vez que me pongo a ello, se agota en breve la energía creadora y acabo perdida entre tanta letra sin sentido, acorralada por su negro caminar. Una pausa y vuelta a empezar. ¿Qué quiero esta vez? ¿Qué busco? ¿Qué necesito? ¿Por qué a través de un medio que me resulta tan extraño? Las letras nunca han sido buenas compañeras. Siempre las he desdeñado y las he usado a mi manera, sin ningún cuidado ni esmero. Las he destripado, roto y hasta vuelto del revés. Me he reído de ellas y  las he dejado a medias de decir o de escribir sin importarme lo que se pudiera interpretar. ¿Será por eso que ahora me condenan? ¿Será un castigo que se vuelve contra mí?

Hay muchas formas con las que comunicarse: la música, la imagen, los números, las letras, el orden, la ropa, los colores, las emociones, el movimiento……. Todo sirve para expresar, exteriorizar, sacar fuera de sí, vomitar, devolver, retornar a su lugar. Es una especie de reciclaje. Un viaje de ida y vuelta que siempre nos parece diferente cuando en realidad no es sino el reflejo de lo ya conocido visto desde distintas perspectivas para poder encontrar diferentes significados de una misma idea original. Y de aquí surge una nueva idea, un nuevo enfoque, un nuevo planteamiento, que nos llevará de nuevo a otra desavenencia que nos hará recomenzar el proceso en el cual descubriremos nuevos horizontes, desconocidos aún pero, sin saberlo,  ya andados.

Y así es como mi cabeza salta de una idea a otra en busca de su destino. No sé qué espera encontrar, conexión tras conexión. Es como quien en una habitación ajena trata desesperadamente de dar con el objeto ansiado quitando de en medio todo lo que encuentra mientras va dejando a su paso un rastro caótico y deslavazado. Tal vez así, como por casualidad, acabe destapando aquello que busca. Tal vez así, sin proponérselo, se encuentre con lo que necesita para apaciguarse. Y tal vez así, al igual que antaño las tribus rendían tributo a sus dioses sacrificando vidas humanas, yo necesite sacrificar ideas desfasadas para dar coherencia a mi vida.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 08 Octubre, 2014, 19:52:49 pm
CIRCUNSTANCIAS

Bajaba por una calle silenciosa y oscura, iluminada fugazmente por algún que otro faro de los  improbables coches que pasaban cerca de la carretera, centrando sus pensamientos en el rumor de sus pasos. No le sonaban como de costumbre; puede que fueran un poco más precipitados de lo que era habitual en ella. Aunque tratándose de ella nunca nada era habitual. Todo acababa convertido en un conjunto desafortunado de acontecimientos que la dejaban siempre confusa y abatida. Y aquella noche no había sido una excepción. El encuentro con aquel personaje no  había sido de su agradado, por mucho que no parara de sonreírla constantemente y tratara de hacerla sentirse cómoda y dueña de la situación. No había sido algo tan natural como ella esperaba. Más bien se encontró con una especie de trampa que no había podido esquivar y de la que sabía que no podría protegerse. Tendría que hacerla saltar por los aires para poder seguir su camino tranquila sin que nada le perturbara ni le obligara a cambiar sus planes iniciales.

   Trató de cambiar el ritmo de su caminar pero al poco tiempo se encontraba de nuevo con aquella celeridad que no la dejaba casi respirar. Se paró en seco. La pendiente empezaba a ser más pronunciada y le obligaba a respirar con mayor rapidez,  lo cual provocó la consiguiente sensación de falta de aire que, a su vez, desembocó en una repentina angustia; como si la estuvieran persiguiendo y no pudiera parar pero tampoco pudiera continuar, por más que lo deseara. Agachó la cabeza y miró al suelo durante unos segundos hasta que pudo controlarse mientras intentó  respirar pausada y rítmicamente con el fin de calmar su ansiedad. “Así, despacio”. “Respira”. “No hay prisa”. “Nadie te espera”. Con estas consignas pretendía infundirse la serenidad necesaria para ahogar sus temores.
Al poco rato, sus pasos retomaron el camino de un modo firme, regular, constante y acompasado. Ascendía la cuesta pensando si encontraría lo que esperaba o si, de nuevo, se descubriría en un callejón sin salida al que tener que hacer frente. Estaba cansada y no creía que pudiera superarlo una segunda vez así que se encomendó a quien fuera que pudiera ayudarla, ya que no creía en milagros ni esperaba ser defendida por diversas divinidades  que tendrían algo mejor que hacer que estar pendiente de sus cuitas y desgracias.

   “Sabía que pasaría”, se reprochó. Si, lo sabía. Pero no pudo evitarlo. Como la crónica de una muerte anunciada ella sabía que todo acabaría volviéndose en su contra pero no tuvo el valor de afrontarlo a su debido tiempo y ahora sufría las consecuencias de su indecisión. No cabía quejarse ni expresar el menor arrepentimiento puesto que era más que consciente de las complicadas situaciones en las que se encontraría inmersa debido a sus errores pasados. “No te quejes, es lo que hay. Tú solita te lo has buscado. Ahora no tienes más remedio que resolver la papeleta de la mejor manera posible”. Se autocensuraba y se castigaba por no haber sido capaz de controlarse ni haber hecho caso de su conciencia aquel día que, acuciante,  le avisaba de los peligros futuros. No, ella tenía que tomar el camino fácil. Pues ya lo tenía. Aunque fácil, fácil…. no había sido tampoco. Meneó la cabeza en gesto de descorazonada desazón desaprobando su conducta mientras exigía de sus piernas la fortaleza necesaria para llegar hasta el final de aquel largo camino.

   Cuanto más se acercaba a la cima más lentos eran sus pasos y más pesado le parecía su cuerpo. Empezaba a dudar. ¿Realmente lo iba a hacer? ¿Seguro que no quedaba otra solución? No le parecía tan buena idea ahora. Su mente batallaba consigo misma dividida como estaba ante lo inminente. ¿Había revisado todas las alternativas posibles, todas las opciones? ¿Era necesario? Tal vez pudiera sortear las circunstancias contrarias sin tener que recurrir a tan radical solución. ¿Seguro que…? “Ay, cállate ya”, se dijo a si misma con rabia desaforada. “Ya he revisado una y otra vez todas las soluciones posibles y no queda otra opción que la que he tomado. No me vengas con esas ahora que estamos a punto de acabar. No me falles ahora.” Esta vez, sus palabras sonaron en un susurro, suavemente, como cuando se trata de convencer a una niña pequeña de que se tome la medicina que no le va a gustar o cuando se le va a poner un pinchazo que le va a doler,  aunque sea necesario.
¿Entonces, así era como iba a acabar todo? Bajó los hombros en gesto de impotencia y se concentró en un punto del horizonte preparándose para saltar. Porque esa era la genial solución a sus problemas. Saltar. Apenas se daría cuenta, pensaba, de la caída. No tendría tiempo de pensar mucho puesto que eran apenas unos veinte metros, calculaba. Eso era poca cosa en caída libre. Tal vez si agudizara sus sentidos en las sensaciones que percibía, apenas se diera cuenta.

   De pronto, y sin avisar, le vino a la cabeza la imagen de aquel perro de su vecina el día que se revolcó en el charco que había justo debajo de las escaleras de entrada al edificio. Recordó cómo se dedicó a restregarse bien en él hacia un lado y otro mientras su dueña trataba, en un intento vano, de hacerle ponerse en pie para mantener la mayor parte de su cuerpo, recién bañado, fuera de los grumos marrones que flotaban en aquel fango formado por una tubería deteriorada que no había sido arreglada a tiempo. Y empezó a reír cuando recordó cómo se dedicó a estampar sus patazas llenas de barro sobre la  camisa y los pantalones de la muchacha quien no sabía cómo controlar a su mascota para que no siguiera ensuciando su ropa de aquella manera. Al final habían acabado las dos llenas de barro y muertas de risa ante el desastre provocado por el barro sacudido del cuerpo juguetón de ese maldito perro.
Su risa se convirtió en sonrisa y luego en ligero gesto distendido de sus labios conforme volvía a la realidad sin entender cómo era posible que aquel recuerdo llegara a ella justo en ese momento. Era algo totalmente absurdo pero no le dio mayor importancia porque su cerebro ya estaba maquinando la nueva estrategia para echarse atrás. Solo que esta vez ella lo paró a tiempo. Ya no había vuelta atrás. Ya estaba decidida y era mejor dejarlo estar. Con esta idea en mente giró hacia la izquierda y se dispuso a caminar con la vista al frente, sin parar.

   Ya se estaba acercando al filo del precipicio cuando se tropezó con lo que seguramente serían las raíces de un árbol. Trastabilló un poco y recuperó en seguida el equilibrio. Ya nada le importaba y nada la retenía así que siguió adelante sin más. Estaba muy cerca ya, era consciente pero no quería pensarlo mucho. Que fuera lo que tuviera que ser.
Pero no sucedió lo que ella esperaba. Alguien le estaba hablando y agarrando por los hombros. No entendía qué estaba pasando. No entendía lo que le decían. Solo veía a una mujer de más o menos su misma edad gesticulando muy alterada y dirigiéndose hacia ella. No  entendía lo que le decía. Debía de estar hablando en algún idioma desconocido porque no era capaz de interpretar aquellos sonidos tan guturales.

   La mujer calló al ver la cara tan asombrada de quien le acababa de pisar. Ni siquiera se había dado cuenta de que no había tropezado con ninguna raíz sino con las piernas de aquella mujer que la miraba entre asustada y enfadada. Quedaron calladas y mirándose mutuamente. La primera en hablar fue la aspirante a suicida. Abrió la boca y no le salió sonido alguno así que permaneció en el sitio sin saber qué hacer. La mujer que tenía en frente le hizo un gesto amistoso con la mano invitándola a seguirla y, como no tenía fuerza ni convicción para sustraerse a semejante proposición, se dejó llevar. Aquella situación tan absurda se estaba empezando a parecer a uno de esos programas de cámara oculta en los que se hacen bromas muy pesadas de las que luego tienes que reírte para quedar bien delante de todo el mundo de forma que no te tomen por una idiota redomada.
Se paró cuando su acompañante le hizo sentarse delante de una tienda de campaña en la que lucía un foco de linterna tenue y en donde se veía extendida una esterilla de esas que se usan para la ocasión. Se sentó allí mientras la mujer se metía en la tienda a buscar algo que resultó ser una botella y un par de vasos de plástico.
Eso, era el momento perfecto para brindar.

   La idea le resultó tan rematadamente fuera de lugar que se rió a carcajadas, como una loca, soltando toda la tensión acumulada y arrastrándola fuera de sí con un  buen par de lagrimones que aparecieron en sus ojos y resbalaron suavemente por sus mejillas. Al llegar a sus labios, se los tragó.
La mujer le ofreció una especie de té con sabor a rosas y lo degustó paladeando cada sorbo, cada gota. No sabía si tendría alguna mezcla especial en la bebida pero al poco rato notó que se sentía más relajada. Respiró profundamente y brindó con ella a la vez que le daba las gracias. Permanecían calladas y con la mirada perdida en su propios mundos sintiendo el calor y la cercanía de la otra persona a su lado. La noche era agradable y acabaron tumbadas una junto a la otra mirando las estrellas que se asomaban en el cielo.
El amanecer las descubrió dormidas plácidamente. No despertaron ya.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: polichinela en 09 Octubre, 2014, 16:29:08 pm
Me encanta kermit :D
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 10 Octubre, 2014, 06:51:23 am
Gracias.... ??? :-[ ;)
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 12 Octubre, 2014, 07:10:05 am
                                                                                                          LA COMUNIDAD

La reunión empezó animada pero había bajado su ritmo inicial y estaba dejando de ser interesante así que pequeños grupos de dos o tres personas abandonaban la sala, abarrotada en un principio, mientras el orador trataba de captar la atención del resto del auditorio. Sentí un ligero movimiento a mi izquierda y una mano que me apretaba el hombro en señal de despedida. Ya había sobrepasado la hora con creces y hacía tiempo que debía haberme marchado de allí pero no pude dejar de pensar en toda aquella pobre gente sin posibilidad de solución esperando la respuesta unánime de la comunidad.
A mi alrededor veía las caras escépticas de varios vecinos mirando con aburrimiento hacia una pantalla que no dejaba de proyectar datos y más datos sobre una posible e inminente catástrofe. Algo similar a una debacle apocalíptica que, de confirmarse, acabaría con la comunidad al completo y llevaría a la dispersión de sus habitantes hacia distintas zonas, cercanas,  más seguras.

   Toda la comunidad se había congregado allí para disipar sus temores y saber cómo actuar ante tal situación. Aunque ahora, pasados los primeros momentos de pánico, nadie parecía echarle mucha cuenta. La nueva fábrica, aún en construcción y no muy lejana a los confines del poblado, era la causa de tanto revuelo.  Ya lo habían advertido los grupos ecologistas de la zona por la posibilidad de fugas tóxicas que acabaran consumiendo la fertilidad de aquellas tierras y arruinando el bello paisaje, atractivo turístico que aportaba a su comunidad pingües beneficios a lo largo de todo el año y que daba de comer a varias familias de la localidad.
El orador concluyó sus razonamientos y exposiciones y la sala quedó vacía en pocos minutos entre murmullos y risas a media voz causadas por maliciosos chistes a expensas de la ignorancia de quienes consideraban la situación de simple tomadura de pelo.

   Yo permanecí en mi asiento atento a los comentarios de quienes pasaban a mi alrededor. Para eso me habían contratado. Para eso y para extender en el pueblo todo tipo de rumores respecto al peligro inminente que se cernía sobre la pequeña comunidad. De la pericia y la perspicacia de mis comentarios dependía en gran parte toda la operación y por eso todas las miradas se concentraron en mí en cuanto se cerraron las puertas de la sala que ejercía las funciones de cine, teatro y polideportivo de aquel apacible paraje.
“¿Y bien? ¿Qué debemos hacer ahora, Sr. Palacios?” Cinco hombres de mediana edad se aproximaron hacia donde yo estaba sentado, cogiendo cada uno de ellos una de las sillas que se encontraban en mi misma fila, y se colocaron  en rededor, formando un círculo, esperando una respuesta que no llegaba. Les notaba impacientes y reacios. No se fiaban de mí y lo mostraban sin tapujos pero como sabían de mi fama y buena reputación  no osaban expresar sus dudas en voz alta. Por eso no me di prisa en contestar. No me gustaban. Demasiado ansiosos por prosperar y conseguir una posición ventajosa frente a los demás. Demasiado faltos de escrúpulos para llegar a su meta a base de pisotear a quien fuera necesario con tal de lograr su objetivo final: Dinero y más dinero. Todo se reducía a eso.

    Empezaba a hartarme de todo y de todos. Hubo un tiempo en que yo también había vivido en ese mundo y  mostrado los mismos deseos de poder que reflejaban sus caras pero, afortunadamente, el destino me había empujado hacia otro lado en el momento adecuado desviándome de mis indeseables proyectos. Aunque, al principio, no lo consideré tan favorable como lo veo ahora. En realidad, no me gustó nada verme tirado en una carretera desde un vehículo en movimiento, en mitad de la noche y en una zona deshabitada donde no se encontraba luz alguna que hiciera presagiar la proximidad de vida humana. Tuve que caminar durante cinco largos días antes de encontrarme con un pequeño asentamiento  nómada que me acogió con exquisita hospitalidad.

   Después de aquello, decidí que me vengaría de todos. Y durante varios años me dediqué a espiar a las personas que me habían hecho pasar por aquella desagradable experiencia que casi acabó con mi vida. Gracias a mis contactos, buscaba y guardaba todo tipo de información que pudiera serme útil en un futuro para chantajearlos a voluntad y tenerlos bajo control. Así es como fui creando un personaje ficticio que, bajo una apariencia de hombre de negocios desapegado de todo excepto del dinero, tramaba todo tipo de argucias y maquinaciones para provocar el desplome en bolsa de valores firmes o para revalorizar otros en función de las fluctuaciones de quienes me contrataban y de sus intereses.  Y debía ser condenadamente bueno porque no paraban de llamarme reclamando mis servicios.
En esta ocasión, la llamada provenía de una pequeña sociedad de apenas siete miembros que habían descubierto y localizado petróleo en grandes cantidades; o eso era lo que suponían en base a los datos previos obtenidos. Pero la zona coincidía en longitud, más o menos,  con la extensión del poblado en el que se encontraban ahora y al cual trataban de convencer de que debían desalojarlo de inmediato ante una más que probable catástrofe de índole químico-nuclear. Necesitaban comprobar in situ si aquella era la zona indicada pero sin levantar sospechas, puesto que no deseaban que nadie se enterara de sus negocios ocultos. Si el plan previamente trazado daba resultado, tenían pensada una segunda fase en la que se preparaba el realojo de los habitantes en otras viviendas de una urbanización de lujo a cambio de los terrenos tóxicos en los que se habían convertido sus propiedades. El plan B incluía blindar la zona haciendo creer a sus habitantes que se había producido una fuga tóxica de tales dimensiones  que imposibilitaba la permanencia humana en la zona.
   
   Por supuesto, toda esta patraña se había puesto en marcha con una campaña previa en la que se había informado a través de distintos medios y a quien así lo deseara, por parte de un grupo de supuestos líderes ecologistas, de los futuros peligros, más que de los beneficios, que aquella fábrica aportaría a las gentes del pueblo. Todo había estado muy bien organizado para sembrar de dudas y rumores la construcción de lo que suponían daría de comer a muchas familias del lugar.
Él mismo se había encargado de fomentar dichas dudas de forma que cuando llegara el momento oportuno todo el mundo estuviera dispuesto a creer, sin sombra  de duda, en la posibilidad real de la devastación de la zona y se aprestaran a vender sus tierras para preservar parte de su patrimonio y mantener un hogar donde vivir.

Sin embargo, los comentarios eran sarcásticos y aún no se lo tomaban en serio. La necesidad de dinero para el pueblo eclipsaba y acallaba todos los temores que se pudieran derivar de un peligro que aún no se consideraba real. Eso iba a cambiar en pocos días. Así era como estaba previsto en el proyecto que había presentado con todo lujo de detalles a sus clientes y pagadores donde expresaba con claridad las fases que cabía esperar hasta  lograr el objetivo fijado.
“Tranquilícense, señores. Todo marcha según lo programado”. Con esta frase sentenciosa atajó toda duda que tuvieran y les hizo callar. No tenían nada más que añadir. Se levantó y les dejó allí plantados, expectantes, incrédulos aún pero temiendo mostrar sus temores ante  quien suponían un experto que sabía lo que se hacía y cuya fama había crecido espectacularmente en los  elitistas círculos a los que en breve pretendían  acceder y de los cuales deseaban formar parte.

   Salí a la fría tarde de otoño agradecido por notar el fresco viento en mi cara,   alentado por la forma de manejar la situación así como por el cariz que iban tomando los acontecimientos. Si no me fallaban los cálculos en poco tiempo aquellos que se frotaban las manos ansiosos ya de ver el resultado  positivo de las prospecciones y solo pensaban en llenarse bien los bolsillos aprovechándose de la desgracia ajena verían reducidas sus expectativas a una estrecha celda de la cárcel pública correspondiente. Pero aún debía realizar un par de gestiones más que apoyaran mis planes y me permitieran demostrar fehacientemente el complot que se estaba organizando a espaldas de toda ley a la vez que me procuraba a mí mismo una contundente coartada para salvarme de la onda expansiva que la bomba  informativa, sin duda, haría estallar en cuanto todo se destapara a la opinión pública.
Con estos objetivos en mente me dispuse a hacer uso, nuevamente, de mis contactos para coordinar la puesta en marcha de una operación de emergencia que incluyera el mayor número  posible de  medios televisivos, radios y prensa escrita, tanto locales como nacionales.

   Ya era bien entrada la madrugada cuando comenzaron a escucharse sirenas en la silenciosa carretera que servía de entrada al poblado. Al principio no hubo una reacción de pánico generalizada sino que fue como un controlado movimiento de idas y venidas recogiendo algunos enseres de primera necesidad que permitieran pasar la noche en el lugar destinado para ello. Nadie se sorprendió ni mucho ni poco cuando por los megáfonos fueron escuchando la previsible rotura de una de las tuberías y el riesgo que ello conllevaba, por lo que se les invitaba a que salieran de sus casas para ser trasladados a otro lugar más seguro hasta que pasara la emergencia.
La primera fase del plan estaba desarrollándose conforme  mis previsiones. Los inversores estaban contentos y sus semblantes ya no mostraban recelo sino distensión, incluso empezaban a bromear conmigo tildándome de cabronazo hijo de puta que había conseguido el objetivo sin levantar la menor sospecha. Esto era de vital importancia para ellos porque cualquier descuido podría hacer que se enteraran las personas equivocadas y acabaran con sus planes en otras manos más poderosas dejándoles sin nada.

   Si, todo estaba saliendo a la perfección. El desalojo se estaba haciendo de forma ordenada a una hora en la que nadie tendría puesta su mirada en ellos. Tal vez, al día siguiente, por la mañana, se filtrara información a través de los propios desplazados quienes desearían conocer la última hora de la situación en Internet o hablarían con sus familiares sobre la situación que estaban viviendo. Aún así, contaba con las horas suficientes como para crear el caos necesario de información  que hiciera difícil reconocer la situación real en la que se encontraban. Fuera como fuese, una vez se descubriera la verdadera maniobra ya sería demasiado tarde y todo se habría destapado ya en forma de notición informativo que sería publicado en la mayoría de las cadenas del país en grandes titulares.
Mientras los miembros de la sociedad brindaban por el éxito de la operación y fantaseaban con los beneficios desorbitados que contaban  sacar del negocio petrolífero, yo me dediqué  a escabullirme entre las sombras de la noche, como si de un paseante nocturno se tratase, dispuesto a alejarme de todo aquello que tanto odiaba para volver a mi tienda en el poblado nómada donde  dos cuerpecillos de apenas tres años, arrebujados bajo una tupida y peluda manta, me esperaban para desayunar junto con la familia de mi joven esposa, quienes me creían viajando a mi país. Era costumbre mía desaparecer por un período más o menos prolongado de tiempo por lo que nadie se extrañaba ya de mis repentinas idas y venidas. Lo importante era que cuidaba bien de la familia y solía traer medicinas y otras mercancías necesarias y útiles para la tribu así que mi vuelta al poblado, en realidad solía convertirse en todo un acontecimiento.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Octubre, 2014, 17:39:17 pm
   EL EXPERIMENTO   

Sabía que aquello no podía durar. Era una realidad ficticia y no podría mantenerla viva por mucho más tiempo, pero era tan agradable pensar que las cosas podrían seguir ese curso por algunas semanas más…. Se había imaginado ya cuál sería el resultado  y creía que podría lograrlo. En su mente se formaba una imagen bastante real de lo que sus manos trataban de dar forma. Sería algo tan novedoso que todo el mundo lo aceptaría sin más. Y ella habría contribuido a que la gente se sintiera más feliz.
Fantaseó aún varios minutos más con esta idea hasta que la alarma del despertador le hizo reaccionar. No se despertó de inmediato, puesto que aún las nieblas del sueño la aturdían impidiéndola pensar con claridad y haciendo asomar la típica amnesia desconcertante en la que por unos segundos no se tiene conciencia clara de dónde se está o qué día o, incluso, qué hora es.

   Escuchó un ruido fuerte en el patio y comprendió que el día amanecía lluvioso por lo que no se sorprendió cuando el cielo se iluminó de repente en mitad del fondo aún oscuro de esos momentos previos al despuntar del amanecer. De lo que sí se sorprendió fue de no escuchar ruido alguno de truenos. Ya debería haber retumbado en sus oídos, aunque fuera de forma muy lejana, un sonido similar a una  bomba con onda expansiva incluida (o al menos así es como ella se imaginaba que sonaría). Otro destello iluminó la penumbra y, esta vez, empezó a contar porque según le habían explicado de muy pequeña, cuanto más cercano está el sonido del trueno después de  la visión del relámpago más cercana está la tormenta, o viceversa. Era una especie de automatismo, un pequeño ritual que hacía sin ser consciente de ello.
Contó hasta diez y nada pasó. Miró por la ventana extrañada y entonces sintió, más que escuchó, una ligera vibración que se fue  prolongando durante unos segundos y cuyo sonido aumentó de forma progresivamente ascendente.

   Preparó la cafetera y se sentó frente al ordenador para leer el correo y varias noticias que fueran de su interés. Especialmente centraba su búsqueda en aquellas noticias de carácter científico que destacaran la faceta positiva de las plantas para la vida humana, pero no ya como materia prima en algún remedio medicinal sino como referencia a investigaciones o proyectos en los que se obtenían datos concluyentes al respecto. Quería tener todo bien controlado, no dejar nada al azar.
Sus experimentos le habían llevado hacia las plantas de forma ocasional, como suele suceder con los grandes descubrimientos. El destino y la casualidad se habían unido para dar forma al germen de la idea que paulatinamente se había hecho un hueco en su mente. Cierto es que desde el principio tuvo que luchar contra otras grandes ideas y de no menor valía pero acabó por prosperar y convertirse en el faro que guiara sus noches durante aquel verano.

   Y es que ese verano había sido extraordinariamente fresco para lo que era habitual en la zona pero, por esa misma excepcionalidad, había descubierto con asombro y cierto enojo (por no haberse dado cuenta antes), que lo que ella misma llamara de forma nada científica sino por pura diversión “hierbajus vulgaritus”, dándole cierto renombre a aquellos tallos medio deshilachados que surgían de la nada, con toda la pinta de pertenecer al género de las malas hierbas  y que crecían cerca de la pared norte de su casa, eran en realidad seres vivos con todo un potencial en su interior que podrían ayudar a proteger a las personas de ambientes hostiles. O más concretamente, proteger a las personas de las propias personas.
Si. Protegerse contra las personas, ya que no todas podían ostentar ese nombre, desgraciadamente. Algunas había que parecían guiarse directamente por instintos y poco más. No podían ser llamadas personas puesto que eso de aplicar la inteligencia quedaba fuera de sus capacidades las cuales se limitaban a mirarse su propio ombligo, en el mejor de los casos, o bien se concentraban en “agredir” a quienes estaban a su alrededor con el fin de sentirse con cierto poder sobre los demás, tratando de encubrir así sus propias miserias.

   Al principio no consideró la posibilidad como real sino que la clasificó de simple casualidad, cosa nada extraña en su día a día. Las casualidades se daban con tal frecuencia que empezó a considerar la idea de que estuviera siendo objeto de algún tipo de complot cósmico con vaya usted a saber qué tipo de finalidad. Pero, claro, como aquello no había por dónde agarrarlo tuvo que rendirse a la evidencia de que las cosas sucedían porque sucedían, sin más. Y esto era muy difícil de asumir por su mente científica que tenía respuesta exacta para cada una de las situaciones en las que se encontraba, siempre que fuera en el plano físico. Lo malo era cuando debía buscar la fórmula para medir y explicar fenómenos de tipo “inmaterial”. Todo aquello que no se pudiera medir, contrastar por la experiencia o reducir a fórmulas, le creaba un terrible dolor de cabeza. Para ella representaba el caos más absoluto.
Por eso era raro que saliera de los confines de su reino, afincada como estaba en una zona rural donde disponía de un terreno más que suficiente desde el que asomarse a la naturaleza sin necesidad de tener que ir a buscarla. Así como tampoco necesitaba del bullicio ni de las zonas donde la gente se apresuraba a congregarse para disfrutar de la mutua compañía. El mundo de las relaciones sociales era algo totalmente extraño para ella que no acababa de dominar y en el que siempre se sentía fuera de lugar.

   Era uno de esos días en los que disfrutaba de su café matinal sentada frente a la ventana de la cocina, la cual le ofrecía unas maravillosas vistas del campo abierto, en donde la luz se iba instalando paulatinamente conforme el sol iba desplegando sus rayos de forma un tanto perezosa, como si él también, al igual que muchas veces acontece, hubiera tenido una mala noche de sueño y le costara más de lo habitual reemprender su cotidiana tarea. Se sentía enfadada porque no progresaba como esperaba en sus investigaciones ni lograba encontrar fisuras en sus teorías que la llevaran a nuevos caminos que recorrer. Con ese ánimo salió de la habitación para recoger sus notas del dormitorio donde dejaba siempre un cuaderno encima de la mesilla por si acaso de madrugada alguna idea se colara sin previo aviso y tuviera que anotarla para seguir su rastro al día siguiente antes  de que se disipara entre las brumas nocturnas.
En cuanto entró en la habitación se dirigió directamente a la mesita que estaba en el lado derecho pero, antes de llegar a ella, un fugaz destello  llamó su atención en la ventana hacia la que encaminó sus pasos para averiguar de dónde provenía. Seguramente sería el reflejo del sol en cualquier trozo de vidrio de alguna botella o cualquier pieza de metal a medio enterrar que hubiera caído al suelo. Abrió la ventana y observó el horizonte aspirando el olor de la hierba mojada y refrescando su cara con la brisa matinal. Oteó a su alrededor en busca de un nuevo destello y permaneció allí apoyada con los codos en la ventana. Se estaba bien allí. Notaba cómo su humor cambiaba. Suponía que el hecho de observar aquella quietud y aquel ambiente despejado tras la lluvia mitigaba su ansiedad.
   Esa fue la primera vez, el primer síntoma, el comienzo de una sospecha que se confirmaría algunas semanas después cuando su mente comenzó a relacionar situaciones vividas. Aquel día pasó sin pena ni gloria y no le dio más importancia. Pero tres días después, volvió a suceder durante la visita de una amiga suya que andaba muy apurada por causa de los problemas derivados de su trabajo.
Estuvieron hablando en el porche, sentadas en los escalones de la casa, durante largo rato. Su amiga estaba especialmente enfadada con sus compañeras y compañeros de trabajo porque la consideraban una amenaza y pensaban que intentaba escalar puestos a base de ponerles en evidencia cuando en realidad lo que sucedía era que ella, que había llegado nueva a la oficina ese mismo año, solo hacía su trabajo sin pararse a cotillear ni a chismorrear sobre los demás. No le importaba lo más mínimo que la secretaria del delegado de ventas fuera lesbiana o que la jefa de personal estuviera liada con el encargado del almacén. Ella iba a hacer su trabajo y listo. No podía entender que la gente la boicoteara por eso. No le daban las notas a tiempo; los papeles se “perdían” y aparecían en otras mesas; se formaban grupitos que cuchicheaban a su paso; y la miraban con cara de disgusto  cuando llegada la hora se podía ir tranquilamente, con la tarea acabada, a su casa.
   
   No es que estuviera molesta por lo que dijeran de ella, eso nunca había supuesto un problema, sino que estaba enfadada hasta el punto de desearles un mal día de trabajo para todos ellos. Y eso no le gustaba, no quería ser rencorosa. No era un sentimiento agradable con el que convivir durante sus horas de trabajo.
No sabía qué hacer para animarla y desviar su atención del problema hasta que me acordé de las fotos que había descubierto recientemente en una caja que tenía guardada en un oscuro rincón del altillo del mueble del trastero. En uno de esos arranques de organización y limpieza en los que  entra el ansia de tirar todo y reubicar lo que se supone “necesario”, había encontrado aquella caja de zapatos cuyo contenido era de lo más variopinto. Además de un pequeño álbum en el que se mostraban fotos de la pandilla que por aquella época formábamos, había una servilleta firmada por todo el grupo, varios tapones de corcho con su fecha correspondiente (aunque ahora ya no sabría decir a qué evento correspondían), unas monedas extranjeras (posiblemente francesas), unas gafas de plástico azul con forma de corazón y un papel con un número de teléfono que correspondía a una tal Josefina (aunque que yo recordara no había conocido nunca a ninguna), algunos posavasos de distintos bares que frecuentábamos y unos cuantos llaveros sin llave que formaban parte de alguna colección que no acabé, por lo visto.

   Le propuse ir a buscar la caja para que me ayudara a recordar aquellos días pasados y echar un buen rato. Así esperaba distraerla y hacerla sonreír un poco porque no me gustaba verla tan “agresiva”. No era su forma de ser natural. La idea no le llamó mucho la atención porque estaba demasiado obsesionada con su problema pero, sin decir nada siguió mis pasos  hasta el dormitorio como si de una sonámbula se tratara. Su cara reflejaba la tensión que sufría en el interior y su mirada estaba un poco perdida. Busqué la caja y se la enseñé mientras la agitaba para que sonara lo que había en su interior en un intento de sustraerla de su estado volviendo a la conversación anterior. “Acércate aquí que la veremos mejor”, le dije mientras la empujaba cariñosamente hacia la ventana donde esperaba que se asomara y se apoyara allí para observar mejor todo el tesoro que contenía dentro de aquel espacio acotado de cartón en cuya tapa  podía leerse una famosa marca de zapatillas de deporte.
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Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Octubre, 2014, 17:42:06 pm
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Se asomó con desgana por la ventana y me dio la espalda por un segundo sin ser consciente de que su torpe  gesto era en realidad un desprecio a mi compañía. Yo no se lo reproché, nos conocíamos de  tanto tiempo atrás que no teníamos que disculparnos por no mostrarnos amigables en según qué momentos. Respeté su silencio y permanecí a su lado mirando los objetos que activaban el recuerdo en mi memoria de tantas tardes pasadas juntas hacía ya muchos años.

   “Creo que este día fue cuando brindamos en el parque por tu aprobado”, dijo mi amiga mientras cogía uno de los tapones de corcho con la fecha borrosa. Su cara me sorprendió. Ya no mostraba ese fruncimiento de cejas ni sus ojos mostraban un reconcentrado brillo que dejaba traslucir un atisbo de rabia o enojo. Su mirada era bastante franca. Estaba relajada y hablaba sin el menor rastro de fastidio en su voz, tal y como se mostraba hace unos minutos en el porche. Observé con especial regocijo que mi plan había funcionado a la perfección  al haber logrado que se olvidara de su trabajo y sus detestables compañeros de oficina. Me sentí triunfante, pero ahora sé que aquello no fue obra mía.

   Unos cuatro días después de aquello viví algo sorprendente que fue lo que  hizo que volviera mi vista definitivamente hacia esa ventana y su entorno en busca de alguna explicación. Sucedió que se había escapado una gallina de mi vecino en el patio de la casa y que mi perro, no acostumbrado a visitas tan inesperadas, se había dedicado a corretearla y a punto estuvo de matarla. Desde la ventana pude ver cómo el vecino se acercaba a mí con cara de pocos amigos mientras calmaba a la asustada gallina con la mano. La pobre gallina, si es que se le podía llamar así de lo destartalada que le había dejado tanto correteo para salvar sus plumas, apenas se movía del regazo de su dueño. Si no fuera por el porte tan poco amistoso de mi vecino quien venía directo hacia la ventana me hubiera reído con ganas de aquella estampa que se presentaba a mis ojos. Reprimí la sonrisa que asomaba a mis labios y me preparé para desplegar la mejores tácticas diplomáticas de las que era capaz.
El vecino me saludó con gesto serio y de inmediato me espetó que mi perro casi había matado a su gallina. Tenía que atar a esa bestia peluda porque él,    que se dedicaba a  trabajar con aquellos animales para ganarse el pan de cada día,  no podía consentir que mi perro se dedicara a divertirse asustándolas o incluso matándolas.

   Yo aguanté el tipo todo lo que pude con cara seria mientras el vecino peroraba sin parar  contándome que bastante tenía ya con los sacrificios a los que se veía diariamente obligado para mantener a su familia. Sin embargo, conforme pasaban los minutos su discurso se fue suavizando sin que nada ni nadie mediara en ello. Yo ya tenía preparadas las disculpas de rigor puesto que el pobre hombre tenía su parte de razón aunque aquella no fuera la forma de decirlo. Pero no hizo falta mucho empeño porque el buen hombre empezó a mostrarse dubitativo e incluso comenzó a desdecirse de sus diatribas. Al final, acabó invitándome a cenar con ellos y me prometió una cesta de huevos frescos para la mañana siguiente.
Estuvimos departiendo relajadamente sobre las virtudes de vivir en el campo y como la conversación parecía prolongarse, y con el fin de no resultar mala anfitriona, le sugerí que se tomara un refresco conmigo en el porche para sofocar la sed que producía la charla en aquella tarde tan calurosa. El hombre aceptó con agrado y se dispuso a rodear la casa por el exterior mientras yo hacía lo propio por el interior llegando así a la cocina donde coloqué una jarra llena de cubitos de hielo, un par de vasos de tubo y diferentes latas de refresco en una bandeja para que mi vecino eligiera la que más le agradara. Pero cuando salí al porche, algo había cambiado. Mi vecino parecía turbado y mostró deseos de marcharse sin querer tomar nada aduciendo cierta prisa por acabar alguna tarea que había olvidado realizar.

   Aquella madrugada usé mi bloc de notas. Por la mañana, al despertar, leí lo que había apuntado: “Ventana norte. Vecino. Maribel. Yo?”  Al principio no entendí muy bien mis propias notas y no supe a qué me refería. Tal vez algún material de la ventana estaba roto o deteriorado y debía repararlo. ¿Pero, qué tenía que ver mi vecino o Maribel en todo eso? No lo recordaba así que me acerqué allí a ver qué pasaba. No vi nada anormal y dejé de lado lo de la ventana hasta bien entrada la tarde cuando vino a mi en forma de fotograma la idea que había despertado en mi mente aquella madrugada.

   De un salto me incorporé de la silla en la que me encontraba sentada leyendo en el jardín y fui casi corriendo hasta la ventana. Me quedé parada delante de ella tratando de descubrir el más mínimo detalle que la diferenciara con el resto de  las ventanas de la casa. La abrí, miré entre sus juntas, repasé las grietas y como no vi nada especial me dediqué a explorar el exterior ya que el interior no ofrecía nada interesante que fuera distinto a cualquier otra ventana de la vivienda. Salí de la casa y observé la ventana desde el exterior. Tampoco parecía que hubiera nada fuera de lo normal. Seguí allí parada un rato mirando y remirando el marco de la ventana, las paredes, el alféizar o cualquier otro detalle. Nada reseñable.
Volví al interior para observar más detalladamente. Algo debía tener diferente porque todo había sucedido en aquella parte de la casa. Fui mirando las restantes ventanas de la casa cuidadosamente por si se me había pasado algo por alto pero no encontré nada con lo que poder desarrollar una teoría o iniciar un camino experimental. Estaba algo nerviosa porque no podía descubrir qué cosa fuera aquella que provocaba tan extraños cambios en el comportamiento de los demás así que, la siguiente vez que me aproximé a la ventana de mi habitación mi ánimo se mostraba lo suficientemente huraño como para no ser útil en la investigación. Junto a la ventana cerrada de mi dormitorio contemplaba cómo  la claridad de la tarde se iba disfrazando de tonos más brillantes anunciando la llegada del atardecer, que prometía ser esplendoroso.

   Lo único que había conseguido averiguar era que por mucho que hubiera mirado,  revisado, comparado y vuelto a remirar  no había descubierto nada que hiciera especial a esa ventana y, lo que era aún peor, que mi mal humor iba en aumento. Mis datos experimentales empezaban a perder peso. Si era cierto que aquella zona de la casa era especial en algún sentido regulando el estado de ánimo de las personas de forma que transformara los humores negativos en positivos ¿entonces, por qué yo seguía de mal humor? ¿Por qué a mi no me había sucedido ese cambio que había notado en otras personas? ¿Qué había cambiado? ¿Acaso fuera de nuevo otra de esas casualidades que yo había tomado por certeza cuando la realidad no era más que causa del azar?
En esos pensamientos andaba cuando sin darme cuenta me encontré delante de la ventana, pero esta vez en el exterior. La rabia de ver inútiles mis esfuerzos me hizo acercarme a los cristales con los puños cerrados y con intención de golpearlos. Y eso fue lo que hice dejándome llevar por la impotencia y la frustración de ver en nada mis ideas iniciales. Como le sucediera a Don Quijote, maldije mi manía de ver gigantes donde solo había molinos y me quedé allí con la cabeza apoyada en el cristal agotada como estaba por la desilusión de ver arruinada así mi anterior alegría al pensar en el gran descubrimiento que estaba a punto de realizar. Del esplendor de los verdes laureles al más espeso y sucio de los fangos. Ese era mi nuevo estado.

   El atardecer avanzaba arrastrando con él alargadas sombras tanto de los árboles como de la casa. Yo seguía con la cabeza apoyada en el cristal y notaba cierta calidez en mi espalda que se iba disipando a la par que se disipaba mi sensación de fracaso y enojo. Al poco rato se había convertido en apenas  una vaga sensación que se confundía con otras más agradables como la de disfrutar de la brisa sobre mi piel, haciendo bailar y ondear el vestido amarillo de tirantes que ese día había considerado adecuado ponerme; o la de respirar ese olor indescriptible de la hierba bajo mis pies. Instintivamente me descalcé y dejé libres a mis pies para que se refrescaran con aquel manto de pequeñas hierbas que crecían bajo la ventana enredando mis dedos en sus deshilachados tallos.
¡Qué agradable era estar allí y qué afortunada me sentía por contar con aquel trocito de paraíso para mi disfrute personal! ¡Qué suerte había tenido por poder comprar aquella casa con todo su terreno alrededor que me proporcionaba tan gratos momentos!. De repente, me sentía tan bien que había olvidado todas mis anteriores cuitas y me reía de mí misma por tener semejantes pensamientos.

   Miré cómo mis pies  jugueteaban con la hierba a la vez que me ofrecían múltiples sensaciones agradables y me quedé especialmente sorprendida cuando descubrí que lo que estaba pisando era una planta que no había visto antes. Era una planta de lo más vulgar, apenas sobresalían sus tallos del resto de hierbajos que la rodeaban y no tenía flores ni despedía ningún aroma especial. Corté uno de sus tallos  para verla mejor y un líquido  lechoso y pegajoso se quedó impregnado en mis dedos. Lo único que diferenciaba aquel tallo de otros de los que se encontraban bajo mi ventana era una especie de tono azulado en la cara oculta al sol.
Con el tallo en la mano me afané en buscar plantas similares cerca de la casa, no encontrando ninguna salvo en aquella zona bajo mi ventana. ¿Sería eso lo que andaba  buscando, lo que diferenciaba a esa ventana de las demás? Estaba de un humor excelente y me pareció buena idea empezar mis experimentos en ese mismo momento. El primero de todos consistiría en trasplantar una de esas hierbas a otra zona de la casa. El porche y los escalones me parecieron el lugar perfecto ya que allí era donde solía pasar la mayor parte del tiempo y podría ver la evolución de la planta. Entusiasmada con la idea busqué una pala de jardinería para excavar unos cuantos hoyos donde reubicar la planta. No había muchas así que solo trasplante tres de ellas. Cubrí sus cortas pero gruesas raíces con tierra abonada y las regué con esmero. El resto de la tarde y la noche me dediqué a leer diversos recortes de periódicos especializados buscando algún ejemplar similar al que tenía en mi jardín.

   El día siguiente amaneció nublado, como mi humor, cuando al salir al porche comprobé  decepcionada que las hierbas no parecían tener un aspecto muy saludable. Aparecían alicaídas y con un lamentable tono amarillento en las puntas. Esperaba no haber provocado un final adelantado de su ciclo vital por el simple  cambio de ubicación. Cierto es que no tenía muy buena mano con las plantas, que tendían a morirse antes de tiempo cuando llegaban a mi casa, pero en esta ocasión no había hecho nada que propiciara tal desenlace.
Estuve pendiente de su evolución toda la mañana y al anochecer ya tuve claro que aquello no había sido una buena idea. Algo durante el proceso al trasplantarlas había provocado su decaimiento y definitivo final. Los tallos permanecían tumbados y amarillos, sin vigor ni fuerza para mantenerse firmes dando a la planta un aspecto de rastrojo. Al querer levantar los tallos de una de ellas observé que las raíces estaban débiles y rotas, por lo que se quedó en mi mano, mientras yo intentaba comprender qué había fallado.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Octubre, 2014, 17:43:01 pm
Con el marchito tallo aún en mi mano me dirigí a la ventana para comprobar si el resto de las hierbas gozaba de buena salud o si, siguiendo las casualidades que encontraba día a día, era un proceso natural de las propias hierbas. Afortunadamente, el resto de las plantas permanecían tan lozanas y frescas como tenían por costumbre. Apenas quedaban unos cuantos tallos verde azulados por aquí y por allá, los suficientes como para proporcionarme una maravillosa sensación de bienestar tras unos minutos sentada a su lado. Esa era la confirmación de que aquellas hierbas eran las “responsables” de que en aquella ventana de la casa las situaciones más “violentas” se tornaran en apacibles, pasados ciertos minutos.
Ese era el primer paso para iniciar una investigación experimental que le llevara a descartar alternativas hasta lograr el objetivo final, que en su caso era aislar y determinar el elemento que provocaba el cambio en las personas, convirtiendo una situación “agresiva” en otra progresivamente más sociable y conciliadora a la vez que fortalecía anímicamente a la persona que estuviera en contacto con él, llegando a experimentar una grata sensación de “felicidad”.

   Esto podía ser la solución a múltiples trastornos de la personalidad, diversos tipos de depresión y quien sabe si hasta podría resolver los problemas de comunicación con los que se enfrentaban diariamente multitud de personas que atendían a todo tipo de personas en ventanillas o servicios públicos. Con disponer de unas cuantas de estas plantas en la habitación sería suficiente para pacificar los ánimos y mostrarse distendido y dispuesto al entendimiento mutuo.
Su mente empezó a fantasear acerca de la capacidad de las plantas para evitar discusiones y tensiones en otras esferas como eran las políticas y las financieras. ¿Podrían evitarse guerras y peleas entre diferentes tribus o razas? No. Seguramente aquello era absurdo pensarlo siquiera. Los intereses económicos siempre estarían presentes y una planta no conseguiría corregir la ambición de las personas sin escrúpulos. Decididamente, se olvidó de aquella parte que sabía no tenía solución posible puesto que, desgraciadamente, formaba parte de la faceta más miserable de la especie humana. Allá donde hubiera más de una persona habría algún tipo de interés, envidia, ambición, ansia de poder o necesidad de destacar frente a los demás. Ninguna planta podría contra la naturaleza humana.

   Por eso se concentró esperanzada en la primera alternativa, la de los beneficios que otorgaría a las personas con problemas de control emocional o en aquellos casos en los que fuera posible relajar tensiones, en espacios limitados, con un número determinado de personas que debían convivir asumiendo las necesidades propias y ajustándose a las de los demás.
Con esta idea se aplicó en la determinación y aislamiento del elemento “X”.

   Recorrió milimétricamente el espacio de su parcela en busca de más plantas de ese tipo pero, o bien no fue capaz de verlas o realmente no había más. Incluso echó un vistazo al terreno del vecino, con la excusa de que quería plantar las mismas flores que tenía en su jardín. Pero no encontró lo que buscaba.
Tenía que conformarse con las que tenía bajo su ventana y que no crecían en gran número. Estuvo pensando la mejor forma de aprovecharlas y hacer que se mantuvieran vivas puesto que en un segundo intento de trasplantarlas a una maceta, habían vuelto a marchitarse. Era como si se pusieran tristes de abandonar su lugar junto a las demás y no pudieran resistir la soledad, al igual que los pajarillos mueren de tristeza en las jaulas o cuando siendo aún crías están alejadas de los nidos y  sus padres no pueden alimentarlos.

   Al ver que no podría trasplantarlas, decidió acercar el laboratorio a las plantas. Realizaba un corte en un solo tallo, un pequeño trozo para observar la composición de ese líquido pegajoso. Cuando lo obtenía, lo colocaba en el cristal que usaría para ampliar la imagen en el laboratorio o, a veces, en función de la finalidad, utilizaba una especie de bastoncillo que posteriormente humedecía para descomponerlo en un líquido incoloro que le proporcionaba informaciones diversas sobre su contenido.
Tras varias idas y venidas al laboratorio y una semana larga de observar, descomponer y analizar, consiguió aislar lo que ella pensaba que sería el componente que obraba aquellos cambios.  La siguiente fase se concentraba en crear cantidades suficientes de ese componente de forma artificial. En caso de éxito, esperaba avanzar a la siguiente fase en la que debería buscar un “continente” que sirviera de recipiente para guardar dicha sustancia y perpetuarla  artificialmente: bien rellenándola como si de un ambientador se tratara o bien elaborando pequeños dispositivos  de usar y tirar.

   Estaba tan entusiasmada con la idea que no pensó en consecuencias negativas derivadas de su imprudencia al jugar a convertirse en una especie de “deidad creadora”. Tan obsesionada estaba con la idea de ofrecer al mundo una solución a sus problemas que no cayó en la cuenta de que podría estar creando, sin darse cuenta de ello, su propia trampa.
Una vez aislado el componente y habiendo logrado su reproducción química al  imitar su secuencia genética, decidió experimentar en ella misma los efectos de su nuevo y revolucionario invento. Al principio no supo más que extraer varias gotas del líquido por lo que inventó una especie de inhalador del cual hacía uso cada cierto tiempo notando sus efectos casi de forma inmediata. Empezó a sentirse tan bien que no encontraba momento para dedicarse a la vida mundana ni a sus escasas pero queridas compañías.

   A la semana de usar el inhalador, no pensaba en otra cosa que en fabricar una mayor cantidad del producto milagroso para poder instalarlo en diversos recipientes parecidos a los ambientadores de hogar y distribuirlos por toda la casa. Como no paraba de inhalar la extraña sustancia, su humor estaba siempre dispuesto para creerse capaz de cualquier cosa que quisiera hacer así como para perder la objetividad necesaria en sus investigaciones lo que la llevó a cometer más de un error que hizo poner en peligro su integridad física al mostrarse dispuesta a inyectarse un líquido elaborado a partir de aquel componente misterioso que había descubierto.

   Algunas de las amigas que la llamaron durante un par de semanas y a las que en todo momento les avisaba de que estaba a punto de mostrar al mundo un gran invento que revolucionaría nuestra actual forma de vida, empezaron a notar algo extraño en su comportamiento y se acercaron por su casa para ver qué estaba pasando.
Cuando llegaban, encontraban muy cambiada a su amiga, quien ya no mostraba la menor señal de buen humor y picaresca que en ella era tan caracteristica. Se la notaba bajo una especie de estado hipnótico que consideraban resultado de su concentración en el nuevo trabajo en el que estaba centrada. Además, se sentían un poco extrañas dentro de la casa, como si se relajaran sus músculos y no tuvieran voluntad propia para expresar lo que sentían. Se sentían tranquilas, si, pero de una forma un tanto forzada, como apagadas.

   Maribel fue la única que se dio cuenta de que algo fallaba cuando la segunda vez que fue a visitarla, su amiga no deseaba salir de la casa y mostraba una mirada perdida y acuosa. Ella misma se sentía sin fuerzas para discutir con ella y tratar de convencerla para salir a tomar el aire. El ambiente de aquella casa empezaba a agobiarla e intimidarla. Salió al porche a tomar el aire y se quedó allí sentada unos minutos mientras recuperaba de nuevo su fortaleza y su convicción por ayudar a su amiga. Se dio cuenta de que era el propio ambiente de la casa lo que la ofuscaba y decidió que su amiga debía salir de allí como fuera.
Entró al salón y se dirigió directamente a su amiga a quien tiró de la manga para hacer que la siguiera hasta el exterior. No sin dificultad consiguió su propósito y, tratando de alejarla lo más posible de la vivienda, le hizo bajar los escalones de la entrada y la sentó en una  de las sillas que había en el jardín.

   “¿Qué hacemos aquí, Maribel?” preguntó extrañada de verse allí sentada sin acordarse muy bien de cómo había llegado hasta allí. ”Respirar el aire fresco de este día tan maravilloso y procurar que tu casa se ventile  lo antes posible”.
Maribel había dejado allí a su amiga mientras ella se dedicaba a abrir todas las ventanas de la casa, y las puertas, de par en par. No es que hubiera un olor extraño en esa casa sino que era más bien una especie de atmósfera plomiza que sin ser asfixiante si resultaba en parte desconcertante. Aturdía un poco al entrar aunque pasados varios minutos uno se encontraba en tal estado  de embriaguez que no era consciente de ella. Solo se sentía una cierta inquietud mitigada por la mezcla de sensaciones agradables que dejaban anulados los demás sentidos y  convertían a quien estuviera dentro de ella en un ser autómata y sin poder de decisión.

Poco a poco notaba como la niebla de mi cerebro se iba disipando dando paso a un punzante dolor de cabeza que le obligaba a cerrar los ojos y a permanecer allí sentada. Notaba una suave corriente bajo sus pies procedente de no sabía dónde pero que le hacía sentirse mejor. Se descalzó y acarició la hierba que estaba bajo sus pies. Eso le hizo recordar otra tarde en la que se descalzó no hacía muchos días. “Las hierbas bajo la ventana”, murmuró. Maribel la miró sin comprender. Entonces repitió en voz alta la frase que esta vez si fue entendida por su amiga aunque no supo explicar qué quería decir con eso ni qué tenía que ver con nada de lo que estaba pasando. Más bien asustó a Maribel quien pensaba que estaba empezando a delirar.

Yo, traté de tranquilizarla y empecé a contarle todo lo que me había pasado desde el momento mismo en que me di cuenta de lo importantes que eran aquellas plantas bajo la ventana. Pero como mi cabeza aún estaba un poco aturdida no supe darle una explicación coherente y mis frases inconexas cada vez le producían mayor desconcierto.
Al final opté por mentirle a medias (o no contarle toda la verdad) y decirle que había experimentado en mí un componente novedoso que consideraba serviría para la cura de varias enfermedades, cuyo resultado era el que veía.

   Tardé varios días en recuperarme del todo y estuve fuera de mi casa durante ese tiempo porque mi amiga consideró necesario que saliera de aquella atmósfera para despejarme y volver a mi vida normal. Yo no me negué sabiendo que me iba a resultar difícil escapar de su instinto protector, actitud que en aquellos momentos admiré como nunca. Gracias a sus cuidados vuelvo a retomar mis investigaciones y mi vida anterior desterrando mis pasadas ambiciones de ofrecer al mundo un remedio para la felicidad.
Tiré todo aquel material que tuviera que ver con mis investigaciones sobre la planta y puse especial  cuidado en  que nadie se enterara de mi descubrimiento. Quité las plantas que había bajo la ventana y las quemé. No dejé rastro de ellas.
Aún me mantengo alerta ante los brotes que van surgiendo por aquí y por allá en mi jardín por si las viera de nuevo aparecer. Aunque, a veces, me gustaría volver a tenerlas bajo mi ventana.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 09 Noviembre, 2014, 17:18:49 pm
UNA HISTORIA CORRIENTE

A través del cristal de la cabina pudo ver como todas aquellas personas que tanto habían representado en su vida se iban reduciendo a la nada, disminuyendo paulatinamente,  conforme se alejaba de aquella tierra oscura que había sido su hogar hasta el momento. Había disfrutado de ella sin saberlo durante todos aquellos años y ahora, que debía abandonarla, comenzaba a descubrir su auténtico valor.

Siempre había esperado con ansia el momento en que aquel día se hiciera realidad pero ahora que al fin se materializaban sus sueños no sentía la emoción que esperaba sino que se encontraba en un mar de dudas que le hacía cubrirse de un manto huraño de soledad.
Miró de soslayo al resto de sus compañeros de viaje tratando de adivinar en sus caras las emociones que encerraban sus cuerpos cansados del largo y fatigoso vuelo a través de las montañas en aquellos aparatos ridículos y destartalados que con solo mirarlos costaba pensar en que pudieran mantenerse aún en pie y, mucho menos,  que se pudiera volar en ellos. No descubrió nada especial en aquellos rostros, nuevos para él,  salvo esa mirada huidiza típica de las personas no acostumbradas a trabajar con un grupo de  desconocidos y que denota la desconfianza que provoca la proximidad de sus semejantes.
 
   Pasaron muchas horas entre las nubes. Tantas que la luz celeste se apagó  y casi dio tiempo a que se volviera a encender. Amanecía ya cuando bajó despacio los escalones, debido a la debilidad de sus piernas y a los calambres que le atenazaban después de permanecer tanto tiempo en la misma postura. No se había movido por temor a invadir el espacio de sus compañeros de viaje quienes tumbados o con la espalda medio apoyada dormitaban a medias ahora que tenían tiempo para hacerlo. Todos le aconsejaron que lo hiciera. “Aprovecha ahora que puedes”. Esas fueron sus palabras. Pero tenía el ánimo tan turbado  que no encontraba acomodo  ni razón para hacerlo.
Muchas veces paseó su mirada por aquellos cuerpos agotados que se mostraban semiinconscientes en el suelo de una cabina que no paraba de agitarse como si fuera una coctelera pensando en qué tipo de personas encubrirían esas carcasas de piel y hueso. Desde ese momento y en adelante le quedaban  muchas horas por compartir con ellos y necesitaba saber hasta qué punto podría confiar en sus futuros socios  o si convendría más dejarse guardadas  para sí mismo ciertas parcelas a las cuales no se podría acceder. Trataba de adivinar y sopesar con quién establecer alianzas o con quién sería mejor poner límites precisos, o bien, cómo abordar su amistad para mantener al grupo en el debido equilibrio de forma que ayudara a cumplir la misión que tenían encomendada. Él era el jefe del grupo y, como tal, responsable del éxito de la misma. Habían sido elegido por su capacidad organizativa y su habilidad para cohesionar diversas almas hacia un objetivo común. Ahora debía demostrarlo con sus actos.

   La mañana era fría y el viento soplaba con rabia colándose por entre la ropa  haciendo erizar el vello de la piel. Se arropó bien bajo su chaquetón de cuero gris y se alzó el cuello para cubrir ese flanco tan expuesto a las inclemencias del tiempo. Mientras lo hacía contemplaba la fila de hombres y mujeres que bajaban diligentemente y en silencio por la pequeña escalera de la avioneta analizando con la mirada a cada cual mientras anotaba mentalmente pequeños detalles de su fisonomía que le llamaban la atención y que le servirían posteriormente para hacer un reconocimiento rápido de su persona.
Todos se colocaron en círculo a la espera de instrucciones o de alguna orden que cumplir sin saber muy bien qué hacer. Nadie se conocía con anterioridad a ese viaje y todos se miraban con cierta ansiedad y recelo. Lo único que  les unía era el deseo de actuar por una causa que ellos entendían justificada. Estaban ansiosos por conocer cuál sería su objetivo ya que nadie les había dicho nada al respecto; apenas habían escuchado algunas insinuaciones en las que se les hacía notar la importancia de la empresa y su valor para ciertas personas de las más altas esferas políticas cuyos esfuerzos recompensarían largamente. Todos excepto el líder del grupo, claro, quien en esos momentos trataba de ocultar su sonrisa cuando descubriera a los demás la verdadera misión.

 Llevaba tiempo preparando el discurso inicial para prevenir todo tipo de incredulidades y desaires cuando por fin comunicara al grupo el trabajo que debían realizar. Aquello iba a ser complicado, pensó, pero era importante y debía ser transmitido a los demás como tal. Lo cierto era que no tenía nada de heroico. Tendrían que robar  un perro. De mármol. De medio metro de largo y sus buenos kilos encima. Sonaba de lo más estúpido. Pero en eso consistía la misión.
 Ni siquiera él mismo entendía que hubieran elegido a seis personas de diversos lugares de Europa para realizar una simple acción que apenas requería unos minutos. ¿Qué tenía de extraordinario ese perro para que no pudiera ser objeto de una simple compra directa a su dueña? ¿Cómo era posible que se necesitaran seis personas para conseguir una vulgar estatua? Todas esas preguntas y muchas más, estaba preparado para responder de forma contundente atajando cualquier asomo de absurdo o de inutilidad de la tarea, que seguramente le iban a plantear, porque  esas mismas dudas habían acudido a su mente en cuanto se le comunicó por primera vez aquel encargo. Su primer pensamiento le llevó a sospechar si acaso le estaban poniendo a prueba para comprobar qué grado de  implicación estaría dispuesto a asumir respecto al trabajo propuesto, fuera este cual fuese. Primera prueba superada.

   Se dirigió al grupo con voz clara y pausada, mirando  la cara de todas aquellas personas que conforme lo escuchaban iban mudando la expresión de sus rostros: de ansiedad y curiosidad a sorpresa y desconcierto, pasando por un estado de rabia y después de incredulidad. Todos expresaron su desagrado con gestos evidentes de irritación y malestar acompañados de palabras a media voz y miradas acusadoras. Como si hubieran estado esperando al pistoletazo de salida,  comenzaron a protestar a la vez no consiguiendo por respuesta más que el gesto serio y firme de quien les había hablado el cual trataba de hacerlos callar alzando su mano tratando así de frenar sus objeciones, logro que consiguió tras varios segundos de confusión en los cuales cada interlocutor fue enmudeciendo paulatinamente.
“Entiendo todos y cada uno de vuestros reproches. Yo mismo me los planteé al ser informado del proyecto”. A esta frase inicial, que pretendía ser de lo más conciliadora, siguieron varias más en tono relajado y medido donde trataba de exponer con claridad la importancia del éxito de la operación a la vez que les arengaba para cumplir con  la misma. “No debéis pensar en la inutilidad de vuestro trabajo puesto que de todos es sabido la importancia del vuelo de una mariposa en la teoría del caos. Ahora os resulta absurdo pero de nosotros depende que no se produzca un desastre diplomático que conlleve al enfrentamiento entre dos gobiernos ”.

   No quedó claro si acabó convenciéndolos o si simplemente estaban dándole tiempo hasta poder calibrar la seriedad de la situación. Se encontraban demasiado cansados para iniciar un debate abierto así que su primera orden como líder del grupo fue que cada cual marchara a su habitación a asearse y descansar; pasadas varias horas se reunirían en su habitación y se les explicaría con más precisión  la tarea a realizar. Nada de información específica respecto a los gobiernos en conflicto o el objeto del que tendrían que hacerse cargo sino un detallado recorrido por las diferentes funciones de cada cual y los pasos a seguir en lo sucesivo así como las posibles vías de escape en caso de imprevistos. Si todos estaban conformes con lo programado sería cuestión de horas. Nada más sencillo que llegar, trasportar la estatua a un camión y salir de allí de vuelta a casa. Fin del plan y todos contentos.
Todos salvo la supuesta dueña de la estatua quien no se daría cuenta del cambio efectuado hasta pasadas varias semanas cuando tuviera que devolver el “regalo” a su verdadero destinatario y descubrieran que en su interior no estaba el auténtico objeto de valor; “paquete” que habría sido hábilmente sustituido por un breve mensaje de advertencia que haría abortar de inmediato las hostilidades entre los gobiernos enfrentados.
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   Leyó despacio lo escrito repasando cada letra y cada palabra para comprobar que todas ellas mantuvieran cierta estructura gramatical y coherencia interna. Seguía sin estar muy segura de aquella historia. No le parecía que pudiera tener muchos visos de realidad. Dudó. Decididamente no parecía real sino más bien un mal relato  de los que ella solía criticar por falta de veracidad y ausencia de trama. No le gustaba lo que en esta ocasión había surgido de sus dedos. Y por eso decidió que no merecía la pena seguir el texto hasta ver dónde le llevaba, conque lo borró sin pensárselo mucho. Cerró de golpe el portátil y salió de la habitación sin ser consciente de que el cable bloqueaba el cierre.
Se levantó cansada y entumecida. Había dedicado buena parte de la tarde a escribir aquello que ahora le resultaba tan absurdo pero no por eso se sintió decepcionada. Al fin y al cabo no era más que un mero pasatiempo así que no le importaba haber utilizado su tiempo en eso, más bien se encontraba de un excelente humor. Ya no sentía ese nerviosismo que le había perseguido por la mañana ni tenía el extraño sentimiento de que le faltaba algo. Estaba tan relajada que sería un buen momento para pasear y descubrir el mundo a su alrededor observando cómo éste se iba transformando conforme el otoño iba adueñándose de la situación.

   Su hermano había llegado a casa apenas unos minutos antes de que ella saliera por la misma puerta que él acababa de traspasar con cierta prisa para acabar alguna tarea pendiente recordada a última hora, y por eso no vio cómo de inmediato se sentaba ante el ordenador y lo encendía con premura, por lo que quedó muy sorprendida cuando, al volver de la calle, su hermano le daba las gracias con gran entusiasmo. No entendía por qué pero  tampoco le dio mucha importancia ya que éste tenía esos arrebatos continuamente; lo mismo te daba las gracias que te soltaba una frase de lo más despreciativa, y todo sin tener nunca claro el porqué. Menos mal que en esos casos, pasados varios minutos, que podían variar del cuarto  a la media hora, siempre aparecía con cara compungida y se acercaba a ella para pedirle perdón con una voz que sonaba realmente arrepentida dejándole estampado un beso en la frente que le sabía delicioso y que, además, tenía el poder de curar toda sombra de enojo hacia él.

Pero no fue hasta pasados unos días cuando se enteró de cual era la verdadera razón de tanto entusiasmo. Su hermano le mostró orgulloso la nota que le habían puesto. “Y todo gracias a ti que me salvaste la vida en el último momento”. Eso o algo parecido, porque lo que había pasado es que no se había acordado del trabajo de Historia hasta el mismo día casi de su entrega y aquel  relato que le había proporcionado su hermana ya escrito, sin ella ser consciente, le había dado la idea que le llevó a rematar la tarea.
“¡Pero si yo lo había borrado!” respondió sin comprender lo que había pasado. Su hermano le explicó cómo el cable había impedido que se cerrara el programa con lo que el ordenador se había quedado en la misma página preguntando si quería borrar o no el texto. “Y como pensé que podrías haberlo hecho sin querer, por si acaso, lo guardé. Y lo leí. Y me lo apropié. Solo que le di mi pequeño toque personal”. 

   Era cierto, ya no había ni rastro de gobiernos enfrentados ni del perro ni de nada similar. Ahora el protagonista era un soldado al que encomendaban la misión de tomar una colina situada en una zona ocupada que se consideraba especialmente estratégica para abordar al enemigo y seguir reconquistando territorio.
Bueno, después de todo, su texto había resultado de provecho para otra persona. Mejor así, de otra manera hubiera acabado diluido en el mundo de los proyectos inacabados y habría desaparecido sin pena ni gloria. No es que le importara ni mucho ni poco solo que así resultaba de utilidad para alguien, cosa que le agradaba y le hacía sentir bien.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, a su vez, aquel texto remodelado y reconvertido en pequeño relato bélico había sido de nuevo reinventado por su profesora para añadirlo en el siguiente número de  la revista del centro.  En él ya no había traza alguna de soldados ni de guerras ni nada que tuviera que ver con aquel período de la historia reciente. Ahora retrocedía en el tiempo y se desplazaba hacia la edad de la civilización de las pirámides a través de los descubrimientos de un arqueólogo bajo cuya supervisión se habían encontrado nuevos textos esculpidos en piedra, ídolos de diferentes clases y diversa cerámica de la época, todos ellos de gran valor, que daban un nuevo enfoque sobre la cultura surgida en aquella época y la forma de vida de sus habitantes.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 16 Noviembre, 2014, 08:43:54 am
FUSIÓN   

La primera vez, pensó que no había sido más que uno de esos sueños extraños que no acaban de recordarse bien hasta no despejadas todas las brumas nocturnas, cuando asoma la primera conciencia de realidad con la claridad del día; la segunda, fue una especie de “Déjà vu”; la tercera, removió inquieta su conciencia y  comenzó a surgir cierta preocupación al no saber el motivo de todo aquel enredo.
No dejaban de ser simples coincidencias pero, a la vez, tenían tal grado de posibilidad que asustaba pensar que fueran ciertas. No era la forma en que se sucedían los acontecimientos sino la sensación de que se podía influir en ellos sin  necesidad de presencia física. Algo similar a una telepatía o conexión psíquica entre dos personas desconocidas que por alguna razón discurren sobre la misma materia en un momento concreto del espacio-tiempo  creando una especie de “nube”  o dimensión en la que solo caben las ideas de ambas y donde ellas mismas se combinan dando lugar a otras nuevas que generan una solución novedosa.

Pero al contrario de lo que pensaba, con el tiempo llegó a la conclusión de que no era requerido esfuerzo alguno por parte de ninguna de las dos personas intervinientes así como tampoco se podía incidir de forma directa en la dirección de las resoluciones obtenidas sino que aquellas quedaban reducidas, si acaso, a meras observadoras participantes de una fusión entre ideas, a veces incluso contradictorias, que al igual que las mezclas obtenidas en un laboratorio entre diferentes elementos, generaban formas nuevas y desconocidas.
O esa era la conclusión a la que llegó tras varios meses de intentos desesperado por dar una explicación que le resultara lo suficientemente coherente a tan extraño fenómeno. La persona con quien se fusionaba siempre era desconocida para él y por lo que parecía, hasta creía que en algunos casos ni siquiera dominaban la misma lengua. Empezaba a preocuparse realmente por sus desvaríos no fueran a ser claro síntoma de enfermedad mental o lo que no sabía si podría ser peor, de tumor.

   Tan extraordinario le parecía  todo que no se atrevía a contarle a nadie su desconcertante secreto. Por lo menos, no hasta que no pudiera darle alguna forma de realidad aparente o explicación lógica.

   Trató en vano de considerarlo un sueño recurrente, mas no podía ser puesto que no eran las mismas sensaciones las que se provocaban cada vez ni tan siquiera se reproducía de forma idéntica una sucesión de hechos. Trató de autoconvencerse de que no era sino la mera expresión subconsciente de que algo le preocupaba en exceso sin ser capaz de precisarlo sino  a través de las imágenes proyectadas en el  mundo onírico (ya que estas circunstancias solo se producían cuando dormía). Incluso durante unas cuantas semanas tranquilizó su ánimo con la súbita idea de que estaba reproduciendo conversaciones inventadas a consecuencia de la lectura de su último libro. Pero duró poco su alivio al comprobar cómo volvía a tener sueños extraños cuya temática nada tenían que ver con aquel.
Lo cierto del caso es que aquello le planteaba, cuando menos, una sospecha fundada de que de alguna manera que aún no lograba comprender era capaz de hacer evolucionar sus ideas (con ayuda o no de esa supuesta persona con la que se fusionaba) hasta más allá de su límite personal.

   Así fue ampliando paulatinamente sus incursiones en distintas disciplinas, puesto que las ideas surgidas nunca se limitaban al campo de lo estrictamente científico sino que podían derivar hacia las más variadas situaciones de la vida: desde cómo elaborar una receta de cocina, pasando por cómo batear mejor y el punto de inclinación adecuada hasta cómo  progresar en la lectura y comprensión de textos o cómo utilizar adecuadamente el tono de voz para sugerir a quien escucha una opción deseada.
No siempre entendía el resultado de las fusiones, suponiendo que tal vez fuera la otra persona quien tuviera la capacidad necesaria para desentreñar el complejo significado de la solución obtenida. De hecho, a veces ni siquiera sabía de qué se trataba, ni cómo buscar información sobre lo que recordaba. En esas ocasiones, se sentía como lo haría el participante en un concurso en el que del resultado de su  acción dependiera la supervivencia de otros debiendo verter en una marea tumultuosa y revuelta donde se mezclaban todo tipo de enseres y materiales los suyos propios, sin saber muy bien a quién beneficiaría.

   Pasados los primeros seis meses, y tras varias fusiones, decidió no  prestarles más atención sino asumirlas como algo normal que sucede en el desarrollo del cerebro, tratándolo como un fenómeno tan usual como el extraño sentimiento de “Déjâ vu”. Supuso que sería algo normal y pasajero; una especie de reajuste conforme el cerebro iba envejeciendo.
Así permaneció durante cuatro meses más en el transcurrir de los cuales se repitieron diversos episodios donde se reproducían estas fusiones en que contactaba con personas que le eran absolutamente desconocidas y con las que nunca pudo comprobar la veracidad de lo sucedido; hasta que una noche sucedió.

   Trataba de conciliar el sueño cuando vino a él la conversación mantenida aquella tarde junto con sus compañeros respecto a la posibilidad abierta por los avances tecnológicos, futuros hipotéticos, grandes inventos que habían cambiado la vida de las personas y toda temática relativa a la creencia de la escasa utilidad dada al cerebro humano y a su gran capacidad aún no aprovechada. Quedó quieto y pensativo mientras llegaba a él el sueño deseado cuando, a modo de rayo que penetra la oscuridad de una tormenta, una idea se coló por su cabeza haciéndole consciente de que provenía de una persona que conocía.
Era una certeza que no entendía pudiera considerar pero que tampoco podía descartar y era tal su convicción de que conocía a esa persona que a punto estuvo de llamarla en ese mismo instante, acto que con grandes esfuerzos pudo reprimir dado lo intempestivo de la hora. Permaneció tumbado esperando a que de nuevo llegara a él esa sensación, tratando de establecer, no sabía cómo, cierta telepatía con quien suponía era su compañera de fusión de aquella noche. Reconocía en ella la idea expresada en una sala de conferencias abarrotada de gente en la que la ocupante de la butaca que estaba a su izquierda se esforzaba en matizar y aclarar.

   Ahora que lo pensaba, fue aquella noche cuando empezaron sus “fusiones”. Tendría que hablar con aquella muchacha de pelo alborotado y desmelenada que solía pasear a su perro por el parque cercano a su casa las tardes alternas de lunes a viernes. Tal vez ella pudiera darle una explicación de lo sucedido. O, al menos, tendría con quien hablar sobre el tema sin ser tomado por un demente.
De inmediato consideró la necesidad de hablar con ella en cuanto fuera posible dejando de lado toda prudencia y discreción sobre las extrañas noches pasadas y aquellas experiencias telepáticas que tanto le sorprendían y para las que no tenía una respuesta lógica eficaz.

   Curiosamente había obtenido el teléfono de esa muchacha de una forma de lo más inusual ya que se lo había dado ella misma una tarde en el parque cuando su perro  le había mordido por casualidad y le había rasgado un tanto el pantalón. Quería que le avisara si tenía que reparar el arreglo o si podía compensarle de alguna manera.
No le había echado ninguna cuenta y no sabía con seguridad qué había hecho con aquel pedazo de papel rasgado en el que la chica había registrado su número de móvil con un pequeño lapicero que encontró en su bolsa. De eso hacía ya más de medio año y no sabría decir con exactitud qué habría sido de él; lo mismo podía haberlo tirado a la basura que igual se encontraba aún en el mismo sitio en que lo dejara por primera vez así que probó suerte y la obtuvo, puesto que doblado en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta ese día encontró el ansiado papel.

   A la mañana siguiente, despertó temprano y se dedicó a tomar notas de todo lo que recordaba de sus noches y de las ideas que creía haber desarrollado para poder exponerlas con cierta claridad. Incluso trató de ordenarlas en el tiempo por si aquello servía de alguna ayuda.
Miraba con ansiedad el reloj que tenía en la pared de la habitación esperando que fuera una hora prudente para hacer una llamada a una persona desconocida en un día que se suponía festivo de modo que cuando las dos agujas estaban en lo más alto indicando el mediodía, se decidió a tomar el papel y marcar el número que en él estaba escrito.

   Tuvo que esperar al quinto tono de llamada para escuchar una voz gutural y profunda que no identificó como proveniente de la muchacha con la que había coincidido más de una vez en el parque y con la que había mantenido alguna que otra conversación de cortesía. Y, efectivamente, no era ella sino su compañero de piso quien apenas escuchó su nombre pasó el teléfono a la persona con quien realmente deseaba comunicarse, la cual respondió con tono aliviado “Sabía que  tú si  me escucharías. Esperaba tu llamada.”
Aquello le dejó tan sorprendido que no atinó a decir palabra, por mucho que la muchacha tratara de hacerle hablar llamándole por su nombre y preguntándole si se encontraba bien, lo que redobló su incredulidad. Cuando al fin consiguió emitir algún sonido fue para confirmar su presencia en el lugar convenido. Colgó el teléfono y se quedó allí parado un rato intentando asimilar lo que había sucedido.

   Al poco rato salía por la puerta de su casa en dirección al parque, lugar señalado para encontrarse con la chica que tan vivamente le había impresionado con sus palabras, sin fijarse en que acababa de pasar un semáforo en rojo y haciendo que el coche delantero tuviera que dar un frenazo en seco que le sacó de inmediato de todas sus abstracciones. Llegó a la entrada del parque y paseó la mirada por la gente que transitaba por allí hasta localizar a la persona que había sido su interlocutora al teléfono pocos minutos antes y hacia la que enfiló sus pasos.

   Cuando llegó, ella ya se había sentado en un banco cercano y le invitaba a que hiciera lo mismo con la mirada. Esperó a que se acomodara a su lado y empezó a hablarle sobre generalidades que le ayudaran a entrar en materia. Le dijo que se llamaba Manuela y que le había pedido su ayuda porque no sabía de otra persona que pudiera hacerlo. Ella también había tenido esos sueños extraños y se había preguntado qué podían significar sin llegar a una respuesta concluyente pero había notado cierta “sintonía” cada vez que él se encontraba cerca, sin poder explicar en qué consistía ésta.

“Al principio no me pareció extraño porque pensaba que era una sensación de familiaridad pues me recuerdas mucho a mi padre, ya fallecido, pero al cabo del tiempo me di cuenta de que aquello iba más allá de la simple familiaridad, era una especie de conexión inexplicable que me hacía sentirme cercana a ti”.
 Manuela me miraba con sus ojos grandes, verde mar, de expresión dulce y apacible mientras me contaba todo esto y yo trataba de centrarme en sus palabras sin poder sustraer de mi imaginación su expresión tan arrebatadoramente atormentada y adorable. Se veía tan apurada, tan desesperadamente preocupada y necesitada de ayuda que no dejaba de contemplarla como una pequeña que se hubiera perdido en medio de una multidud del lado de sus padres y estuviera pidiéndome que, por favor, los encontrara para poder volver con ellos.

   No podía hacer nada por ella más que escucharla e identificarme con sus palabras puesto que sus dudas y preguntas eran las mismas que yo me había planteado en mis noches pasadas, pero logré transmitirle cierta tranquilidad y le aseguré que estaríamos en contacto añadiendo que podría acudir a mí siempre y cuando lo necesitara. Pareció sentirse mucho más relajada y me confesó que había sentido un miedo terrible pensando en cuál sería mi reacción ante una situación tan fuera de lo normal.
Nos despedimos con un tierno abrazo, que aún conservo con intenso cariño entre mis recuerdos, y marchamos cada cual a nuestra casa sintiéndonos un poco más acompañados. Si bien no habíamos podido alcanzar una adecuada justificación para lo que nos estaba pasando al menos habíamos templado nuestro ánimo y compartido nuestras inquietudes y soledades.

   Esa fue la última vez que supe de ella, hace ya diez años. No la he vuelto a ver así como  tampoco he vuelto a tener más fusiones ni sueños parecidos. Manuela se los llevó. Ella los trajo y ella los hizo desaparecer.

Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 29 Noviembre, 2014, 08:48:10 am
   HISTORIAS DESDE EL SOFÁ....

La tarde se mostraba lluviosa y gris. La lluvia, perezosa, no acababa de empapar el suelo de baldosas que cubría el camino de entrada a la casa cuyo único propósito parecía fuera  estar esperando ser pisado por alguna de las innumerables personas que transitaban sin orden ni concierto por las cercanías de la estación. Apenas una escasa barrera de madera separaba a esta del camino, de tal modo que, en ocasiones, la engañosa perspectiva hacía pensar que alguien fuera a colarse en un descuido por entre sus ensambles.
Dentro de la casa, una persona tumbada en un sofá de color crema con flecos en las esquinas y con varios cojines bicolor colocados desordenadamente  unos encima de otros, observaba el ir y venir de la marea humana sin prestarle mucha atención. Concentraba su mirada huraña en la parada de autobús mientras maldecía su suerte por encontrarse en aquella situación, que no había previsto, y que había desbaratado todos sus planes por un período de tiempo excesivamente prolongado, para su gusto.

   Cierto es que no fue correcto por su parte tratar de adelantar a aquella pequeña tropa de escolares alocados dando grandes zancadas, mientras intentaba esquivar sus mochilas, con el fin de que no se colaran antes que ella en el autobús pero es que tenía sus razones para actuar así. Tenía prisa. De reojo, había visto cómo el autobús se aproximaba  a la parada que ella se aprestaba a alcanzar cuando se percató del pequeño grupo, de unos siete chavales, quien junto al que consideró su maestro estaban esperando  la llegada del mismo para lo que suponía sería un paseo por el museo arqueológico. Allí es donde iba ella también; Tarde; Muy tarde. Seguramente ya estarían todos allí reunidos esperando la llegada del gran tesoro que durante largos meses habían estado solicitando a las autoridades peruanas y cuyas trabas burocráticas habían tirado por tierra tantas veces sus ilusiones de verlo expuesto por fin en sus vitrinas.
Todas sus  ilusiones se vieron de pronto estampadas contra el suelo cuando ella cayó de una forma bastante cómica quedando con las piernas cruzadas y con todo el peso de su cuerpo sobre la cadera. No pudo evitar que su calzado resbalara con aquel charco inesperado que hizo que la suela de sus nuevas botas se deslizara con facilidad por su superficie haciendo que ella perdiera el equilibrio y acabara topando con su cuerpo, cual largo era, en el suelo. Los muchachos fueron los primeros en ayudarla, entre risas, y en percatarse de que la caída había sido seria, el resultado de la cual era lo que desgraciadamente la mantenía postrada en aquel sofá.

No llevaba ni cuatro días en ese estado cuando ya empezaba a mostrar signos de aburrimiento extremo así como cierto malhumor fruto de la desesperación de verse inválida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Para todo debía depender de una persona no pudiendo hacer el menor gesto sin mediar una llamada a su hermana, quien sin ningún pudor había acudido a su casa para ayudarla hasta que  pudiera valerse por sí misma. Se habían acostumbrado rápidamente a la rutina mutua de la mañana; Mientras una leía, o mejor dicho, se desesperaba en el sofá, la otra trabajaba en su ordenador tecleando no se sabía muy bien qué. En más de una ocasión había estado tentada de preguntárselo directamente pero le parecía un tanto descortés que si no salía de ella  de “motu proprio” la obligara a contárselo, y mucho menos después de cómo se estaba comportando con ella, teniendo en cuenta que nunca habían sido unas hermanas muy bien avenidas.
La tarde traía el relevo y con él algo de diversión, lo cual  le sentaba muy bien a la par que provocaba que el tiempo se le pasara con mayor celeridad. Era el momento de encontrarse, según el día, con su amiga, sus compañeros de trabajo, el vecino o su ser más querido en aquellos tristes momentos de reclusión forzosa: su primo Roberto. Que ella recordara, desde siempre se habían compenetrado tanto que habían llegado a formar una pareja singular; En las diferentes reuniones familiares solían acabar apartados en un rincón maquinando alguno de sus complots o resolviendo diversos misterios de la historia pasada.

   Aquella tarde esperaba a su primo y ya tenía preparado un arsenal de preguntas para él pero una llamada a última hora de la mañana le avisó de que no iba a poder reunirse con ella por lo que su  humor se encontraba tan oscuro como las nubes que poco a poco iban cubriendo con su espesa capa de tonos grises el horizonte que divisaba desde su sofá. Por eso miraba fijamente a todas aquellas personas que tanta envidia le daban al poder deambular libremente de un lado para otro sin ser conscientes de la importancia de ese hecho tan simple pero tan liberador. Sobre todo, se centraba en los que, como ella, iban amagando a quienes venían de frente y avanzaban en diagonal, bajando de la acera si era preciso, y tratando de sortear alguna que otra pareja de ancianos cuyo caminar era más lento del que ella era capaz de soportar; familias con hijos que ocupaban todo el ancho de la acera o algún que otro grupillo de gente que se paraban a conversar en medio de la calle.
Sin darse cuenta llevaba un buen rato con la vista fija en una mancha indeterminada que de pronto empezó a tomar forma conforme ella tomaba conciencia de que estaba siendo observada a su vez. ¿La observaban a ella?¿Quién podría ser aquella persona tapada tras aquellos binoculares? ¿Y qué interés podía despertar ella? Ah, claro. No podían verla tapada como estaba con las cortinas. ¿Qué estarían buscando entonces? Que ella supiera, en aquella dirección sólo se podía ver el viejo puente romano que daba acceso a un estrecho sendero que, a su vez,  conducía hasta una pequeña ermita. Entonces era eso. Sería cualquier turista venido a la ciudad para admirar esos rincones inesperados con los que a veces uno se tropieza.

   Siguió con la mirada a aquella persona esperando que desapareciera de su vista pero le sorprendió comprobar que no se movía de su sitio y que no paraba de mirar impaciente la hora en su reloj. Entonces pensó que sería divertido recrear una historia sobre aquella persona que había atraído su mirada curiosa. Se fijó bien en su ropa; Su pose; Sus rasgos o lo que desde allí ella podía distinguir. Le chocó que llevara una cazadora de cuero más propia de un chulo de barrio combinada con muy mal gusto, todo sea dicho, con unos pantalones que parecían hechos a la medida por un sastre; Aunque claro, para gustos, colores, como decía su abuela. ¿Quién le aseguraba a ella que aquella persona, que por cierto aún no distinguía si era de sexo contrario o no, no se sintiera orgullosa de portar semejante atuendo y que incluso le pareciera hasta acertado o a la moda?.
Decidió centrarse en ese detalle para iniciar una historia llena de incongruencias donde la persona en cuestión contaba en realidad con cierta fama entre la población y lo que intentaba era enmascarar su imagen para pasar desapercibida. Solo que estaba consiguiendo el efecto contrario, por lo menos con ella. Lo que no lograba distinguir desde allí era su sexo. Decididamente, aquella no era la ropa que una persona llevaría para no destacar, más bien parecía hecho “ex profeso” para resaltar entre los demás. Si de ella dependiera, la hubiera multado por semejante combinación de atuendos y colores que a ella le inspiraban rechazo estético.

   De pronto, dio la impresión de que aquella persona se hubiera cansado de esperar y, mirando su reloj por última vez, se dirigió a la derecha y se perdió de vista no sin antes advertir cómo tiraba algo en la papelera cercana para después alejarse de la estación con cierta prisa.
Seguía sin distinguir con claridad si aquella persona pertenecía a uno u otro sexo pero decidió que aquellos andares bien podían ser los propios de un chico joven. No quería renunciar a su historia y le adjudicó ese sexo y edad para poder continuarla. Estaba tan aburrida que poco más podía hacer así que se enfrascó en un debate consigo misma sobre cuáles serían sus razones para acercarse allí de aquella guisa y con aquellos prismáticos. Quien sabe si no sería un deportista reconocido que trataba de encontrarse con alguien sin ser acosado, aunque lo más probable es que fuera una persona normal con lo que ella consideraba mal gusto para combinar su ropa y con unas razones de lo más vulgares para permanecer allí, como podía ser el que estuviera esperando la llegada de su novia, un amigo o incluso algún pariente.

   ¿Y para qué quería entonces los prismáticos? Bueno, si, reconocía que aquello se salía un poco de la normalidad pero seguro que habría una explicación más que lógica para todo aquello. “A ver, piensa… Supongamos que ha dado la casualidad de que tenía que devolverle aquello a la persona a la que estaba esperando y como no llegaba habría decidido utilizarlos mientras para matar el tiempo”. Si, aquello era una buena alternativa. “O también puede ser que quedara allí con una persona aquella tarde  para ir caminando hasta la ermita y que esa persona considerara que lo de mojarse no iba con ella”. Esta opción le resultaba poco posible.
Así siguió durante varios minutos dando vueltas a las diferentes alternativas y descartándolas conforme su nivel de probabilidad logrando que la tarde se fuera pasando rápidamente. En su mente iba dando forma a diversas historias cuyos protagonistas eran todas aquellas personas que, cayendo en su campo visual,  llamaran su atención de alguna manera y a las que iba dotando de unas u otras cualidades en función de su forma de andar, su vestimenta o cualquier gesto detectado por aquella observadora inesperada de sus vidas.

   A eso de las ocho de la tarde, cuando ya empezaba a  oscurecer y sus historias se estaban agotando, una llamada le hizo reír de buena gana. Su interlocutor: su primo Roberto, quien conociéndola sobradamente y suponiendo que estaría aburrida retenida a la fuerza en aquel sofá había ideado un plan para resarcirla de su ausencia pidiendo a un amigo suyo que, por favor, se acercara aquella tarde a la estación vestido de la forma extravagante que se le ocurriera para llamar la atención de miradas indiscretas pero sin exagerar. El resultado no podía haber sido más exitoso. Los dos primos conversaron durante varios minutos más, entre risas, celebrando lo acertado de aquel cómplice a quien quería conocer y con quien se vio al cabo de varias semanas.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 05 Diciembre, 2014, 17:41:12 pm
DE RELOJES Y ARENAS

Durante toda la mañana estuvo deambulando por  la playa dejando que su cuerpo fuera acariciado por la brisa marina e impregnándose del salitre traído por las espumosas olas del mar. Paseando de aquí para allá, descalzo, mientras se agachaba de vez en cuando a recoger alguna que otra concha, piedra o cualquier diminuto objeto que atrajera su atención, iba atesorando todo cuanto su alocada imaginación iba sugiriendo a su cabeza. El cubo que colgaba de su brazo se había llenado hasta pasada la mitad y como aún no estaba satisfecho con su botín siguió recorriendo la orilla durante unos cuantos metros más hasta que una voz, grave y familiar, le hizo girarse y volver ceñudo sobre sus pasos.
Era su padre quien no había dejado de vigilarlo durante todas aquellas horas en las que él había permanecido bien en el agua, bien en la arena, tumbado, semienterrado o chapoteando; Siempre pendiente, aunque a distancia, para darle la impresión de cierta libertad de movimientos y de independencia. “Ya soy bastante mayor como para que nadie tenga que cuidar de mi como si fuera un bebé”, le había reprochado en más de una ocasión.

   No entendía cómo los mayores podían ser tan pesados con eso de la hora. Al fin y al cabo ¿qué era eso del tiempo que tan apurados les traía a todos? ¿A quién le importaba preocuparse por mirar una esfera en la que se movían unas agujas  y a las cuales parecía que reverenciaban? “Estos mayores se complican la vida de las maneras más absurdas”, bufó mientras meneaba la cabeza con gesto enfadado.
“Y si no, mira lo que le pasó el otro día. ¿¡Pues no va y se queda dormido y luego sale corriendo a la carrera esperando que yo haga otro tanto!? ¡Pero si casi salgo en pijama a la calle!”;  menos mal que se dio cuenta y tuvo tiempo de cambiarse la camisa a todo correr mientras su padre, esperando en la puerta de la calle con las llaves en la cerradura y la mano presta a girar, trataba de contener su nerviosismo. Cuando él fuera mayor, se juraba una y otra vez, no iba a caer en las mismas trampas y sería capaz de dominar el tiempo en su propio beneficio sin necesidad de depender de él evitando a toda costa su estricta tiranía.

   Y casi lo había conseguido. Ahora era relojero. Uno de los mejores en su clase. Ya no se preocupaba excesivamente del tiempo, como se había prometido a sí mismo siendo más pequeño, sino que lo distribuía sabiamente ya que su trabajo, al ser tan especializado, le posibilitaba el no tener que mantener un horario diario pudiendo adaptarlo de forma flexible, sin que  por ello dejara de realizarlo a conciencia. Cada reloj que llegaba a sus manos era objeto de minuciosa inspección y cuidado; los trataba con suma delicadeza y raro era el que se escapaba a su control. Incluso el de mayor complejidad en sus mecanismos se convertía en libro abierto para él con solo observar o maniobrar en alguno de aquellos delgadísimos círculos dentados.
Así pasaba sus días, lejos de la monotonía y de la premura de otros empleos que había dejado atrás no sin felicitarse por ello. Ninguno de ellos le había satisfecho lo más mínimo, aunque no tuviera que mantener un estricto horario de trabajo, puesto que todos en su conjunto tenían en común un mismo defecto: estaban faltos de lo que él consideraba “armonía”; una sintonía entre sus esfuerzos y los resultados obtenidos.

   Lo de convertirse en relojero había llegado como por descuido, como por pereza, incluso casi a su pesar. Sucedió que en uno de esos períodos en los cuales buscaba un trabajo diferente al que ya desarrollaba, y que le tenía hastiado, se tropezó con un antiguo vecino con el que solía jugar de pequeño en las calles de su barriada y se sentaron juntos a contarse sus mutuas historias alrededor de sendas cervezas y una  buena ración de calamares. No recordaba cómo habían llegado a un punto tal de la conversación en el que, sin proponérselo, estaba dando su consentimiento para volver a verse, pasados dos días, a la entrada de su casa donde le recogería su amigo para llevarle a lo que sería su nuevo empleo.
En realidad, no paraba de echarse en cara la debilidad de su carácter por no haber mostrado más firmemente su negativa ante semejante perspectiva. ¡Relojes!. ¿Esa iba a ser su nueva ocupación? ¿Con lo mal que se llevaba con el tiempo, ahora iba a empezar él a arreglarlo? Absurdo, se mirara por donde se mirara. Además, no tenía los conocimientos necesarios para manejar esos artilugios tan complejos y …

Todas sus dudas habían sido acalladas por su compañero quien no paraba de asegurarle y reafirmarle que la tarea que iba a realizar no tenía nada de complicada y que, además, en caso de que no le pareciera de su gusto tendría la total libertad de irse por donde había venido si ese era su deseo. “No te cierres la puerta antes de llegar a ella. Decide una vez que la hayas traspasado. ¿Acaso pierdes algo por probar?” Debía reconocer que aquel razonamiento era bastante sensato, tal vez demasiado como para seguirlo, pensó dubitativo mientras se alejaba de su amigo y ascendía por las escaleras que llevaban a su apartamento en el tercer piso de un edificio bastante deteriorado por fuera aunque con bastante buena apariencia en su interior.
Al entrar, cerró la puerta despacio mientras pensaba en todas esas cosas, y se dejó caer en el sofá que presidía el salón. No es que fuera muy mullido, que digamos, pero si lo suficiente como para permanecer echado en él mientras veía una película o se entretenía con algún documental.

   Aquella tarde estaba aún liado con un nuevo reloj de bolsillo antiguo; una saboneta que le trajera una compungida mujer que lo había descubierto entre los enseres de su padre, recientemente fallecido. Como parecía que no estaba en muy mal estado había decidido arreglarlo para darle uso a la vez que le sirviera de recuerdo de su querido progenitor puesto que siempre había asociado la imagen de su padre con aquel reloj en la mano tomando notas a todas horas. En fin, se puso manos a la obra: desenredó la leontina y trató de abrir la carcasa que parecía se había quedado atascada. El muelle que descubría el reloj haciendo posible que se levantara la tapa no cedía más que a medias dejando entrever una esquina de algún tipo de papel basto o tal vez de  fotografía. Como la pieza era delicada tuvo que entretenerse durante largos minutos en desenredar aquel amasijo hasta descubrir, por fin, una fotografía amarillenta, recortada de tal forma que parecía que sus bordes los hubiera rasgado una mano ansiosa por contener en el centro a sus tres figuras: Un hombre y una mujer, que sostenía a un bebé en brazos.

Al verlo se alegró al pensar cómo aquella mujer le estaría muy agradecida por haber rescatado aquel instante de su familia para ella, lo que hizo aflorar en él un recuerdo de su padre quien también había dejado el reino de los vivos hacía varios años  para vagar, no le cabía duda, con cualquier libro en la mano en busca de un buen rincón donde sentarse a leer a la vez que disfrutaba de la naturaleza, dos de sus grandes pasiones en vida. Su recuerdo le emocionó y  llenó de imágenes su mente las cuales iban pasando ante él como si de una película en blanco y negro se tratara.
Su padre. Había querido mucho a ese hombre bondadoso que siempre ejerció una positiva influencia sobre él con sus razonamientos tan libres de prejuicios y que siempre habían tratado de ofrecerle una visión lo más imparcial posible. Nunca le había reprochado  abiertamente una acción o cualquier comportamiento por muy molesto que le resultara sino que a base de una extremada paciencia, que no sabía cómo había podido alimentar por lo nervioso e impulsivo de su carácter, le había hecho entender lo equivocado que estaba. Siempre le había admirado y por eso fue tan duro, en sus últimos momentos, verlo postrado en aquella cama de hospital lleno de tubos y semi inconsciente, en el mejor de los casos.

   Alejó esa imagen de su cabeza haciendo un gesto involuntario con la mano, como queriendo lanzarla lejos de sí mismo, y se centró en el reloj que ya estaba casi listo; apenas faltaba limpiar un tanto sus engranajes y envolverlo en su funda de fieltro para entregárselo a su propietaria en perfecto estado. Fue necesario  sacar la fotografía, que le entregaría en mano, para que no volviera a dar problemas al activar el resorte de la tapa.
Echó una última ojeada a esa imagen desgastada por el tiempo pensando en lo curioso del proceso de envejecimiento de aquel retrato que, al igual que el del propio cuerpo, se había ido arrugando, cuarteando,  y se sorprendió al notar cierto parecido en el rostro de aquella madre que miraba con adoración hacia su bebé. El no tenía fotos de cuando era pequeño porque, según le había contado su padre, la muerte de su madre siendo aún un bebé le hizo tan doloroso verlas que las había quemado todas; no conocía a su madre. Su padre siempre fue muy tajante al respecto. Para qué remover un pasado tan doloroso que no existía ya. La única imagen que tenía de ella era una fotografía que se encontró un día entre las hojas de un libro y de la que nunca habló a su padre aunque estaba casi convencido de que fue él mismo quien la dejara allí para que la encontrara.

   Cuando le entregó la fotografía a aquella buena mujer  buscando en sus ojos, rojos por la emoción, esa chispa de agradecimiento que esperaba reconocer se quedó confuso al comprobar cómo aquella cara se transformaba en un instante, pasando de la mayor de las ternuras a la mayor de las consternaciones. Suponía que sería la emoción de ver a su padre y, en cierto modo, acertaba, porque su cara reflejaba el gran impacto que le había causado reconocerlo en aquella imagen, solo que no era esa la causa de las lágrimas que acudieron sin cesar a sus ojos sino todo lo contrario.”Este es mi padre, si, pero esta no es mi madre”.
Aquella confesión le pilló por sorpresa no sabiendo muy bien qué decir. Lo que él pensaba que iba a ser un reencuentro tierno y emotivo había resultado un momento amargo y difícil que no dejaba más que dudas respecto a la vida que había llevado aquel hombre. ¿Quién era entonces aquella mujer y quién era ese bebé? ¿Sería suyo? ¿Acaso su padre había llevado una doble vida sin que nadie lo supiera?

   Aquella imagen, lejos de ayudar, había provocado todo un vendaval de emociones en la mujer quien no paraba de preguntarse sobre la identidad de aquella mujer desconocida que tan sonriente se mostraba a la cámara. Trastornada como estaba, apenas pudo darle las gracias por haberle arreglado su reloj y, pagándole precipitadamente, se marchó de allí dejándole solo con el ánimo aún  conturbado.
Aquella tarde no pudo dejar de pensar en aquella fotografía y la historia tan extraña que contenía haciéndole reflexionar sobre lo poco que conocemos a las personas, a veces, por muy íntimamente que se las trate.

Esto le llevó a considerar si acaso su propio padre no le habría tratado de ocultar alguna parte de su vida más allá de la parte concerniente a  su madre, sobre la que nunca dijo nada que no fuera que había sido una buena mujer  que le adoraba y que había querido mucho a su tan deseado bebé.
   Sumergido como estaba en sus recuerdos, sacó el libro en el que había encontrado la fotografía de su madre, único recuerdo que tenía de ella,  contemplando aquel rostro aún juvenil que mostraba una muchacha sentada en un banco, con sus libros y sus cuadernos, a la salida del instituto. Se imaginó, por enésima vez, lo que le diría si la pudiera tener a su lado y cómo se reconfortarían mutuamente por la pérdida de su padre.
De nuevo pensó en su padre; perdido en el mundo onírico donde pudo revivir los momentos más alegres vividos junto a él durante gran parte de la tarde, hasta que la oscuridad de la habitación le hizo consciente de la hora que era en el mundo real. Anochecía ya y debía salir a recoger una pieza del almacén antes de que cerraran para dejar preparado el reloj que le habían llevado aquella misma tarde. No tenía muchas ganas y podría haberlo dejado pasar hasta la mañana siguiente pero pensó que un buen paseo le despejaría las ideas y que a su cuerpo  le sentaría bien moverse para calmar la ansiedad provocada por la inesperada  historia de aquella pobre mujer.

   Cuando regresó a su casa se encontraba más calmado. Por el camino se había encontrado con su antiguo profesor de instituto, con quien había mantenido acaloradas discusiones filosóficas en las que trataba de darle la vuelta o todo planteamiento provocando, en más de una ocasión, las risas de sus compañeros de clase ante sus más que dudosas premisas, logrando olvidar casi por completo todo lo relacionado con la fotografía y aquella mujer.
Traspasó la puerta a oscuras y se dirigió directamente a su habitación, que se encontraba a la derecha, sin percatarse de un sobre gris que se había colado por debajo de su puerta y había ido a parar al rincón. Pasaron largos minutos hasta que se percató de aquello que estaba en el suelo, arrugado. Al principio pensó que era algún tipo de propaganda y no se acercó a recogerlo hasta que se levantó del sofá para preparar la cena. Lo agarró y lo estrujó en su mano con intención de tirarlo a la basura cuando, al notar la dureza de su contenido,  le hizo abrir el sobre para poder partirlo en dos más cómodamente.

   Para su sorpresa, aquello no era propaganda de ninguna clase. Era una fotografía semejante a la que él había descubierto en el reloj, pero ampliada. En ella se podía vislumbrar la habitación en que se enmarcaba la fotografía y pudo observar un detalle que le dejó estupefacto. Recordaba ese mueble estantería que asomaba detrás de la pareja. Y podía reconocer esos libros; y aquel gran cuadro de una marina. Pero entonces, ¿Eso qué quería decir, que eran hermanos? ¿Que después de tantos años pensando que había sido hijo único de su amantísimo padre en realidad había vivido una farsa y tenía otra familia que por alguna razón le habían ocultado?¿Era esa su madre y acaso era él quien reposaba en su regazo?
Giró la fotografía y vió anotado un número de teléfono junto una escueta frase. “Si quieres saber, llámame. María.”



Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 14 Diciembre, 2014, 13:36:04 pm
   VIDA

Sentada en un banco de la plaza veía pasar la gente de aquí para allá parloteando alegremente en pequeños grupos, en parejas o en familia. Se sintió sola en medio de tanto barullo y eso le hizo consciente de que estaba viva porque a pesar del ruido ambiental y del barullo propio del tráfico en plena hora punta notaba cómo la sangre corría por sus venas, sentía cómo respiraba, sus sentidos le ofrecían amplia información que recogían de todos los rincones y, sin embargo, nadie se percataba de su presencia. En ese momento pensó qué pasaría si ella dejara de existir. Nadie se daría cuenta. Pasadas muchas horas, tal vez. La vida es demasiado precipitada como para percatarse de los detalles.
Desde su observatorio podía registrar información de todas aquellas personas durante una parte de su vida sin que fueran conscientes de que eran observadas. Detenía su mirada en una u otra persona por cualquier motivo que llamara su atención: A veces por su ropa, otras por ser la nota discordante en un pequeño grupo, en ocasiones por demasiado solitarias o por demasiado estruendosas. No tenía un criterio fijo sino que variaba en función de su instinto caprichoso o puede que lo hiciera así para comprender la complejidad de la persona en sí. Nunca dejaría de sorprenderse por ello.

   Se levantó despacio, como a cámara lenta, mientras a su alrededor todo se movía con rapidez, recorriendo con la mirada aún a varias de las personas anónimas que seguían cruzándose delante de  su crítica mirada; curioseando en vidas ajenas que nunca volvería a ver; descubriendo detalles que ellas mismas desconocían. Todo esto le servía para reflexionar y profundizar en la naturaleza de las cosas cotidianas que no suelen ser objeto de análisis para nadie puesto que son algo tan evidente y tan usual que se da por conocido y sin importancia. Pero a ella le gustaba descubrir patrones de regularidad en ese microcosmos y por eso, siempre que podía, se sentaba en aquel banco en particular porque le ofrecía una amplia perspectiva  y profundidad de campo desde la cual poder incluir al mayor número de participantes posible.
Allí sentada, con su bloc en la mano, tomaba notas de la variedad de patrones humanos con los que tropezaba. Al cabo de varias semanas de haber iniciado sus primeros registros ya había descubierto ciertas semejanzas o simetrías. Ya se había topado con varias personas que seguían la misma rutina a las mismas horas y casi podía reconocerlas entre le muchedumbre aún antes de que pudiera divisar sus caras. Hasta les había puesto nombre y se había recreado una vida ficticia para ellas.

   Fue en una de esas tardes cuando comprobó que “Carmen” volvía sola y con el paso más lento de lo normal. Todo su ser indicaba cierto decaimiento y casi podía reconocer en ella los rastros de las lágrimas vertidas, hacía tal vez no mucho tiempo. Dedujo que sería a causa de “Javier” quien no le acompañaba aquella tarde. ¿Una pelea de enamorados? Bueno, el malentendido se resolvería posiblemente al cabo de varias horas y el dulce reencuentro resarciría ampliamente esas lágrimas perdidas. Nada nuevo bajo el sol.
Tampoco le gustó ver cómo aquel perrillo que seguía a su dueña con tanta alegría era apartado de una patada por uno de los peatones que bajaban la calle en dirección contraria, sin que nadie excepto ella se diera cuenta de lo sucedido. El pobre animalillo tropezó con la correa y acabó de morros contra el suelo aullando lastimeramente mientras la mujer se agachaba a recogerlo poniéndolo en sus brazos y haciéndole algunas caricias como si de una amorosa madre con su niño chico se tratara.

Aquella escena le hizo recordar….esa tarde    que camino de su casa se encontró de frente un loco que estaba abriendo la puerta del coche y la volvía a cerrar pasados unos segundos no se sabía por qué. Desgraciadamente comprendió inmediatamente cuando al pasar por su lado, viéndolo sonreír de semejante manera y con cara de satisfacción, pudo distinguir en el arcén de la carretera un bulto peludo gris y ensangrentado. Era un conejo. O lo que quedaba de él después de que aquel cafre le hubiera dado un portazo y lo hubiera mandado allí a que se pudriera. Afortunadamente, el pobre animal parecía haber muerto al instante.

   Quiso borrar la escena de su mente tratando de concentrarse en las luces de la avenida y su mirada recayó en la castañera que allí se solía colocar, a eso de las cuatro de la tarde, a ofrecer sus mercancías a quien deseara y tuviera con qué pagar. Generalmente se le acercaban los más pequeños quines atraídos por el humo de su chimenea querían saber qué era aquello que tan bien olía mientras otros, más mayores ya y versados en el tema, acosaban a sus progenitores hasta conseguir de ellos las monedas necesarias para lograr su amarronado botín.
También aquello la llevó de viaje por su infancia cuando paseaba por las calles de la capital con ojos asombrados ante todo lo que veía. Le fascinaron las luces, las amplias avenidas, la multitud, el tráfico, los grandes y coloridos escaparates de las innumerables tiendas que una tras otra se presentaban al paso de los caminantes ociosos buscando engancharlos con sus promesas de precios rebajados o diversas ofertas escritas en grandes letras, muy llamativas.

   Parecía que la vida no fuera sino un constante bucle de ida y vuelta por el que las diferentes personas vamos transitando sin ser conscientes de que todos pasamos por los mismos lugares  y situaciones en uno u otro momento. Algunas son más afortunadas que otras porque les toca el lado amable del bucle y no sufren en exceso las exigencias de una inadecuada curvatura. Otras, desgraciadamente….
De nuevo su cabeza viajó hacia otro lugar y otro espacio, alejados en el tiempo, cuando empezó a intuir por primera vez que llevaba una vida privilegiada. En aquellas calles de capital pudo ver con toda la crudeza que puede mostrarse a una criatura de corta edad lo que significaba no tener un hogar. Vivir en la calle sin más pertenencias que las que te cupieran en una desgastada bolsa de plástico de un comercio cuyo nombre ya no recordaba; las peleas por un trozo de cartón o una botella de vino; las caras de mirada perdida y las conversaciones con uno mismo en voz alta.

   Escuchó un sonido que le resultaba vagamente familiar, pero sin poder concretar por qué, hasta que cayó en la cuenta que era el nuevo timbre de su móvil que hacía poco había cambiado y del cual ya no se acordaba. Cuando por fin dio con él dentro del batiburillo de cosas que llevaba siempre en su bolso, habían cortado ya. Miró el número, sin identificar a la persona que había hecho la llamada, y decidió dejarlo pasar hasta que volvieran a llamarla.
Guardó de nuevo el móvil en su bolso de forma automática cuando su mano tropezó con un objeto que no debería estar allí: un manojo de llaves que no le pertenecían. Recordó entonces que aún no se las había devuelto a su vecina quien, a su vez,  había olvidado las llaves de su propia casa encima de la mesa del bar donde habían estado desayunando aquella mañana. Y lo más seguro es que estuviera buscándola como loca porque no tenía otro juego y tendría que entrar a cambiarse para la cena que esa misma noche tenía concertada en un restaurante de la zona norte de la ciudad.

   Se levantó de un salto y salió corriendo hacia su casa chocando en su precipitada carrera con uno de los peatones que venían en sentido contrario lo que hizo que el llavero se le cayera al suelo sin ella darse cuenta. Siguió su camino calle arriba sin dejar de acelerar más que para ceder de vez en cuando el paso a algún viandante o sortear algún obstáculo que se encontrara en su camino. Paró en un semáforo y se sorprendió al ver alguien que corría y gritaba diciendo que se parase pero ella no hizo caso puesto que no le conocía y suponía que se habría equivocado. Por eso cuando el disco cambió de color siguió su rumbo sin prestarle atención hasta que unos metros más arriba acabó poniéndose a su altura y, casi sin aliento, el personaje en cuestión le tiraba de la manga para que parara.
Al principio le resultó algo molesto porque no entendía qué quería de ella aquel muchacho de pelo revuelto y cara un tanto malhumorada que no paraba de respirar profusamente mientras  apoyaba las manos en un poste cercano descansando de su larga e inesperada carrera. “Ya no estoy preparado para estas cosas”, decía el chico con bastante dificultad y la respiración entrecortada mientras con la mano libre le enseñaba el llavero haciéndolo oscilar para darle a entender cuál era el motivo de la misma.

   Avergonzada de haberle causado esa “pequeña” molestia, le dio las gracias con cierta voz de arrepentimiento: “Gracias, Javier, no me había dado cuenta y pensaba….”
Calló al instante, horrorizada al darse cuenta del error que acababa de cometer. Había reconocido al muchacho como el compañero de “Carmen”, la supuesta enamorada que habría derramado lágrimas amargas por lo que fuera más que probablemente una simple pelea de pareja, uno de los muchos y necesarios reajustes pasajeros que suelen darse en toda relación.
“¿Nos conocemos?¿Cómo sabes mi nombre?”Ahora le tocaba el turno al chico de mostrarse perplejo y asombrado ante la mirada baja y esos colores arrebolados que habían asomado a las mejillas de la chica sin que pudiera contenerlos por mucho que intentara ocultarlos con sus manos. Bueno, tendría que confesarlo todo porque no era capaz de mentirle después de aquello. Podría haber escapado tranquilamente de la situación inventando cualquier excusa que le viniera a su imaginación pero no creía que fuera justo hacérselo a él después de mostrar un comportamiento tan “solidario”. Se había equivocado y tendría que pagar sus culpas; lo asumía. Pero no era posible en ese momento porque seguramente su vecina se estaría volviendo loca maldiciendo su mala cabeza.

   “Perdona, hoy voy con mucha prisa pero cualquier otro día que te vea por la plaza te lo cuento todo”. El chico la miraba con cara extrañada y ya había recobrado su normal respiración con lo que estaba parado frente a ella calmo aunque un tanto aturdido y desconfiado. El que le llamara por su nombre no le había hecho ninguna gracia. ¿Quién era aquella muchacha tan descarada que después de hacerle correr como loco para devolverle unas malditas llaves que a punto estuvo de tirar (cosa que con ganas hubiera hecho si no llega  a ser por el semáforo que hizo que pudiera alcanzarla a tiempo) y que ahora le estaba dando de lado? Mejor irse de allí ya y olvidarlo. Para una vez que le había entrado el espíritu solidario mira con quién tuvo que toparse; una de esas que se creen con derecho a todo. Lanzó un seco: “Vale, adiós” y se mezcló en la marea de gente que pasaba por la calle confundiéndose al poco tiempo entre ella.

   Se sintió decepcionada después de aquello pero lo olvidó pronto pensando en que la estarían esperando en su casa. Acertó de pleno. Al doblar la esquina encontró a su vecina y amiga, plantada como estaba delante de la entrada del bloque donde vivían, mirando desesperadamente a ambos lados de la calle intentando calmar su ansiedad ante la inminente tragedia que representaba para ella el hecho de llegar tarde a su primera cita importante. En cuanto la vio doblar la esquina se dirigió presurosa hacia ella con cierta expresión de alivio en su cara aunque por sus rasgos, esa cara también  dejaba traslucir que ocultaba cierta rabia  y malhumor por lo que se aprestó a entregarle las llaves sin más demora.
“¡¿Pero por qué no me cogías el teléfono?! Te he llamado varias veces”, le espetó sin intención de escuchar la respuesta que estaba dándole su amiga al tiempo que salía corriendo por las escaleras del edificio. “¿Así que el número desconocido eras tú?” se dijo más que nada a sí misma porque su amiga ya se había metido por la puerta y desaparecido tras un reflejo de cristales al instante.

   Subió despacio los escalones y se animó a llegar hasta su casa por las escaleras tratando de sacudirse la desazón que la envolvía en esos momentos; Primero había dejado a una persona que no conocía de nada bastante enfadada por su precipitación y su despiste y después había mejorado su situación haciendo que su amiga también se sintiera molesta con ella. No estaba mal lo que ella solita había conseguido en tan solo media hora larga; “¡Hoy te quedarás sin postre!” ironizó consigo misma.
Esa noche sus sueños fueron bastante molestos y pesados acabando por despertarla a una hora muy temprana y no pudiendo conciliar más el sueño hasta pasadas casi tres horas con lo que a los pocos minutos, cuando sonó su despertador, le costó mucho despertarse permaneciendo en estado medio hipnótico hasta pasada una buena media hora, por lo menos, y una vez tomado el primer café matinal.

   La mañana pasó sin mayores incidentes y la hora de salir llegó casi por sorpresa. Cogió su bolso y su abrigo de la percha y marchó sin prisa hacia su casa pensando en si aquella tarde se encontraría con Javier y en si esta vez podría explicarse sin prisas ni excusas. No sabía si en el hipotético caso de reconocerle entre la multitud y de que él accediera a hablar con ella  sería capaz de hacerle entender el cúmulo de torpezas que habían sido el desencadenante de la situación; torpezas que eran algo innato a su persona.
Comió tranquilamente y se sentó a leer al sol de sobremesa mientras hacía tiempo esperando la hora en la que suponía podría encontrarse con Javier. Más que leer lo que hizo fue pasar su vista por aquellas letras de las que no extraía ningún significado porque su cerebro la mantenía en un estado de latencia  o aletargamiento ocupado como estaba en otras cuestiones a las que daba vueltas y vueltas como una lavadora en proceso de centrifugado.

   Cuando llegó la hora  no se apresuró, como ella esperaba, hacia el lugar en el que preveía sería el punto de encuentro sino que deambuló dubitativa calle arriba y calle abajo tratando de darle coherencia a sus agitados discursos internos en los que tan pronto se negaba a permanecer allí porque no tenía necesidad de dar explicaciones a nadie, y menos a un desconocido, como tan pronto se echaba en cara la falta de diplomacia que había demostrado en su momento. Perdida en estos monólogos estaba cuando alguien le pidió si podía, por favor, decirle qué hora era, con lo que maquinalmente levantó su brazo derecho para girar la muñeca y mirar la esfera de su reloj sin acordarse de que ya no lo llevaba. Al mirar su muñeca desnuda, levantó la vista hacia aquella persona con cara de despiste, encogió los hombros y llevó la mano al bolso donde encontraría, o eso esperaba, su móvil y así podría decirle lo que deseaba saber.
Pero algo le hizo mirar de nuevo a aquella persona que ahora la miraba con una sonrisa burlona en la cara a la vez que le mostraba su propio reloj colgando de la muñeca. “Bonito reloj”, fue todo lo que pensó en ese momento olvidando lo absurdo de la pregunta y de la situación.

   “Hoy no pareces tan antipática como el otro día; más bien pareces hasta una persona normal ¿Has vuelto a perder las llaves o no es algo que acostumbres hacer con frecuencia?” Vaya, si era Javier. Y parecía que no estaba muy molesto sino más bien disfrutando de la situación al verla tan perdida. Estaba acompañado de “Carmen” y los dos parecían complacidos con el encuentro. Hacían una buena pareja, no cabía duda de que se les notaba muy compenetrados uno al lado del otro. Se sintió en desventaja y en seguida quiso marcharse de allí porque no había previsto que estuviera acompañado sino que esperaba poder hablar a solas con él y disculparse sin nadie más como testigo.
“¿¡No te dije que esto iba a pasar!? Pues mírala, ahí la tienes sin saber que hacer o qué decir pero deseando dar media vuelta y largarse de aquí”. La persona que hablaba era la que ella había denominado como Carmen y lo cierto era que tenía toda la razón, parecía como si hubiera mirado a través de ella y supiera exactamente lo que pensaba.
Se sentía como pillada en falta. ¡Cómo había cambiado toda la situación! Ya no era ella quien iba buscando a la otra persona sino que la otra persona le había encontrado antes a ella y encima parecía que supieran cuáles eran sus intenciones. Derrotada, desorientada y a falta de otra alternativa no se le ocurrió más que decir que lo sentía pero que tenía prisa por llegar a un sitio, mintiendo descaradamente, lo que se reflejó en sus movimientos nerviosos, su mirada poco segura y sus encendidas mejillas, que la volvían a delatar.

   Javier se separó de Carmen dejándole el paso libre para que pudiera seguir su camino mientras le decía …”es una pena que nuestra observadora del banco no quiera conversar con nosotros un  breve instante al menos. Tal vez en otra ocasión será”. Y volviéndose a su acompañante le dijo: “Vámonos Sandra, creo que mamá nos espera para nuestro habitual paseo.”
Se alejaron calle arriba charlando animadamente y dejando a su interlocutora más confundida de lo que ya estaba  reprochándose la cantidad de errores cometidos en tan poco tiempo. “Otro día será, si”. Javier y Sandra eran hermanos. Eso le agradó y marchó a su casa con el ánimo soñador.
   
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 20 Diciembre, 2014, 13:21:59 pm
AMANECER

Intentó abrir los ojos pero una luz cegadora los mantenía cerrados. Escuchaba tanto ruido a su alrededor que, aturdido, chillaba al vacío tratando de alejar aquellos sonidos que no cesaban. Notó frío y sensación de ingravidez en su cuerpo. Adivinaba movimiento en torno suyo sin precisar qué o quién lo provocaba. Estaba aterrado y quería volver de nuevo a su refugio. Ese pensamiento era el único que centraba su atención sin darse cuenta de que en ese momento estaba siendo izado por unas poderosas manos que lo manipulaban torpemente para colocarlo sobre una superficie plana, suave y esponjosa que le ofrecía cierta calidez. Eso le calmó un tanto  puesto que sintió cómo la luz se amortiguaba de nuevo. De algún modo todo parecía volver a la normalidad. Cerró los ojos y dormitó durante varios minutos.

En la habitación del hospital se podía ver por aquí y por allá toda una serie de pequeños trozos de papel de colores esparcidos por el suelo consecuencia de la alegría desbordada la víspera en señal de celebración por la llegada del nuevo miembro de la comunidad. Era lo esperado en esas ocasiones: regalos, besos emocionados, espacios abarrotados de personas deseosas por conocer al recién llegado y rutinas alteradas por la novedad.
La noche fue extraña y pasó entre llantos, palabras a media voz y horas de sueño intercaladas con cierto malestar, por lo que al despuntar el amanecer aún dormía. Despertó con hambre y lo hizo saber gritando cuan fuerte podía mientras su cuerpo se agitaba sin control ocasionando un revuelo a su alrededor de sonidos que con el tiempo se harían familiares a sus oídos. De nuevo fue izado por las torpes manos que aún no se acostumbraban a aquel cuerpecillo frágil de quien era transportado, envuelto en una extraña y desconocida piel, hacia un sonido tranquilizador: un retumbar constante que aplacaba su ansiedad y le confería cierto bienestar.
Una vez saciada su sed y alimentado convenientemente volvió a dormitar un poco inquieto y, esta vez, su sueño se prolongó por un par de horas.

   Dieciocho largos años habían pasado desde entonces y la situación se había vuelto complicada y demasiado alejada de todos aquellos sueños que en su mente se forjara respecto a su futuro. La llegada de aquel bebé había supuesto un cambio radical en su vida y le había generado múltiples alegrías que ahora se habían convertido en auténticas pesadillas. En algún punto del camino se habían equivocado al tomar una  desviación y ahora pagaban las consecuencias de sus extravíos; Muchos caminos por recorrer sin un mapa que indicara la ruta a seguir.
Con estos pensamientos girando en su cabeza trataba de arreglar el desastre que la furia desatada de aquel que fuera su tierno y adorado niñito había provocado. Una de las muchas que últimamente, y por desgracia, se estaban convirtiendo en algo habitual.

   Todo había comenzado  varios años atrás. Al principio, habían pasado desapercibidas siendo catalogadas como simples rabietas evolutivas y naturales en todo desarrollo infantil. Con el tiempo habían empezado a despertar las sospechas paternas y, finalmente, habían provocado una ruptura familiar. El pequeño monstruo encerrado en aquel cuerpecillo se había ido alimentando progresivamente sin que ni su propio anfitrión se diera cuenta de ello hasta convertirse en lo que actualmente denominaban  “la bestia”: una fuerza interior  incontenible que lo manejaba a su antojo desbaratando todo su equilibrio y ocasionando serias complicaciones en su vida social y familiar.
Lo peor era la vuelta a la normalidad del día a día cuando, recuperada la voluntad, debía recoger las piezas y fragmentos que en su desatada actividad previa a toda recaída iba soltando como si tratara de despojarse de aquella incómoda piel que le obligaba a contenerse. Entonces, se sentía vacío y una desoladora perspectiva respecto a su futuro inmediato quedaba instalada en su persona convirtiéndolo en un ser sin vida, una cáscara, un mero pellejo hueco como el de las serpientes al mudar su piel.

   Los años pasaban y la situación empeoraba y se enrevesada más conforme aumentaban las posibilidades de aquella bestia para hacerse con el control total y absoluto sin otra opción que la de esperar el turno de retomar las riendas de una vida que se preveía como una amarga existencia en la que se mezclaban la desesperación por la falta de control con las ganas de vencer a una bestia que no cedía ante nada.
Cuando por fin comprendieron que el problema no sé debía a  ellos sino que debían visitar al especialista adecuado las cosas comenzaron a cambiar de color, que no de perspectiva: La enfermedad era crónica pero no por eso debían sucumbir al desánimo puesto que la medicina avanzaba a pasos agigantados y nuevos fármacos facilitarían dominar aquellos impulsos provocados por una química defectuosa.

   Aquello fue un terrible y doloroso trago para una madre y un padre que siempre habían luchado contra un fantasma que ellos consideraban propio. En parte, sintieron el alivio de constatar que no habían sido la causa de tan desastrosa herencia en su queridísimo hijo aunque permanecían inmersos en un mar turbulento de dudas y desazón ante el porvenir  tan poco esperanzador que se le presentaba.
La peor parte se la llevó él pero, ya no le quedaban fuerzas para cargar con nada más. La propia bestia le había dejado tan abatido aquella vez que no podía ni pensar. ¿Cómo seguir adelante cuando se sabe que todo intento será vano? ¿Qué esperar ya de lo que tuviera que venir? La bestia lo borraría todo de una sola pasada y él estaría condenado, como Sísifo, a volver a empezar una  y otra vez una tarea que no tendría nunca fin, una tarea sin sentido que no podría concluir jamás.

   El tiempo pasaba y la bestia seguía asomando, dejando su conocido rastro de destrucción y hundiendo cada vez más y más las esperanzas de aquel ser, abrumado por la impotencia de verse vencido una y otra vez  por aquella en cada ocasión  que esta  aparecía. Había perdido la cuenta ya de las veces que había pensado en…… No, nunca darse por vencido. Alguna manera habría de salir de aquel laberinto; de encerrar a la bestia o de confundir su camino para que no llegara a su destino.
Con este ánimo renovado, cansado como estaba de una vida sumisa y gris en la que el miedo a la recaída lo inundaba todo y cualquier gesto fuera de lugar le recordaba la cercanía de la misma, consideró llegada la hora de enfrentarse a quien hasta ahora le había dominado buscando otras personas que se encontraran en situación similar y pudieran entender sus miedos y dificultades.

   Aquello fue difícil al principio puesto que al contrario de lo esperado no se sintió tranquilizado al compartir sus problemas con los demás, afectados al igual que él por una enfermedad maldita que les tenía acorralados y con sus fuerzas menguadas por el temor de desatar la ira de la bestia. A punto estuvo de abandonar el grupo de ayuda varias veces pero, afortunadamente, siempre encontraba una excusa para volver.
Sus recaídas se convirtieron en menos dolorosas y cada vez encontraba un nuevo sentido al hecho de compartir con otros sus sensaciones o sus temores porque ayudaban a los que llegaban nuevos, como él lo había sido en su momento, a mitigar parte de su negatividad  perdidos como estaban en ese mundo oscuro donde no se vislumbra luz alguna por donde salir. Se sentía bien ayudando a los demás a comprender lo que les pasaba y les enseñaba pequeños trucos que sirvieran tanto para reconocer los síntomas de la inminente recaída como aquellas percepciones engañosas que les ponían en riesgo de padecerla.

   Su vida comenzaba a tomar un nuevo giro y hasta comenzó a creer que sería capaz de someter a su bestia interior. Centró sus acciones en la ayuda a los demás y paulatinamente fue asumiendo su propio destino dentro de una sociedad en la que su enfermedad no encajaba pero contra la que luchaba y a la que iba venciendo con pasos lentos pero firmes. No es que esta se diluyera sin más. El sabía que su enfermedad seguiría acompañándolo hasta el final de sus días pero ahora era capaz de controlarla con mayor rigor conforme mantenía sus rutinas y se ajustaba a la estricta medicación que le causaba efectos secundarios no deseados con los que también debía luchar para no abandonarla. No, no era nada fácil seguir aquella vida; pero él la prefería mil veces a todos aquellos años pasados en la oscuridad sin perspectivas ni deseos de tenerlas.
Acabaría dominando a la bestia. Esa era su meta y lo que le mantenía vivo.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 27 Diciembre, 2014, 08:15:47 am
AMALIA

   Soñando con un porvenir mejor del que se avecinaba había decidido, no sin innumerables dudas e indecisiones, que reuniría el dinero suficiente para adquirir el regalo estrella de aquellas navidades: un mundo a la medida. Si, un mundo a la medida era lo que necesitaba harta como estaba de tanta vida monótona y aburrida que le cansaba con su largo desfile de rutinas cotidianas a cual más anodina. Cambiaría esa vida “normal” por otra artificial pero mucho más emocionante y vital.
Una compañera suya, que ya lo había experimentado, le había recomendado esas “vacaciones” como método excepcional contra la monotonía cotidiana siendo ella misma una protagonista en el mundo que mejor se adaptara a sus deseos y necesidades. De haber sido en otro momento de su vida no le habría hecho mucho caso, porque aquello de las experiencias virtuales nunca le pareció que fuera a resultar ni medianamente interesante comparado con la experiencia real (¡Cómo comparar las percepciones y sensaciones de una con la otra!) pero sucedió que por aquellas fechas se encontraba en cierto bajón emocional que la empujaba hacia el desánimo y a buscar una alternativa externa a ella misma que le hiciera salir a flote de nuevo. No tenía claro que fuese a resultar pero, quién sabe;¡ Por probar que no quede!

   Pasaron varias semanas antes de decidirse por aquella opción que preveía como extravagante y, lo más probable, inútil para un espíritu que como el suyo era de vivir lo tangible, nada de supuestas realidades que confunden las percepciones pero sin lograr despertarlas del todo. Ella, como Santo Tomás, debía ver, y tocar,  para creer. Eso de lo espiritual, lo virtual, lo ideal… todo eso estaba muy bien como medio de distracción puntual pero lo realmente importante era el poder entrar en contacto con la realidad física, palpable, para despertar todos y cada uno de sus sentidos. Eso era lo que le hacía sentirse viva y lo que realmente buscaba.
Con cierta desconfianza y el temor a sentirse timada, llegó a la puerta de entrada donde ningún cartel aparecía. Era el portal de un edificio cualquiera, de una vivienda cualquiera, en un barrio cualquiera. Esto le decepcionó un tanto porque esperaba ver un gran cartel anunciador de la maravillosa experiencia que se iba a vivir; un cartel colocado en una zona privilegiada y estratégica para llamar la atención de toda persona que pasara por allí y conseguir así más adeptos a la causa. Aquí el marketing no se prodigaba ni era algo fundamental. No le pareció que fuera una buena señal; aquello tenía pinta de timo se mirara por donde se mirara así que decidió salir de allí y sin pensarlo más giró sobre sus talones y subió calle arriba rumbo al metro.

   Pasados los días, se volvió a encontrar con su antigua compañera quien le preguntó por la experiencia que le recomendara en su último encuentro a lo que respondió con un bufido de desprecio seguido del escueto relato de su llegada a la puerta de aquel edificio y su disposición a abandonar inmediatamente su anterior idea ante lo que consideraba una auténtica tomadura de pelo.
Su compañera respondió perpleja que aquello no podía ser porque le había visto firmando el consentimiento de entrada y exención de responsabilidades. Había entrado a  trabajar allí  hacía un par de semanas y fue ella misma la que le prestara el bolígrafo para la firma.
Aquello sí que no se lo esperaba; Había entrado. ¡ Había firmado, qué?

   Su compañera se había tenido que ir pero no quiso dejarla allí en aquel estado por lo que se ofreció a llevarla a su hotel.”¿Hotel? ¿Vivo en un hotel? ¿Desde cuándo?”
Aquello empezaba a ser surrealista. No entendía qué podría estar haciendo ella en un hotel pero, como seguramente todo sería parte del absurdo juego al que su compañera había tratado de engancharla,  le siguió la corriente para ver hasta dónde llegaba la ficción. Ahora entendía ciertas cosas. Aquella muchacha, a la que conocía apenas de un curso que habían compartido en otra época,  trataba de  hacerle creer que había entrado en el edificio y que había dado su consentimiento para…. ¿Qué, concretamente?
Bueno, fuera lo que fuese, acabaría desmontándose en breve en cuanto llegaran al supuesto hotel y no hubiera habitación para ella; Estaba deseando conocer cuál sería la nueva estratagema o cuándo pararía y se dejaría descubrir el engaño.

Le recordaba a aquella película que viera en su momento… ¿cuál era?… Creía recordar que era algo de un juego en el  que un Michael Douglas maduro y convertido en rico hombre de negocios se veía envuelto en una trama totalmente inesperada con un final sorprendente cuando cae por aquella cristalera a una habitación donde le ofrecen una fiesta en su honor. O aquella en la que un Eduardo Noriega confuso y fuera de sí trataba de dar coherencia a un mundo que se le escapaba en una película de la que posteriormente los norteamericanos hicieran un “remake” para ofrecer su particular visión  cinematográfica. Incluso recordó aquella otra donde un conocido “Terminator”, junto a una casi desconocida Sharon Stone, protagonizaba una historia llena de aventuras  a cargo de una empresa generadora de experiencias inolvidables jugando con  la manipulación de los recuerdos personales.

   Se dejó llevar al hotel mostrándose tan sumisa y confusa como pudo mientras esperaba con placer anticipado el momento en que la realidad acabara por devolver las cosas a su sitio; después de todo, le estaba sacando partido a aquella situación; se encontraba más animada y su mente se distraía con otras ocupaciones ofreciéndole en conjunto una ligera sensación de bienestar que  hizo que se sintiera casi contenta por primera vez en  dos meses.
Además, como era plenamente consciente de que era una circunstancia pasajera y que en breve volvería a estar con los pies en la tierra, donde siempre había estado, se acomodó en su asiento paladeando la experiencia segundo a segundo y exprimiéndola hasta la última gota. El momento se aproximaba ya, como pudo comprobar cuando su compañera aparcó a la entrada del hotel y, sin bajarse, le despidió con un rápido deseo de que se mejorara. ¿Así era el final?¿Ahí acababa todo? ¡Vaya! Hubiera deseado que se prolongara por unos minutos más pero claro, no podría enfrentarse a una recepcionista de hotel que le negara la entrada. Aún así, una sonrisa de satisfacción apareció en su cara por los buenos minutos pasados. Al fin y al cabo, sí que tenían un buen marketing montado en esa empresa; Tenía que reconocer que de no ser tan terriblemente escéptica se hubiera ido corriendo a estampar su firma y a pagar lo que fuera necesario para que siguieran prolongando el montaje durante unas horas más. Era divertido salir de lo cotidiano sabiéndose segura con un billete de vuelta.

   “¿Va a entrar usted, señorita?” “No gracias; he olvidado algo”. El portero mantenía abierta la puerta de entrada franqueando  así su paso al interior donde una recepcionista muy atareada trataba de complacer tanto al cliente que solicitaba su pase en el mostrador como a quien atendía al teléfono, mientras tecleaba al ordenador en respuesta a un correo. Por un instante pensó en dejarse llevar y seguir simulando por un tiempo más que todo era real; Podía sentarse en el restaurante a tomar un café mientras decidía qué hacer aquella tarde pero su mente, tan racional como siempre, le impidió continuar con su ensoñación haciéndola consciente de inmediato de la hora que era y de la necesidad de volver a su casa a terminar las tareas pendientes.
Se encaminaba ya hacia la derecha cuando se quedó de piedra al escuchar cómo le hablaban desde lo alto de las escaleras con un tono de lo más familiar. “Como usted guste, señorita Amalia”. Aquello ya si que le parecía demasiado incluso para una broma. “Habrá que continuarla a ver hasta dónde nos lleva”, pensó y respondió al hombre que con una inclinación de cabeza daba por concluida la conversación. “Bueno; bien pensado, creo que subiré ahora a mi habitación”. El portero le dirigió una amplia sonrisa y abriéndole la puerta se desplazó a un lado para que pasara.

   Se paró indecisa delante de la recepcionista esperando a que esta cesara en su frenética actividad y le dirigiera una mirada que le resultara lo suficientemente convincente como para adivinar que no la reconocía; pero se equivocaba, no solo la reconoció sino que hablando en voz baja y dirigiéndose a ella mientras soltaba el teléfono junto al ordenador, le entregó sin esperar respuesta la tarjeta que le daba acceso a la que se suponía era su habitación.
Quedó allí paralizada por la sorpresa durante unos segundos hasta que reaccionó mirando el pase con extrañeza tratando de divisar algún número en él que le ayudara a identificar la habitación. Seguramente sería una tarjeta sin código que sobrara en el hotel. Empezaba a sospechar si no sería alguno de esos programas de cámara oculta porque la broma ya estaba durando demasiado; permaneció indecisa junto a los ascensores sin saber qué camino tomar hasta que un hombre muy amable  que bajaba de su habitación, reconociéndola, trató de ayudarla. “¿De nuevo perdida, Amalia? ¿Quieres que te acompañe a tu habitación?”

   Enrojeció al instante y no supo qué responder. ¿Sería verdad que ella era esa tal Amalia y que vivía allí? Así parecía, ya que no solo una sino tres personas le habían reconocido con ese nombre. Ya dudaba que todo aquello fuera una broma porque era demasiado aparatosa y se estaba prolongando demasiado. Mucho esfuerzo derrochado en un simple pasatiempo.
Mientras ella seguía avergonzada a aquel hombre que no paraba de hablarle con suavidad y cariño como si de una niña pequeña que se hubiera perdido se tratara, su razón  competía consigo misma por entender la realidad que se presentaba a su perpleja mirada. El hombre se paró delante de una puerta y le pidió que abriera la puerta pero ya no se sentía con ganas; todo estaba complicándose demasiado y no estaba segura de que pudiera afrontar una nueva sorpresa en su vida. Aún así trató de convencerse de que ya no podía haber más novedades y que lo más seguro sería que acabara allí todo con su cara aturdida mirando a una cámara mientras salían de detrás de un biombo  un grupo de personas que le resultaría familiar y quienes acabarían explicándole, entre risas, cómo habían maquinado aquel enredo, para gran alivio suyo.

   Abrió la puerta y entró en la habitación sin más sobresaltos despidiéndose con agradecimiento de aquel buen hombre que le había ayudado cuando lo necesitaba. Cerró la puerta tras ella y dirigió una rápida mirada en derredor percatándose de la ausencia de personalidad y la frialdad de lo que se ofrecía a sus ojos. Ninguna fotografía, ni libros ni pertenencia alguna que denotara que alguien ocupara aquel espacio que se veía triste y como abandonado.
De pronto se sintió tan cansada que sin pensarlo se tumbó en la cama donde quedó dormida casi al instante y solo despertó cuando notó cómo alguien estaba tirando de su brazo.
Trataban de ponerle un gotero de recambio porque el anterior se veía en las últimas. Su primera reacción fue retirar instintivamente el brazo y protegerse. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía en una camilla de hospital? ¿Dónde estaba su ropa?
Trató de hablar pero no pudo y miró aterrada a quien de nuevo trataba de tomar su brazo con fuerza insistiendo en que no se moviera.

“Cálmese, por favor. Necesito ponerle esto por su propio bien. Ahora entrará la doctora a reconocerla”. Dicho esto le tomó el brazo con firmeza aunque sin forzarla y retornó la aguja a su lugar original saliendo en silencio al igual que hiciera al entrar y dejándola en la más absoluta ignorancia sobre su estado. Se asustó y, al momento, se llevó la mano al costado por si encontrara algún indicio de que le hubieran abierto y extraído algún riñón o cualquier otra cosa como sabía sucedía a veces. Tras los extraños sucesos pasados experimentó de repente la angustia de no saber en qué situación se encontraba, ni quién era en realidad, ni si lo que estaba viviendo ahora mismo era real o tan solo era fruto de su imaginación. Lágrimas de desesperación y rabia se escaparon de sus ojos  sin poder contenerlas arrastrando consigo parte de su equilibrio emocional de modo que cuando entró la médico en la habitación su estado físico y mental era lamentable.

   La doctora habló con voz pausada y trató de asegurarse de que aquella persona reconocía su realidad mediante preguntas tan simples como cuál era su nombre, dónde vivía, cuál era el día de su cumpleaños… etc. Pronto comprendió que no iba bien encaminada porque las respuestas eran siempre una duda constante por lo que decidió probar suerte con otra pregunta que le ayudara a determinar con mayor precisión el grado de amnesia  que presentaba la paciente a cuya familia aún no habían podido notificar nada puesto que no se encontraron documentos que sirvieran para reconocerla.
“Por favor, dígame lo último que recuerda”… Esta frase despertó una vorágine de imágenes en su mente, sin orden cronológico ni coherencia en su secuencia que hizo que su abrumada cabeza no lo soportara más y prefiriera desconectarse  olvidando todo en un segundo. Se quedó bloqueada  no pudiendo recordar nada más.
Pero aún tuvo fuerzas para preguntar qué había pasado, dónde estaba y quién la había llevado allí. “Solo puedo decirle, por ahora, que tuvo un accidente y que alguien de forma anónima la dejó aquí a la entrada y desapareció una vez  se aseguró que la estaban atendiendo, sin dar ningún dato. Tal vez porque le atropellara él o tal vez porque la encontró en mal estado y por eso la trajo aquí. Sea como sea ni sabemos nada de usted (que no tenía bolso ni ninguna documentación encima y a quien apodamos Amalia para darle un nombre) ni de la persona que le trajo. Solo puedo decirle que sus heridas curarán y que podrá llevar vida normal.”

   ¿Vida normal? Aquellas simples palabras le hicieron tanta gracia que se echó a reír como una auténtica loca despertando el recelo de la mujer que tenía frente a ella quien pensó que no había medido bien su grado de estabilidad psíquica echando mano al timbre por si se las tenía que ver con una demente en pleno  episodio maníaco. Pero no hizo falta. Al poco se calmó y con voz más tranquila dándole las gracias a la doctora le pidió que si le podía recetar algo para descansar porque deseaba dormir y reponer fuerzas. Tal vez al día siguiente o cuando despertara empezara a recordar pero en esos instantes estaba tan contrariada que poco podía hacer más que descansar. Esta forma de razonar conformó a su interlocutora quien estuvo dispuesta a administrarle un tranquilizante siempre y cuando comiera algo antes. En apenas cuarto de hora servirían la comida y entonces podría comer y descansar. Dicho esto, abandonó la habitación que en ese momento permanecía silenciosa porque no tenía aún compañera de habitación.

   La mañana siguiente amaneció con cierto dolor de cabeza pero plenamente consciente de dónde estaba. Seguía sin recordar qué le había pasado, quién era o si lo último que recordaba era fruto de la medicación que le pusieran en el hospital al llegar. Su mente aún se mostraba torpe para recordar.
Una enfermera entró en la habitación y le saludó con voz animada mientras vigilaba que el gotero se mantuviera en buen estado. Esa voz le recordaba algo… era la de su compañera; la del curso; la que le había metido en aquel lío. La miró de frente y preguntó cuánto tiempo llevaba trabajando en ese hospital “Su cara me suena”, afirmó por toda explicación ante una pregunta tan personal.”Este es mi cuarto año y con suerte continuaré aquí por unos cuantos años más. Y es posible que me recuerdes de cuando te dieron la entrada. Yo fui quien te llevó hasta la cama y quien te colocó en ella. Yo y mi compañero Miguel. Puede que también lo recuerdes a él; te sujetó porque yo sola no podía contigo. Nos iba abriendo las puertas para que pudiéramos pasar”.  Claro, el portero.

   Solo quedaba por aclarar quién era la recepcionista y el hombre que le acompañó a su habitación. Seguramente otros enfermeros del hospital; tal vez del turno de noche. Le agradó saber que volvía a recuperar su vida. Todo había sido una mezcla de imágenes y sonidos producto del delirio provocado por  la medicación  y las personas que se habían ocupado de ella en su periodo de semiinconsciencia.
Pero aún faltaba por saber…. Quién le había llevado al hospital. Tal vez algún día lo descubriera. O tal vez no.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 02 Marzo, 2015, 16:51:52 pm
DUDA RAZONABLE

Cuando ya no sabe qué hacer, cuando no encuentra cómo seguir, se para de repente a contemplar el mundo a su alrededor con ojos inquisitivos como buscando en algún punto remoto algo que se le haya pasado por alto y que le de la pista necesaria que le lleve de nuevo al sendero que tan bien aprendido tiene. En esos casos, todo permanece en su sitio como si lo viera en una de esas imágenes retenidas en el espacio y el tiempo mientras ella va dando vueltas alrededor de ese mundo cristalizado que se mantiene a la espera de retomar de nuevo su rumbo y en el que las leyes físicas han dejado de existir.
Lo observa desde distintas perspectivas por si la falta de visión le oculta la clave que busca para continuar. Nunca sabe dónde puede estar escondida. A veces, detrás de una sonrisa traviesa; o en algún espejo oculto por un reflejo traicionero; incluso puede ser una persona inesperada, una frase dicha en el momento oportuno o una imagen distorsionada. Todo puede ser o no ser.

   No siempre encuentra lo que necesita. A veces ha olvidado qué estaba buscando y ha vuelto a la realidad sin ser consciente de ello, como si todo hubiera sido un sueño pero con la conciencia intranquila y nerviosa avisándole de que algo falla; algo debe ser aclarado, encontrado o resuelto. “Qué será esta vez”, se pregunta.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 08 Marzo, 2015, 10:05:30 am
                                                                              REAJUSTE

            No recordaba durante cuanto tiempo había estado caminando pero cuando paró a descansar ya estaba anocheciendo y las sombras alargadas de los árboles se mezclaban borrosas en el estrecho camino por el que sus pies habían seguido el curso, de forma automática, como el caballo que tan bien aprendido tiene su recorrido que no requiere guía alguna que lo oriente. No sabía dónde estaba, pero no importaba; tarde o temprano se ubicaría, aunque fuera en noche cerrada. Eran muchas las veces que se había extraviado por aquellos senderos y no menos las veces que había encontrado el camino que debía seguir para salir de allí. Era su laberinto particular; un entramado de senderos apenas visibles a miradas ajenas  que había ido labrando con el correr de los años en sus merodeos necesariamente solitarios.
Al volver a su casa decidió acabar, por fin, con la desagradable tarea que le habían encomendado esa mañana: realizar los ajustes necesarios de personal ante la más que evidente falta de demanda de trabajo para la joven empresa que hacía apenas cuatro años se iniciara con esperanzas, aunque no falta de un incierto comienzo, en un mundo laboral de encarnizada competencia. Habían intentado por todos los medios mantener a flote la sociedad pero demasiados meses sin poder realizar nuevos ingresos habían debilitado la moral de todo el equipo quien en un principio se mostró optimista ante la llegada de nuevos inversores que financiaran su proyecto. Los primeros meses fueron de expectación pero, poco a poco, se había hecho evidente que nada de lo prometido iba a ser real, cuando menos en un tiempo cercano. Aquella mañana se habían reunido para decidir quién debía abandonar el barco (con la promesa de volver a ser incorporados al equipo en cuanto este volviera a ponerse en marcha) a la espera de la llegada de esos prometidos contratos que mantendrían los puestos de trabajo.

   Echó un vistazo a aquella larga lista de nombres en la que había escondidas diferentes  historias  de desesperación y ruina. No todos le eran conocidos pero cada vez que su vista se tropezaba con alguien cercano, las letras se transformaban en imágenes y en situaciones vividas junto a esa persona a la que debía dejar sin trabajo, aunque fuera temporalmente, sabiendo las dificultades por las que estaban pasando; Corrían malos tiempos y no había escape posible.
Pero cada vez que pensaba en todos esos momentos en los que se intercambiaron tantas confidencias y compartieron tantas dificultades, le resultaba imposible seguir escribiendo. Sabía que alguien debía hacerlo y mejor ella que no cualquier desconocido. No dejaría de ser duro notificar la complicada situación laboral en la que quedarían pero no  encontraron más opciones que la del despido.

   Mentalmente agotada apagó el ordenador y decidió darse una ducha que librara a su cuerpo de tanta presión como sentía en aquellos momentos: su cabeza bullía con todo tipo de situaciones a las que previsiblemente tendría que hacer frente al comunicar la noticia sintiéndose, a la vez, verdugo y cómplice de la situación por ser la única que iba a conservar su empleo.
Al salir de la ducha dejó caer su cuerpo desnudo sobre la cama tratando de relajarse mientras escuchaba música suave de fondo que poco a poco le hacía olvidarse del mundo físico que le rodeaba para llevarle por un mundo de fantasía en el que los acordes de la música la transformaban en ráfaga de viento que danzaba al compás de unas olas; o en hoja otoñal desprendida del árbol y descendiendo en caída libre hacia un suelo alfombrado de tonalidades marrones; o gaviota que se precipitaba por acantilados y disfrutaba de sus virajes y giros en el aire sin seguir un patrón determinado.

   Despertó de noche, con sensación de frío y dolor de cabeza. Se arropó bajo las sábanas y volvió a dormir.

   “Creo que no respira. Llama a los de la ambulancia y que se la lleven”. Al escuchar estas palabras, despertó con la sensación pesada de quien aún no ha salido del todo de un sueño. ¡Porque evidentemente, eso tenía que ser un sueño!
“Todo ocurrió mientras dormía. Ni se ha enterado; tanto mejor. Cuando me llegue la hora yo también quiero que suceda así…..” Lo siguiente que escuchó fueron murmullos confusos que fueron apagándose conforme las dos personas que le habían inspeccionado se alejaban de ella. Quedó aterrada al escuchar aquellas frases. ¿Se referían a ella? ¿Quién no respiraba? ¡Pero si ella estaba allí, consciente de todo cuanto pasaba. Escuchaba sus voces! Había notado cómo la examinaban. Sentía su cuerpo.

   Trató de incorporarse pero, por algún motivo, no pudo. Su cuerpo se resistía a moverse. Hizo un esfuerzo y quedó asombrada cuando lo único que consiguió fue elevarse sobre sí misma y contemplar (más bien sentir) cómo se despegaba de su cuerpo físico para deslizarse por él como si de una piel recién mudada se tratara. Era una sensación extraña aunque no del todo desagradable. Se sentía bien aunque confusa. No entendía qué estaba pasando y sin embargo su lógica, siempre práctica y funcional, lo asumía como una circunstancia más a la que hacer frente.
Su lógica trataba de enfrentarse al siguiente dilema: Estoy muerta o no lo estoy. Si estoy muerta ya nada debe preocuparme puesto que suceda lo que suceda no dependerá de mi. Si no estoy muerta debo buscar la manera de salir de este enredo: bien por mi misma o bien con ayuda de alguien. Y para que alguien me ayude debo ser capaz de atraer su atención haciéndole consciente de que sigo en este mundo terrenal.

   En ese momento entraron en la habitación  los camilleros de la ambulancia que se la debían llevar para que le hicieran la autopsia. Pero  por mucho que trató de soplar, hablar o intentar mover alguna parte de su cuerpo no lo consiguió ni logró atraer la atención de aquellas personas que, tan ocupadas estaban hablando del último cambio en el equipo que realizaban su trabajo maquinalmente sin prestar mayor atención a lo que hacían y, mucho menos, al cuerpo que estaban transportando.
Las escuchó quejarse de las horas extra que debían hacer, sin cobrar, por supuesto; De la nueva normativa que les obligaba a seguir unos protocolos absurdos; De los recortes en personal y en material, lo que influía directamente sobre la calidad del servicio…. Y de muchas más cosas que afectaban a sus mundanas vidas  y a  quienes les rodeaban.  Por desgracia, era algo bastante usual y que le llevaba de nuevo a su desagradable tarea de tener que comunicarle a otra persona que lo sentía mucho pero que tendría que buscarse otro medio de vida. Al pensar en ello, se sintió bastante aliviada y decidió que eso de estar muerta no era tan negativo, después de todo. Así que se acomodó de nuevo en su cuerpo y allí permaneció hasta llegar a una habitación vacía en la que la colocaron sobre una superficie metálica.

   Por entonces, ya había decidido permanecer en ese estado, reajustarse a su nuevo ser. Recordó el título de una película que le hizo reír por lo absurdo de la situación: “La muerte os sienta tan bien…”
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 22 Marzo, 2015, 08:56:42 am
                                                               EL MAPA DEL MUNDO

            No podía dormir. Se incorporó y se sentó en la cama; se levantó; abrió la ventana y dejó que el aire fresco de aquella noche de primavera invadiera la atmósfera de su habitación, bastante saturada por la pesadilla pasada . Era una pesadilla recurrente en la que conocía exactamente cada escena y cada acontecimiento de lo que vendría a continuación pero de la que no podía escapar. Tenía la certeza de qué era lo que la ocasionaba pero reconocía que no podía cambiar nada no restándole más esperanza que la de mantenerse alerta hasta la llegada del momento definitivo de la ruptura con aquel mundo en el que había quedado atrapada.
No se decidía. ¿Debía salir ya de allí o aquel era su sitio aunque no comprendiera cuál era en realidad su lugar? ¿Tendría cabida en aquel mundo? ¿Existiría realmente aquel mundo? No se decidía. Mejor esperar un poco más. ¿Pero, esperar a qué?

   Suspiró. Se echó sobre la espalda su maltrecho ánimo y bajó despacio las escaleras que le conducían a la cocina donde intentó prepararse un café que le sirviera de bálsamo reconfortante en esa mañana tan gris y poco luminosa. Al fin y al cabo, no era sino otra mañana más de una de las muchas que aún le quedaban por vivir y no pretendía mostrarse así de abatida por mucho más tiempo. No era su estilo. 
Al asomarse a la ventana su mirada quedó anclada en una esquina del patio donde una mancha gris de pronto cobró vida tras varios segundos de indecisión. Su cerebro no comprendió que era el gato de la vecina hasta que este no se movió y pudo reconocer aquella larga cola y aquellos andares tan característicos. 

   Puso maquinalmente la cafetera y se dejó caer en la silla con la mirada perdida a la espera de que el olor a café inundara la casa mientras  los últimos estertores del agua dieran aviso de que estaba a punto. De manera igualmente automática, se sirvió el café en una de las tazas que sacó del estante superior, añadió una más que generosa cucharilla de miel y se dejó caer de nuevo en la silla con su mente aún perdida en pequeños detalles que le servían para desconectar de lo que realmente le preocupaba.
Se fijó de nuevo en la minúscula grieta de pintura de la esquina; lo que parecía ser una pequeña mancha de café en la pared; el jugueteo de un par de gorriones en la enredadera que podía ver por la ventana; la alineación de los diferentes botes que tenía sobre la encimera; la puerta abierta en un ángulo de casi 90 grados (Durante unos minutos estuvo debatiendo consigo misma cuantos grados serían realmente. Dado el escaso margen que quedaba entre la pared y la puerta era probable que fuera casi un ángulo recto perfecto).

   El día había llegado y aún no se había decidido por ninguna opción que le invitara al optimismo. Todas y cada una de ellas hacían agua por algún sitio. Algunas eran claramente descartables pero, de las que quedaban, no conseguía resolver cuál sería la más eficaz. Porque de eso se trataba, al fin y al cabo. No se centraba en la mejor opción, no cabía tal esperanza, sino en la menos mala y la que mejor representara los intereses comunes, no ya inmediatos sino futuros.
Llevaba muchos años en la misma empresa y había visto cómo la dirección de la misma pasaba de unas manos a otras sin que nadie acabara encontrando el rumbo que les guiara por la senda correcta. Pero parecía que algo estaba cambiando últimamente y se había animado a formar parte de ese cambio. Nunca había pensado que pudiera ejercer ningún tipo de influencia  ni siquiera ayudar a motivar a otras personas pero parecía que los demás si pensaban que ella tenía cierto potencial. Una cosa llevó a la otra y de una conversación de lo más anodina se pasó a una especie de compromiso que la implicaba a ella y a varios de sus compañeros y compañeras. Así empezó a forjarse una nueva forma de plantearse la actitud que marcaría el nuevo camino de lo que prometía ser un futuro lleno de éxitos más que de fracasos (los cuales eran más que previsibles en un mundo donde todo debe probarse y donde hay que arriesgar para obtener el mejor beneficio).

   Al principio todo parecía ir encajando y las reuniones fueron convirtiéndose en auténticas mesas de debate donde se ofrecían argumentos sólidos que forjarían la base sobre la que seguir construyendo. Todo el mundo estaba realmente implicado y volcado con entusiasmo en el nuevo proyecto remando a la par y dando una sensación de armonía y fuerza que se contagiaba a la plantilla de trabajadores. Pero pronto aparecieron los primeros síntomas de la disensión. Al principio fueron gestos imperceptibles que dieron paso a claras muestras de oposición. Empezaron a organizarse pequeños corrillos que fueron contaminando la unidad inicial y surgieron diferentes líderes con propuestas enfrentadas. Todo muy democrático; pero el resultado fue la caída y falta de apoyo del equipo por parte del resto de empleados y empleadas que veían cómo sus anteriores “idolos” se convertían en falsos dioses que revelaban sus verdaderas caras ante la mirada asombrada y estupefacta de quienes habían confiado en ellos.
En apenas dos meses había pasado de ser la compañera con la que todo el mundo se saludaba y a la que se acercaban para expresar su más que entusiasta apoyo a la personificación de la vieja guardia sujeta a la dictadura de sus superiores  y marioneta de sus antojos, por el simple hecho de haber tomado una decisión que no había sido del gusto de quienes hasta el momento la consideraban tan adecuada para ostentar el cargo. ¿Acaso no se habían dado cuenta de que al final les beneficiaría a todos aquella drástica determinación? Lo había explicado pacientemente delante de todos. Después lo había vuelto a explicar en pequeños grupos para dar oportunidad a que expusieran sus dudas y pudieran solventarlas. Siempre se había mostrado dispuesta a explicarse ante quien así se lo pidiera pero, nada de eso había sido efectivo. Le habían vuelto la espalda por tomar una medida un tanto arriesgada que ella consideraba salvaría muchos puestos de trabajo además de fortalecer los ya existentes.

   Cuando con el paso de los días notó que la tensión iba en aumento, consideró que aquello no tenía sentido y decidió dimitir. No tenía ninguna intención de que el cargo cambiara su forma de vida ni de ocasionar el menor perjuicio a nadie. Siempre se había mantenido firme mostrando un apoyo decidido ante propuestas que favorecieran a la mayoría y al aceptar aquel puesto su objetivo no era otro que el de  hacerlo lo mejor posible  favoreciendo a la mayoría y minimizando el impacto de los posibles “daños colaterales”; siempre partiendo de una coordinación con los demás y en base a las directrices marcadas en el grupo, por consenso.
Volvió a ser la de siempre sin echar en falta ni el descenso en los ingresos de su nómina, que compensaba sobradamente con el aumento de tiempo libre del que disponía ahora, ni la falta de atención de los que anteriormente acudían a ella con intereses particulares. Mantenía el mismo ritmo de trabajo y las mismas amistades sin meterse en mas asuntos que los que ocuparan su día a día. 
   
   Aquella tarde, rebuscando y poniendo en orden los papeles de su cuarto, tropezó con un escueto mapa en el que aparecía una mancha amarillenta con varios caminos trazados a partir de un punto marcado en rojo donde se indicaba la situación de partida.”Usted está aquí”. No era capaz de evocar el momento ni el lugar en que había cogido ese mapa y tampoco conseguía imaginar ningún sitio en especial al que llevara. Parecía un trazado bastante errático que daba vueltas en torno a sí mismo y que no parecía conducir a ningún sitio. No había más letras que las dibujadas en mayúscula, en un tono gris azulado, junto al gran punto rojo.
Giró el mapa varias veces, puesto que no había indicaciones de dónde se encontraba el norte o cualquier señal que le sirviera para orientarse y, no descubriendo ninguna, se le ocurrió añadir un nuevo trazado que llevara hasta una playa con olas y palmeras. Eso fue lo que dibujó al concluir que aquel trozo de papel no significaba nada para ella y que, antes de tirarlo a la basura, iba a divertirse un rato añadiendo diversos lugares a los que le apetecía ir hace tiempo y que por un motivo u otro había tenido que posponer hasta que casi habían quedado en el olvido.

   Recordó cómo siendo más joven, había acordado con su grupo de amigas hacer un recorrido en tren por determinados lugares de Europa, viaje que no llegó a realizarse; o como soñó varias veces en hacer senderismo por rutas cercanas junto con su confidente de los últimos años; o también aquella vez que le había prometido a su madre acompañarla a las Seychelles, playa que viera en fotografías y de la que se enamoró inmediatamente (otro proyecto frustrado).
Por un momento dejó aparcados sus pensamientos y concentró todo su universo en aquel mapa donde empezó a organizar otro mundo en el que emergían pequeñas islas esparcidas con cierto orden  a las que iba dando forma con un lápiz bastante gastado y casi sin punta que acababa de encontrar debajo de la mesa.

   Sin darse cuenta había “marcado” diferentes destinos a visitar hasta un total de seis islas. Todas ellas dibujadas con esmero gracias a la habilidad de las manos que manejaban aquel fino tubo de madera con alma de grafito en su interior. No tenían nombre, eran solo pequeños espacios que contribuían a conformar una imagen más llamativa del mapa inicial, tan sumamente aséptico y falto de perspectiva.
Durante este tiempo, no se había preocupado de nada de lo que sucedía a su alrededor. No se había dado cuenta de la cantidad de mensajes que se acumulaban en la pantalla de su móvil ni se había percatado de que su vecina le había dejado las llaves bajo el felpudo de la puerta (conducta que habían acordado hace tiempo ante la necesidad de tener disponibles un juego de llaves por si acudía su madre de visita sin que ella estuviera aún en casa). 

   Miró divertida el resultado: Ahora aparecían diseminadas, como goterones caídos al azar, diversas manchas de tamaño desigual que ocupaban los márgenes superior, izquierdo y derecho. Trazó un nuevo recorrido que le llevara a la imagen de la playa puesto que es lo que le apetecía hacer en ese mismo momento. Salir de ese día gris y lluvioso y pasear con los pies descalzos sobre una fina arena mojada, escuchando el rumor de las olas, sintiendo la brisa marina y el calor del sol en su cuerpo medio desnudo, saboreando la sal en sus labios y dejándose devorar por aquellas olas durante  su incesante tarea de ir y venir.
Su ensoñación duró poco puesto que el timbre de la puerta la interrumpió haciéndola volver bruscamente a la realidad. Un poco fastidiada ante semejante intrusión fue a abrir la puerta para descubrir del otro lado a su amiga Maribel que no parecía tener una cara muy alegre, sino más bien bastante enfadada. Y no era para menos, después de todo lo que le contó: Problemas en el trabajo y con su jefa, que no la dejaba ni respirar.    

    Le invitó a entrar y a tomar un café mientras le dejaba desahogarse y soltar toda la furia interior hasta que fue calmándose poco a poco y comenzaron a divagar sobre otros asuntos que nada tenían que ver con la vida mundana que llevaban. Acabaron delante del mapa que había encontrado y decidiendo que no sería mala idea planificar una salida. Incluso estuvieron informándose de los itinerarios  para acceder a las distintas zonas de playa llegando a decidir dónde irían ese fin de semana.
El resto de la tarde lo consumieron en planificar la hora de salida y el lugar donde pasarían el día ellas y todas aquellas personas que quisieran apuntarse. Se despidieron bien entrada la noche con el ánimo renovado ante la perspectiva de compartir lo que prometía ser un magnífico fin de semana.

Aquella noche, con el mapa en la mano, pensaba en la posibilidad de añadir nuevos itinerarios y trazados. Filosofó sobre el hecho de lo imprevisible de la vida. Si ese día ella no hubiera encontrado aquel trozo de papel que le había sugerido un mapa y no se hubiera dedicado a dibujar lo primero que se le había ocurrido, tal vez aquel fin de semana hubiera sido totalmente diferente. Volvió  a plantearse la de alternativas que nos ofrece el día a día y la de ellas que quedan descartadas al tener que elegir, incluso de forma inconsciente la mayoría de las veces, entre varias opciones que son las que realmente marcan nuestro destino.
Pensar en la arbitrariedad con las que nos enfrentamos a estas elecciones le hizo sentirse insegura a la vez que le provocó cierto temor ante la absurda idea de que todo puede depender de algo tan sumamente voluble como el estado de ánimo en que se encuentra una persona según la época del año, el día, o mil pequeños detalles superfluos e incontrolabes.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que faltaba algo importante en ese mapa. Añadió un nuevo destino….. SALIDA (Quién sabe; por si se perdía y debía volver a reiniciar el camino. Mejor ser prevenida).

Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 29 Marzo, 2015, 14:03:03 pm
                                                                    LA ALTERNATIVA

Frustrada. Cansada. Malhumorada. Y triste. Así se sentía. Todo a la vez o todo en sucesión sin llegar a definir en qué momento comenzaba una emoción o cuando desaparecía para dar paso a otra. No empezaba bien el día pero, eso no era lo importante. Lo que no se podía imaginar era cómo iba  a desarrollarse y todo lo que iba a suceder a continuación. Seguro que después de aquello ya nada iba a resultar tan trascendental como le parecía en esos momentos.
En un día cualquiera, donde nada se presagiaba diferente, las cosas se complicaron hasta tal punto que nadie hubiera imaginado semejante desenlace. Para empezar, el tiempo no acompañaba y no se sabía si coger el abrigo, el paraguas o un bañador. Era el típico día en que te encontrabas con todo tipo de indumentarias: abrigos y jerséis invernales mezclados con ropa más ligera y primaveral a la vez que las personas más arriesgadas ya mostraban parte de su anatomía a los no tan tímidos rayos de sol que cuando aparecían eran suficientemente cálidos como para dejar que la piel se aclimatara a su temperatura más que agradable.

   Caminaba pensativa sin prestar mucha atención al gentío que circulaba a su alrededor por lo que en ocasiones chocaba con unos y otros perdiendo por un instante el hilo de sus conversaciones internas para volver a retomarlas después de una rápida ojeada hacia el bulto con el que acababa de colisionar, fuera este una persona, una farola o cualquier otro elemento urbano. No es que fuera tan importante dicha conversación sino que su cabeza no podía descentrarse de ella para prestar atención a otra cosa. Cuando se ensimismaba en sus disertaciones nada existía más allá de eso a no ser que alguien la desviara intencionalmente llamándola directamente o que algún suceso a su alrededor atrajera su atención lo suficiente como para obligarla a reaccionar.

   Y eso mismo fue lo que pasó. Un remolino de gente se formó en plena calle, lo que hizo que volviera la vista hacia aquella multitud que no paraba de gesticular. Pero no fue lo suficientemente llamativa como para distraerla del todo y siguió su camino sin prestarle más atención que una simple ojeada inquisitiva que pronto se tornó en visión nebulosa y en diferentes manchas de colores cuando dejó de preocuparse por ella siguiendo su camino mientras el resto de miradas se concentraban en aquella muchacha que no haciendo caso de sus exhortaciones se dirigía directamente hacia el lugar que trataban de evitar las demás personas allí congregadas.
Vio el semáforo en verde y se dispuso a atravesar la calle cuando, con cierta confusión, se dio cuenta de que varios coches trataban de parar a otro que venía en aquella dirección. Mientras atravesaba el paso de peatones pudo ver dos tipos que se acercaban al coche, ya parado y cuyos ocupantes no pudo distinguir, empuñando una pistola (el color le resultó especialmente oscuro y la forma no se le borraría de la cabeza). Y ella, mientras, atravesando la carretera sin atinar a entender aquello hasta que una vez cruzada la calle y llegada a la otra acera consideró la posibilidad de que fuera una película. Pero no vio cámaras ni nada por medio. En fin, sería su despiste habitual y estarían ocultas por algún sitio; nada extraño porque nunca solía fijarse en esas cosas sino que andaba concentrada en su propio mundo sin preocuparse por lo que pasara a su alrededor.

   Al cabo de varios días se enteró de que aquello no había sido ninguna  película sino una verdadera persecución policial para capturar a un par de tipejos que acababan de atracar  un banco. Por lo visto, en la foto aparecía ella, de espaldas, en la esquina superior izquierda de la imagen que habían usado para ilustrar la escena en un periódico de tirada local. Una compañera suya le acababa de llamar para preguntarle si era ella o no porque no se veía muy claro; le  había reconocido por la ropa y la mochila pero, claro, mucha gente viste de la misma forma así que tal vez no fuera ella después de todo.
Pues sí, era ella. Le contó lo fuera de lugar que le había parecido aquella situación; lo de la pistola (objeto que no reconoció en el momento sino posteriormente); y cómo no se había vuelto a acordar de aquello hasta ahora. Su amiga le pidió que le explicara qué había sentido en esa situación pero no pudo explicarle nada puesto que para ella no había sucedido tal cosa, en ese momento. Sólo ahora que lo pensaba se daba cuenta de ciertos detalles que en su momento se le habían pasado por alto al entender que eran simples minucias como el hecho de que no había escuchado ningún disparo o que creyó recordar que la puerta del conductor se estaba abriendo cuando pasaba a su lado o la ansiedad que le producía esa conversación al pensar que había estado inmersa en una situación de peligro real sin ser consciente de ello.

   Cuando cortó la conversación aún se sentía ansiosa y le surgió la necesidad de disipar esa inquietud por lo que cogiendo las llaves y cerrando la puerta tras de si salió a la calle a pasear su cuerpo y moverlo con la intención de sacudirse de encima semejante sensación. Seguía pensando en lo sucedido y, para olvidarse de su angustia, se le ocurrió recrear otros  finales alternativos que previsiblemente podrían haber sucedido en caso de haber actuado de forma diferente a como lo hizo; mundos alternativos donde revivir la misma escena una y otra vez pero donde introducir diferentes variables que condujeran a uno u otro desenlace.
Sentía  curiosidad por recorrer aquellos senderos y comprobar donde podrían desembocar. De esta manera surgieron las primeras alternativas: Si hubiera prestado atención a la gente que le avisaba, se habría mantenido alejada de la zona y en nada hubiera modificado su actual vida. No, esta alternativa era muy aburrida; la descartó de inmediato por no darle la posibilidad de llegar más allá.

Si hubiera…. salido el ocupante del coche justo cuando ella pasaba, tal vez la hubiera pillado por sorpresa y la hubiera utilizado como posible escudo o como rehén de intercambio o simplemente la hubiera golpeado por estar en medio de su vía de escape o podría haber recibido un disparo o una puñalada….Esta alternativa tenía más posibilidades. Ya la seguiría más adelante.

Si hubiera…. habido un intercambio de disparos entre ambas partes podían haberla herido o podía haberla salvado "in extremis” algún agente de la policía o podía haber escapado con un leve rasguño o podía haberse visto obligada a tirarse al suelo y llegar hasta donde fuera por sus propios medios arrastrándose por la carretera hasta llegar al otro extremo….

Si hubiera….. tropezado con el agente de policía que llevaba el arma y se acercaba al coche para detener a sus ocupantes podría haber ocasionado varias situaciones desagradables como el hecho de que dispararan a uno de los policías hiriéndole o matándole o que los atacantes se hubieran escapado aprovechando  la confusión o que el policía hubiera hecho un disparo incontrolado y hubiera herido a alguna otra persona ajena a los atracadores…..

Si hubiera……. contestado a la llamada que le habían hecho justo en el momento tal vez ni siquiera hubiera visto el arma, ni el coche, ni los agentes, ni nada de lo que había pasado con lo que podría haber vuelto a casa sin conciencia alguna de extrañeza; O podría haber desencadenado la alarma en la persona que estaba llamando y podría haberle creado una crisis de ansiedad que, a su vez, provocara otro incidente.

   Si, había distintas alternativas y no estaba mal perderse en ellas para salir de la monotonía diaria mientras gozaba de un agradable paseo y su cuerpo se relajaba paulatinamente gracias al rítmico caminar y a la agradable brisa que sentía en su rostro y que apenas le despeinaba su ya de por si bastante revuelto cabello.
Pero la única alternativa que nunca podría pensar es la que estaba a punto de suceder puesto que no vio cómo aquel coche azul bajaba a toda velocidad por la avenida, sin tener en cuenta los semáforos, ya que su ocupante había tenido un mal día en la oficina y toda su obsesión era salir de la ciudad  sin que ninguna otra persona se pusiera en su camino ni le molestara en su determinación de acabar con aquel día de furia que se había desencadenado por sucesivos pequeños incidentes acumulados a lo largo del día  y que habían dado lugar a su actual estado.

   El conductor del vehículo apenas dio importancia al hecho de haberse subido a la acera arrasando con todo cuanto encontraba a su paso así como a aquella muchacha que ni se había enterado de que la iban a atropellar de lo concentrada que estaba en sus propios pensamientos. Acabó estrellándose contra la parada del bus y allí quedó atrapado en el coche, que no paraba de pitar.
Aquel día, una llamada de la policía alertó a una madre horrorizada del trágico accidente y de la imposibilidad de los servicios sanitarios que acudieron a la zona del siniestro por socorrerla.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 03 Abril, 2015, 09:46:41 am
                                                  A TRAICIÓN

Quería volcar toda su rabia e impotencia en algún lugar que no tuviera consecuencias y por eso recurrió a mí. Nada nos unía. Simplemente yo estaba allí y vino a buscar desahogo y cierta calma.
La entrada al local estaba vacía a aquellas horas de la tarde y él vagaba sin rumbo para disipar sus malos pensamientos. Acababa de conocer, mediante un escrito que no debería haber llegado a sus manos, cómo su compañero le había traicionado aprovechando su falta de conocimiento del idioma.

 Hacía pocos meses que trabajaba en la ciudad y apenas había tenido la posibilidad de comunicarse con los demás compañeros de la oficina salvo con Salvi, a quien se dirigía constantemente para solventar sus dudas con el idioma. Él llevaba allí  varios años  ya y dominaba el alemán con una soltura más que suficiente como para comprender el doble sentido en una conversación usual u ocasional. Sin embargo para él representaba un gran esfuerzo entender las palabras que le dirigían, auque solo fuera de forma literal, por lo que se había acostumbrado a refugiarse en su compatriota para que le ayudara a salir de determinados apuros en los que se veía envuelto con regularidad.
Sabía que aquello no era una buena estrategia y que lo que debía hacer era mostrar más empeño en comunicarse con los demás sin preocuparse por su falta de corrección gramatical o sin avergonzarse cuando no entendiera claramente unas instrucciones dadas por cualquiera de sus compañeros, evidenciando su falta de entendimiento, dándose la oportunidad de que se lo pudieran expresar de otra manera más clara y sencilla. Pero se sentía tan torpe cuando no entendía a sus interlocutores que, haciendo gestos afirmativos con la cabeza aún sin haber comprendido lo que se le pedía,  prefería no mostrar su ignorancia sino caer de nuevo en el engaño de tener que solicitar ayuda externa.

   Desde el principio congeniaron a la perfección y para Miguel fue todo un alivio encontrarse en aquel almacén en el que trabajaban con Salvi, a quien consideraba su tabla de salvación puesto que en todo momento le ayudó en cuanto pudo: le aconsejó sobre la mejor zona para alquilar un apartamento; las distintas líneas de autobuses y metro para acceder de forma más rápida al almacén; los distintos comercios y lugares de interés de la zona, para que se fuera familiarizando con ella;  e incluso,  en varias ocasiones, habían salido juntos con los amigos de Salvi para que no estuviera tan aislado en su casa.
Todo esto le había parecido un auténtico acto de altruismo y a ello le debía muchos de los avances que había cosechado. Se sentía mucho más seguro que cuando por primera vez entrara, un tanto tímido, en aquel almacén donde no sabía en qué consistiría el trabajo que le habían ofertado, si es que al final lo contrataban.

   No hubiera dado crédito a las palabras si alguien se lo hubiera contado de viva voz  pero aquello era diferente. Era un mensaje escrito, que no debía haber sido visto por él y que había llegado a sus manos por pura casualidad; más bien por la torpeza del mensajero, que había equivocado el nombre de quien debía recibir el documento. Iba dirigido a su persona cuando en realidad era de él de quien se hablaba en el documento. Y lo peor de todo no eran las mentiras que allí se podían leer sino la persona que las firmaba. Salvador Domínguez.
Al principio consideró que aquello era una mala broma y decidió sacar una copia del mensaje para enseñarlo más tarde y reírse a gusto. Pero cuando lo llamaron al despacho y medio comprendió que le estaban despidiendo entendió que aquello no había tenido nada de gracioso.

   Con el escrito arrugado y guardado en el bolsillo se había marchado furioso del lugar sin ni siquiera acercarse a verter toda su rabia contra la persona que acababa de causar su despido inmediato y fulminante; a quien, con el rabillo del ojo, vio aproximarse a él y a quien, sin darle tiempo a decir nada, le espetó un “¡Ni se te ocurra acercarte a mi!” con un claro tono de advertencia en su voz mientras se perdía por el pasillo que llevaba a la salida. No necesitaba recoger nada puesto que no había nada en ese almacén que le perteneciera por lo que salió directamente sin dejar de pensar en las frases y  mentiras escritas en aquel texto traidor. Tal vez no comprendiera claramente el alemán hablado, pero si le daban la oportunidad de leerlo lo entendía perfectamente. Y aquellas palabras no dejaban lugar a la duda. Se le estaba acusando falsamente de un delito no cometido por él. Se habían encontrado indicios de que alguien del almacén trapicheaba con drogas tratando de comerciar en sus horas de trabajo, a la vez que se procuraba algún que otro adepto a la causa, y Salvi le apuntaba a él como artífice de todo.
Ni siquiera se planteó defenderse de las injurias que se reflejaban en aquel escueto texto al que apenas daba crédito. Para qué. Quién iba a creerle; además, no tenía claro si podría explicarse y entender claramente lo que le decían. Se tragó la impotencia que le causaban aquellas acusaciones sin apenas ofrecer resistencia. Volvería a su casa y se olvidaría de aquella experiencia que le había proporcionado la vida. Real, si; pero injusta e indiscriminada. Claro que, así era la vida. A veces se tiene suerte y no te toca cruzarte con ese lado tan descarnado de la realidad e incluso, si tienes más suerte aún, sólo la ves de lejos intuyendo lo que puede suceder pero sin que llegue a sucederte en primera persona.

   No sabiendo dónde dirigirse caminó sin rumbo hasta llegar a una cafetería en la que decidió entrar a descansar y sosegar sus confusas ideas. Al entrar se sentó en la barra y pidió un americano, con hielo; mirando en rededor, preguntó si podía fumarse en aquel local o si debía salir fuera. La chica que atendía la barra le dijo que puesto que estaban solos podría hacer una excepción ya que a ella también le atraía la idea de poder fumarse un cigarro antes de comenzar la jornada, sin prisas. Estaba intentando dejarlo desde hacía tiempo pero cuando no era una cosa era otra y no encontraba el momento oportuno para hacerlo.
Mientras ella preparaba el café en la máquina, Miguel sacó del bolsillo de su cazadora un paquete a medio terminar y, sin darse cuenta o por pura rutina, se lo ofreció a la mujer que viendo en este gesto una especie de excusa para sí misma aprovechó la ocasión que se le brindaba y con un gesto premeditado de dejadez o de descuido consintió tras varios segundos de silencio como dando a entender que lo aceptaba solo porque quería mostrarse amable con él.

   Miguel no se esperaba que  aceptaran su invitación y ya estaba a medio camino de guardarse de nuevo el paquete de tabaco en el bolsillo cuando llegó la inesperada respuesta de aquella persona que lo miraba entre suplicante y desconfiada. Fue un gesto tan natural, tan infantil casi, tan fuera de lugar que le hizo sentirse en inmediata sintonía con ella.
Se fijó mejor en quien trataba de encender el pitillo con aquel encendedor que no se sabía de dónde había sacado y en el que se podían ver diferentes dibujos de llamativos colores entre los que reconoció una prestigiosa marca deportiva. Qué ironía. Trató de iniciar una conversación insustancial pero pronto se enredó en lo que realmente le preocupaba y se sorprendió contándole a aquella mujer de pelo ensortijado cómo su compañero le había dado una puñalada trapera sin  acabar de entender a qué se debía semejante actitud.

La mujer no parecía prestarle mucha atención pero él se estaba despachando a gusto y soltando cuanta ira era capaz de contener su cuerpo. Mejor así. Se desahogaría con ella que no sabía nada del asunto y no tendría mayores consecuencias para nadie, salvo para aquella persona que tenía que estar escuchándole pacientemente mientras él no paraba de gesticular para apoyar su falta de nivel de expresión en otro idioma diferente al materno. “Además, pensó, seguro que no me ha entendido nada de lo que he dicho. Pero qué más da; yo ya me he quedado de lo más relajado”; Y dándole las gracias, en castellano, se despidió de aquella mujer que, sin proponérselo, le había hecho todo un favor aquel día que tanto necesitaba hablar con alguien que le escuchara sin interrumpirle cada dos frases para corregirle o hacerle que se explicara mejor.
Lo que no sabía Miguel, ni podría imaginarse nunca, es que aquella mujer que le pareciera una camarera de barrio cualquiera y con pinta de alemana típica era en realidad una trabajadora inmigrante como él que había acabado allí por falta de trabajo en su pueblo, cercano a Córdoba. Y lo que menos se podría haber imaginado es que aquella mujer era en la actualidad la pareja de su compañero Salvi. Ella había intentado mostrar todo el desinterés del que era capaz porque no quería que aquel hombre dejara de hablar; deseaba seguir escuchando sus explicaciones en aquella semi jerga tan usual de quien aún no se ha acostumbrado del todo a un idioma extranjero.

   Aquella tarde sucedieron varias cosas que no estaban planificadas: Salvi se quedó un tanto decepcionado cuando recibió una llamada en la que le decían que podía buscarse otra persona con quien disfrutar la noche; sensación que, por otra parte, apenas le duró mucho ya que en menos de un cuarto de hora encontró con quien compartirla. Miguel descubrió que no estaba tan mal el hecho de que le hubieran despedido aquel día, después de todo, ya que tenía una llamada de su casa en la que le avisaban de que volviera pronto porque habían surgido complicaciones con su madre. Y Alicia, descubrió asombrada cuánto echaba de menos la vida en aquel pueblecito cercano a la capital que había deseado tanto alejar de si, decidiendo que no merecía la pena permanecer allí por más tiempo ya que nada había encontrado que  mejorara  lo que su tierra le ofrecía.

         -------------------------------------------------------

   Esa fue la noche que decidí volver. La conversación con aquel hombre me había devuelto la perspectiva y no tardé en comprender lo equivocada que había estado. Al día siguiente ya no me presenté a trabajar y como mi alquiler se acababa en un par de días resolví tomar mis maletas y regresar al lugar que en otro tiempo maldijera una y mil veces por la escasa proyección de futuro que me planteaba.
De camino al aeropuerto pensaba en la necesidad de reorganizar mi vida tratando de ser más realista y buscando la forma de salir adelante. Sentada como estaba en el metro, había tanta gente que al principio no distinguí al hombre que, sentado unos cuatro bancos más allá del mío, había provocado que yo me encontrara allí en esos momentos. Lo miré disimuladamente para confirmar que se trataba de él. Sí, no había duda; hasta llevaba la misma cazadora de la que la tarde anterior sacó su paquete de tabaco; podría ser que tal vez  aún le quedara algún cigarro.

El metro paró y ella bajó arrastrando sus dos pesadas maletas, olvidando la casualidad que había llevado a aquel hombre a tomar su mismo destino, mientras se concentraba en  tirar de ellas. Por eso no se dio cuenta de que Miguel, que había salido por la puerta más cercana a su asiento, la cual estaba en el extremo opuesto al de Alicia, hacía otro tanto con su maleta y se alejaba hacia la salida en busca del autobús que le llevara al aeropuerto; llegando antes que Alicia a la parada y logrando subir así al autobús que acababa de llegar.
Una vez en la Terminal, pasados los controles oportunos, después de permanecer en la fila que hizo recordar a Alicia su estancia en uno de esos parques temáticos en los que debes esperar  interminables colas serpenteantes,  cada cual se dedicó a deambular por el aeropuerto mientras hacían tiempo hasta que llegara la hora de tomar el vuelo de vuelta a casa. Alicia se comió un par de sándwiches  y se dedicó a leer el libro que últimamente la tenía atrapada. Miguel gastó parte del dinero que le quedaba en comprar pequeños detalles que fueran del agrado de sus sobrinos, quienes seguramente le estarían esperando cuando bajara del avión.

Ninguno de los dos se percató de la presencia del otro hasta que coincidieron en la cola de embarque. Un Miguel despistado escuchó una exclamación de asombro a su espalda sin hacer el menor gesto, concentrado como estaba en comprobar que sus billetes estuvieran en orden, girando instintivamente cuando Alicia le llamó por su nombre. Se quedó boquiabierto y casi dejó escapar de su boca las palabras nada apropiadas que habían llegado a su cabeza. Turbado y sonrojándose por la situación creada, trató de mantener la compostura haciendo una observación de lo más anodina y simplista. “Ah, hola, eres tú”.
Sí, era ella. La conversación que mantuvieron fue evidente al principio tomando como derrotero la casualidad de reencontrarse en ese lugar. Alicia trató de explicarse y disculparse ante Miguel intentando hacerle comprender la situación en la que se encontraba: Un hombre llega a un bar con el deseo de descargar su frustración así que ella no se opone ni le interrumpe hasta que se da cuenta de que la persona que le ha causado tal grado de alteración es la que ella considera su pareja. “Entiéndeme, Miguel, no podía contarte en ese momento las circunstancias que me llevaron a dejarte hablar. Además, en ningún momento te engañé; solo te oculté una parte de la realidad que no esperaba que fuera de ninguna utilidad para ti”. Miguel comprendía. El se había desahogado con ella sin ser consciente de desencadenar ninguna consecuencia, como así hizo. Estaban en paz.

Cuando subieron al avión se volvieron a separar puesto que cada uno tenía su asiento en diferentes filas; Miguel más centrado y Alicia hacia el final. Se despidieron deseándose mutua suerte pensando en que no se volverían a ver. ¿O sí? 
Alicia se acomodó en su asiento y pronto se quedó dormida pensando en  lo acertado o no del comentario que le hiciera una amiga suya a modo de despedida “Las cosas pasan porque tienen que pasar”.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 21 Abril, 2015, 19:05:48 pm
   VERGÜENZA

Seguía sin entender cómo podía haber pasado aquello sin que se hubiera conmovido lo más mínimo más allá de las típicas frases expresadas entre compañeros durante una comida. Algo debía andar muy mal para que aquella noticia no mereciera más que un simple comentario intercalado entre otros tantos como una mera anécdota a la que despachar a la hora de comer mientras se pensaba en qué plato elegir de los ofertados en el menú. Pero su estupor no era debido al hecho de que en su alrededor nadie hubiera manifestado con contundencia un ¡Basta ya! o similar; ni el que nadie hubiera vuelto a comentar el hecho al día siguiente; ni que no fuera el tema del día en su entorno de trabajo. No, nada de eso le había causado tanta estupefacción como el hecho de darse cuenta de cómo ella había reaccionado de forma tan casual y liviana ante semejante barbaridad. ¿Acaso ya era tan insensible a todo que nada la perturbaba?
Aquello podía haberle pasado a cualquier persona en cualquier momento puesto que fue causa del azar; aunque más que del azar fue causa del compañerismo y la ayuda a los demás. ¿Habría actuado ella igual en caso de encontrarse en semejante situación? Si, no le cabía la menor duda. Ante lo que hubiera considerado una petición de ayuda habría acudido proviniera de quien proviniera.  Y, entonces, podría haberse encontrado en el lugar de aquella persona. Sin billete de vuelta a casa. Podría haberle sucedido a cualquiera. Cualquiera.
Y aún así, no había reaccionado.

    Que el resto de las personas no se hubieran unido en un grito unánime de repulsa y apoyo ante semejante absurdo que empezaba a ser una línea invisible a cruzar, no le había avergonzado tanto como el hecho de que ella, ELLA,  se hubiera girado hacia otra conversación, que en ese momento desviaba su atención, y hubiese olvidado casi por completo aquel suceso que entrañaba en si mismo tanta frustración e impotencia. Si esto de la evolución consistía en que a mayor nivel de socialización mayor nivel de insensibilidad no cabía duda de que prefería ser más primitiva.

   El resto de consideraciones relativas a la culpabilidad o no, tanto de las personas como del sistema, en la educación de aquel….ser; el que tuviera o no un brote psicótico, no le parecían tan relevantes. Ya llegaría su momento
Es un hecho, aislado, si; pero que denota una tendencia muy peligrosa. Y aún así, seguimos sin reaccionar.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 02 Mayo, 2015, 12:05:17 pm
                                                             ¿?

                                  Ya no tenía remedio. No había nada que hacer. Todos sus intentos habían sido vanos, inútiles. ¿Tanto esfuerzo para nada? Miraba incrédula a su alrededor mientras observaba cómo se dispersaba el gentío volviendo a su cotidianeidad como si lo visto hubiera sido algo rutinario que no mereciera más que una somera atención por el simple hecho de haber sucedido a su lado, pero poco más.
Una vez pasados los primeros minutos de desconcierto todo había vuelto a la usual marea del ir y venir de personas apresuradas por llegar a algún sitio; o por realizar alguna gestión muy importante; o por acabar la tarea que tenían pendiente para inmediatamente después volver a apresurarse a realizar la siguiente tarea.

Nada tenía sentido a sus ojos. No lograba entender que las cosas fueran asumidas con tanta naturalidad aun a pesar de no tener nada de naturales. ¡Que una persona muere en la acera?  ¡Pues ya vendrá alguien a recoger aquel despojo! Las personas estamos demasiado ocupadas en nuestra propia vida como para andar arreglando la vida de los demás.
Sentada, sin fuerzas, desesperanzada, notaba movimiento a su alrededor. Sentía el bullicio acelerado que la envolvía mientras ella permanecía en una especie de burbuja donde parecía que se hubiera ralentizado el tiempo y donde cada uno de sus movimientos duraba toda una eternidad.

De repente, sintió cómo alguien le tocaba el hombro para llamar su atención a la vez que le hablaba tratando de comprobar su grado de orientación. Giró, con mucha dificultad, su cabeza y su mirada hacia aquella amble cara de lo que parecía un chico de unos diecinueve años, quien procuraba hacerla reaccionar. Comprobó que no estaba solo. Le acompañaba un grupo de varios jóvenes que pronto se dispusieron a su alrededor tratando de ayudar en lo que podían: Unos intentando  separarla de aquel cuerpo sin vida al que aún permanecía unida por la mano; otros procurando cubrir pudorosamente ese mismo cuerpo, ahora ya tendido en el suelo, de miradas indiscretas y curiosas con una especie de cartón que habían encontrado en un contenedor cercano; un par de chicas hablaban por el móvil mientras gesticulaban exageradamente en un intento por convencer a la persona que estaba al otro lado de que no se trataba de ninguna broma. Y aquel joven; había logrado llevarla de la mano hasta una de las sillas de un bar cercano mientras sus compañeros despejaban la zona para cuando acudieran los responsables a hacerse cargo de la persona que ahora aparecía medio oculta bajo aquel cartón descolorido donde aún podía leerse la marca desconocida de una empresa de transportes.

   Un camarero se  acercó con curiosidad y, ante la mirada perpleja y acusadora del chico, reprimió su primera intención de hacerles conscientes de que para estar allí sentados necesitaban consumir algo. Pareció sentir cierta vergüenza y se alejó dejándolos solos para volver un poco más tarde con un vaso de agua y una expresión más sociable y humana, mostrándose más proclive a empatizar con aquella extraña pareja. Colocó el vaso en la mesa y permaneció allí de pie durante un rato, en silencio, hasta que  decidió volver a entrar en el local en cuanto comprobó que su presencia no era de utilidad.
Empezó a formarse un corrillo de gente alrededor de aquel grupo de jóvenes creyendo que tendrían algo interesante que ofrecer; alguna especie de teatro o distracción con la que animar su jornada. Tal vez fuera algún grupo de música o puede que fuera algún tipo de reivindicación puesto que en el suelo, tumbado bajo aquel largo y maltrecho cartón, aparecía un bulto que no conseguía ocultarse del todo a la vista.
   Sentada en su silla, la mujer contemplaba todo esto con ojos vacíos; pero ya no pudo ver más de la escena que seguiría a continuación puesto que la instaron a montarse en la ambulancia que le llevaría  a un centro de salud cercano por si requería algún tipo de ayuda, previo interrogatorio de la policía quien necesitaba conocer las circunstancias  en que se había desarrollado todo.
Una breve explicación referente a que ella era médico de familia; había visto cómo una persona sentada en la acera se desmayaba; su intento por ayudarla; y poco más. Frases breves. Monosílabos por respuesta. Mirada ausente. Dejaron que los servicios sanitarios se hicieran cargo de ella tras tomar nota de sus datos para una posterior declaración más exhaustiva y extensa, en caso necesario.

   Su sentido de la responsabilidad hacia aquella persona desconocida y, por qué no decirlo, un alto grado de interés profesional en el caso, le habían hecho volver a tener contacto con la policía para seguir el desarrollo de las investigaciones, que estaban en punto muerto ya que apenas habían avanzado al no haberse indagado nada más allá del rápido carpetazo por entender que era una muerte por causas naturales derivadas de una vida malsana durante largos años  pasados en la calle. No era la primera vez que sucedía ni sería la última, le habían explicado ante su asombro por la rapidez con la que se había despachado lo sucedido.
Aún así, solicitó que le dejaran ver los datos médicos del ahora ya cadáver, si eso era posible,  por su interés personal en actuar de forma más adecuada la próxima vez que se encontrara en la misma situación o cualquier otra parecida (cosa que no deseaba ni consideraba que volviera a suceder por lo desagradable y nada usual que resultaba dicha experiencia;“humanidad” a la que apelaba para poder acceder a los datos que tanta curiosidad despertaban en ella). No hubo suerte. Nada que hacer. Esos datos pertenecían a una investigación policial a la que no podía acceder. Protección de datos, le explicaron, o algo así.

   No volvió a tener noticias del caso hasta pasados varios meses cuando  asistió a un curso del que ya no recordaba haber rellenado la  inscripción y  cuyos contenidos giraban en torno a los aspectos legales de la omisión del deber de socorro y la denegación de auxilio. Aquello le había llamado la atención y deseaba conocer el límite de sus funciones, por si acaso. Fue en esa reunión donde se encontró con su viejo amigo de facultad al que hacía varios años que no veía y con quien departió gustosamente en una de las terrazas dispuestas en torno a la placita cercana al edificio donde se estaban desarrollando las sesiones del curso.
Y fue esa misma tarde cuando la casualidad quiso que se satisficiera su deseo por conocer. Su compañero le estaba contando que en la actualidad estaba trabajando como médico forense, mientras con un encogimiento de hombros daba a entender que no había sido posible su deseo expreso ya que en la época en que estaban juntos en la facultad siempre había mostrado su predilección por la oncología y sus expectativas por realizar investigaciones en dicho campo.

   Hablaba de unos datos extraños a los que había tenido acceso como forense de la zona en la que habían aparecido varias personas con síntomas parecidos y que habían despertado su curiosidad. Muerte súbita. Nada sospechoso para aquellos casos que nadie iba a investigar en profundidad y que seguramente serían rápidamente archivados puesto que no habría quien se ocupara de hacer que los esfuerzos por continuar las pesquisas policiales fueran más allá de lo meramente aparente.
La conversación derivó hacia otros asuntos más personales por lo que los datos médicos quedaron relegados y olvidados hasta que desaparecieron bajo las risas compartidas de ambos al recordar pequeñas anécdotas del pasado.

   Al llegar a casa, sin perder tiempo, empezó a buscar entre sus notas y sus textos todo lo referente a la muerte súbita: síntomas, factores de riesgo, estadísticas…. Se centró en la búsqueda de posibilidades y alteraciones cardíacas frecuentes. Pasó a la búsqueda de diferentes tipos de medicamentos que, indirectamente, podrían acelerar o potenciar su aparición como efecto secundario o cuya ingesta estaba totalmente desaconsejada en según qué casos y, por tanto, habían sido retirados del mercado.
Toda esta información la compartió, un par de días después, con su compañero de facultad buscando su implicación en el asunto al ser una persona que trataba de forma tan directa y cercana con el mundillo policial y conocía los datos reales de cada caso. Así aguijoneaba también su interés y curiosidad ante lo que podría ser un caso de muerte súbita no casual. ¿Tal vez alguna persona cuyas razones eran desconocidas podía estar probando algún tipo de droga para comercializar y previamente trataba de descubrir sus efectos secundarios en personas reales?

   Su compañero la miraba con aspecto de no creerse nada de lo que le estaban contando. ¿Estaba hablando de un complot de esos de los que suelen aparecer en las películas de mala calidad? ¿Estaba escuchando lo que decía? “¿Realmente te crees todo lo que me estás diciendo o es una simple broma para que pique?” Miraba dubitativo hacia aquella cara sin poder adivinar si le estaba probando o si ciertamente consideraba la posibilidad de que alguien voluntariamente se dedicara a experimentar con seres humanos la última droga de diseño antes de ser lanzada en el mercado.
Desde luego, no sería la primera vez que pasaba algo similar. Eso de la bondad humana por naturaleza y la posterior corrupción social quedaba muy bonito en los escritos de Rousseau pero poco tenía que ver con la tendencia que veía a diario en las personas con las que solía tratar ni con lo que sucedía a diario a su alrededor, visto lo visto. No había nada de lo que asombrarse. Estaba convencido de que la maldad o la mala fe formaba parte inherente de algunas personas a las que parecía no afectar en absoluto una conciencia sobre sus actos ya que éstos se regían por lo que en cada momento consideraban más propicio para sus intereses eliminando del camino todo aquello que se interpusiera entre su persona y su objetivo. Así de simple y así de aterrador.

   Su interlocutora, con voz serena pero convencida, volvió a repetirle la posibilidad que se había formado en sus estudios sobre el caso. Le mostró los datos analizados por ella; las conclusiones de ciertos estudios realizados por investigadores de diferentes países en los que se comprobaba la relación entre determinados fármacos y la probabilidad de padecer la aparición de  muerte súbita; No planteaba que fuera esa la causa sino que tal vez se debiera investigar en esa línea por si fuera una alternativa viable. Solo por evitar males mayores.
Su compañero no acababa de decidirse. Aquello le sonaba totalmente absurdo; y, a la vez, absolutamente  real y posible. Pensaba en la posibilidad de organizar toda aquella información de forma tal que estuviera coherentemente estructurada para que una vez enviada a la persona oportuna esta  fuera capaz de llevar a cabo un rápido contraste con otras informaciones que pudiera tener en su poder y que le llevaran a la conclusión probable de iniciar, o intentarlo, una línea de investigación.

   Trabajaron en el asunto durante varias semanas, puesto que el informe a presentar debía tener bases más que suficientes en las que sustentar la idea, un tanto fantasiosa, de que supuestamente alguien trataba de experimentar con personas como si de conejillos de india se trataran. Y qué mejor manera que hacerlo con personas cuya desaparición no fuera  echada en falta o no levantara la más mínima sospecha.
El informe quedó reducido a seis páginas repletas de datos médicos y referencias a anteriores casos; datos asépticos con los que se pretendían resaltar ciertos indicios más que evidentes de una posible trama que debía ser investigada por su negativa incidencia en la salud pública.

   Lo habían repasado más de veinte veces hasta que habían quedado satisfechos con lo redactado, evitando todo tipo de ideas que sonaran a juicio de valor por parte de los signatarios de aquel texto. No deseaban dar la errónea impresión de ser considerados como dos entusiastas del género fantástico dejándose llevar por su imaginación. Aquello podía ser real pero para presentarlo como tal no debían dejar lugar a dudas, apoyando todas sus afirmaciones en datos científicos objetivables.

   Aún así, dudaban fueran a ser tomados en serio. Pero ellos estaban convencidos de que tenían que presentar aquel informe puesto que no hacerlo habría supuesto incurrir en una falta de responsabilidad por su parte. Otra cosa sería que sus datos se investigaran o no. Eso ya no dependía de ellos. Su parte ya estaba hecha. Otras personas tendrían en sus manos la responsabilidad de llevarla a cabo, o no.
No es que allí acabara toda su responsabilidad, porque ellos seguirían insistiendo en el caso y estarían pendientes de nuevos datos que sustentaran sus teorías  pero, por el momento, no sabían qué más podían hacer.

   Tal  y como sospecharon, al presentar el documento, la persona que les atendió  les avisó de que aquello no era nada nuevo y que había en sus archivos muchos casos parecidos al suyo en los que se les notificaba la probabilidad de miles de confabulaciones, algunas de lo más descabelladas, que no podrían ser tomadas en serio más allá de una simple ojeada por suponer una pérdida de tiempo y de dinero en personal, del que no andaban especialmente sobrados.
Al salir del edificio, se despidieron con desgana y con la sensación de haber malgastado sus fuerzas y energías en un gesto inútil. Quedaron en llamarse para seguir en contacto y permanecer al corriente del inicio o no de la investigación. Su decepción era evidente por la apostura de sus cuerpos; bajos los hombros y mirada abatida. Sin decir nada más cada cual siguió su camino. Tal vez volvieran a verse, tal vez no.

Camino de casa, pensaba en cómo se sentía: le invadía una mezcla de rabia e impotencia que le llevaba a la frustración de ver inútiles todos sus esfuerzos. Y esa indefinible sensación de no saber cómo actuar le llevaba a un estado de bloqueo mental que le anulaba, le dejaba sin capacidad de reacción. ¿Pero, qué más podía hacer ella?
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 13 Mayo, 2015, 20:59:02 pm
                                                      UNA MÁS

¿Cuál sería hoy la motivación que haría surgir una de las muchas historias que corrían libremente por su mente? Estaba deseando averiguarlo, así que dejó que sus dedos vagaran a su antojo por el teclado mientras leía ansiosa el resultado de su vómito del día. Nada especial parecía surgir ante sus ojos y se mostraba escéptica al respecto. Ningún suceso había conmovido especialmente su ánimo últimamente como para ser mostrado al mundo dándole la vuelta una y otra vez hasta reconvertirlo en una anécdota que tuviera cierta coherencia pero que en nada se pareciera a la realidad. Sólo ella sabría la motivación última, el secreto guardado bajo aquella maraña de letras que parecían brotar sin sentido.
Claro, no podía ser mostrado abiertamente sino que debía asomar apenas bajo un disimulado disfraz que le ayudara a desentrañar mejor las complejidades de la situación pero que, a la vez, le diera la oportunidad de hacerlo pasar por una historia corriente que en nada importara.

Lo importante era ese inicio, ese arranque; la necesidad de hacer. Y puesto que allí estaba, algo debía andar rondando por su mente. La muy maldita. Siempre se lo ocultaba y no le dejaba conocer sus intenciones hasta que ya hubiera ideado un final o hubiera llegado a una conclusión. Lo cierto es que una vez que empezaba a teclear ya no podía parar. Tenía que seguir. Era algo así como una especie de invitación, bastante parecida a una obligación, que viniera en forma de una frase que se colaba por su cabeza; un hecho aislado que parecía alejado de todo significado aparente; un simple movimiento de  dedos nerviosos; un recorrer aquellas teclas que le llamaban.
Y, sin darse cuenta, en apenas un minuto, ya había expuesto toda una sucesión de frases que una vez leídas darían forma  a lo que sería la siguiente muestra de una necesidad por echar fuera de sí, un sacar al exterior, como si de un absceso se tratara; una bola de pelo de gato; las sobras regurgitadas de la información procesada que deben ser expulsadas; material de desecho, al fin y al cabo, que no debe permanecer dentro sino que debe arrojarse al exterior para no contaminarlo.

   Pero esta vez era distinto. No podía continuar. Notaba que el germen de lo que sería, tal vez, un nuevo texto, se aferraba a su mente. Era como si estuviera en el precipicio mirando hacia abajo, en lo alto de la pendiente, tomando las fuerzas necesarias antes de saltar. Tal vez se hubiera atascado o tal vez solo era una de tantas veces en las que, por pura diversión, soltaba las riendas y se dejaba llevar para después reírse de los absurdos que encontraba plasmados sobre el fondo blanco de aquella página. Tal vez solo necesitaba distracción mientras descansaba para realizar otro tipo de actividad. Una especie de hiperactividad mental que requería una vía de escape para liberarse.
Como otras veces había sucedido, pensó que lo borraría. Simples elucubraciones vanas de una mañana ociosa en la que debería estar haciendo otra cosa bien distinta. Quién sabe si tal vez por eso mismo se empeñaba en estar allí sentada dejando pasar el tiempo mientras decidía qué hacer.

   ¡Así que de eso se trataba? Si, claro. Eso tenía sentido. Estaba utilizando consigo misma una táctica de distracción de lo más simple para evitar tomar la decisión que, por lo visto, tanto temía. Un autoengaño, vamos. Y si, aquello tenía sentido. Era muy capaz de usar contra sí misma semejantes artimañas. Absurdas, simples, y a traición.
Por eso mismo cerró con parsimonia el ordenador, mientras una sonrisa burlona se dibujaba en su cara. Esta vez no iba a colar. No se dejaría engañar. Se acabó lo de andar sentada dando vueltas a cualquier idea por el mero placer de hacerlo mientras su mente se procuraba el tanto de decidir la cuestión. Pues no. Esta vez no lo conseguiría. Sería consciente de la decisión tomada; nada de dejarla en manos de esa intrigante.

   Se levantó despacio centrado sus pensamientos en lo soñado la noche pasada por si aquello le diera alguna pista que le fuera de utilidad. Sabía que no iba a resultar fácil eso de arrebatarle el protagonismo a aquella mitad que se empeñaba en trabajar a sus espaldas y con la que mantenía un delicado equilibrio. No recordó nada que hubiera soñado o pensado en esas horas de la madrugada en las que una retorna a la consciencia, brevemente, hasta que de nuevo es engullida por el dulce sopor del sueño. Ni siquiera consiguió ser consciente de que tuviera que resolver algún dilema, problema o alternativa.
No. Aquello no iba  a resultar fácil, lo sabía. ¿Cómo engañar a una mitad que está siempre al acecho?

   Aquella noche durmió inquieta. Despertó muchas veces. No eran sueños pero sabía que algo estaba presente. Una imagen que se desdibujaba en cuanto ella abría los ojos a la realidad. Intentó agarrarse a ella con fuerza para recordarla más tarde y poder examinarla con detenimiento pero, no pudo ser. Incluso llegó a soñar que se despertaba con esa imagen en la mano. Pero al despertar no recordaba nada, o casi nada. Apenas una mancha de algo parecido a un muro con un cartel.
Un muro y un cartel. Esa era toda la información que había podido extraer de aquella noche extraña. Ahora, a plena luz del día, trataba de retener esa imagen borrosa en su mirada buscando cualquier indicio que le llevara a alguna parte. Un muro. ¿De ladrillos?¿Piedra? Y qué tipo de muro. ¿Era la pared de una habitación? ¿De un local? ¿Estaba en plena calle? Se esforzó mucho hasta lograr aclarar este aspecto. Si, estaba convencida. Era un muro de piedra que estaba en plena calle. Con pintadas de grafiti.

   Ahora recordaba. El cartel anunciaba la inminente llegada del circo a la ciudad. No, espera. Se había equivocado. Había animales pero no eran del circo. ¿El zoo, tal vez? ¿Una tienda de mascotas? Posiblemente lo fuera. Una tienda de animales….No entendía por qué estaba allí mirando ese cartel pero por alguna razón era importante. El muro delimitaba un parque: un recinto cerrado que albergaba bancos de madera a la sombra de altos árboles (tal vez acacias) dispuestos a tramos regulares a lo largo de un recorrido de albero que convergía en una fuente rectangular, con fondo encarnado y pequeños chorros, que parecían saltar de un extremo al otro por encima de lo que simulaba ser una deidad.
No recordaba haber estado nunca en ese parque por lo que dedujo que ese no debía ser un dato relevante sino que la respuesta tenía que estar en aquel muro. O en el cartel.

   No logró extraer más información de aquella imagen apenas vislumbrada en el tránsito de lo onírico a lo real. Le dolía la cabeza y decidió que  mejor sería dejarlo para otro momento. Salió al exterior buscando despejarse con el aire fresco de la mañana y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa que tenía en el patio colocándose frente al sol para poder absorber su energía y su calor. Cerró los ojos y, sintiendo el calor en sus mejillas, se dedicó a escuchar los sonidos que provenían del campo cercano. Así permaneció varios minutos mientras notaba, aliviada, cómo su dolor  iba mitigándose.
Se estaba bien allí, sin pensar en nada más que en dejarse acariciar por los rayos del sol; refrescando su cuerpo con la usual corriente que cruzaba ese lateral del patio al formar una especie de pasillo entre las casas colindantes; escuchando los trinos de las aves que anidaban por la zona sin la estridencia ni el elevado nivel de ruido originado por el tráfico en las zonas muy transitadas. Esto le recordó el contraste que le provocaba su propia casa con la de sus padres, ubicada en una de las calles de más alto índice de ruido de la capital. Y acto seguido recordó que no había llamado a su madre para comprobar su buen estado de salud, ya que últimamente andaba un poco delicada. Con esta idea se levantó de su asiento para entrar de nuevo en la casa, acercándose a la mesita del comedor donde descansaba el adaptador del teléfono inalámbrico conectado a la red.

   Cuando ya estaba a punto de levantar el teléfono, éste empezó a sonar. Lo cogió al instante, por inercia. Al otro lado, una voz conocida pero no del todo familiar pronunciaba su nombre con un tono de duda. Como no emitió respuesta alguna (se afanaba en hurgar en sus registros internos de audio para adivinar a quién podría corresponder aquella voz) de nuevo escuchó su nombre pero esta vez con más convicción.
“Si, soy yo, dime”. Desde el otro lado una voz aliviada le hizo recordar quién era y a qué se debía su llamada. Cierto. Entonces de eso se trataba, después de todo. Ahora entendía.
“Claro, Carlos. Prometí responderte en unos días y supongo que esperabas mi llamada con urgencia”. La voz trataba de explicarle de nuevo la situación intentando convencerla de su necesidad de que ella le ayudara ya que no tenía familia en la ciudad ni otras personas a quien recurrir; sabía que para ella suponía un gran esfuerzo. Entendía que se negara. No importaba si ese era el caso.

Dudó aún un poco más pero al final le confirmó que si cuidaría de su mascota  y podría irse al viaje que ya tenía programado hacía varios meses. “Tengo fobia a las arañas pero no te dejaré tirado”. Después de hacerle prometer y jurar que no tendría que tocarla ni hacerle nada más que vigilarla dentro de su contenedor, y tras recibir miles de agradecimientos por parte de su compañero de trabajo así como una invitación, a modo de resarcimiento por las molestias causadas, depositó el teléfono de nuevo en el adaptador.
Bueno, pues eso era en lo que andaba su cabeza. Ya lo había descubierto. Pero esta vez no había dejado a su inconsciente que decidiera por ella sino que lo había hecho de forma totalmente consciente. Tal vez su otra mitad hubiera sido menos impulsiva y le hubiera evitado el contacto con aquel “bicho” que tanta fobia le daba pero, después de todo, estaría encerrada en su urna y no tendría más que mirarla desde la distancia. No tenía más que llegar a casa de su amigo, (porque a su casa sí que no la iba a traer), mirar que todo estuviera en su sitio y largarse. Apenas sería una semana.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 01 Junio, 2015, 20:15:24 pm
                                                                 CONTRACORRIENTE



Nadaba con furia contra la corriente que, obstinada, se oponía a todos sus esfuerzos. Agotaba sus fuerzas sin llegar a avanzar puesto que lo que en dos brazadas enérgicas lograba superar, en las siguientes retrocedía sin apenas darse cuenta. Pero insistía una y otra vez. ¿Tan importante era, al fin y al cabo? ¿No sería mejor volver al punto de partida y elegir otra alternativa? ¿Por qué empeñarse en esa que era la más complicada de todas las posibles? Tal vez era que buscaba precisamente eso. Lo imposible. Era como un asegurarse  que no iba a suceder porque no podría llegar al objetivo por mucho que se esforzara; que no lo lograría puesto que no era eso exactamente lo que deseaba sino que lo que le impulsaba en realidad era el proceso seguido para alcanzarlo. Después de todo, conseguirlo o no nunca dependía de ella. Y puesto que esa era la situación real, ¿por qué no disfrutar del camino?
Se encontraba cansada y consideró oportuno apartarse de la corriente para intentarlo más adelante. Por ahora se conformaría con llegar al otro lado por la zona más calmada del río para poder descansar y observar mejor las posibilidades de superar la fuerza de aquella corriente que tanto se resistía.

   Se tumbó en una larga roca de las que bordeaban el río, cuya superficie se presentía ardiente por las largas horas de exposición al sol, mientras su cuerpo acogía con  regocijo aquel calor seco que empezaba a templar la temperatura de su cuerpo, frío, tras muchos minutos inmerso en aquellas aguas revueltas. Goterones de agua recorrían su piel deslizándose suicidas hacia el abismo; desvaneciéndose en  pocos instantes en cuanto entraban en contacto con aquella materia recalentada que hacía que se evaporaran y transformaran su ser.
Una vez seca su piel, se decidió a emprender el camino de vuelta. Por hoy ya lo había intentado suficientes veces. Había que dosificar esfuerzos; no era cuestión de agotarlos sino de disponerlos de tal forma que se prolongaran en el tiempo lo más posible sin perder fuerza y determinación. Una vez que el objetivo estaba claro no quedaba más que ir probando las diferentes alternativas que llevaran a su consecución, eliminándolas ordenada y metódicamente, hasta encontrar la que llevara al logro deseado.

   Caminó sin prisas hacia el lugar donde había aparcado el coche. Abrió la puerta. Insertó la llave. Giró. No sucedió nada. Otro intento más. Nuevo intento; nuevo fracaso. No podía arrancarlo. Se apeó del coche. Recordó con cierto pánico que el móvil estaba muerto. Miró alrededor buscando alguien que le echara una mano. Tampoco esta vez hubo suerte. Andando. No tenía batería en el móvil así que tampoco podía contar con avisar a nadie.
Se aseguró de dejar bien cerrado el coche, después de haber tomado su mochila y su cazadora del asiento del copiloto, donde solía abandonar descuidadamente sus cosas, y siguió el sendero que encontró a su derecha. Le llevaría a una carretera no muy transitada pero en la que, tal vez, pudiera encontrarse con quien le llevara hasta el pueblo más cercano desde el que poder gestionar sus problemas.

 Con paso ligero recorrió el tramo que le separaba de la carretera secundaria y se colocó en el lado izquierdo para controlar la posible llegada de quien le salvara de aquella tarde que parecía no tener fin. Durante más de cuarto de hora lo único que escuchó fueron sus pasos cansados, algún que otro pájaro tan despistado como ella haciendo resonar su repetitivo canto por si encontraba quien le respondiera, y poco más.
Alzó la vista; aguzó el oído. Hizo visera con la mano y pudo ver un coche que se acercaba. En un primer momento, sintió cierta aprensión al pensar quién podría ser aquella persona que se acercaba a ella (teniendo en cuenta los tiempos en que vivimos donde confiar en alguien es de lo más arriesgado si no ingenuo e imprudente). Pero frenó su instinto protector al darse cuenta de que no tenía otra opción, a no ser que quisiera estar andando durante no se sabía cuánto tiempo. En ese caso, era muy probable que se le hiciera de noche y entonces si que tendría serios problemas. El sentido de la orientación nunca había sido su punto fuerte. Conocía el camino, más o menos, y sabía que aún estaba bien lejos de su punto de salvación más próximo.

   El coche  avanzaba a una velocidad media y ella calculó que la mirarían al pasar- al igual que se observa con curiosidad un objeto inesperado o fuera de lugar- por lo que en cuanto llegó a su altura, le hizo un gesto con la mano; pero, vio con desesperación cómo seguía la marcha sin parar. Entonces empezó a correr detrás suyo agitando lo más posible sus brazos para llamar su atención. Sonó un frenazo.
Aliviada, pudo ver que habían reparado en ella y el coche había parado. Se acercó por la puerta del conductor, que en ningún momento había abierto ni hecho gesto alguno de aproximación, para notificarle su situación y pedirle ayuda. El joven que la miraba desde el interior mostraba una cara indiferente, como si estuviera contemplando la posibilidad de dejarla allí en medio para que la recogiera otra persona y poder librarse de ella. Ni siquiera sabía por qué había parado. Bueno, suponía que cierto remordimiento al pensar en no ofrecer su ayuda a quien se la pidiera estaría en la base de su forma de actuar pero no se sentía con ganas de compañía; Al menos, ese día no. Así que de mala gana abrió la puerta del copiloto y con voz cansada le dijo que podía subir. No creía que fueran a tardar mucho en encontrar un lugar donde dejarla y así no tendría que reprocharse después su falta de civismo.

   En cuanto la mujer subió al coche arrancó, sin darle tiempo casi a sentarse  o a encajar bien la puerta. Era su forma de decirle lo contento que estaba de tenerla por compañía. Se encerró en un mutismo hosco y puso la radio a gran volumen para evitar cualquier tipo de conversación. Así permanecieron durante bastantes minutos hasta que llegaron a una bifurcación de la carretera en la que no se leía dirección alguna en uno u otro sentido. No se fijó siquiera en eso, tomando el camino de la izquierda.
“Creo que te has equivocado”. La mujer trató de advertirle, aunque no estaba muy segura. La música estaba tan alta que apenas la escuchó y pensó que habría hecho cualquier comentario anodino de los que se hacen en esas circunstancias, sin darle mayor importancia ni interesarse por él.  A los pocos minutos se hizo evidente la confusión cuando, de repente, se acabó la carretera dando paso a un camino de tierra que no se sabía dónde llevaba.

   El joven frenó malhumorado e hizo girar el coche para volver por el mismo camino por el que había venido. La mujer ni lo miraba, perdida como estaba en sus  propios pensamientos, considerando la mala suerte de tener que haberse topado con el conductor más despistado o el más torpe. Estaba deseando llegar ya  donde fuera y salir de aquel espacio que tenía que compartir con aquel personaje que en ningún momento había mostrado el menor signo de amabilidad. Le estaba agradecida por haber pasado por allí y haberla recogido, por supuesto, pero nada más.
Volvieron a la bifurcación, y esta vez si que tomaron el camino correcto.
   Abrió la puerta en cuanto llegó a la gasolinera no dando tiempo a que el coche parara del todo, como devolviendo el “favor” que le había hecho cuando la recogió en aquella carretera secundaria. Conductor y copiloto se sentían satisfechos. Y con un leve gesto de cabeza y un educado y correcto “gracias” se despidió de aquel joven que ya estaba pendiente de rellenar el depósito y salir corriendo de allí no fuera a ser que aquella mujer le pidiera que le llevara a algún otro sitio.
Ella se encaminó a la cafetería dándole la espalda; evitando tener que volver a encontrarse con él cuando fuera a pagar y finalizando así toda relación con él.

   Vio desde la puerta cómo el coche se alejaba. No entendía el comportamiento de  aquel muchacho. Tampoco entendía mucho el suyo propio porque lo cierto era que le había ayudado. Pero se sentía traicionada en cierta forma por no darle la oportunidad de disipar su malhumor o lo que quiera que pasara por su mente. Había intentado ser lo menos molesta posible desde que al llegar al coche notó un ambiente un tanto hostil al que al principio no supo asignar calificativo. Ya le había parecido extraño que desde el mismo momento de verse no le hubiera dirigido la palabra más que lo justo. Y después, lo de la música. No es que le importara, ella  no era de hablar, pero sí que había resultado un poco descortés. En fin, nada que reprocharle. No podía juzgar puesto que desconocía sus circunstancias. Tal vez ella se hubiera comportado igual en la misma situación.
Lo importante era que ya se encontraba en un sitio desde el que podía solucionar sus problemas y volver a su casa, que era lo que estaba deseando desde que el maldito coche le hubiera dejado tirada. Se sentía tan cansada…

Imposible solucionar lo del coche hasta el día siguiente. Llamó a la grúa para que fuera a recogerla y se dispuso a esperar en la cafetería.

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   De nuevo enfrentada a la corriente, trataba de doblegar su fuerza y vencerla. Era una especie de tira y afloja entre ambas energías que intentaban superarse una a otra dentro de un orden controlado. Nada de venganza. Nada de hostilidad. Era un juego limpio en el que sabían ganaría la más tenaz. O eso esperaba, porque ese iba a ser su último intento del día. Demasiado cansada ya para un nuevo embate.
Se dejó llevar por la corriente hasta la orilla y desde allí, saltando de roca en roca, llegó hasta su toalla y su mochila. Recogió sus cosas y se marchó sin apenas darle tiempo a su piel para secarse.

   Una vez llegada al coche, temió volviera a sucederle. Era algo instintivo que no podía evitar. Sabía que no tenía sentido pero era incapaz de controlarlo. Durante un segundo tuvo de nuevo la sensación de que el coche no arrancaría. Salvo que esta vez estaba preparada. Ya no le sucedería más. Había llevado dos baterías cargadas. “Nunca se sabe”, pensó dando unos golpecitos al bolsillo lateral de la mochila donde se encontraba la batería de repuesto.
De regreso a casa, esta vez fue ella quien descubrió un caminante. Pero no debía de estar perdido o buscando a nadie que le ayudara puesto que no hizo el más mínimo gesto cuando pasó a su lado, despacio, por si necesitaba algo. Se sorprendió al creer reconocerlo.

   No sabía muy bien por qué razón, se paró y esperó a que llegara hasta donde ella estaba parada para asegurarse de que no quería que le llevara a ningún sitio. El joven la miraba sorprendido, sin comprender qué querría de él aquella mujer. Sólo estaba dando un paseo y lo último que deseaba era compañía. De nuevo notó en él esa actitud hostil y sintió la necesidad de explicarse “Perdona, pensaba que hoy podría ayudarte yo a ti”; De nuevo esa sensación medio de traición medio de frustración que la recorrió la primera vez que se encontraron. Centró su vista en la carretera, giró la llave y arrancó dispuesta a salir de allí.
“¿Nos conocemos?”, el chico la miraba con recelo tratando de adivinar. De pronto recordó. Si, claro. Aquella mujer que se había encontrado en la carretera el día que… bueno, mejor olvidarlo. Aquel día no había estado nada amble ni tenía ganas de estarlo. Y ella había surgido en medio del camino. Había elegido un mal momento para perderse o para lo que quisiera que estuviera haciendo allí. O acaso es que él hubiera elegido una mala hora para ... Ah, otra vez ese sentimiento de rabia y frustración. Se negó a contenerlo por más tiempo en su cuerpo y con una sacudida trató de alejarlo de sí mismo.

   “Tal vez podrías…” Estaba pensando que, por alguna razón, quién sabe cuál, aquel encuentro podría hacerle olvidar por un instante. Tal vez sí querría una compañía en esos momentos. Tal vez sí quisiera una conversación anodina con una extraña. Tal vez sí fuera eso lo que necesitaba en esos momentos. Tal vez. Y se decidió a probar.
La mujer lo miraba sorprendida. Parece que, después de todo, aquel muchacho iba a necesitarla. Su lenguaje corporal parecía haber cambiado y ya no se le asemejaba al de  un erizo con sus púas bien afiladas dispuesto a arremeter contra cualquiera. Más bien parecía que estuviera guardándolas cuidadosamente para transformarse en un apacible ser de aspecto sereno pero dispuesto a sacar a relucir sus armas a la primera de cambio en cuanto notara la más mínima amenaza.
Le hizo un gesto con la cabeza para que entrara en el coche y él abrió la puerta. Se acomodó en su asiento y la miró como dando su aprobación para ponerse en marcha.

   Permanecieron callados durante un tiempo; la radio estaba apagada y sólo se escuchaba el ruido del motor. Pero no resultaba un silencio incómodo, de esos que consideras que deben rellenarse porque es tu obligación o la forma social más adecuada. Ella no sentía ninguna necesidad de hablar ni mucho menos de hacerle hablar a él. Si el chico prefería mantener su mutismo pues lo respetaría al igual que le gustaría a ella que respetaran el suyo.
“Supongo que te parecería de lo más antipático”. Silencio.”Digamos… que no tenía un buen día”. Más silencio. La mujer esperó prudente que se decidiera a seguir hablando o bien, que diera el tema por zanjado. Fuera como fuese, sabía que las situaciones no se pueden forzar sino que deben seguir su curso; aunque no siempre el resultado final  sea de nuestro agrado. Sólo asentía levemente para dar muestras de recibir la información  pero sin presionar en dirección alguna o provocar una falsa conversación que tal vez no fuera deseada. Calló y siguió conduciendo.

Se acercaban a la bifurcación en la que equivocaron el camino la vez anterior y tomaron la dirección correcta.
   Presentía que en breve llegarían a su destino pero quiso confirmarlo y le preguntó si deseaba bajarse en la gasolinera o si prefería otro lugar. Le parecía bien aquella opción. En realidad, sólo había salido a despejar un poco su cabeza mientras movía el cuerpo hasta cansarlo lo suficiente como para caer rendido en la cama.

   Pronto llegaron a la gasolinera donde se despidieron. Al bajarse, el chico le dio las gracias y se encaminó a la cafetería sin más comentarios ni esperar respuesta. Ella le vio alejarse pensando que de no haberse reencontrado con aquel joven y haber compartido con él esos minutos en el coche su imagen habría permanecido en el tiempo como la de un maleducado o caprichoso. Sin embargo, una segunda oportunidad hizo que cambiara su modo de pensar.
Esto le llevó a enfrascarse y a perderse en una de sus numerosas disquisiciones: Quién sabe qué circunstancias hacen que las personas cometamos determinadas torpezas o nos comportemos de según qué manera aunque parezca extraña o antisocial en un principio. Ah, El Ser humano. Curioso animal.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 12 Junio, 2015, 20:03:44 pm
                                              EL REGRESO



Cerró la puerta con llave y bajó por las escaleras del edificio sin más pensamiento en su cabeza que el de escapar de allí ahora que aún era posible. Mejor salir de la atmósfera asfixiante en la que últimamente tenía que vivir y tomar aire fresco alejada de aquella tormenta de ideas que tenía constantemente en cuanto menos lo esperaba. No más.
Como siempre, fue una decisión impulsiva, una idea relámpago; un pensar-actuar sin paso intermedio que ayudara a su planificación previa; Pero es que si hacía eso, pararse a pensar, probablemente acabaría perdida en múltiples alternativas que no la dejarían tomar la determinación necesaria para avanzar, por lo que siempre acababa atajando por el camino más corto y directo, que no siempre era el más acertado y fácil. Qué se le va a hacer.

Ni siquiera sabía por cuántos días permanecería fuera; tampoco importaba mucho porque, afortunadamente, podía permitirse el lujo de disponer de unos días a su antojo. Llegó a la estación de tren y se subió al primero que salió en la dirección que le interesaba; necesitaba campo abierto, perderse en espacios amplios pero solitarios; o eso esperaba. Cansar su cuerpo con el esfuerzo físico que requería el largo caminar por senderos estrechos y empinados o la subida a las pequeñas lomas que rodeaban el pueblo a cuyo refugio pretendía llegar en poco más de cuatro horas.
Mientras, entretendría su cabeza tratando de “engancharse” al último libro que había caído en sus manos; nada que ver con esas novedades tecnológicas que tanto dañaban su vista. Un buen libro: con ese olor característico al pasar las páginas, ese tacto, ese peso específico. Y, además, sin tener que andar pendiente de batería ni nada. Vamos, igualito un e-book a un libro en formato papel. Decididamente pertenecía a otra generación; aquellas afirmaciones no podían salir de otra mente que no fuera  la de gente de su edad, seguramente, pensó con cierta conciencia de pertenecer a algo pasado que hubiera dejado de tener vigencia según las modas sociales del momento.

   Fue capaz de enfrascarse en el mundo de la rosa blanca de los jacobitas, los highlanders, los Estuardo y las costumbres escocesas de la época. Tanto, que cuando el revisor le pidió el billete y, al devolvérselo ya marcado, con voz mecánica le recordó que se tendría que apear en la siguiente parada para hacer trasbordo, le miró perpleja sin comprender  en un principio, al comprobar que ya habían pasado casi dos horas.
Cerró el libro y lo guardó en la bolsa que llevaba colgada junto a otros pequeños objetos de utilidad como su botella de agua, una caja de pequeños caramelos de frutas, su móvil, un pequeño monedero, un tarjetero y las llaves de la casa. Junto a ello llevaba una mochila en la que había colocado algo de ropa, apenas un par de prendas más y algo de abrigo por si era necesario. Por las noches nunca se sabía. Mejor andar prevenida.

   De nuevo aquel dolor de cabeza. Al descender del tren se sentó en un banco a tomarse un refresco que acababa de sacar de la máquina que permanecía más alejada del ir y venir de tanto pasajero a la carrera. Sin ser consciente, su mente había vuelto a sacar a la luz todas aquellas ideas que no hacían más que atropellarse unas a otras confluyendo en un caos en el que lo mismo se mezclaba la necesidad de comprar yogures como aparecía el número de teléfono de su amiga Isabel, a la que había llamado hace pocos días para solicitar su ayuda; la necesidad de decidir si acababa o no por aceptar la nueva propuesta que le hicieron en el trabajo (una trampa encubierta de ascenso a la que bien podía dar la vuelta si conseguía mantener el dominio debido sobre la situación) como el recuerdo, a deshora, de cuestiones burocráticas a resolver en el banco. No faltó tampoco, en ese revoltijo de ideas, la más absurda de todas las que esperaba en aquel momento: la imperiosa necesidad de comprar un lazo azul; petición que le hiciera su hermana para el disfraz de su hija. Bueno, hay que reconocer que ella ya no iba a tener tiempo de hacerlo teniendo en cuenta que esa pequeña ayuda se la habían solicitado tres días antes y que la fiesta había sido ayer. Un problema menos, pensó irónica.

   Bebió despacio el líquido frío, demasiado frío para su gusto, mientras su mirada vagaba por las formas en movimiento de la estación, parándose de vez en cuando en alguna de ellas que atrajera su atención por cualquier circunstancia especial como podía ser un gesto fuera de lugar, el color de la ropa u otro detalle que de alguna manera no encajara en el bullicio de la hora propia de entrada y salida de personas apuradas por llegar a su destino. Ella era de las pocas que no tenía prisa, según pudo confirmar con un vistazo rápido a su alrededor; sabía que debía esperar aún media hora a que apareciera el cercanías que le condujera a su destino final. Por eso permanecía tranquila, y casi podría decirse apacible, desde la perspectiva de un observador ajeno.
Pero nada más alejado del ajetreo de ideas bullendo sin control en aquella cabeza que no quería seguir soportando tanto tránsito y que había decidido darse un respiro cansando su cuerpo y ofreciendo a su embotada mente otras ocupaciones que la libraran de sus habituales y agotadores análisis de la realidad. Parecía un destartalado ordenador a toda máquina que no fuera capaz de soportar tanta información y fuera a bloquearse de un momento a otro necesitado como estaba de más espacio para poder funcionar correctamente o bien de un reseteo o de una limpieza de virus o algo de eso.

   Cuando por fin llegó a la casa, soltó todo cuanto llevaba consigo en el salón, sobre el sofá, y salió decidida hacia la soledad de la tarde y el verde del camino que ya la llamaba desde el mismo instante en que el autobús trazó la última curva que la separaba de la parada. Incluso antes de apearse, ya su cuerpo se mostraba nervioso ante la caminata que le esperaba; al igual que un perro encerrado en casa  espera ansioso la llegada de su dueño sabiendo que en cuanto éste aparezca le sacará a pasear.
Eso hizo, durante dos horas. Pasear. Oler. Sentir. Moverse con escasas pausas para retomar el aliento perdido. Observar detalles. Respirar. Y repitió la experiencia los siguientes cuatro días hasta que su cabeza y su cuerpo se encontraban de nuevo en forma para afrontar su regreso al mundo en condiciones, si no óptimas, por lo menos lo suficientemente razonables como para afrontarlo con cierto nivel de éxito

Había llegado el momento de regresar. Tomó de nuevo todas sus cosas y salió en busca del autobús, primer paso en su camino de vuelta a casa. Esta vez, no había querido coger el coche porque no tenía ninguna prisa por llegar a ningún sitio y porque... En realidad, no tenía muy claro por qué no había querido ir en coche… simplemente, no quería.
De nuevo frente al portal de su casa buscaba tanteando las llaves en el interior de la mochila, donde estaba todo revuelto y era difícil encontrar lo que se buscaba. Por fin, con una buena sacudida y haciendo tintinear las llaves pudo rescatarlas de entre aquel pequeño caos “organizado libremente”, como solía ironizar ante su madre la cual siempre le recordaba lo conveniente que sería para ella dejar ese “saco de patatas” que tenía por bolso y comprarse uno nuevo.

   Intentó abrir la puerta pero no pudo. Miró extrañada las llaves y tras varios intentos nulos decidió llamar a su vecina para que le abriera. Tal vez habían cambiado las llaves en su ausencia. No es que fuera algo muy probable pero no dejaba de ser una alternativa posible. Respondió alguien cuya voz no reconoció a quien  igualmente  pidió que le abriera explicándole que era la vecina y no tenía las llaves. Escuchó cómo se cortó la comunicación sin que le abrieran la puerta.
Esperó unos segundos pensando que quienquiera que fuera habría ido a avisar a la dueña de la casa para solicitar su permiso para abrir, o no. Volvió a llamar al ver que nadie aparecía y pensando que se podrían haber olvidado de ella. Esta vez la voz le dijo que no le iba a abrir porque no conocía a esa vecina que decía. Ni a esa vecina ni a ella. “¡Pero eso cómo puede ser! Llevo viviendo aquí diez años y a quien no reconozco es a usted…”

Una repentina sospecha atravesó su cabeza cual relámpago que rasga la oscuridad de la noche para desaparecer inesperadamente, sin dejar rastro; seguro que se había equivocado de bloque y estaba llamando donde no era. Rápidamente miró el número del portal para confirmar su error pero se quedó sorprendida al comprobar que sí que era el número adecuado y que todo estaba en orden. Más confusa por esta constatación que por un posible despiste, tardó unos minutos en reaccionar llamando a otros vecinos con la intención de acceder al portal y, así, a su casa.

   No consiguió que nadie le abriera la puerta pues ninguna persona la reconocía como propietaria de una vivienda en el bloque. Cada vez estaba más ansiosa y desesperada. ¡¿Cómo era posible que en toda la comunidad no hubiera alguien que la reconociera?! Diez años había estado habitando su vivienda y consideraba que era un tiempo más que considerable como para que alguien, fuera quien fuera, supiera de su existencia. No podía ser que no hubiera dejado ni el más mínimo rastro en la vida de aquel edificio al que ahora miraba con cara estupefacta tratando de averiguar dónde estaba la pieza que le faltaba para encajar el puzzle y entender aquel extraño suceso.
Estaba tan desbordada por la situación que pronto su indignación y estupor inicial  se convirtió en rabia e impotencia llevándola a golpear con furia la puerta de entrada  mientras gritaba que la dejaran entrar en su casa haciendo que las personas cercanas a ella la miraran con aprensión y que, alguna de ellas que iban acompañadas de sus pequeños, aligeraran la marcha hacia una zona alejada  evitando posibles desencuentros con aquella persona que parecía actuar bajo los efectos de alguna droga.

   Siguió allí golpeando la puerta hasta que apareció un despreocupado joven que salía del edificio con los cascos puestos y sin prestarle mucha atención, momento que ella aprovechó para entrar y subir hasta su casa, ya algo más calmada. Superar aquella primera barrera le había ayudado a moderar su acceso de ira. Ahora que se encontraba delante de la puerta de su casa todo parecía  volver a la normalidad y posiblemente acabaría convertida en una anécdota que contar, entre risas mal sofocadas, a sus amistades.
Pero de nuevo sufrió el desengaño de no ver cumplido su deseo. La llave no giraba y no podía franquear la puerta. Su cuerpo comenzó a temblar involuntariamente pensando que se encontraba ante el mismo problema de verse fuera de su casa de forma inexplicable. Esto ya fue demasiado y no pudo evitar soltar sus nervios mediante ríos de lágrimas que corrían por sus mejillas mientras trataba una y otra vez, a la desesperada, de abrir aquella puerta que se resistía a todos sus intentos probando concienzudamente todas y cada una de las llaves que tenía en la mano.

   Desde el interior, se podía escuchar una voz que repetía insistentemente que dejara de molestar o que tendría que llamar a la policía para que se la llevaran de allí, cosa que finalmente hizo ya que no hubo forma de convencer a aquella pobre loca de que esa no era su casa por mucho que tratara de explicar, a voz en grito, que había estado viviendo allí desde hacía diez años y que nadie le iba a decir ahora que eso no era cierto.
A los pocos minutos apareció por allí una pareja de la policía local tratando de calmar a quien entendían era una persona con sus facultades momentáneamente perturbadas; se acercaron a ella con gestos amistosos que no resultaran ofensivos a la mujer que se encontraron frente a ellos, cargada de equipaje, con el cabello revuelto y sudorosa por los esfuerzos realizados, quien al verlos se acercó a ellos aliviada y agradecida por su aparición al entender que podrían poner fin a aquel desagradable malentendido.

   La mujer policía se acercó a ella con cara comprensiva para escuchar su visión de los hechos a la vez que le hacía un gesto a su compañero, dándole a entender que estuviera vigilante ante cualquier intento por parte de la extraña mujer por crear algún nuevo disturbio pero, que se mantuviera a la distancia suficiente como para poder establecer una cierta conexión entre ambas que permitiera sacarla de allí de la forma más pacífica posible y sin crear mayores problemas.
Una vez escuchada su versión, llamaron a la vivienda donde asomó una asustada mujer ya mayor que escuchaba sin comprender lo que la mujer policía le contaba había entendido de  su conversación con la mujer del pasillo. Negó que aquella fuera la casa de esa extraña  y se prestó a enseñar las escrituras de la vivienda donde aparecía su nombre como el de la verdadera propietaria para apoyar su afirmación, ante lo cual la mujer policía dándole las gracias por su colaboración y pidiéndole disculpas se dirigió a su compañero haciéndole una leve señal, que interpretó al instante, mientras se ponía al lado de la mujer que permanecía en el pasillo aturdida ante cómo se desarrollaban los acontecimientos.

   “Haga el favor de acompañarnos” fue la frase de cortesía lanzada por el compañero a la vez que le señalaba el camino hacia el ascensor. “Pero … esto es un error. Es mi casa. No me pueden echar de mi casa”. La mujer fue llevada pacientemente hacia el ascensor escoltada por los dos policías quienes empujaban de ella a la vez que intentaban apaciguarla respondiendo a sus objeciones con las razones expuestas por la mujer que les había llamado bastante alterada minutos antes.
La convencieron de que lo mejor para ella sería hacer una denuncia formal en Comisaría donde recoger todas sus quejas para poder aclarar lo sucedido; aunque en realidad, lo que pensaban era que la pobre mujer habría sufrido cualquier tipo de perturbación y estaba un poco ajena a la realidad que la envolvía con lo que sería más conveniente llevarla a Comisaría para comprobar si alguien había denunciado la desaparición de alguna persona con características similares.

   Al llegar allí le hicieron esperar un buen rato lo que hizo que se impacientara y, no aguantando más, explotara gritando y gesticulando que le hicieran caso ya; que quería volver a su casa. Esta reacción fuera de lugar alarmó a varias de las personas que estaban en la misma sala de espera e hizo que un policía de la entrada recriminara su conducta y le recordara que allí no se podía gritar, a la vez que la recomendaba serenarse porque ya pronto iba a ser su turno.
Se sentó taciturna observando malhumorada cómo el resto de las personas la miraban por el rabillo del ojo con cierta prevención. Desde su nueva ubicación no pudo ver al policía cuchichear con su compañero en el pasillo mientras la señalaba. Era usual encontrarse con personas que no estaban muy centradas por lo que solían contar con la ayuda del equipo de salud mental del ambulatorio cercano al que ya habían avisado aquel día por tres veces.

   Al poco rato le hicieron pasar a una habitación donde una mujer le solicitaba la información necesaria para cumplimentar la denuncia; Datos personales. Una vez finalizado este paso previo se inició la denuncia propiamente dicha donde exponía que ella era la verdadera propietaria de la vivienda; que podía demostrarlo si le dejaban entrar en la misma, que es donde se encontraban las escrituras de la casa; que llevaba residiendo allí durante diez años y que no entendía cómo podía estar en semejante situación.
Una vez finalizada la denuncia le dijeron que debía esperar a que se tramitara, debiendo permanecer sentada en la sala de espera aguardando a ser llamada de nuevo por si era necesaria añadir nueva información al caso. Con un desalentador ”ya le avisaremos”, quien le atendía en esos momentos dio por concluida la conversación y se enfrascó de nuevo en los datos del ordenador sin dirigir la mirada a la mujer que esperaba indecisa sentada frente a ella.

   Se levantó y salió al pasillo, pero esta vez no se dirigió a la sala de espera sino que se dirigió al policía que le había increpado hacía poco. Éste observó cómo se acercaba, mirándola fijamente con cara seria pero relajada. Cuando estuvo a su altura, cambiando de estrategia puesto que la anterior había resultado inútil, le hizo una pregunta que no pilló por sorpresa al veterano policía acostumbrado como estaba a todo tipo de propuestas. “¿Qué si tenemos una oficina de personas perdidas? ¿Acaso ha perdido a alguien o cree que alguien ha desaparecido?”
La respuesta le desarmó completamente por lo inesperada: ”Si, a mi misma”.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 04 Julio, 2015, 15:46:05 pm
                                                                     OSCURIDAD

   Abrió la puerta y contempló, atónita, cómo el cielo cambiaba de color pasando de un azul pálido a un gris ceniza, casi negro, que ocultó el horizonte y convirtió el día en noche cerrada aun siendo las dos de la tarde. Apenas tuvo tiempo de reaccionar y volver a cerrar la puerta cuando ya la oscuridad lo había inundado todo. Sintió la extraña sensación de estar viviendo un sueño con los ojos abiertos y notó cómo una pesada atmósfera de silencio acompañaba a la oscuridad para instalarse a su alrededor.
Permaneció indecisa frente a la puerta cerrada y, tras varios minutos en los que sopesaba los pro y los contra de abrir o no de nuevo, se decidió a coger el pomo para girarlo. Inmediatamente notó cierta corriente de aire que procedía del exterior, como si la estuviera llamando, y que parecía formar una especie de pasillo que indicaba el camino a seguir. Comprobó que cuando se giraba más de lo necesario hacia un lado u otro la corriente se cortaba abruptamente, dando paso a la densa y pesada atmósfera que la envolvía. Siguió el camino durante unos pasos más pero en cuanto se sintió alejada de la seguridad de su hogar, sin divisar nada más que la inmensa oscuridad, volvió temerosa sobre sus pasos cerrando la puerta tras de sí como queriendo dejar fuera sus   propios fantasmas.

   Acababa de despertar pero no sabía qué hora sería puesto que la oscuridad, obstinada, permanecía acechando tras la puerta y las ventanas de la casa. Las líneas no funcionaban por lo que estaba técnicamente incomunicada; nada de teléfono, radio o Internet. Atrapada en su propia casa sin atreverse a salir al exterior. Pensó en acercarse a casa de su vecina pero recordó cómo la oscuridad lo envolvía todo convirtiéndolo en una negrura impenetrable. Se sentía como el personaje de un cuento infantil, perdida en medio de un mundo desconocido y temerosa. No era la actitud que esperaba de ella misma, tan segura como solía ser en diferentes situaciones, obligándose a vencer aquella sensación de pesadumbre si consideraba la posibilidad de averiguar qué estaba pasando en el resto del mundo y a qué se debía semejante fenómeno.
Tuvo que coger fuerzas y luchar contra su propia lógica para salir de nuevo a lo desconocido convencida como estaba que no cabía más alternativa que avanzar, si realmente quería llegar a saber. Nada de permanecer acorazada en su casa a la espera del desarrollo de acontecimientos; nada de andar pasivamente esperando una respuesta que no llegaba o la resolución del problema con la simple estrategia del avestruz escondiendo la cabeza bajo tierra. Con los ánimos renovados pareció adquirir la determinación necesaria para salir al encuentro de lo que tuviera que ser con tal de descubrir lo que ocurría. Necesitaba saber qué estaba pasando.

   Siguió de nuevo la corriente, que la desviaba de la casa de sus vecinos más próximos, sin ser consciente de que se había alejado tanto de su propia casa que ya no podía divisarla. Cuando se dio cuenta, era demasiado tarde. Ninguna corriente la devolvía a ella; parecía que se hubiera acabado justo detrás suyo. Solo quedaba avanzar.

   Por tanto, avanzaba, sin saber hacia dónde puesto que todo a su alrededor era un inmenso océano de negrura. No escuchaba otras voces y, aunque ella había intentado gritar con todas sus fuerzas por si alguien pudiera escucharla, no había obtenido respuesta a las llamadas que ocasionalmente surgían de su boca con la esperanza de encontrar oídos atentos y deseosos de percibir alguna señal, al igual que lo estaban los suyos.
Era extraño pero no tenía ninguna sensación de hambre ni de cansancio, ni de sueño ni de cualquier necesidad básica a las que el género humano suele ser adicto para poder subsistir. No había forma de saber cuánto tiempo había estado caminando; ni la distancia recorrida; ni la proximidad a cualquier objeto de los que previo a la “noluz” –como ella misma denominaba a ese período de días pasados-  había en el mundo conocido.

   Se paró en seco; aguzó el oído y salió de la corriente en dirección hacia aquel remoto pero cada vez más perceptible parloteo de lo que se podría considerar como conversación de pareja (distinguía claramente dos timbres de voz bien diferenciados). No le dio tiempo a pensar siquiera en qué pasaría una vez aquellas voces, por momentos más audibles y reconocibles, quedaran mudas y ella permaneciera perdida, envuelta por esa densa oscuridad y alejada de la  corriente que la guiaba, no se sabía hacia donde, pero que al menos le proporcionaba cierta expectativa.
Ya estaba muy cerca y aún así no podía distinguir forma alguna que indicara vida a su alrededor. Preguntó dudosa si había alguien cerca y las voces callaron al instante. “¿Has sido tú?” exclamó una voz aguda dejando la duda suspendida durante unos segundos. “Que yo sepa no soy yo quien se dedica a las bromas de mal gusto sino tú. Yo solo trataba de convencerte de que…”

   “Por favor, habladme, no calléis; decidme quién o dónde estáis que pueda acercarme a vosotros. No puedo ver nada pero he seguido vuestras voces desde la distancia”. Silencio. Susurros. Deben estar muy cerca, piensa, si puedo escucharlos. Calla mientras procura interpretar los sonidos que le llegan desde un lugar impreciso, probablemente en diagonal desde su espalda, tratando de localizarlos. “¡Shhhhhhh! Será uno de ellos, mejor no arriesgarse”. Silencio de nuevo.
Se mueve despacio con las manos extendidas, como si estuviera jugando a la gallinita ciega tanteando el espacio hasta topar con algún jugador oculto a quien descubrir. Por un momento siente cerca el roce de un tejido y un respingo, un grito reprimido. Necesita saber que hay alguien, que no está perdida en su propio mundo interior sino que es una circunstancia global que afecta a los demás también. Siente miedo al pensar en la posibilidad de verse perdida en los recovecos de su mente sin más orientación que su extraviada percepción de la realidad.

   Permanece alerta. Atenta a cualquier posible movimiento. Sabe que está cerca; puede escuchar su respiración. Retrocede y choca con alguien, o algo. Trastabilla y vuelve a recuperar el equilibrio mientras gira para  agarrarse instintivamente a la persona que permanece sigilosamente a la expectativa, quien acaba lanzando un grito de dolor al verse atrapada por unas manos desconocidas. El forcejeo dura apenas unos segundos.
“Me has asustado, no te veo y pensé que serías uno de ellos tratando de engañarnos”.

   Otra vez ellos. ¿Quienes se supone que eran ellos? No importaba eso ahora; era una sensación agradable tropezar con otra persona en aquella penumbra y sentir su compañía. Buscó su mano y se agarró con fuerza temiendo se le escapara de nuevo. “No sé quienes son ellos o quién se supone que somos nosotros pero me alegro de haberos encontrado”.
Si, era agradable sentir el calor de otra persona.

   “Lo que no entiendo es que no se sienta aquí la corriente al igual que la sentía antes. De hecho, desde que salí de su “regazo” me siento cansada, hambrienta y sucia. Deberíamos buscarla de nuevo para ver dónde conduce”. Murmullos. Las dos voces intercambian posturas enfrentadas: una se muestra ofendida y preocupada; la otra trata de tranquilizarla y contemporizar.
Escucha la conversación sin intervenir. Sabe que si está a su lado es por casualidad. Una parte la rechaza mientras la otra parte la tolera. No debe mostrarse impaciente ni atosigar en demasía. Debe mantenerse en un adecuado segundo plano a la espera de las deliberaciones. No sabe con quien habla ni cual de las dos partes es la predominante. Deberá aprender a escuchar para averiguarlo; Puesto que no puede verlas deberá agudizar sus otros sentidos para compensar la falta de datos.

   “No sabemos a qué te refieres con esa corriente, nosotros no hemos sentido nada”, dijo la voz aguda. “Simplemente todo lo que conocíamos hasta entonces de pronto pareció eclipsado por esta, esta… lo que sea” dijo la otra voz soltando un bufido contrariado.
Les explicó cómo, desde la puerta, había visto avanzar aquella oscuridad que engullía todo cuanto encontraba a su paso y cómo, ella, había permanecido en su casa durante no sabía cuánto tiempo hasta reunir el valor suficiente para salir a enfrentarse con su nueva realidad de la que ignoraba todo y a la que temía. Una precaución de lo más normal dado lo extraño de la situación y la pérdida de todo punto de referencia al que estaba acostumbrada.

   Después de esto, pensaba que se abrirían más a ella o que, al menos, le contarían cuál había sido su experiencia pero, nada más lejos del mutismo con el que sus acompañantes rehuían todo tipo de acercamiento. Que quedara claro que no sentían ningún interés por simpatizar con ella; aunque quien estaba a su lado mostraba un cálido recibimiento tras el natural rechazo inicial ante la desconocida y ya no trataba de zafarse de aquella mano que cada vez apretaba con menos fuerza para convertirse en un amable y descuidado entrelazar de dedos acompasando el rítmico caminar.
Avanzaban en silencio siguiendo no se sabía qué rumbo. Tal vez ellos sí sabían dónde ir mientras que ella, se dejaba llevar. A veces, trató de forzar un cambio de dirección cuando notaba alguna corriente cercana pero, en esos casos,  la voz aguda protestaba y hacía que se desviaran de esa senda.

   Una vez notó tan cerca la corriente que, de un tirón, hizo  que quien estaba a su lado entrara en ella y también la sintiera. La curiosidad le llevó a permanecer allí unos instantes mientras trataba de convencer a la otra parte sobre la inocuidad de la misma en contra de lo que pensaban. Escuchaba cómo en susurros argumentaba a favor de dejarse guiar por ella mientras no implicara nada nocivo o pernicioso y les permitiera continuar la marcha.
Parecía haber convencido a la voz aguda, de la cual no volvió a saber ya más. No tenía forma de comprobar si era porque se habría separado de ellos o porque había admitido su derrota y asumido el nuevo orden de la situación. Tampoco sabía, en caso de que la hipótesis de la escisión fuera la acertada, cuál fue la razón que provocó que quien seguía agarrado a su mano no hubiera tratado de evitarlo, dejándola partir.

   Pasados unos veinte minutos, dio la impresión de que la oscuridad se mostraba  menos densa y que el tono se iba aclarando por momentos asomando un cielo cada vez más perfilado pasando del inicial color negro noche al gris oscuro, gris marengo, gris perla, gris ceniza y vuelta al cielo azul que solían recordar.
Todo sucedió tan de repente que se miraron sorprendidos, aun con las manos enlazadas. Se soltaron de inmediato mientras se contemplaron unos segundos sin saber qué decir. Al fin se encontraban cara a cara y podían contemplar el rostro de la persona que había pasado los últimos minutos, si no horas, a su lado; la misma que le había ofrecido su compañía y le había proporcionado cierta humanidad y esperanza.

   Quiso decir algo pero se quedó con las palabras suspendidas de los labios al escucharle hablar en un tono tan coloquial y fuera de lugar: “Bueno, parece que esto es todo. Al fin vuelve el río a su cauce. Debo partir”. Y ofreciéndole su mano le dio un último apretón afectuoso antes de dar media vuelta.
“¿Y esto es todo?”, logró pronunciar un tanto confusa. “¿No te parece extraño lo que ha pasado ni deseas saber por qué?”. Le miraba atónita sin comprender que aquella persona no demostrara el menor deseo de saber. “No; no todo tiene por qué tener una explicación. Así está bien. Cuídate”. Y se fue dejándola en un mar de dudas que no podría despejar nunca y a las que nunca podría dejar de dar vueltas y más vueltas sin obtener una respuesta satisfactoria.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 22 Agosto, 2015, 10:22:15 am
                                                                            AIRE

   La llave se había quedado atascada, posiblemente debido al exceso de recuerdos contenidos en aquella caja que, necesitada de mayor espacio, se expandía hasta sobrepasar sus límites haciendo que la cerradura estuviera tan oprimida que el pestillo no tuviera movilidad suficiente. No cedía. Tuvo que apretar bien la parte superior de la caja y presionar a ambos lados para que, al fin, emitiendo un chirrido en forma de quejido, la llave rotara en su cerradura  liberando la presión que contenía aquel pequeño mundo superpoblado.
Al instante, la caja se abrió. La tapa se elevó como un resorte dando un pequeño susto a quien trataba de abrirla y a quien se había apartado de un empujón sin contemplaciones , dejando su marca en uno de los dedos de la mano izquierda al haber osado  interponerse en su ansiado camino hacia la libertad. Ahora tenía aquella marca de la esquina en el lateral de su dedo anular; y le dolía. Esto hizo que por un momento se olvidara del contenido que aguardaba ser descubierto en su interior.

Llevaba tiempo buscando el momento adecuado en el que explorar aquellos recuerdos pero nunca encontraba la ocasión. Aquellos últimos días de finales de otoño estaban convirtiéndose en agotadoras sesiones de múltiples reuniones con unos y otros buscando la  opción que mejor satisficiera a las distintas partes implicadas en aquel asunto. Y ella era la mediadora, vaya ironía. Dudaba que se le hubiera escogido por su habilidad diplomática sino más bien  por las escasas alternativas que ofrecían el resto de personas que habitaban aquel bloque de vecinos. Apenas eran seis familias las que ocupaban sus viviendas y tres de ellas eran las que habían entrado en conflicto a cuenta del jardín que servía de entrada al edificio. Las otras dos, sin ser familiares directos de una forma u otra, mostraban claramente sus preferencias. Sin embargo, yo era neutral; O, para ser más exactos, yo pasaba de todo aquel asunto. Por mi, podían hacer con la entrada lo que les viniera en gana siempre que me dejaran en paz. Pero, me incomodaba moverme en un ambiente hostil y preferí asumir el papel que se me había asignado.
Solo que ahora no tenía intención de permanecer en el presente. Quería volver a su pasado; O mejor aún, revolver en él. Apartó de su mente los problemas de la comunidad y se lanzó de lleno al descubrimiento de sus pequeños tesoros.

   Lo primero que vio al enfocar su mirada sobre aquel revoltijo de viejos rastros abandonados fue aquel frasco vacío. Un rótulo desdibujado y medio despegado aparecía en la parte superior: PLAYA 2145. No lo reconoció. Siguió inspeccionando el contenido de la caja que le fue despertando una melancólica sonrisa en los labios conforme volvía a los lugares y situaciones que le evocaban: una servilleta firmada por innumerables amistades de las que apenas se acordaba; tapones de corcho con su correspondiente fecha escrita y casi ilegible; fotografías de grupos de personas celebrando diversos acontecimientos en diferentes lugares (donde apenas lograba identificarse)… llaveros, postales, alguna carta, pequeños adornos y diferentes amuletos.
Separó las cartas, las fotografías y un par de folios. Recordaba quién se los había dado pero no por qué motivo. Quería empaparse bien de ese pasado que se le hacía esquivo y se escondía en los recovecos de su mente jugando al escondite con ella, no permitiéndole acercarse a él. No recordaba casi nada de aquello y necesitaba tiempo para aclarar y acomodar su maltrecha memoria.

   Con sus pequeños tesoros en la mano, se sentó cómodamente en el sofá esparciendo aquellas  partículas de memoria a su alrededor.
Las fotografías ofrecían un estímulo inmediato trasportándola al lugar en el que habían sido tomadas. Reconoció a sus antiguos compañeros de instituto en varias de ellas rememorando ese alocado viaje de fin de curso del que todo el mundo tiene historias que contar a la vuelta, bien por haber sido protagonista en primera persona bien por haber formado parte como figurante de un momento especial. No asignaba un nombre a la mayoría de las caras y apenas recordaba  poco más que lo mostrado en las imágenes pero la sensación que la envolvía era de agradable experiencia compartida.

Maldiciendo de nuevo su memoria por negarla alcanzar su objetivo haciéndola olvidar aquellos días pasados, trató de completar los fragmentos de aquel viaje buscando desesperadamente algún objeto, de entre los que se encontraban desparramados a su alrededor, que le hiciera recordar aunque fuera el más mínimo detalle. Tal vez así pudiera ir desenredando sus recuerdos, mezclados en el tiempo y el espacio, liberando del pasado imágenes ocultas - como en los juegos en los que solía meterse a veces, por simple distracción, donde una pista conducía a la siguiente hasta conformar la solución del enigma que abría la puerta al éxito.
Manipulaba los diferentes objetos haciéndoles girar en su mano mientras trataba de dejar su mente en blanco, libre para imaginar lo que estos le sugiriesen; en alguna ocasión le había sacado partido a aquella estrategia pero, en general, no le había dado grandes resultados. 

   Una vez inspeccionado todo, su curiosidad saciada y su necesidad de saber calmada, se dedicó a colocar de nuevo en el interior de la caja,  de la forma más ordenada posible para aprovechar el espacio disponible, todos los objetos que había conservado durante tanto tiempo. Cerró la tapa y giró la llave que, esta vez, no opuso la menor resistencia.
Miró la caja agradecida por conservar sus recuerdos perdidos antes de levantarse con intención de devolverla a su lugar, hasta otro momento en que deseara sumergirse de nuevo en aquel micro universo conformado por los fragmentos de lo que en un tiempo pasado fuera su vida.

   No tuvo los suficientes reflejos para evitar que se precipitara desde lo alto. Con un cristalino sonido se deshizo en mil pedazos al chocar contra el suelo, no quedando de lo que anteriormente había sido un pequeño frasco alargado mas que el tapón que lo mantenía cerrado y aquella pegatina, un tanto despegada, con sus números balanceándose en el vacío. No se había dado cuenta  que  había permanecido oculto bajo su cuerpo, al sentarse, y ahora había vuelto a salir a la luz de la forma más incierta y arriesgada.
¿Se lo había parecido a ella o había intuido, aunque vagamente, el aroma salino del mar?

   De repente, una imagen. Breve. Fugaz. Un recuerdo largamente olvidado que volvía a ella tras la estela de un olor aparentemente encerrado en un bote de cristal o recreado por una mente vívida. Y un nombre, al fin: Dani. Se quedó pensativa saboreando ese nombre. Fue su primer beso, ¿Cómo pudo haberlo olvidado? La nostalgia calló por sorpresa sobre ella sin posibilidad de huida, atrapándola por todo lo que restaba de día.
No pudo concentrarse en nada y todo le devolvía siempre al mismo sitio: aquella playa; un anochecer antes de regresar a su vida cotidiana y dejar atrás aquel maravilloso verano lleno de juegos, amigos, salidas nocturnas y Dani, claro. No volvieron a verse nunca más después de aquello y nunca quedó claro para ella que hubiera sido algo significativo en realidad, pues pensaba que más bien había sido una especie de resignado reconocimiento de lo que empezaba a ser evidente ante todos menos para ella misma. ¿Era un gesto de aceptación o simplemente un juego travieso? Nunca lo supo, pero prefería pensar que aquel beso fue un acto de amistad. Una amistad diferente a las que había conocido hasta entonces pero amistad al fin y al cabo.

   Tardó en dormirse aquella noche, pensando en la confusión que siguió a aquel beso. Recordaba cómo aquel día, después de ese suceso inesperado, los dos se separaron un tanto tímidos, cada cual retomando el camino a su casa, sin osar mirarse por si acaso estropeaban el momento creado y alguno de los dos cometía el error de reírse o de reincidir. Camino de su casa se sentía extraña. No es que le hubiera desagradado la situación en sí sino que no acababa de darle la ubicación precisa a aquel tipo de amistad. No se sentía cómoda aunque, por otra parte, deseaba que sucediera de nuevo.
Supuso que al día siguiente las cosas cobrarían un nuevo sentido o que acabaría por entenderlo pero, desgraciadamente, ya no volvió a ver más a su amigo Dani; aquella mañana temprano regresaban a su casa recortando  unos días sus vacaciones por motivos laborales de la madre ¡y no se lo había dicho! No sabía si odiarle por eso. Le pareció una traición.
Y eso fue todo. Su primer beso y su primer desengaño. Después vendrían otros, claro, pero ninguno fue merecedor de hacerse un hueco en su memoria.

   A la mañana siguiente no tuvo tiempo de acordarse ni de su nombre: el trabajo le reclamaba y después debía asistir a la reunión vecinal en la que encontrar la manera de acercar posturas y lograr el definitivo cese de hostilidades entre las familias implicadas, que no hacían sino crispar a todos los que estaban sufriendo aquella guerra entre bandos rivales. Estaba cansada de tanto enfrentamiento y propuso que se dividiera la zona en partes iguales para que cada cual hiciera con su parte lo que deseara dejando vía libre a todo el mundo de utilizarla como mejor le conviniera sin molestar a los demás. Aquello provocó todavía más revuelo y al final se unieron todos en contra de aquella idea, que les parecía de lo más absurda, volviendo a retomar la idea inicial como mejor opción y acabando con las partes en conflicto felicitándose de lo bien que quedaría el jardín.
Me fui de allí contenta de saber que todo parecía resuelto. Lo que hicieran o dejaran de hacer con el espacio compartido, no me preocupaba ni mucho ni poco; tenía cosas más importantes en las que pensar como para perder el tiempo en pequeñas cuestiones estéticas o de orgullo familiar.

   Me había propuesto una misión imposible: encontrar a Dani. Dicho asi, no me parecía tan complicado. Seguramente tendría la ayuda de Internet, donde se podía localizar de todo. El problema estaba en que Dani era un nombre demasiado común para comenzar una búsqueda. Necesitaba más datos; y salí a buscarlos.
Para empezar, fui a casa de mi amiga Noe, compañera desde los días de colegio, que seguramente podría orientarme en mi búsqueda - si es que ella se acordaba de aquel verano en concreto. No estaba en su casa y le dejé recado para que llamara en cuanto pudiera. Al cabo de una hora aproximadamente, llamó con cierta ansiedad en su voz pensando que podría pasarme algo pues era extraño que acudiera a su casa cuando siempre quedábamos por teléfono. Otra vez la impaciencia me precipitó a la acción sin plantearme localizarla a través del móvil considerando que sería mucho más efectivo hablar con ella cara a cara. Acordamos  vernos en la terracita del  bar habitual  cuando saliera de trabajar.

   Nada más verme comprendió que algo bullía en mi cabeza; se notaba en la mirada inquieta  y en la forma peculiar de mover mis manos, atrapando entre mis dedos cualquier objeto para hacerlo girar infinitamente mientras hablaba. “Esta bien – me soltó de golpe - Cuéntame que es lo que te tiene tan alterada. Tus manos te delatan. Estoy deseando escuchar la historia que tengas que contarme, con pelos y señales. Tengo tiempo de sobra.”
Le miré divertida. A ella no podría engañarla; mucho tiempo juntas como para eso. Le conté todo lo que me había pasado desde que abrí la caja y su conclusión más obvia: quería encontrar a Dani. Necesitaba su ayuda, y con ella contaba.

Mi amiga no hablaba, sólo me miraba. Seria. Incrédula. Perpleja. Irónica. Sus facciones pasaron por toda una gama de expresiones hasta encontrar la correcta: risueña.
“A ver… Según tú misma me acabas de explicar, vas a buscar a ese tal Dani, en Internet, para…?? “ Me miró en busca de alguna reacción por mi parte, que no encontró, ante lo cual prosiguió su locución. “Mira, no quiero ser borde pero, ¿te estás escuchando? ¿Tú sabes cuántos Dani puede haber en el mundo? ¿Y tú eres tan ingenua como para creer que lo vas a encontrar porque en Internet se puede localizar de todo?” Volvió a mirarme buscando una reacción en mi, que tampoco notó esta vez. Soltó un bufido, dándome por perdida. “Siempre me sorprendes, pero esto, es lo más absurdo que  he escuchado en mi vida”. “¡Pero, me ayudarás, verdad! ¿o no?” No necesitaba escuchar su respuesta. Era siempre la misma; no había variado desde que nos conocimos en aquel aula de sexto en la que coincidimos como nuevas alumnas.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 22 Agosto, 2015, 10:22:46 am
Pasaron allí la tarde, sentadas, charlando de los días en que siendo unas colegialas se cruzaron sus vidas por causa del azar; saltando de unos temas a otros como tenían por costumbre; acabando por volver al presente y sus intereses más inmediatos. Cuando se separaron, ya habían ideado un plan de acción a seguir: el primer paso consistía en revisar la antiguas fotos que tuviera Noe en su casa en busca de algún detalle que les llevara a recordar quién era ese tal Dani. Por mi parte, indagaría en mi familia para concretar qué playa fue en la que me tropecé con aquel muchacho, o cualquier otro dato de interés para mi búsqueda.
Al acostarme, aún seguía dando vueltas o todos aquellos recuerdos tratando de organizarlos cronológicamente en mi memoria lo cual, seguramente, fue la causa de mi despertar en plena madrugada con aquel número en la cabeza: 2145. No podía ser una fecha porque aquel siglo me pillaba un tanto lejano en el tiempo; ni siquiera podía tratarse de un día o un mes.  Aquella era mi letra, si, pero no sabía a qué me refería. Despierta ya, fui dándole vueltas a aquellos números imaginando  combinaciones probables e improbables hasta que me quedé dormida. Cuando abrí los ojos de nuevo, el despertador marcaba las 19:38. ¡Aquello era imposible, no podía haber dormido tanto tiempo!. Menos mal que recordé que al ajustar la hora el día anterior no me di cuenta del modo en que la introduje. ¡Claro que eran las siete y media, pero de la mañana!.
¡Ah…era eso? Tal vez, la hora. Un beso nocturno, si, recordaba que estaba anocheciendo.

   Cuando llegó a casa de Noe, ya había conseguido averiguar el nombre de aquella playa y algunas cosas más que podían ser pistas a seguir proporcionadas por su hermana, quien no recordaba ni el apellido ni  el aspecto de Dani pero sí recordaba que  por entonces su hermana había estado más distraída de lo habitual y no había jugado con ella con tanta asiduidad; o al menos eso era lo que le había parecido a ella. Aquel verano en concreto le resultó un poco aburrido.
Por su parte, Noe ya tenía extendidas las fotos que había sido capaz de localizar en sus viejos álbumes; aunque no es que ocuparan mucho espacio, como pudo comprobar. Apenas contó unas cuatro o cinco. Y en ninguna de ellas se encontraba el rostro ni la imagen de niño alguno. Dani no estaba allí.

   “Ya sé en qué playa coincidí con él: Luarca” – dije antes de ponerme a observar aquellas fotos que no me ofrecían lo que mis ojos ansiaban contemplar. Las miré someramente por encima con cierto desencanto y sólo como reconocimiento hacia mi amiga quien se había esforzado en buscarlas para mi. Supongo que fue estúpido e ingenuo por mi parte considerar que en alguna de ellas aparecería el rostro de la persona que en aquel momento ocupaba mi mente. Cierto es que Noe pasó con nosotros aquel verano durante unos días pero no por eso tenía que guardar una foto de alguien que para ella no había sido más que uno de tantos de los chiquillos con los que solíamos jugar.
Notó  mi decepción y trató de sacarme una sonrisa llevándome hacia atrás en el tiempo mientras recordaba pequeñas anécdotas divertidas de aquellos días. Me dejé engañar y enredar en sus historias dándole el toque exagerado que hacía parecer todo mucho más interesante o disparatado.

Poco a poco la conversación derivó hacia cuestiones más cercanas.“¿Por qué es importante para ti encontrar ahora a ese Dani?” – preguntó Noe sin venir a cuento en medio de una conversación insustancial sobre los cotilleos y rumores que corrían por el barrio acerca de uno de los vecinos. “Porque me gustaría pensar que aún se acuerda de mí. Necesito saber si mi recuerdo merece seguir siendo un tesoro, y como tal esforzarme en guardarlo y conservarlo como se merece, o si debo deshacerme de el por ser un falso recuerdo que se coló en mi memoria por fallo del sistema. No deseo mentiras acumuladas en mi cabeza; ya sabes cuanto las odio. Malo es que no me acuerde de las cosas pero si encima las que considero como preciados momentos no son más que espejismos, no tendré  a qué aferrarme cuando lo necesite.”
Noe entendía, porque a ella le había pasado algo similar con una anécdota que me estaba contando sobre su madre, la caída de su primer diente y el regalo que esperaba le hubieran dejado a cambio del mismo. Y fue entonces cuando llegó a mi. Pérez; como el ratón.

   Ya tenía algo más concreto. Dani Pérez. Corté la conversación de mi amiga sin ningún pudor y le pregunté dónde tenía su portátil: había recordado otro dato, le dije triunfante. Noe apenas se molestó, acostumbrada como estaba a mis saltos en la conversación, sino que señaló la habitación con la mirada dándome su beneplácito para  usarlo cuanto quisiera. No hizo el menor gesto o la intención de ir a por él.
Me precipité a la habitación indicada y volví en segundos junto a ella imaginando ya el exitoso resultado de la búsqueda. Una vez abierta la página del navegador, me colé en el mundo virtual introduciendo los escasos datos que tenía. La respuesta no se hizo esperar y allí apareció un listado con un apunte inicial a modo de título: Aproximadamente 12.100.000 resultados. Ni uno más, ni uno menos.¡Ja! Pero no desesperé. Para reducir la búsqueda filtré las páginas de facebook. Ah. Esto era otra cosa: Aproximadamente 1.060.000 resultados.

   Aquello no me ayudaba mucho. Tenía que buscar nuevos datos para filtrar aún más la información. Demasiados años habían pasado y ya no recordaba dónde me dijo que vivía. De todas formas, con el tiempo seguro que se habría movido a otro lugar. Estaba atascada, no se me ocurría ningún sitio o persona a la que acudir. Mi familia no podría aportarme ningún dato nuevo porque ya me habían dicho que apenas recordaban ese nombre. Yo no tenía fotografía que mostrar y la persona que trataba de ayudarme no recordaba a ningún chico especial aquel verano. Sólo tenía las fotos del grupo de chicas que solíamos corretear entre risas por aquella playa.
Me acerqué a las fotos desalentada. Quise evocar en aquella imagen del nutrido grupo de niñas aquellos días pasados en una playa de Luarca por si volvía a mi algún dato más que impulsara o redujera mi búsqueda. No reconocía todas las caras y le pregunté a Noe por sus nombres. “Esta creo que se llamaba Bea y esta…  me suena que empezaba por M. ¿María? ¿Maribel?...¡Ah, ya, Marta! Pero creo que la llamaban Titán por su hermano pequeño o por algo relacionado con él.

   ¿Titán? Si, claro. Ahora la distinguía claramente. Se encontraba allí porque sus padres habían decidido pasar ese verano en la playa para que sus tres hijos conocieran el mar ya que vivían en el interior. Posiblemente en León o uno de sus pueblos.
Las dos muchachas que se veían sentadas a su lado tomando un helado a medio derretir eran Noe y su prima Elena. Ella era la tercera empezando por la izquierda. Estaba de pie, mirando hacia algún punto o hacia alguien que quedaba fuera del encuadre. Todas con su bañador  y su toalla dispuestas a pasar otro estupendo día de playa. Fue la madre de Marta quien sacó la foto mientras yo veía cómo sus otros hijos  se alejaban con el padre para coger un buen sitio cerca de la orilla. Eso fue el primer o segundo día, creo recordar. Aún no conocía a sus hermanos: Miguel y Dani”. Ah, si…. ¡Eso era lo que miraba!

   “¿Noe, Te acuerdas de dónde vivía Marta? Creo que era en León o por algún lugar  cercano. Y como era la hermana de Dani… Tal vez por ahí podamos descubrir algo más”. Trató de hacer memoria y, tras mucho dudar, acabó dando con un nombre: Ponferrada. Ya tenía otro dato con el que seguir desenredando la madeja de  recuerdos.
Dani Pérez Ponferrada: Aproximadamente 104.000 resultados. Esto ya estaba mejor. Nos metimos en un buscador telefónico de particulares introduciendo esos datos pero, no hubo suerte: no aparecía ninguna persona que cumpliera las condiciones especificadas. También probamos suerte con los perfiles de  linkedin: 18.300 resultados. Allí lo dejamos; ya seguiría en otro momento.

Posiblemente no lo encontrara pero, al menos, lo intentaba; siempre lo intentaba; hasta que no le quedaban más opciones. Nada de dejar sin acabar una búsqueda o un propósito que tuviera en la cabeza; cuando se proponía algo debía explorarlo hasta el final pues si no lo hacía así se quedaba con la sensación de abandonar a su suerte o al azar el derrotero de su vida. Necesitaba saber que podía controlarla en una mínima parte, por minúscula que fuera, por mucho que el destino, las adversidades, las circunstancias ajenas a una misma, los hados o lo que quiera que fueran aquellas fuerzas, la empujaran hacia un rumbo desconocido e inesperado.
No se daba por vencida tan fácilmente pero cuando acababa haciendo frente a una derrota más que constatada todas sus fuerzas le abandonaban por un tiempo y permanecía en un estado de abatimiento y desánimo difícil de disipar. Solo el tiempo lo lograba, a duras penas. Por eso, cada vez que se proponía algo debía estar preparada para la debacle, por si llegaba el caso. Nunca se lanzaba a la aventura sin contar con un posible salvavidas que la librara de aquellas nefastas consecuencias. En este caso, el salvavidas era un recuerdo frágil y difuso que debía reforzarse si pensaba conservarlo.

   Al día siguiente, decidió probar suerte por su cuenta. Acomodándose  en su sofá. introdujo los datos en facebook  para ir filtrando perfiles de la larga lista que aparecieron como probables. Unos fueron descartados por no concordar con el apellido; otros por no tener la edad que se suponía debía tener en la actualidad; otros por su ubicación o datos familiares. Así había ido reduciendo la lista hasta localizar a tres Dani Pérez. En dos de ellos, la imagen de los perfiles no mostraba una fotografía personal y el tercero no parecía tener similitud con las facciones que ella recordaba; aun así, lo guardó como posible alternativa. Uno de los que potencialmente podían ser considerados  como candidatos,  no mostraba los datos familiares  ni le agradaban los comentarios que exponía en su muro por lo que deseando no fuera él, quedó igualmente descartado.
Sólo quedaba uno. Dudó antes de enviar un mensaje a aquella persona pero no lo pensó por mucho tiempo no fuera a echarse atrás ahora que estaba tan cerca de su objetivo. Prefería mil veces que la tomasen por loca a quedarse con la duda. El mensaje era breve; por si era la persona equivocada.

“¿Recuerdas una playa en Luarca? Hace muchos años de aquello. Tu hermana Marta nos presentó.” Con eso bastaba. Si era la persona que buscaba sabría tal vez a qué me refería. Lo envié desde mi correo y me dispuse a esperar cualquier tipo de respuesta; incluso el silencio y la indiferencia, que fue lo que sucedió. Pasaron cuatro largas semanas antes que llegara un mensaje de vuelta a mi bandeja de entrada que no sólo no respondía a mi pregunta sino que además, manteniéndose al margen y sin dar más detalles, preguntaba por el año en que había sucedido aquello. Sólo eso. No me aclaraba si era o no la persona que buscaba.
 Esta vez mi respuesta fue un poco más extensa, pero sin entrar en detalles. La pandilla de amigos comunes, la edad que teníamos, los juegos… y una pequeña anécdota compartida sobre una  pelota que se había perdido.

   Su respuesta fue inmediata. Me llamaba por mi nombre y recordaba claramente quién era pero no entendía que le escribiera ahora y no lo hubiera hecho en su día, después de aquel beso. Durante un tiempo  estuvo esperando algún mensaje, carta o cualquier indicio que le indicara que a mi me gustaría mantener el contacto, pero eso nunca llegó a suceder. Siempre pensó que me había reído de él y me odió por ello. Estaba sorprendido de mi mensaje, ¿Qué quería de él ahora?
Sorprendida yo también, me quedé largo tiempo releyendo aquella pregunta sin saber qué responder. En realidad, no pensaba que todas aquellas pesquisas fueran a tener éxito y menos aún esperaba se me respondiera de aquella manera - siempre había creído ser yo la traicionada. Curioso. Esta vez mi respuesta fue amplia, clara y sencilla. ¿Qué quería? Respuestas. Quería saber. Sentía curiosidad. Necesitaba organizar mis recuerdos y actualizarlos desechando los falsos y conservando únicamente los válidos, cuya veracidad pudiera constatar con total seguridad.

   Los mensajes comenzaron a fluir de un extremo a otro, cada vez con mayor asiduidad y extensión ofreciéndoles un marco virtual en el que comunicarse. Era agradable mantener una amistad después de tantos años.
La vida sigue, dicen, y cada cual continuó con la suya pero conservando el agradable recuerdo del primer beso y deseando mantenerlo intacto en su memoria.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 26 Agosto, 2015, 10:40:07 am
                                                                                  EL GRITO EN LA BOTELLA

   Sucedió una vez que una persona acudió al médico con intención de tratarse de una extraña dolencia cuya procedencia se desconocía. El dolor era tal que mantenía postrado gran parte del día a quien lo padecía sin que el paciente pudiera especificar el lugar exacto en que se originaba. Mostraba signos evidentes de aquella desgraciada enfermedad y apenas tenía capacidad para seguir una vida normal. Había visitado ya a varios doctores especialistas sin resultado.
No quedando dónde acudir, en su desesperado intento por sacarse aquello de encima, pensó en explorar otras opciones no convencionales de la medicina: trató con curanderos, hechiceras y diversos personajes del mundillo paramédico.
No hubo suerte y resignado a su suerte se abandonó a su propio universo hasta que, pasados muchos años, tuvo noticias de una persona de un pueblo no muy lejano cuya fama para sanar mediante métodos de lo más estrambóticos despertó en él la esperanza de ser curado.

   Cuando llegó al lugar indicado, hubo de esperar mucho tiempo pues su casa estaba atestada de gente proveniente de todas partes dispuestas a hacer desaparecer y desterrar para siempre de sus desesperados cuerpos aquellas molestias que trastocaban sus días. Al fin,  su turno.
Al entrar vio un hombrecillo de pie junto a una sencilla mesa de madera que le pidió que explicara su mal y le indicara todos los detalles que considerara de importancia. Se sentó frente a él mientras le escuchaba con los ojos cerrados - lo que no presagiaba nada bueno para nuestro decepcionado paciente quien conforme hablaba iba perdiendo la confianza en aquella persona  que parecía no tenerle en consideración sino que se mostraba bastante absorta en sus propios pensamientos. Cuando dejó de hablar, el curandero le miró largo rato. Se levantó y se acercó a él. Pidiendo que se pusiera de pie le palpó el pecho, la garganta, la espalda y el estómago. Hacía resonar sus dedos dando pequeños golpecitos, que le arrancaban un gemido de dolor, y ganas tuvo de devolvérselos para que notara en su propio cuerpo el dolor que le causaba.

   “Ya está. Traiga una botella y vuelva mañana” dijo el curandero satisfecho. Sorprendido, el paciente preguntó extrañado qué tipo de botella debía traer y para qué serviría, a lo que el hombrecillo respondió mientras salía por la puerta: “Una botella de vidrio, vacía, con tapón de corcho. Mañana a esta hora le diré para qué la quiero”. Pensó que todo eso no era más que un fraude pero no por ello dejó de asistir a consulta al día siguiente pues había despertado su curiosidad y necesitaba satisfacerla.

   “Aquí tiene su botella”, dijo al entrar por la puerta. Estaba deseando saber qué utilidad le daría y en qué acabaría todo aquel asunto. Sin mirarle apenas, cogió la botella, quitó el tapón y se la devolvió. “Ahora, grite fuerte”. Gritó. Y nada pasó; el dolor seguía martilleando su cuerpo. “Siga usted practicando y mañana vuelva a verme. Sobretodo, no olvide acercar bien la boca a la botella”.  Le miró fijamente, desengañado ya de que pudiera ser útil para algo y salió de allí maldiciendo por haber sido tan iluso de creer que había encontrado una solución a su problema.

   Ya en casa, sentado delante de la botella, la cogió con rabia para estamparla contra el suelo esperando soltar así parte de su decepción e impotencia. Pero en el último momento cambió de idea. “Maldita botella de mierda”….. “Y maldito curandero que me ha engañado”……. “Y maldito imbécil que se lo ha creído todo”. Calló. Por un momento se sentía mejor. Fue consciente de que en cada frase había gritado con más fuerza. ¿Y si después de todo aquel curandero tenía razón y aquello era lo que necesitaba?
Dejó la botella, confuso, encima de la mesa y se tumbó en su sofá. Pensativo, miró por la ventana cómo dos gorriones luchaban por una misma migaja de pan sobrante de algún bocadillo que los chiquillos dejaron caer de su merienda.

   Cuentan que a la mañana siguiente el paciente retornó agradecido a ver al curandero quien le aseguró que todo lo que tenía era un secreto mal guardado que se le había quedado atascado y, no pudiendo salir, se había aferrado a su cuerpo causándole las molestias que sentía. El paciente practicó durante toda la tarde y acabó por gritar su secreto en la botella donde permaneció encerrado y guardado para ser escuchado de vez en cuando. Pero un día, cayendo la botella de manos de su dueño y viéndose libre,  escapó.
También cuentan que ese secreto llegó a oídos de la persona equivocada…. Pero eso, es otra historia.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 26 Septiembre, 2015, 18:49:44 pm
                                                                    INEVITABLE

Todo estaba devastado a su alrededor. Allá donde sus ojos posaran la mirada se encontraba con las ruinas de lo que otrora fuera su hábitat. No daba crédito. ¿Qué había pasado? Nada presagiaba aquella demolición. Aunque también era verdad, todo hay que decirlo, que nada presagiaba  que aquel universo que ahora contemplaba apesadumbrada fuera a mantenerse por mucho tiempo, sino más bien al contrario.
Tarde o temprano pasaría; lo sabía. Y siempre había pensado que aquello sucedería mucho antes; incluso se sorprendía de lo que habían tardado en aparecer. Llevaba esperándolos hace mucho tiempo y no entendía que aún no hubieran asomado. Pero pensaba poder reconocer las señales que dieran aviso de su llegada. Alguna pista que indicara que el momento se acercaba. Porque en realidad, aunque lo supiera, aún no estaba preparada.

   El ataque había sido rápido, fulminante y eficaz. Destruyeron cuanto de simbólico pudiera aparecer a la vista y se fueron una vez terminada su faena. Nada quedó. Sólo silencio. Y ese silencio le resultaba fuera de lugar porque hasta el momento solía sentirse un agradable murmullo que, sin molestar, brotaba aquí y allá haciéndose notar con su presencia; sin embargo, aquel silencio le dejaba como huérfana y no sabía cómo afrontarlo. Era la única que permanecía allí y no sabía cómo debía reaccionar o actuar a continuación.
Como suele pasar cuando no se sabe qué opción elegir, no tomó ninguna. Simplemente dio media vuelta y se marchó de aquel lugar que durante unos años había sido su casa. Lo había pasado bien allí, si. Suspiró dando por finalizada la función. Nada más quedaba por hacer en aquel desolado rincón. Otro espacio surgiría donde encontrar la misma  arrebatadora sensación de comodidad y donde poder ser fiel a si misma. Pero ahora  ya todo estaba acabado y debía olvidarlo. Ni se planteó reconstruirlo de nuevo, para qué.

   Marchó rumbo al norte con su mochila a cuestas. Llena de recuerdos, cada vez que paraba exponía ante sí, en forma de fotografía, diversos momentos pasados en aquella tierra, ahora ya abandonada, reviviéndolos con nostalgia pero sin rencor por lo sucedido. No buscaba un nuevo lugar en el que edificar una nueva vida. No buscaba nada. Sólo caminaba hacia donde sus pasos le llevaran.
Y sus pasos parecían dirigirla hacia aquella escarpada montaña que quedaba a la derecha frente a si. No entendía qué pretendía hacer allí pero si ese era el camino elegido no dudaría en seguirlo; alguna razón la impulsaría a ello aunque a primera vista no estuviera clara o no pareciera lógica en absoluto. Siempre había pensado que las cosas pasaban porque tenían que pasar. Y ella era una persona con relativa buena suerte. O eso pensaba. No estaba mal aferrarse a ciertas ideas para no caer al precipicio a las primeras de cambio.

   La noche llegó y aún no se había acercado ni de lejos a aquella montaña que parecía ser su nueva meta. Tuvo que improvisar un refugio aprovechando una gran roca en el camino donde permanecería resguardada del viento más que fresco de la noche. Allí se arrebujó en el saco de dormir sobre una vieja manta que la aislaba en cierta medida del duro suelo.
Se quedó dormida mirando al cielo y soñó; aunque a la mañana siguiente no recordaba nada de lo que apareció en aquellos sueños. Mucho tiempo después, si recordó; y de nuevo suspiró dando la razón a lo inevitable.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 12 Octubre, 2015, 11:42:15 am
                                              DEL  GRIS AL NEGRO O VICEVERSA

   Aquella mañana despertó temprano. La rutina la envolvía y ella se dejaba arrastrar con esa comodidad que ofrecen los automatismos cuando aún no se está con la cabeza despejada del todo. La noche anterior había sido agotadora. Demasiadas ideas en su cabeza chocando unas contra otras como para poder dejarlas en reposo mientras trataba de sumergirse en un sueño reparador que últimamente necesitaba más que nunca.
No tenía prisa, aunque tampoco deseaba prolongarlo más de lo necesario. Necesitaba tiempo, sin poder especificar cuánto. Como nunca antes había pasado por aquella situación no tenía puntos de referencia con los que elaborar la receta que necesitaba, así que no sabía en qué medida o cuánta cantidad de tiempo, paciencia y olvido era necesaria. Por ahora debía conformarse con ir probando diversas combinaciones, si bien no había conseguido el resultado esperado, aún.

   El trabajo le sirvió para apaciguar su espíritu llenándola de nuevas y pequeñas preocupaciones que no la dejaban retomar el curso de sus meditaciones, cosa que agradeció  pues estaba cansada de tratar de resolver un problema que no parecía tener solución. Y es que las interacciones humanas nunca se le habían dado nada bien. No las entendía. O acaso ella fuera demasiado simple para entender sus matices.
Las cosas nunca eran blancas o negras sino que se  presentaban mezcladas en función de cada cual. Y así no había quien estableciera un patrón de respuesta adecuado.

   Cuando salió del edificio, un hombre que permanecía reclinado en los ventanales de acceso, se dirigió a ella por su lado izquierdo sin que se diera cuenta. Se paró antes de alcanzarla, como dando marcha atrás en su idea primigenia, y la miró de reojo al pasar a su lado, con la cabeza baja como quien trata de disimular su interés. La vio alejarse hacia la parada de autobús más próxima y pararse allí para determinar si era la correcta o si debía  tomar otra dirección.
Durante ese espacio de tiempo había estado tratando pensar cuál sería la manera más conveniente de acercarse a ella. Al fin la había localizado.

   Se acercaba un autobús y comprendió, por la forma en que fijó la mirada en él así como por la postura que adoptaba, que era el que deseaba coger. Debía decidirse ahora o  la volvería a perder. Fue el azar lo que hizo que ambos se encontraran; O, mejor dicho, que él acabara encontrando a quien  buscaba desde hacía unos días.
Se había parado en aquel edificio a descansar un rato su cuerpo cansado de la larga caminata. Una chiquilla junto a su  juguete nuevo habían atraído su atención por un momento y se permitió el lujo de dejarse envolver en sus juegos infantiles despertando en él la nostalgia de tiempos pasados. Cuando se disponía a seguir su camino, la descubrió en la puerta despidiéndose de lo que supuso sería alguna compañera del trabajo. Eso le otorgó el tiempo necesario para reponerse de su inicial asombro y decidirse a ir a su encuentro.

   Subió al autobús en el último momento, cuando comenzaban a cerrarse las puertas. Sólo un rápido aviso al chófer golpeando con los nudillos en el cristal hizo que éste decidiera abrirle justo antes de ponerse en marcha.
Aprovechando un movimiento incontrolado de su cuerpo hacia atrás, cuando  el autobús abandonó la parada y se mezcló con el tráfico de la larga avenida, se agarró al pasamanos más cercano a Natalia, que es como se llamaba la mujer a quien iba a dirigirse en breve.

   “Perdón”, pronunció tal vez demasiado alto. ¿Habría sonado demasiado falso?¿Notaría ella que no había sido casualidad? ¿Se habría dado cuenta de que estaba siendo seguida por él? No había que preocuparse por eso; parecía que ni siquiera le hubiera escuchado, perdida como estaba en su propio mundo mirando sin ver hacia algún punto lejano del otro lado de la carretera.
Su cara estaba inexpresiva. Su mirada ausente. Sólo sus manos denotaban cierto nerviosismo. No dejaba de tocarse los dedos mientras hacía girar sus anillos en ellos. 

   Pensó en otra técnica de acercamiento pero no se le ocurrió ninguna que resultara medianamente aceptable así que, esperó pacientemente a que la mujer pulsara el botón de parada o hiciera cualquier gesto que denotara sus intenciones de apearse del autobús. Cinco largas paradas tuvo que soportar hasta notar cómo la mujer, que con un rápido movimiento de cabeza aparentó volver a la vida, hizo ademán de levantarse de su asiento para acercarse al pulsador del timbre.
Esta vez tenía planeado lo que iba a hacer. Bajaría con ella y se colocaría a su lado haciéndose el encontradizo. “Vaya, ¿no eres tú Natalia?” La mujer le miró pestañeando como si saliera de un profundo sueño. Puso cara de no reconocer y balbució un apenas perceptible monosílabo afirmativo. Le miraba desconfiada. Permanecía a la expectativa  observándole fijamente mientras decidía si continuar o no la conversación con aquella persona. Todas sus alarmas habían saltado sin llegar a comprender en qué consistía la trampa.

   “Bien, lo admito. Llevo siguiéndote desde que te vi salir del edificio”, dijo. “Pero…” continuó al ver la cara de sorpresa de ella y tratando de no sonar tan  extraño como parecía. “No te asustes, tengo una explicación de lo más razonable. Escúchame y convendrás conmigo en que es cierto lo que digo”. La cara de Natalia pasó del enfado a un gesto travieso asomando a sus labios una risa divertida. La cara que presentaba el hombre que tenía frente a ella era todo un poema y casi le daba pena.
“Te creo; nunca se me ocurriría pensar que nadie con la cara que tú has puesto ahora fuera a cometer ningún delito” y se rió de buena gana al ver cómo se ponía colorado.

   “Todo tiene su explicación. Y la mía es que te necesito.” Esta frase hizo que la mujer riera aún más fuerte. El desconcierto en el hombre era evidente. Casi se mostraba enfadado ante tanta falta de seriedad. ¿Le estaba tomando por un idiota o qué? Le acababa de expresar su necesidad y ella no paraba de reírse. Qué absurdo empezó a resultarle todo. Mejor dejarlo estar y largarse de allí.
Moviendo la cabeza en señal de desagrado se giró y encaminó sus pasos hacia cualquier lugar que le alejara de aquella loca.

   “Espera, no te vayas”, escuchó a sus espaldas. La mujer salió corriendo a su encuentro. “Reconoce que la situación es cuando menos graciosa”. Una fría mirada de reproche cortó en seco la risa de la mujer que ya había asumido que de alguna manera sus próximos minutos los pasaría junto a aquella persona.
Lo que más le había chocado era eso de que la necesitara a ella. ¿Para qué? ¿Qué tendría ella de especial que necesitara la persona que tenía ahora mismo enfrente y a la que no conocía de nada? Estaba deseando escuchar la razón que motivaba todo aquello ya que no podía imaginar ninguna que fuera realista o acorde  a ese momento.
   Le invitó a acompañarla a un bar cercano donde sentarse a tomar algo mientras le explicaba qué era eso que necesitaba; Si entraba dentro de lo razonable sería capaz de darle lo que le pidiera. “Cuéntame…”, dijo Natalia con el vaso en la mano y dispuesta a escuchar lo que tuvieran que decirle por disparatado que fuera.
“Verás…La primera vez que te vi fue en aquella librería de barrio en la que me colé por casualidad. No te conocía y por eso le pedí ayuda a la dueña del local, que resultó ser una vieja conocida mía, quien me dijo que no podía decirme cómo encontrarte pero que  solías dejarte caer por allí de forma más o menos periódica. Lo único que sabía era tu nombre, no me preguntes la razón, y que debías ser del barrio o alguna zona cercana.

   Paró de hablar y se llevó el vaso a los labios, dejando a Natalia tiempo para asimilar lo que iba contando. Natalia seguía sin saber qué necesitaba de ella. Lo que contaba no dejaba de ser una especie de prolegómeno; Una obertura; Un prefacio; Una introducción a lo que realmente le interesaba. Permaneció callada, un tanto impaciente, a la espera de que llegara por fin al meollo del asunto. Pero su acompañante no parecía tener intención de decidirse a contar lo que quería. No paraba de dar vueltas y más vueltas sobre anécdotas pasadas en otras librerías o lo que le había sucedido, sin ir más lejos, aquella mañana.
“Vale…”, cortó Natalia impaciente. “¿Y qué quieres de mí?” le dijo mirándole desafiante.

   “Ah, eso…si, claro”. La mujer le animaba a seguir hablando con la mirada mientras mantenía sus codos apoyados en la mesa y las manos cruzadas sobre su boca. ¿Le diría ya por fin lo que quería? ¿A qué estaba esperando? ¿Tan raro era lo que quería pedir que tanto trabajo le costaba decirlo? Empezaba a pensar que había sido una muy mala idea la de sentarse a escuchar a aquel hombre que ahora parecía que la hubiera escogido a ella para pasar la tarde porque estaba aburrido. ¿O acaso era esa su técnica para ligar? Enfadada y rabiosa, impaciente por salir de allí, dejó el vaso en la mesa y se levantó súbitamente dispuesta a continuar con su camino sin perder más tiempo.
El hombre estaba hablando pero no le entendió. Algo referente a un libro. ¿Qué libro? En fin, se sentó de nuevo y preguntó de qué libro se trataba pero presta a volver a levantarse al momento y no volver a dirigirse a esa persona si seguía dando rodeos que no conducían a nada o si mantenía esa ambigüedad que a ella le parecía tan calculada.

   Por fin supo a qué se refería. Todo su interés se centraba en un libro de segunda mano que había adquirido aquella mañana y que era el que completaba su colección. No podía conseguirlo y llevaba tras él mucho tiempo. Por eso entró aquel día en la librería. Solía parar en  diferentes librerías tratando de dar con él. Y por fin lo había encontrado; Pero, para su desgracia, en manos de otra persona. Y esa persona, era ella. ¿Podrían llegar a un acuerdo que satisficiera a ambas partes?
Natalia le explicó que aquel libro no era para ella sino un regalo para una amiga suya que también estaba completando la colección pero, se comprometió con él a llamarle en caso de que su compañera ya lo tuviera. Y así quedó la cosa. No volvieron a saber uno de otro.

¿Y el libro? … En la estantería de su amiga junto al resto de la colección.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 24 Octubre, 2015, 19:51:44 pm
                                                                 NUBES Y CLAROS

“Si fuera posible, por una sola vez, entenderse; confluir en lugar de enfrentarse; aunar esfuerzos en vez de crear desigualdades ajenas para sobrellevar mejor las propias… Estoy cansada de no entender. Por mucho que me esfuerzo, no encuentro la fórmula que permita disipar este sentimiento de impotencia. Cada cual pensando solo en aferrarse a sus cosas y los demás que se busquen las papas, que bastante se tiene con salir airoso del día a día”.
Escuchaba, sin oír, lo que la ventana abierta había arrastrado desde la calle y, en este punto, se quedó pensando en aquella voz que sonaba tan decepcionada y tan abatida. Reprimió un primer  impulso de levantarse a mirar quién había soltado todo aquel atropello de palabras que habían salido a borbotones desde lo más profundo de una de las muchas personas que paseaban a aquellas horas bajo su ventana y a las que la costumbre le había llevado a prestar poca o nula atención. Pero ésta en especial, le hizo removerse inquieto en su asiento. ¿Qué habrían despertado en su olvidadiza memoria aquellas palabras que le estaban haciendo sentir un cierto nerviosismo provocado por una vaga sensación de remordimiento?

   La mañana prosiguió su curso, más por rutina que realmente por el hecho de estar centrado en su trabajo ya que, mientras no paraba de ordenar papeles en las distintas bandejas, su cabeza seguía dando vueltas y vueltas en torno a una idea que no acababa de clarificar. Era algo relativo a una llave y a cierto compañero suyo de colegio, tal vez. Una situación vivida hace tantos años  que no podía distinguir lo real de lo que la memoria había añadido por su cuenta  rellenando huecos y lagunas para dar coherencia a los recuerdos.
Cuando acabó su turno, su humor se había vuelto pesado y  tan difícil de llevar como una carga molesta que se desea abandonar en cualquier rincón  lo antes posible; Y no mejoró durante el trayecto de vuelta a casa. Parecía como si una sombra se hubiera instalado delante de su acostumbrado buen humor oscureciendo todo cuanto pensaba y confiriéndole una desagradable y tétrica perspectiva.

   Al abrir la puerta de su casa, la sombra le había engullido completamente y mirase donde mirase no podía encontrar un solo resquicio de luz donde asomarse. Era tal su estado de desánimo que decidió dejarse caer en el sofá sin importarle la luz parpadeante del teléfono que le avisaba de mensajes esperando ser atendidos. No estaba para nada ni para nadie.
Cuando las luces exteriores comenzaron a penetrar en el salón dando de lleno en su cara, despertó; aunque permaneció varios minutos inmóvil considerando la necesidad o no de mover ese cuerpo que parecía pesar una tonelada.
   
   Se acercó al teléfono para escuchar los mensajes. Tres llamadas y ninguna palabra. El mismo número. Silencio. Y de fondo una respiración suave aunque un tanto agitada, como de persona que no se decide a hablar y trata de darse ánimos.
No reconocía el número; un móvil. Tecleó el número en su móvil buscando información adicional pero se quedó con las ganas. No mostraba imagen. ¿Sería un nuevo timo telefónico del tipo mando un mensaje al fijo y luego me lo devuelves al móvil para cobrarte dinero a cambio de saciar tu curiosidad? Y si se es lo suficientemente ingenuo como para caer en la trampa,  ¡quién sabe!, se puede sacar una buena pasta.

   Y si, era curioso; y mucho. Dejando de lado otras consideraciones se sentó frente a su ordenador, ávido de información. Seguramente encontraría muchas entradas relativas a ese número en el que se advertía de lo fraudulento del mismo y desaconsejaban realizar la llamada de vuelta.
Timo, claro. Si. Ya recordaba. Pero todo había sido tan inocente que no se había dado cuenta de que hubiera tenido repercusiones sobre los demás. Sin embargo, tal vez, sí las hubiera tenido al fin y al cabo. A las pocas horas, alguien había terminado en el hospital.

   La llave no era real. Su compañero tendría que haberlo sabido. Y sin embargo, se lo había tragado todo.  Se rieron durante mucho tiempo de aquello. El pobre creyó realmente que se encontraba delante de un fantasma. Y casi acertó. No era un fantasma pero si ofrecía reminiscencias que resultaron nefastas para uno de nosotros.
Todos reían menos él; de pie frente a la puerta de aquella casa medio derruida, oscura y maloliente. No sabía qué es lo que esperaba encontrar pero estaba decidido a entrar. Suponía que debía demostrar a los demás que no tenía miedo. Una forma como otra cualquiera de atraer la atención de Sara. Y la atrajo; pero no de la forma esperada. Desde entonces, se hicieron inseparables.

   Cuando vio al hombre tumbado sobre aquellos cartones, su primer impulso fue echar a correr puesto que las sombras y la situación le otorgaban cierto aura macabra. Pero no podía, ahora ya no. Debía vencer sus miedos y acercarse aún más. Debía llevar una prueba.
Se acercó despacio haciendo acopio de todo el valor que pudo reunir mientras luchaba  con su propio deseo de alejarse y olvidar la apuesta. Estaba tan cerca; casi podía tocarlo. Por favor, que no se moviera, que no se moviera, que no se moviera…

   Una vez cerca, se agachó y tiró con suavidad de lo que parecía un papel arrugado que aquel hombre llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Ya lo tenía; podía salir… y salió; corriendo. Corrió como nunca antes lo había hecho. Corrió impulsado por el miedo contenido durante aquellos minutos pasados dentro de aquella casa en la que deseaba no haber entrado. Corrió como un muñeco al que acaban de dar más cuerda de la debida y sale disparado alocadamente y sin control. Había sido un estúpido por dejarse convencer por su propio ego de ser capaz de demostrar lo valiente que era ante los demás. Nadie se atrevió; solo él. Cobardes, debiluchos; eso es lo que eran todos.
Casi tropezó al traspasar la puerta, que dejó abierta, mientras levantaba el brazo mostrando el tesoro arrancado a su víctima como si de una prueba de vida se tratase. Sus compañeros estaban expectantes viendo cómo su jugada había tomado un giro inesperado. Nadie esperaba que entrara; nadie esperaba que, en caso de hacerlo, hallara nada de interés. Ya lo habían explorado antes y sabían que aquello era un caserón vacío, sin historia. ¿Qué sería lo que mostraba tan orgulloso y que al minuto siguiente le hizo mostrarse tan callado y cabizbajo?

   Desde el momento en que salió por la puerta su cuerpo se destensó y pareció aliviarse con un gran suspiro; se mostró triunfante. Levantó el papel por encima de su cabeza agitándolo para demostrar a los demás la grandeza de su proeza. Y quedó petrificado al ver lo que allí aparecía. Era una fotografía muy estropeada en la que aparecían sonrientes un grupo familiar. La miró más de cerca. No podía ser.
Su actitud cambió al momento. Sin decir nada, se acercó a Sara y llevándola aparte cuchicheó largo rato en su oído sin que supiéramos  el contenido de aquella confesión. Vimos cómo Sara afirmaba lentamente con la cabeza y se alejaba de todos nosotros de la mano de quien hasta ese momento había sido nuestro amigo.

   Desde aquel día, quedó patente que ambos compartían un secreto que no deseaban desvelar a nadie más. Aquello me fue llenando, poco a poco, de animadversión hacia quien había conseguido que Sara dejara de considerarme su amigo y volcara todas sus atenciones sobre él. Al considerar que se encontraba en una situación más ventajosa que la mía por el mero hecho de haber tenido una suerte inesperada, me decidí a entorpecer cuantas iniciativas mostraba por unir de nuevo al grupo. Y lo conseguí; acabaron separándose de nosotros y quedando relegados a un rincón del patio al que nunca solía acercarse nadie.
Yo me felicitaba de aquella situación: Puesto que no podía disfrutar de la compañía de Sara, al menos podía pavonear mi poder de liderazgo para afianzar mi propio ego debilitado tras aquel fracaso de emboscada con la que esperaba anular para siempre la rivalidad de mi compañero frente a las atenciones de Sara, demostrando públicamente  que no era merecedor de ellas. De haber prosperado la celada a la que le habíamos  abocado, seguramente a estas alturas sería yo quien disfrutara de sus secretos compartidos y no aquel muchacho desaliñado y timorato.

   Aquello, evidentemente, había sido una chiquillada. Pero tuvo consecuencias. La persona que llevaba aquella fotografía, que no sabía que permanecía oculta en el bolsillo de aquella chaqueta que pertenecía a otra persona y que aquella mañana le habían ofrecido en un centro de la localidad, era un pobre hombre que había decidido pasar allí la noche por no haber encontrado mejor sitio donde dormir. Al verse de pronto con una persona a la carrera pensó que era alguien que deseaba robarle sus escasas pertenencias aprovechando que estaba dormido y acabó por cambiar de habitación buscando un lugar en el que pasara más desapercibido; con tan mala suerte que tropezó en uno de los escalones de la destartalada escalera y acabó con una muñeca rota.

   Veinte años después de aquello, me encontraba solo en casa sin saber qué pasó con aquella pareja. Nunca supe el secreto que mantenían celosamente guardado ni nadie lo pudo aclarar por muchas especulaciones que se hicieran. Ninguno de los dos dijo nunca nada.

   El teléfono sonó y él lo descolgó maquinalmente. De nuevo silencio al otro lado.
¿Diga? ¿Hay alguien ahí? Seguían sin contestar.
“¿El señor Estévez, Fernando Estévez” Voz de mujer. Desconocida. Con acento peculiar. ”Si, yo soy”
La voz dudaba. “Nano, soy Sara; tengo noticias para ti”
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 02 Noviembre, 2015, 13:54:02 pm
                                                       EL CÓDIGO



   Una corriente de aire frío recorrió su espalda, lentamente, por sorpresa, provocándole un escalofrío. Se sintió desprotegida y sola; como en medio de un espacio oscuro falto de fuerzas de gravedad o de cualquier otro tipo. Desarraigada. Fuera de contexto. Inconexa. Ausente de toda realidad. Por un momento se consideró técnicamente inerte. Sin vida. Irreal. Y lloró por ello.
Cada lágrima arrastraba consigo pequeñas partículas de su propio ser efímero y cambiante. Cada lágrima arrastraba tiempos pasados cubriéndola de una fina capa protectora y renovada con la que pretendía hacer frente a las múltiples colisiones que su ser debía afrontar en aquel universo en el que flotaba perdida y a la deriva.

   Al principio, trataba de corregir su trayectoria evitando todo tipo de encuentros con los diversos astros y elementos que orbitaban alrededor de un sol al que no se sentía unida ni al que otorgaba mayor poder que el de la necesidad. Solía merodear por los extremos más alejados y recónditos, donde la oscuridad era impenetrable, camuflándose en ella hasta convertirse en un ser casi invisible; acercándose únicamente al punto sobre el que todo giraba cuando era estrictamente necesario.
Posteriormente decidió que si aquellos choques debían ser inevitables, al menos debería poder escogerse dónde, cómo y cuándo. Pero, con el tiempo, también comprobó que aquello era imprevisible; demoledor. Y como no siempre podía evitar dichas colisiones  trataba de estar preparada ante cualquier contingencia. Pero nunca lo estaba, en realidad. Siempre la encontraban escasa de defensas porque no había aprendido aún a protegerse. Algo parecido a cuando tratas de taparte del frío con una manta demasiado pequeña: Si proteges los pies, la espalda está en parte al descubierto, y viceversa. Aunque trates de arroparte, siempre hay huecos desprotegidos por donde se acabará colando cualquier brisa inesperada que haga estremecerte de frío.

   En una de aquellas incursiones por la zona más oscura, topó con algo inespecífico, sin llegar a descubrir qué era en realidad. La oscuridad impedía un visionado adecuado de aquel objeto que no desprendía luz propia, lo cual formaba parte de su camuflaje. Aún así, se atrevió a interaccionar con él. No dejaba de ser todo un descubrimiento y, en cuanto le  era posible, se acercaba para hacer pruebas y más pruebas en aquel objeto de forma indefinida que  irradiaba un campo magnético extraño en el que se sentía atraída y repelida a la vez.
Progresivamente, fue avanzando por aquel terreno irregular que notaba blando pero firme. Conforme volvía a posarse sobre él, iba dejando rastros de su presencia (que llegó a convertirse en diaria). Cada vez que aparecía por allí, portaba consigo nuevos materiales o instrumentos con los que construir un punto de partida; un campamento base desde el que proseguir sus incursiones y exploraciones.

   No siempre localizaba aquel objeto en el mismo sitio sino que éste se mostraba escurridizo, aunque sin llegar a desaparecer del todo. Con el tiempo fue necesario establecer unas coordenadas diferentes para ajustarse a su nueva ubicación.
Tal vez dudaba de la exploración a la que se le estaba sometiendo. Tal vez le resultara divertida, en principio, dejándole actuar libremente mientras asistía curioso a los intentos infructuosos llevados a cabo para comprender su estructura y, luego, cansado ya de tanto experimento, decidiera ocultarse por un tiempo. O tal vez se dejaba hacer por estar demasiado cansado para proseguir su viaje, aguantando las pequeñas incomodidades como si solo fuera una mosca molesta e insignificante de quien se deshace uno espantándola con la mano.
Fuese como fuese, nunca llegó a saberlo; un buen día, desapareció sin más.

   Como no era la primera vez que esto sucedía,  trató de volver a localizarlo saliendo a su encuentro; las investigaciones no habían concluido. Aunque para ser sinceros, hacía mucho tiempo ya que sus investigaciones habían pasado a segundo plano no dejando de ser una mera excusa para permanecer cerca de aquel extraño microuniverso que ocupaba gran parte de su tiempo.
Pero esta vez, cuando de nuevo detectó su presencia, notó vibraciones extrañas que provenían de aquello a lo que se afanaba en comprender. Siguió explorando en sus distintas zonas para establecer una imagen global de lo que realmente podía ser pero era tal la cantidad de información extraída de sus recorridos por aquella superficie y, en ocasiones, tan contradictoria, que nunca llegó a formarse una idea clara de qué podría ser necesitando volver una y otra vez a realizar más y más pruebas cayendo, lentamente y sin darse cuenta, en una obsesión de la que no podía  zafarse.
Mientras esto sucedía, el objeto empezó a emitir una serie intermitente de ondas en una frecuencia que no podía interpretar correctamente. Sin una base de datos adecuada que decodificara aquella serie de mensajes encriptados no podía establecer una comunicación. Y sin comunicación, no se podía mantener una interacción.
Allí acabaron todas las exploraciones e investigaciones.

---------------------------------

    Aún hoy, se pasea de vez en cuando por los alrededores, buscando con su radar, por si detecta alguna señal inteligible que le lleve de nuevo a establecer contacto con aquel objeto que sabe permanece allí en la oscuridad pero al que no debe acercarse. Sus sistemas siguen sin poder interpretar las vibraciones provenientes del mismo, bien por obsoletos bien por excesivamente sofisticados. 
Permanece alejada sin poder evitar proyectar una delgada línea de luz intermitente que le une a él y que rebota en todas direcciones buscando la forma de escapar de allí.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 15 Noviembre, 2015, 09:38:20 am
                                                 CAMINO A NINGUNA PARTE

Se removió incómoda entre las sábanas dándose de nuevo la vuelta, por enésima vez, sin poder dormir. Cuando por fin le venció el cansancio y se relajó lo suficiente como para permanecer en un estado similar al descanso, cayó en un pesado sueño lleno de sorpresas no muy agradables. Algo relacionado con tigres que se convertían en cebras y una huída desesperada dejando atrás a una persona querida a la que se busca con ahínco entre una multitud atemorizada que atropelladamente se esparce en todas direcciones chocando entre si. Alguien que le tira de la mano y  trata de ponerla a salvo. La reconoce, pero no es la persona esperada por ella. Mientras, busca con la mirada y, para sus adentros, repite como un mantra: “No dejarte atrás… no dejarte atrás…no dejarte atrás”: Una orden que se da a sí misma y que le ayuda a mantener la suficiente sangre fría como para pensar con claridad en medio del caos.
De pronto, despierta sobresaltada con el impertinente timbre del despertador en sus oídos. Aún duda unas milésimas de segundo hasta comprender que se trata de alguna especie de pesadilla y que el nuevo día comienza. “Despierta…. Despierta…. Despierta…”   
A duras penas, lo consigue.

   El día se le hace pesado, largo, cansado y estresante. Uno de esos días a los que no se les ve el final y en los que cada minuto parece pasar una eternidad. El ánimo cansado tampoco ayuda. Se siente triste. Nostálgica. Desea regresar a su casa para encerrarse en su mundo y olvidarse del presente. No es que se engañe, sino que a veces necesita encerrarse en si misma para tomar fuerzas y seguir adelante.
Avanza a grandes zancadas con su mente fija en una sola idea: desprenderse de esa sensación incómoda de melancolía que la acompaña en los últimos días y que hoy parece acentuarse especialmente. Tal vez una ducha pueda ayudar a quitarse de encima esa pegajosa capa opresiva  que se ha posado sobre ella  impidiéndole caminar como acostumbra: la vista al frente; el paso seguro y, en ocasiones, acelerado; el gesto distendido; la mirada curiosa y el espíritu libre.

   No, el reflejo que en esos momentos le devolvía el espejo de su cuarto de baño no era ella. O no la que ella consideraba ser. Mucho habían cambiado las cosas desde que se tropezara con aquella muchacha en la puerta de su casa solicitando un poco de comprensión. Y ella se la había brindado. Entendía su difícil situación y trató de ayudarla en cuanto  pudo, sin sobrepasar límites. Las dudas y la prudencia nunca la dejaban ir más allá de una línea invisible pero fija. Estaba de su parte, aún así…. Sólo conocía una versión de los hechos. Y eso, no ayudaba.
Por mucho que procuró tener una amplia información de lo sucedido, no pudo extraer ningún otro dato más allá del aportado por la chica. Todo se basaba en lo dicho por cierta persona (que debía suponer no mentía) sin posibilidad de confrontar puntos de vista por falta de otros testigos que estuvieran en aquel lugar, en ese momento concreto.
Y los que sí estuvieron presentes, bueno…cada uno estaba inmerso en su propia vida y no podían mas que ofrecer vagas referencias a un hecho  que según todas las evidencias era la opción más factible. ¿Fue violada en realidad o fue un acto consentido?

   Todo lo que sabía era que aquella tarde al volver del trabajo se había fijado en la joven un tanto flacucha quien, tapando su cara entre las manos, sollozaba con amargura. No entendía qué le había hecho acercarse a ella, cuando por lo general tomaba bastantes precauciones con las personas desconocidas. Tal vez ese día empatizaba especialmente con los demás o acaso fuera algo que llamó su atención en la languidez de la figura de la muchacha  que le había recordado aquella vez  en que ella misma se sintió amenazada y sola; incapaz de reaccionar. Daba igual, mejor no pensarlo más. El pasado, pasado está.

Lo cierto es que se había acercado y había dejado que vertiera sobre ella toda su impotencia. Le había dejado llorar. Le había escuchado sin abrir la boca ni una sola vez, asintiendo comprensiva a las palabras entrecortadas que salían apenas sin voz por entre aquellos labios trémulos. Cuando calló, le preguntó qué pensaba hacer. ¿Había denunciado ya? Se ofreció a acompañarla, si así lo deseaba. La vio negar lentamente con la cabeza y entendió que aquella no había sido la primera vez. Trató de animarla a denunciar un hecho que no debía volver a repetirse y del que era presumible no fuera culpable; pero sus intentos no surtieron efecto. La vio alejarse y se sintió miserable al no poder hacer nada contra lo que parecía ser una demostración de poderío y esclavitud.

   Volvió a soñar aquella noche. De nuevo su sueño fue inquieto. Despertó angustiada por una pesadilla que no recordaba pero que le había provocado tal sensación de pánico que su corazón latía desbocado. Decidió levantarse a tomar aire fresco o  a actuar de alguna manera; necesitaba movimiento, su cuerpo estaba nervioso y trataba de calmar su ansiedad ofreciéndole alguna actividad.
Se acercó al ordenador pensando en curiosear en las noticias del día para distraer su atención pero al poco rato comprendió que aquello había sido un error. París. Atentados. Estado Islámico.
Leía horrorizada la locura desatada por una sarta de fanáticos que no tenían objetivo alguno más allá del terror por el puro terror. No daba crédito a que aquello pudiera estar sucediendo. Al instante su cabeza empezó a desarrollar alternativas posibles e imposibles. ¿Sería ésta la Tercera Guerra Mundial? Pero seguramente no sería tan convencional como las anteriores ¿sería una guerra psicológica?.
Saturada, cerró de golpe su ordenador y permaneció con la vista perdida unos minutos sin reaccionar. Hoy había tocado París, pero … ¿ y mañana?

   Ya no podía dormir así que se tumbó en el sofá, en la oscuridad del salón, dando vueltas en su cabeza a la idea de lo alejada y ajena que estaba a todo cuanto pasaba a su alrededor. Pero tampoco podía evitar que sucedieran tales cosas. Su lógica y sus emociones entraron de nuevo en conflicto. Debatía para sí misma las posibilidades reales de acción que podía tener sin llegar a una conclusión que la convenciera. Y dudaba  la fuera a encontrar. El mismo debate se había sucedido muchas veces ya en su cabeza como para saber que no iba a llegar a ninguna parte.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 05 Diciembre, 2015, 17:00:22 pm
                                                                    LAS CENIZAS DE SARA

   Cenizas esparcidas por el suelo y huellas en diversas direcciones que las van diseminando a lo largo del pasillo como si de una señal indicadora se tratara para llegar a algún lugar concreto e importante  cuando, en realidad, no hacen más que dar vueltas sobre sí mismas, pisándose unas a otras, sobrepuestas y sin un orden determinado. Aquello representaba el más absoluto caos. O la más errática de las sendas para alcanzar el objetivo deseado.
Y sin embargo, sabía que había llegado a su destino.

   Cuando  cruzó por primera vez el umbral de la puerta supo que aquél era su sitio. Se rió de sí misma al pensar en ello. Rememoró la primera vez y se quedó atrapada en ese sueño mientras sin darse cuenta dejaba caer su cuerpo sobre el suelo frío y  sucio de aquel apartamento de las afueras cuyos días de alegrías y regocijos quedaban ocultos tras las cortinas de vivos colores que ahora permanecían cerradas y, al parecer, bastante necesitadas de una pasada por la lavadora.
Pero ella ya no las veía. Soñaba con su mundo de claros y oscuros donde había dejado rastros de sí misma conforme pasaban los días; Perseguía a sus propios fantasmas tratando de hacerlos regresar de nuevo sin conseguirlo; Buscaba en su memoria momentos pasados que animaran su presente.

   Había llegado una mañana tibia de otoño con una simple mochila a la espalda (bastante escasa de pertenencias y un tanto sucia y deshilachada), sin avisar y deseando que la dueña de la casa no le abriera la puerta. En realidad, no estaba nada convencida de que aquello fuera una buena idea sino que más bien se había dejado guiar hasta allí mientras  trataba de encontrar otro camino a seguir; o mejor dicho, el camino a seguir. Era un paso intermedio, una tregua, hasta descubrir qué era realmente lo que quería hacer con su vida.
Alguien, no recordaba quién, le había dado esa dirección por si necesitaba una habitación donde  alojarse por unos días. No era muy cara y la dueña no solía importunar ni meterse en vidas ajenas si se seguían unas normas razonables de conducta.

   Pulsó dos veces el timbre; esperó unos minutos y decidió volverse por donde había venido al comprobar que nadie le abría la puerta. Una mezcla de alivio y tristeza inexplicables la invadió camino del ascensor. Alivio por verse libre de ataduras y tristeza por no tener una puerta amiga a la que llamar. Era totalmente incoherente y lo sabía, pero hacía mucho tiempo que no se asombraba de sus múltiples incongruencias sino que las asumía como una más de sus “debilidades”. Y cómo odiaba ser débil. Y, además, no se lo podía permitir.
No llegó a pulsar el botón del ascensor. Su cuerpo reaccionó a una voz procedente de alguna de las puertas situadas a su espalda. Se giró para observar a una mujer despeinada y con cara de sueño que había salido de la puerta frente a donde ella acababa de llamar. Le estaba diciendo algo pero no la entendía. Su voz era tan suave que no alcanzaba a escuchar el contenido de las palabras que seguramente salían de esa boca cuyos labios se movían con precisión mientras sus ojos se clavaban en ella con curiosidad mal disimulada.

   Le explicaba que la dueña se había ido fuera a pasar el día pero que le había dejado el encargo de recibir a una posible compañera en caso de que apareciera alguien por allí, como así había sucedido. La invitaba a llamar a un número de teléfono que tenía apuntado en una libreta en la que se veía pulcramente escrito un nombre, “SARA”, seguido de unos números que fueron apuntados con un tanto de displicencia en una de las hojas sobrantes de la libreta. Cortó el papel, se lo entregó y allí pareció acabar toda conversación porque acto seguido le cerró la puerta sin esperar respuesta.
Con el papel aún en la mano y el desconcierto de quien no entiende qué ha podido suceder para que una situación se volviera tan cambiante en cuestión de segundos, decidió arrugarlo y dejarlo allí tirado como claro indicio de desprecio ante tan desagradable despedida. Pero por cosas de los automatismos, en vez  de hacer eso se lo guardó de forma inconsciente en uno de los bolsillos del pantalón. No era persona de tirar nada al suelo.

   Calle abajo encontró una terracita agradable donde desayunar al sol y allí aparcó su cuerpo y su mochila mientras daba vueltas en su cabeza a la idea de quedarse o marcharse de la ciudad. Ya llevaba varias semanas allí y no había conseguido encontrar trabajo así que mejor sería despedirse y salir en busca de otras alternativas que aún consideraba posibles.
Pidió un café  y se dedicó a observar a la gente que pasaba a su lado. Siempre le había atraído conocer las motivaciones de las personas para ser como eran o actuar de la forma en que lo hacían. Ella misma era minuciosamente analizada pero nunca podía llegar a extraer ninguna conclusión concreta puesto que le fallaba la autocrítica. Demasiadas dudas y subjetividades como para obtener un dato fiable.

Al removerse en su asiento, notó crujir el papel y lo sacó con curiosidad para ver su contenido. Se quedó mirando aquellos números y letras sopesando la necesidad o no de conservarlos para un uso posterior; nunca se sabe lo que puede suceder y mejor es estar prevenida. Se olvidó así de su anterior desagrado y lo plegó metódicamente buscando un hueco en su cartera para no perderlo.
De nuevo en el mundo real, recordó cómo fue aquella primera conversación y la sensación indefinible de estar haciendo lo que debía. ¡Había sido todo tan sencillo! Nada más marcar, la voz sonó en su teléfono clara y alegre. Esa voz le había resultado agradable y la conversación que mantuvieron lo fue aún más prosiguiendo en un tono más que festivo, sin ni siquiera conocerse.

Expresó sus dudas cuando recordó a la vecina pero Sara supo contenerlas; La conocía bien, era su hermana. Y podía ser terrible sin proponérselo. De hecho, si le preguntaran por qué le había dejado con la puerta en las narices seguramente se mostraría ofendida ante semejante acusación o sorprendida ante lo que ella habría creído un trato más que respetuoso.
Zanjaron la conversación con una cita a las siete de aquella misma tarde. Y lo que en un principio fueron un par de días, llegaron a convertirse en semanas y más tarde en meses. Así habían pasado más de cuatro largos años llenos de confidencias, tertulias a media noche y experiencias compartidas, sazonadas de complicidad y de amistad sincera.

Pero todo acabó de golpe. Bastaron apenas unos minutos; una moto; un casco mal puesto y un coche más acelerado de lo debido.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 13 Diciembre, 2015, 09:08:55 am
                                               LA CARCASA

Suaves gotas de lluvia caían sobre su cuerpo desnudo. Así lo había previsto. Quería sentir su frescor en la piel. Notar cómo resbalaban en caída libre hacia su destino final. Algo en aquel recorrido le ofrecía consuelo; como una caricia silenciosa. Se sentía feliz consigo misma. No notaba la humedad que la envolvía; o si, la notaba  formando parte de ese momento y por eso mismo no la despreciaba; le agradaba su olor, que lo inundaba todo.
Tumbada sobre el suelo, abrazada a sus rodillas, se dejaba acariciar por aquella lluvia fina que cubría su cuerpo de múltiples gotas diminutas, las cuales iban aumentando progresivamente su tamaño, hasta rebosar, deslizándose en una carrera precipitada hacia el suelo del jardín lleno de hojas.

   No se movía. Sentía. Ya no era un cuerpo sino un receptor de estímulos diversos y difusos. Se liberaba de la sensación de una pesada gravedad para convertirse en un ser etéreo e incorpóreo. Podía estar en todos los sitios a la vez y en ninguno en especial. Era una sensación agradable exenta de reglas y no sujeta a valoraciones lógicas ni formales, las cuales quedaban relegadas a un plano casi de total inexistencia.
Permaneció por muchos minutos allí tumbada dejándose acariciar por aquellas gotas de agua regeneradora que le proporcionaban calma y serenidad hasta que su débil cuerpo le recordó, con una sucesión de escalofríos, que debía ponerse a cubierto y despedirse de aquella humedad que penetraba hasta lo más profundo de sus huesos acrecentando la enfermedad que hacía tiempo había comenzado a corroerlos provocándole múltiples dolores y presagiando futuras deformaciones en aquella carcasa que le había tocado en suerte.

   Aún podría realizar una vida más o menos normal, autónoma e independiente,  pero ya le habían pronosticado que aquello cambiaría en un par de años. Tres o cuatro a lo sumo. No más.
Al principio, no supo cómo considerar aquella situación. No había notado ningún síntoma en particular más allá de ciertas molestias articulatorias de vez en cuando que no consideró nunca de mayor importancia.

Pero todo cambió cuando en una de sus excursiones habituales por los campos cercanos tropezó con su propio pie chocando contra el suelo de forma bastante grotesca, con la consiguiente contusión e hinchazón posterior. Acabó en la sala de espera  del hospital charlando animadamente con sus compañeras mientras esperaban se les avisara para hacer una radiografía, comentando de nuevo la sucesión de pasos que tantas risas había provocado entre los presentes y riéndose de su propia torpeza y de lo absurdo de la misma así como de la jocosa pero poco trascendente caída.
Todo transcurría entre risas y bromas cuando llegó la enfermera a informarles que  podría volver a su casa en cuanto le vendaran bien aquella pierna que presentaba una lesión sin consecuencias de la que se recuperaría pasadas unas tres semanas, si se cuidaba bien de no moverse en exceso.

Pasado ese plazo, se encontraba aguardando su turno pacientemente sentada en un banco blanco que no paraba de salirse de su gozne derecho impidiéndole concentrarse en la lectura del libro que reposaba sobre sus rodillas. La médico de familia corroboró que todo estaba en orden y que en breve podría volver a recorrer aquellos caminos o cualquiera otros que deseara tratando esta vez, eso si, de fijarse bien dónde aterrizaba sus pies. Escuchadas estas palabras, inició el gesto de levantarse cuando para su sorpresa la médico le sugirió realizar de nuevo la prueba puesto que había detectado algo extraño en la radiografía.
Seguramente no fuera nada pero había preferido descartar eventuales errores previniendo así una denuncia posterior de una posible paciente quisquillosa e insatisfecha, como le había sucedido recientemente; por lo que a pesar de las limitaciones que les imponían  en el centro de salud decidió solicitar, excepcionalmente y para evitarse futuras complicaciones , una nueva radiografía.

   Las sospechas se habían confirmado; una extraña enfermedad similar al cáncer de huesos: una rara variación de la enfermedad ósea de Paget o algo similar; no había prestado mucha atención. Daba igual. Ella se sentía bien. Nunca le había dolido especialmente parte alguna de su cuerpo ni sentía que éste hubiera cambiado en nada, a pesar de que ya le habían avisado que eso era lo normal. Al parecer, ese tipo de enfermedad se descubría por casualidad, tal y como se exponía en los raros casos que se tenía documentados.
¡Qué sabrían ellos! ¿Cuántos casos habían sido diagnosticados con un margen de tiempo inferior al que después se había demostrado? A eso se agarraba su esperanza. No siempre se acertaba con el pronóstico. Tal vez tuviera aquella rara enfermedad, si, pero eso no quería decir que fuera a acabar con ella en dos, tres o cuatro años. Además,  al ser una enfermedad poco conocida las estadísticas serían fáciles de romper.

 Este era el ánimo que había tratado de insuflarse para no caer en el más absoluto pánico. No podría soportar depender de alguien de por vida. Ni quería pensar en ello siquiera. Era la primera etapa: la negación. Necesitaba tiempo para reorganizar sus esquemas; debía concentrarse en ella misma para sacar todas sus fuerzas y seguir su camino adaptándose progresivamente a los cambios que inevitablemente acompañarían su futuro. Parecía lógico que debía permanecer aislada durante ese período al tener que afrontar por sí misma sus circunstancias actuales, las cuales no habían tenido cabida en ninguno de los planes de futuro que se trazara años atrás cuando trataba de despejar el terreno por el que pisaba buscando su meta en la vida.
Pero pronto llegaron a sustituirla dos emociones más fuertes: la ira y la rabia. La ira por no poder solucionar adecuadamente el problema que se le había presentado por mucho que lo analizara desde todas las perspectivas posibles; y la rabia, que llevó a convertirla en un ser huraño  que evitaba el contacto con los demás. Sabía que en semejante estado sus emociones se desbordarían en cualquier momento y podrían hacer recaer su cólera sobre cualquiera que tuviera el dudoso honor de hallarse a su lado en ese preciso momento.

   Paulatinamente fue notando cómo su ira interior remitía produciéndole ciertos momentos de paz pasajera, lo cual se agradecía con buenas dosis de compañía. Sus amistades encontraban estos momentos de distensión poco estables pero no se atrevían a confesarlo por si estropeaban el delicado equilibrio que parecía reinar en el ánimo de su amiga, quien no paraba de especular sobre las teorías de varios pseudoprofesionales que había encontrado a través de una página de Internet y cuyos resultados parecían ser espectaculares. Cada vez que se hacía mención a uno de estos “especialistas” la confusión en sus interlocutores se hacía evidente al no saber cómo abrirle los ojos ante semejantes farsantes, a quienes tenía en muy alta consideración elogiando sus falaces peroratas escritas en páginas donde aparecían diversas imágenes y testimonios de supuestos enfermos recuperados de sus dolencias.
Nadie que la conociera bien entendía que pudiera dar crédito a semejantes charlatanes porque no sabían que estaba pasando por la tercera etapa de aceptación de su enfermedad: la negociación. Lo que más deseaba, ahora que ya había aceptado que su porvenir sería  el confinamiento  y la absoluta dependencia, era alargar al máximo posible su vida  sana para poner en orden tantas cosas como  pudiera antes de llegado el desafortunado momento. Y si para conseguirlo debía engañarse a si misma y mirar hacia otro lado cuando dudaba de todas aquellas personas que le ofrecían la panacea, pues fuera. De perdidos al río.

   Pero lo peor de todo fue la depresión a la que tuvo que hacer frente cuando no pudo mantener por más tiempo aquel engañoso universo. Una mañana, mientras contemplaba su reflejo en el espejo, descubrió en aquella imagen una mirada entristecida que le reprochaba mantuviera una actitud tan pueril y que en nada ayudaba a solucionar su problema. No lo pudo soportar más y lloró. Lloró desconsoladamente y por mucho tiempo. Comprendía lo que perdería por el camino en cuanto tuviera que hacer frente a la enfermedad y le entró el pánico.
Se dio de baja en el trabajo y permaneció durante unas semanas enclaustrada en su casa, sin salir para nada ni comunicarse con nadie. Sus amigas le llamaban constantemente al móvil, preocupadas por el cambio tan radical de actitud, pero no contestaba; o cuando lo hacía era tal su estado de negatividad que la conversación ya nacía muerta antes de comenzar. Le mandaban mensajes que no tenía ganas de contestar o a los que no tenía la fuerza de voluntad suficiente para hacer frente.

   A la tercera semana tuvo que salir de su recogimiento, no sin pesar y después de habérselo pensado mucho tiempo, para asistir a una revisión rutinaria con su médico. Su estado era tal que al verla comprendió que ya se había instalado en la siguiente etapa. Tal y como aconsejaban en estos casos, no reforzó la visión simplista de la necesidad de ver el lado alegre y positivo de la vida sino que la animó a llorar si ese era su deseo y le hizo comprender que aquella forma de reaccionar era normal en determinadas enfermedades, como era su caso. Recorrió con ella los diferentes estadios que se encontraban claramente delimitados describiendo a la perfección los distintos estados de ánimo en los que ella misma se vio reflejada y supo reconocer sin dificultad.
Esto le produjo sentimientos enfrentados; se sentía aliviada al reconocerse como una persona normal  y a la vez se sentía decepcionada por lo vulnerable que era. Y entonces, lloró de nuevo; aunque no por mucho tiempo. Sólo lo justo para aceptar lo que le quedaba por delante. Ya estaba preparada.

Salió de la consulta con paso lento y se dirigió andando calle abajo experimentando una nueva sensación  que no sabía cómo calificar. Era una mezcla de aceptación y espera calmada. Se sentía mejor. Agotada pero tranquila, por fin.
Siguió paseando compasadamente, reparando en pequeños detalles que despertaban su curiosidad como algún sonido inesperado proveniente de cualquier esquina; el aroma de flores que no podía ver; juegos de luces y sombras en la acera junto al parque…. Se sentía bien de nuevo.

Y esa sensación de bienestar fue el desencadenante de lo que sucedió a continuación impidiendola escuchar el sonoro pitido inicial - que posteriormente se convertiría en estridente frenazo - de un coche cuyo conductor, en un intento desesperado  por no atropellar a la persona que deambulaba despistada (y casi se podría decir desorientada) por en medio de la calle, había hecho girar con un brusco volantazo sin lograr evitar el impacto. Nada se pudo hacer.
Lo más comentado por todos los sanitarios que acudieron al lugar del accidente fue la extraña sonrisa que asomaba en aquella cara ensangrentada, como si de la Mona Lisa se tratara.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 27 Diciembre, 2015, 17:45:45 pm
                                                  LA NOTA DISCORDANTE

   Jorge miraba con desesperación aquel teclado que parecía se riera de él, sin piedad, desafiándolo una y otra vez a proseguir una lucha desigual en la que siempre salía perdiendo. Llevaba varias semanas tratando de dar forma a la melodía que tenía en su cabeza pero estaba tan confusa que no salía en el orden adecuado destrozando todo intento de coherencia armónica y dando al conjunto un sonido tan estridente que provocaba en él un rechazo visceral.
Agotado ya, cerró la tapa del teclado de su piano con la fuerza que solo la rabia contenida y la impotencia puede aportar, haciendo retumbar los cristales de la ventana de la habitación en la que se encontraba (los cuales, por su parte, ya estaban acostumbrados a semejantes fluctuaciones en el ánimo del dueño de la casa sufriendo estos pequeños sobresaltos como mejor podían).

   Lleno de ira y sin saber cómo expulsarla fuera de sí vagaba de habitación en habitación en busca de alguna actividad que apaciguara su creciente animadversión sin encontrar nada que utilizar como blanco para descargar la tormenta que en esos momentos empezaba a tomar forma en su interior. Se concentró en la música y buscó afanosamente entre todos sus discos, casi de forma compulsiva, algún ritmo que sirviera para arrancar de sí mismo tanta fuerza descontrolada; pero no supo con qué opción quedarse lo que no hizo mas que acrecentar su confusión. La tormenta amenazaba con convertirse en ciclogénesis explosiva.
Cuando esto sucedía lo mejor era salir a la calle para cansar el cuerpo y agotarlo de tal forma que fuera desgastando todo vestigio de temporal, ciclón o tsunami emocional. Durante dos horas permaneció recorriendo las calles sin rumbo fijo, con el simple objetivo de convertir el vendaval en una suave brisa, no olvidándose de agradecer la soledad reinante en las calles pues no deseaba encontrarse con nadie, fuera este conocido o desconocido, en aquellos momentos.

   Cuando regresó, dos mensajes aguardaban pacientes en su contestador. Su madre y un número excesivamente largo,  que supuso sería del hospital informándole del cambio de fecha de la cita médica. Más tarde lo escucharía. Y su madre, tendría que esperar. Su cabeza se encontraba centrada en la música que se negaba a fluir en el orden correcto urgiéndole a sentarse de nuevo ante el teclado y no levantarse de allí hasta no haber solucionado el caos armónico que actualmente parecía eclipsar todo avance.
Con mucho esfuerzo logró transportar su cuerpo hasta aquella banqueta que le esperaba ansiosa mirándolo con cierto desdén, o tal vez con recelo, por haberla abandonado sin acabar la tarea. Se sentó sin ganas; levantó la tapa; miró las teclas esperando obtener una respuesta impulsiva que le llevará a sentirse mejor y posó sus dedos al azar recorriendo la superficie del teclado, como calibrando su grado de docilidad. Tenía la sensación de tener bajo sus dedos un animal salvaje que necesitaba ser domado. Sólo así lograría extraer de él la melodía que necesitaba.

   Aquella noche no se produjeron avances importantes aunque tampoco fueron del todo inútiles. La melodía fluía en otro sentido mezclándose con la ya existente y otorgando una nueva perspectiva que no quería dejar de explorar por si fuera la que buscaba desde hacía largo tiempo por lo que prosiguió experimentando e introduciendo diferentes variaciones en las notas e improvisando con ritmos y acordes surgidos del momento.
Sólo fue consciente del tiempo pasado allí cuando hizo su aparición  la conocida distonía focal, recreando una melodía totalmente diferente a la pretendida y provocándole un dolor incómodo que deseaba hacer desaparecer intentando acortar la movilidad de sus dedos sustituyendo unas teclas por otras más cercanas.
Mejor dejarlo ya, parecían decir sus agotados músculos. Y si, parecía una buena idea. Parecía, si no fuera por un pequeño descubrimiento que había hecho de modo casi inconsciente. Trató de repetirlo pero no funcionó.

   Se fue a la cama sin llegar a conciliar el sueño con facilidad;  y cuando por fin lo hizo, se enredó en una pesadilla intranquila donde diferentes notas parecían cobrar vida y se ordenaban ante él de la forma que mejor les parecía no atendiendo a sus desesperados llamamientos al orden. Las teclas del piano se habían salido de su posición para acabar esparcidas por el suelo formando una fila que recordaba las largas hileras de orugas procesionarias, como las que surgían del pino plantado en el patio de su colegio, y que tanto le fascinaban de pequeño. Le gustaba jugar a desorientarlas y separarlas con un palo por el puro placer de provocar un pequeño caos en esa línea continua que no paraba de moverse.
De repente, con la lógica irracional que se asume tan fácilmente en un sueño, el escenario cambió y  apareció sentado a la mesa, con su madre, quien no paraba de echarle en cara la poca atención que le prestaba mientras le ofrecía todo tipo de platos para que los probara y diera su aprobación. Es verdad que aquello no tenía mucho sentido pero había que reconocer que la comida estaba exquisita. Disfrutaba de la variedad que se le ofrecía sin mostrar saciedad o inapetencia; tenía hambre y degustaba la comida reposadamente sin importunarle las exhortaciones que su madre no dejaba de proferir. Más bien sentía cierto cariño y agradecimiento por aquellas palabras que le fueron acunando hasta que entró en el profundo sueño del que despertó a la mañana siguiente a una hora tan poco usual que casi pensó que tendría adelantado el despertador.

   Con un café en la mano se dedicó a observar por la ventana de la cocina cómo el resto del mundo había seguido activo mientras él exploraba los oscuros caminos del reino de Morfeo. Se acercó al piano con cierto sentimiento de decepción al no poder proseguir la escritura de esa hoja que permanecía desde hacía semanas sobre la mesa esperando ser  completada. Recogió la partitura y trató de continuar de forma mecánica la lectura de aquella composición hasta llegar al temido momento en que quedaba suspendido de una nota que se negaba a ser enlazada con otras resistiéndose a cualquier intento de formar parte de un todo con sentido argumental.
Tal vez debiera olvidarse de ella para empezar una nueva; de nada servía empecinarse en obtener una melodía concreta cuando se podían armonizar muchas otras  siempre que no se obcecara en proseguir un camino determinado que podía ser el lastre que evitara su avance.

Recogió en su mano los tres papeles que abarcaban toda su labor de los últimos meses dándose una última oportunidad antes de tirarlo todo a la basura. Recorrió con la vista aquellas manchas negras que iban recreando sonidos en su mente y notó sorprendido la fluidez con que aparecían ante él los distintos compases, escalas y arpegios. Más sorprendente aún fue comprobar cómo en algún momento de la noche se había dedicado a completar el acorde que se le resistía dando pie al siguiente movimiento el cual empezó de inmediato. No paró hasta que bien entrada la madrugada puso punto final a su escritura. Esa noche se durmió inmediatamente.
La mañana amaneció oscura y con gotas de lluvia en el cristal. Su cabeza estaba embotada y apenas recordaba qué día era. No había sonado el despertador y se temió lo peor. Se levantó de un salto y fue corriendo a la cocina a ponerse un café mientras echaba un vistazo de reojo al reloj de la cocina para comprobar que no se había retardado tanto como esperaba. Una ducha rápida y la salida precipitada hacia el trabajo.

   Volvíó a su casa con la sensación de haber dejado alguna tarea pendiente pero sin poder especificar cual. Recordó la partitura que aguardaba en lo alto del piano esperando ser recogida y se dirigió allí para comprobar que efectivamente había logrado completarla. Se sintió feliz.
Acto seguido, colocó los papeles en el fregadero y los quemó. Para concluir, abrió la ventana y  esparció sus cenizas por encima de la ciudad mientras él observaba orgulloso cómo  el viento las llevaba lejos de allí haciéndolas desaparecer mezclándolas con aquel cielo gris de fondo.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 10 Febrero, 2016, 19:26:45 pm
                              TRAS EL CRISTAL

Suspirando tras el cristal de la ventana, la nariz pegada al frío vidrio - con la aparición del consiguiente cerco de vaho intermitente en cada respiración - pensaba en la posibilidad de salir de allí o permanecer encerrada durante otro día más. Las alternativas que se le ofrecían eran igualmente “tentadoras”.
Salir significaba actividad, movimiento, cambio de escenario. Pero frío, mucho frío, que su piel no deseaba. Permanecer encerrada significaba mantenerse en estado de hibernación, lo inmutable, la comodidad de lo rutinario. Pero su cuerpo deseaba liberar la energía que se le había acumulado durante el fin de semana.

   Y no se decidía. Esperaba que algo o alguien viniese  a cambiar el rumbo de su cotidianidad dejando al azar que decidiera por ella. Ya asumiría lo que tuviera que asumir. O no. Tal vez se lamentaría más tarde. Bueno, aquello ya se aclararía después. Lo importante era que necesitaba un primer impulso que la pusiera en movimiento; como en esos mecanismos en los que una vez se les aplicaba una fuerza inicial  se provocaba toda una cascada de actividad, cual péndulo de Newton. Pero necesitaba ese empuje inicial, esa energía que produjera una reacción en ella.
Por lo tanto, permanecía a la espera de algún suceso que inclinara la balanza hacia un lado u otro y le permitiera actuar sin necesidad de pensar.

   Pasaron los minutos y, puesto que nada ocurría, su cuerpo consideró llegado el momento de la revolución e independizándose de su perezosa dueña comenzó a girar en dirección al dormitorio. Sorprendida, se vio frente al armario considerando las opciones del vestuario: ¿Prefería la combinación del verde con el malva o serían más acordes la gama de los azules? Teniendo en cuenta que debería ponerse el impermeable rojo- puesto que el otro se le quedó en casa de sus padres en la última visita que les hizo - mejor el azul. Decidido. Serían los tonos azules los que marcarían su día en el exterior.
Una vez estuvo preparada y protegida contra las gélidas temperaturas que le acechaban tras la puerta, se quedó perpleja agarrada al pomo al considerar que aún no había decidido qué dirección tomar. Sus pies le dirigirían hacia algún lugar, no importaba el destino sino el camino recorrido. “Vaya, esto me suena…” Trató de recordar quién le había dicho algo parecido en uno de los días inmediatamente anteriores. Era alguien cercano pero no acababa de definir quién ni en qué situación se había producido semejante comentario.

   Con el pensamiento centrado en esta duda no se dio cuenta que, cual autómata, había cerrado la puerta de su casa, bajado las escaleras y salido del portal atravesando la calle, acto seguido, impulsada por el tráfico de peatones que  esperaban un tanto impaciente a que el semáforo cambiara de color.
Se dejó arrastrar por la marea humana hasta más allá de la parada del metro y después, como haciéndose consciente de su falta de determinación y como para demostrar que no era persona que se dejara arrastrar fácilmente por las masas, retrocedió varios metros para tomar la dirección opuesta.

   Seguía sin saber dónde encaminar sus pasos pero al menos seguiría los suyos, no los de otras personas.
Esta calle estaba bastante tranquila en comparación con la que acababa de abandonar (más bien por oposición que por gusto) por lo que pudo disfrutar de los pequeños detalles que se le mostraban posando su mirada en los diferentes escaparates de los comercios que ofrecían sus mercancías con gran despliegue de carteles donde se proclamaba con profusión de efectos visuales las más maravillosas ofertas del mercado. Oferta engañosa pues, a escasa distancia, uno se podía encontrar con la misma mercancía acompañada del mismo cartel anunciador del espectacular descuento que no debería desaprovechar quien por allí pasara.

   Esto le hizo pensar en la necesidad creada de comprar impulsivamente a la vista de cualquier objeto que se acompañara de un buen letrero en el que la palabra oferta o descuento estuviera bien grande, subrayado y/o especialmente destacado. Daba igual que fuera un trasto inútil que probablemente acabara en alguna esquina de la casa o incluso guardado en el más oscuro de los cajones; lo importante era poseerlo por el mero hecho de ser una ocasión de la que únicamente se podrían beneficiar selectos viandantes que hubieran tenido la suerte de pasar por allí antes que cualquier otro ser del planeta.

   En el siguiente escaparate observó, para deleite de sus sentidos, todo  un conjunto de dulces de lo más variado que tentaba a cualquiera a dejarse seducir por sus encantos, más que visibles. No pudo evitar caer en la tentación y entró con la intención de saciar su necesidad de azúcar, o esa era la justificación que se daba a sí misma para comer todo tipo de golosinas y dulces que se encontrara a su paso. Era persona de la opinión, razonaba para dar mayor peso a su planteamiento,  que el cuerpo era muy sabio y cuando éste requería subsanar alguna necesidad iniciaba una petición sin palabras a modo de acción que permitiera dar a entender a las claras cuál debía ser la forma de reparar semejante falta.
Su cuerpo realmente debía estar falto de azúcar porque siempre que se presentaba algún dulce a su vista el cuerpo reaccionaba comiéndoselo. Pero eso no significaba que  ella fuera golosa compulsiva, no. Era necesidad.

   Relamiéndose los labios y disfrutando así de los últimos restos que permanecían en ellos del cono de chocolate con nata que acababa de degustar, no se percató  de cómo una mano acababa de saludarla desde un coche que pasaba en dirección contraria a la suya. Si lo hubiera visto antes hubiera intentado esconderse en cualquier comercio cercano porque no le gustaba meterse en los problemas ajenos, pero… no quiso el destino que tuviera esa suerte sino más bien la contraria. De hecho, quien le había saludado encontró aparcamiento a escasos metros de donde ella se encontraba y no perdió la oportunidad que se le brindaba. La pilló por sorpresa.
Sin ella darse cuenta estaba siendo seguida de cerca, cada vez más cerca, por una persona con una apariencia bastante inquietante. Cualquiera que la viera se echaría instintivamente hacia un lado. Parecía salida de una película de gángster, de esas de novela negra. Ya casi la alcanzaba. Aproximaba la mano a su hombro para detenerla o llamar su atención. Pero tropezó con un saliente de la raíz de un árbol  y a punto estuvo de caer sobre ella. Todo quedó en un empujón que hizo desestabilizar a la mujer mientras giraba la cabeza a tiempo para ver cómo la persona que la perseguía hacía un amago de caída de lo más gracioso. Sin poder evitarlo, rió a carcajadas.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 10 Febrero, 2016, 19:28:09 pm
“¿Te parezco gracioso? Pues no creo que te lo parezca tanto cuando te diga lo que me sucede”. El hombre trataba de imponer seriedad a la situación pero era evidente que no lo conseguiría con esa medio sonrisa que apenas podía disimular. Se conocían demasiado bien como para engañarse uno a otro. Y por eso ella habría intentado escaparse de esa conversación de haberlo visto venir. De nuevo tendría que aplacar su angustia respecto a su hermana. No, no le pasaba nada. Estaba rara, si. Pero era normal después de tener al bebé. Por algo se llamaba depresión postparto. Paciencia. No quedaba otra. Ya volverían las hormonas a estabilizarse y ella volvería a estar como siempre.
El hombre la miraba poco convencido. Todo había cambiado demasiado desde que naciera el bebé y mostraba sus dudas. La miraba con esa cara de escéptico  que tanto le divertía. No podía evitar sentir cariño por ese personaje que ahora mismo se encontraba ante ella implorante y con esa pinta tan extraña. ¿De dónde saldría así vestido?

El hombre pareció adivinar la mirada que le lanzó y como excusándose le explicó que venía del teatro, donde estaban haciendo el ensayo general para el gran estreno de la obra que sería al día siguiente. La había visto en la acera y, sin pensarlo dos veces, había ido a su encuentro. Ahora miraba su atuendo y parecía un tanto confuso.
“Perdona, debo irme ya. Tu hermana me estará esperando”. Y lanzando un beso con la mano salió disparado hacia el coche mientras ella le seguía con la mirada pensando en lo mal informados que estábamos en general, las personas, sobre el tema ese de tener descendencia y los problemas que acarreaba. Y eso que aún era pequeño y manejable. La  cosa se ponía peor cuando crecían. Había casos tan extremos en los que los padres estaban dominados por sus propios hijos.

   Siguió los pensamientos derivados de la necesidad creada por la sociedad para tener hijos y las consecuencias que esto tenía en las personas.  Ella lo tenía claro. No quería ninguno. ¡Si no era capaz de cuidarse a si misma! ¿Cómo iba a cuidar de otro? No, la sociedad nos tima para que aceptemos el valor de la maternidad como algo deseable y necesario.
Aunque también ella estuvo a punto de… bueno, mejor dejarlo estar. Su ánimo cambió drásticamente con el recuerdo de lo que pudo haber sido. Aquel accidente y, después, la muerte prematura. De eso hacía ya varios años y no quería volver a pasar por ello. No, nada de niños.

   Ahora caminaba cabizbaja y despacio, mirando al suelo, tratando de sobrellevar aquel pesado recuerdo del pasado. Notó cómo su cuerpo temblaba pero no era de frío. Más bien sentía cierto calor.
Alguien pasó a su lado y le preguntó si se sentía bien. Parecía pálida y cansada. “No es nada, las náuseas del embarazo, ya sabe”, mintió. Lo cierto era que no se sentía bien. Decidió sentarse en alguna cafetería cercana a tomar algo por ver si así entonaba su cuerpo y quien sabe si su alma. 

   Con un café caliente humeando ante ella, decidió que no merecía la pena seguir fuera puesto que ya no estaba de humor para nada. Pero no quería encerrarse en si misma y retornar al mundo oscuro de los recuerdos. El pasado estaba bien donde estaba. Ahora estaba en el presente, nada de caer de nuevo. Tendría que esforzarse por mantenerse al margen y proseguir con la tarea que tenía pendiente. Concentrarse en el trabajo le parecía una buena opción para no dejarse arrastrar de nuevo al abismo.
Se calentó las manos con la taza de café mientras lo degustaba lentamente. No había prisa. El líquido caliente se abría paso por su garganta proporcionándole una agradable sensación conforme viajaba por su interior. Sentía cómo su cuerpo se iba relajando en cada sorbo y una vez terminado su café salió de allí con la suficiente determinación como para hacerse frente a si misma y a sus malditas dudas - que aparecían en el momento menos esperado - deseosas, como parecían, de hacerla sentirse débil y vulnerable cuando no era esa su disposición natural. Muchas veces se había mostrado fuerte ante las más variadas situaciones. Todos cuantos estaban a su alrededor  así se lo habían dicho. ¿Entonces, qué había sido de toda aquella fortaleza suya? ¿Dónde había ido a parar?

   De repente, un fuerte golpe le hizo salir de su ensimismamiento. Miró en derredor para ver qué había sucedido. Vio gente correr hacia ella sin comprender qué pasaba. Los coches se habían parado en la calle y alguien le preguntaba si se encontraba bien. Asintió sin entender mientras seguía la mirada de la gente que se encontraba frente a ella.
Al girarse descubrió con sorpresa lo que tanto revuelo causaba entre las personas que se arremolinaban a su alrededor. Una pesada plancha de metal desprendida de la azotea de uno de los bloques de pisos que adornaban aquella manzana y por la que acababa de pasar. A sus espaldas, tirada en el suelo, abollada y retorcida, se encontraba aquella chapa del cartel anunciador que casi le había aplastado apenas unos segundos antes. Parecía como si la suerte hubiera decidido en el último momento que esquivara su destino final. Un aviso, tal vez.

   Confusa y desconcertada, siguió su camino. Cuán frágil era la vida. No era la primera vez que se lo planteaba. Apenas un suspiro separaba un mundo de otro. Había tantas circunstancias en las que de pronto todo cambiaba y uno podía pasar de una dimensión a otra inesperadamente…. Ejemplos tenía muchos: Aquel loco que había pretendido entrar en su casa descolgándose por una cuerda porque se había dejado las llaves dentro; Aquel padre desesperado que había visto impotente cómo una ola se tragaba a su pequeña criatura sin poder hacer nada por rescatarlo; El joven que había muerto de salmonelosis en un día de carnaval; O cualquier peatón que era barrido de golpe de la acera por un coche más acelerado de la cuenta….. y tantos y tantos otros que  dejaban de ser, una mañana cualquiera de un día cualquiera.
A pesar de los pensamientos negativos que emanaba surgió en ella una fuerza de reacción ante la inconsistencia de lo mundano; un deseo de sobrevivir a esa debacle a cualquier precio; de vencerla y desafiarla.

   Llegó a su casa con tal energía que de inmediato se dedicó a realizar varias de las tareas que había ido dejado pendientes por falta de ánimo. Terminó tarde y cansada. Se duchó y se tumbó en el sofá a leer. No llegó a pasar una segunda página ni se enteró de cómo Victoria le contaba a  Sofía, con esa voz que tantas ganas de dormir le daba, sus días pasados en la casa del campo. Ni de cómo Gao se desesperaba por la prolongada ausencia de Victoria.
Morfeo la encontró con el libro caído en el suelo, la mano extendida hacia ese lado y medio cubierta con una manta. Dormía. Contempló su rostro apacible y pasó de largo  sin hacer ruido en busca de nuevas vidas a las que otorgar paz y descanso. Allí ya no había trabajo que hacer.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 22 Febrero, 2016, 07:05:30 am
En el horizonte, se intuye más que se percibe, algún tipo de movimiento. La silueta de una persona. Apenas se vislumbra desde tan lejos. Camina despacio perseguida por una sombra alargada que parece evitar el polvo del camino. Se detiene. Se gira y observa el camino recorrido mirando hacia allá a lo lejos tratando de  abarcar, a lo que parece, de un solo vistazo, tantos pasos cuantos ha realizado en su largo caminar. Suspira. Se gira de nuevo y observa el camino que le queda por recorrer.
Se siente cansada y se sienta en el suelo. Decide permanecer donde está. Se acabaron los caminos para ella. No más búsquedas.

No es sino un punto más en el horizonte. Mimetizada con su entorno, la silueta no será descubierta más que por ojos expertos o deseosos por conocer. Allí permanecerá hasta ser encontrada … tal vez.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 21 Marzo, 2016, 18:53:23 pm
                                                                                DE PAPEL

Al principio, no era más que un folio cualquiera de entre otros tantos de los que conformaban el paquete a medio gastar de “100 hojas Din A-4 80 grs/m Especial para fotocopiadora y Multicopista“(como se indicaba claramente en el frontal inferior derecho del mismo para aviso de quien fuera a utilizarlo). No destacaba por nada especial, simplemente era uno más; pero, a la vez, de alguna manera se sentía diferente. Las circunstancias así lo quisieron. Aquello lo comprendió cuando las excesivas prisas de quien lo portaba junto a una traicionera corriente de aire proveniente de la cocina que ascendió precipitada las escaleras para escaparse por la ventana de la segunda planta se conjuntaron para desbaratar su apacible existencia.
Fue entonces cuando comenzó su verdadera historia.

Siempre había pensado que acabaría como todos (engullido por la inmensidad de la  mediocridad) y que su existencia formaría parte del espectro de lo que se suele denominar “lo cotidiano”. Un simple trazo sobre su superficie con algún que otro tachón y acto seguido un final en el que todo él se vería envuelto sobre sí mismo y condenado a la papelera; y de allí a la basura o, en el mejor de los casos, al contenedor de reciclaje. No deseaba más que un instante de fugaz gloria para poder sentirse satisfecho. Así, al menos, durante unas milésimas de segundo el mundo le pertenecería a él cobrando el sentido que necesitaba.
Súbitamente se desprendió del abrazo de sus hermanos yendo a descansar sobre uno de los escalones de la escalera (el sexto, según se sube; o bien el noveno, si lo que se pretendía era bajar) que daba acceso a la planta superior de aquella casa habitada por una familia cualquiera. El hecho es que, desde allí, fue deslizándose lentamente por los peldaños hasta posarse en el suelo del salón donde se encontraba un niño aburrido que no paraba de mirar, sin ver, una pantalla que vomitaba imágenes de colores chillones y que no dejaba de atronar a quien se encontrara en un radio aproximado de unos diez metros.

   El chiquillo, al descubrir a su lado aquel papel lo recogió curioso mirando por ambas caras sin encontrar nada interesante en ellas, lo que le dio una idea: haría un dibujo. Lo  acomodó sobre la mesa y se marchó a la otra habitación en busca de sus colores. Cuando regresó, se sentó en la silla y empezó a dibujar: rojo para los árboles, verde para las nubes y amarillo para un largo camino que llevaba desde la puerta de una casa anaranjada hasta la esquina derecha.
Empezaba a dibujarse a sí mismo de un morado poco definido y más cercano al lila  cuando apareció por allí su madre con el teléfono en una mano mientras trataba de barrer la habitación con la mirada en busca de lo que parecía tanto necesitaba.

   Se acercó a la mesa, observó el dibujo y, con un gesto que pretendía demostrar a la vez su irremediable necesidad y la solicitud de indulgencia por lo que iba a hacer, escribió unos números en el  dorso del papel doblando una esquina con cuidado.  Aliviada por haber encontrado un espacio donde guardar su preciado tesoro, miró a su hijo simulando interés. Con cierto remordimiento, le quitó importancia al hecho de haber “profanado” de semejante manera su obra de arte.
En compensación, le prometió ayudarle con su dibujo y para satisfacción del pequeño los dos juntos se pusieron a decorar aquel paisaje infantil añadiendo nuevos  detalles como flores, hierba, algún pájaro volando… hasta completarlo al gusto del muchacho quien no acababa de ver fin a su obra.

   Una vez acabado el dibujo debían decidir dónde ubicar aquel cuadro, merecedor de un lugar predominante en el que destacara aquel fantástico paisaje. El niño pensó  que lo mejor era pegarlo en la puerta para que todo el que entrara o saliera observara su bonito colorido, por lo que allí quedó expuesto a la vista de todas las personas que por allí asomaban, no sin antes disminuir un tanto su tamaño ya que la madre había recortado hábilmente, sin que se notara, el número que ella misma había anotado en el reverso hacía varios minutos.
Así, todos acabaron contentos: el niño por disfrutar de su dibujo compartido; la madre porque ya tenía el número solicitado; y el papel porque iba a disfrutar de su momento mientras estuviera expuesto a los ojos de los demás. Había perdido una parte de sí mismo, si, pero en nada le importaba puesto que había sido útil para otros.

 Al cabo de una semana ya no era objeto de miradas curiosas ni levantaba las exclamaciones de los visitantes puesto que con el transcurrir de los días se había convertido en algo tan usual y cotidiano como el resto de dibujos que formaba parte de aquel micromundo. No era sino un integrante más de la pequeña galería de arte a la que se habían ido añadiendo nuevos dibujos de animales, escenas familiares y mundos fantásticos donde aparecían todo tipo de personajes extraños procedentes de una mente fecunda e imaginativa.
Pero llegó el día en que uno de esos seres (una mezcla de dinosaurio robot con dotes mágicas que despedía rayos láser por los ojos y fuego verde por la boca) eclipsó este paisaje quedando en segundo plano y asomando apenas una esquina de aquel sol lleno de rayos azules, siendo desplazado de su privilegiado lugar.

 Acabó en manos de su hermana, quien gustaba de romper papeles en pequeños trozos, bien con tijeras, bien rasgándolos hasta consumirlos en su totalidad.
Sin embargo, aquel día se dio una extraordinaria excepción porque como tenía a su prima con ella decidieron que sería buena idea transformarlo en algo con lo que poder pasar un buen rato convirtiéndose así en un barco de papel que posteriormente sería puesto a prueba en una alargada mesa sobre la que las dos chiquillas hicieron una carrera soplando con fuerza para lograr el avance de sus tropas hasta el final de la misma. Ganaría el primer  barco que acabara precipitándose por la gran cascada hacia el infinito (escenificando el fin del mundo, como se entendía en la antigüedad, según habían visto recientemente en unos dibujos).

   Fue tan grata la experiencia, que hasta por tres veces repitieron la contienda. Pero ya era demasiado soplar para las dos y, agotadas, se sentaron en el sofá con un  libro de imágenes donde permanecieron largo rato mientras los dos barcos, olvidados, quedaron en el suelo tal cual cayeron en la última carrera, siendo imposible no pisarlos cuando uno se acercaba a la mesa (lo cual sucedió en cuanto su hermano llegó corriendo de la calle para avisarlas del maravilloso descubrimiento que acababa de hacer).
Los tres salieron juntos a disfrutar del  nuevo nido que las golondrinas estaban haciendo  en la cornisa de la entrada de la casa dejando tras de sí los restos de su pasada actividad con  el siguiente balance: un libro abierto de forma descuidada sobre la mesa, un barquito de papel pisado  y otro perdido en la oscuridad que imperaba bajo el sofá - al haber sido desplazado desde su sitio por el correteo acelerado de la chiquillería.

   De nuevo olvidado, trató de familiarizarse con aquel  mundo desconocido  en el que había caído - donde reinaba la penumbra- y donde apenas había actividad más allá de algún pequeño pececillo de plata o lepisma (como aprendió que se llamaban) que solía recorrer aquel espacio en busca de alimento, como el papel.
Solían aparecer cuando la luz del día se iba apagando colándose por entre sus pliegues y haciendo desaparecer partes de su ser. Aquello no le preocupaba en absoluto sino que pensaba que no era una mala manera de acabar sus días ofreciendo alimento y satisfacción a otros por lo que en nada se sentía desgraciado por su destino sino más bien contento de darse a los demás y serles de provecho.

 Pero esta actividad tan apetecible les duró poco puesto que al cabo de varios días, con la limpieza general, fue de nuevo desplazado por fuerzas externas que le devolvieron al mundo de la luz. Apenas asomaba parte de él, pero fue suficiente como para ser descubierto y catalogado como elemento desechable - susceptible de acabar en la papelera - de no ser porque al ir a recogerlo del suelo quien lo tenía en sus manos descubrió unos trazos de colores y, curioso, quiso ver qué ocultaban.
Desplegó el maltrecho barco y observó con cierta ternura aquel paisaje infantil  decidiendo que no se merecía acabar en la basura sino que era preferible enviarlo al contenedor de reciclaje para que otras personas pudieran hacer uso de él y lo disfrutaran tanto como pudieran.

   De nuevo tuvo que familiarizarse con otro mundo en el que todos estaban en la misma situación que él. O tal vez no. Porque él, al menos, había ido dejando partes de sí mismo en todos aquellos mundos por los que había pasado y se sentía satisfecho de que así hubiera sido. Ahora podía descansar sabiendo que había sido útil de una u otra manera y aquello le proporcionaba cierto orgullo y regocijo.
Mientras estuvo depositado en aquel contenedor junto a los demás, a la espera de que vinieran a recogerlos para reutilizarlos, se preguntaba qué sería de él en su nuevo destino. ¿Volvería a ser una hoja en blanco sobre la que dar forma a distintas ideas? ¿Se convertiría esta vez en parte de un libro? ¿Serviría para realizar una lista de cosas que sería olvidada en algún cajón o se convertiría en una hoja de papel arrugado que cualquier escolar hiciera en una tarde aburrida para distraer su mente sobrecargada ya de actividades repetitivas y sin sentido?

   Al fin y al cabo, ¿Qué importancia tenía eso? Había muchos destinos posibles y todos ellos tendrían su lado agradable. Lo único que debía hacer era aprovechar los momentos que se le ofrecieran sin esperar mucho de lo que le depararía el futuro puesto que el presente estaba siempre ahí, a su lado, mientras que el “por-venir” acababa siendo un desconocido que ocultaba su rostro de tal forma que nunca se podía asegurar con certeza si  sería  favorable llegado el momento o todo lo contrario.
Así que optó por disfrutar de su viaje y no prestar oídos a las quejas de sus vecinos respecto al final al que se aproximaban dejándose transportar por el camión de reciclaje hacia su  destino final done reposaría junto a los demás hasta su total desintegración gracias a los componentes químicos que, mezclados con agua caliente, lo convertirían en un amasijo informe e indiferenciado donde todos formarían parte de una misma materia que volvería a resurgir limpia y renovada para comenzar una nueva vida llena de infinitas posibilidades.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 03 Abril, 2016, 14:11:17 pm
                                                        TODO FLUYE (e influye)


   Dedicó toda la mañana a estudiar diferentes estrategias útiles para resolver su problema o, al menos, minimizarlo. Primero debía delimitarlo y definirlo al detalle antes de intentar solucionarlo pues sólo una vez se hubieran detectado las necesidades y carencias se podría pasar al siguiente paso, no antes. Y eso hacía. Como un estratega militar trataba de concretar los puntos débiles sobre los que hacer presión y atacar al enemigo.
Pero no era una tarea fácil porque no supo identificar con claridad la fuente de sus inquietudes. En el plano general si sabía identificar el problema pero, entrando en detalle, se perdía por tan intrincados caminos sin poder deducir cuál era el origen real que lo causaba. Y es que, cuando se trata de cuestiones personales, todo tiene un enfoque diferente en función de la perspectiva desde la que se observe.

   Después de mucho pensar - con la penosa sensación de no haber avanzado nada o de haberlo hecho bien poco - trató de analizar la situación fríamente, pero se le escapaba la parcialidad y acababa en un callejón sin salida debiendo regresar una y otra vez a la casilla de partida para reiniciar el proceso. Al final, concluyó que lo mejor que podía hacer era - puesto que aquello debía desterrarlo de sí misma - exponerlo por escrito para releerlo cuantas veces fuera necesario hasta asimilar su contenido, analizándolo de la forma más aséptica posible.
 Con este razonamiento en mente, se aplicó bien durante varias horas en las que las palabras surgían con fluidez aunque confusas, necesitando ser cortadas de aquí para pegarlas allá, o eliminando aquellas que aparecían descontextualizadas para  ser reemplazadas por otras cuya acepción fuera más acorde a lo que deseaba expresar en cada caso.

En uno de los descansos que hacía para reorganizar sus planteamientos dejándolos reposar, y para su sorpresa, asomó una idea que había surgido por asociación con la noticia que escuchara el día anterior, por la tarde, sobre una botella con un mensaje que una escolar  había encontrado durante  un paseo por la costa cercana en una excursión realizada por el centro  para conocer el entorno. Sonaba absurdo, si, pero por qué andarse con miramientos cuando lo que contaba era el resultado. El fin justifica los medios, o eso decían, ¿no?  Y allí quedó la idea, en segundo plano, en suspenso y valoración, hasta que días más tarde - cuando acabó de volcar todas sus ansiedades en un escrito de varias páginas - reapareció ante ella como una invitación.

   ¿Estaba loca o simplemente era una idea absurda y pueril propia de una mente necesitada de sosiego? Era lo que se preguntaba cuando se encontró delante de  las olas espumosas de mar en aquella apartada zona entre rocas, con una botella en la mano, e indecisa. Se sintió tan fuera de lugar, allí plantada, que no sabía muy bien qué hacer. Al final su lado más rígido e impaciente hizo aparición  obligándole a actuar en un sentido u otro. ¿Acaso no había llegado hasta allí para tirar aquella maldita botella? “¡Se puede saber a qué esperas! Tírala ya de una vez y larguémonos de aquí antes de que nos caiga el diluvio y acabemos empapadas”. Y es que la tarde de otoño, con el cielo cubierto de gruesas nubes amenazantes y a punto de descargar sus grises panzas sobre ella, no acompañaba ni invitaba a la contemplación.
Lanzó la botella, poco convencida, viendo cómo era zarandeada y engullida por las olas, observando durante un tiempo su deriva. Suponía que acabaría estrellándose contra las rocas rompiéndose en pedazos y diluyendo en el agua el papel que contenía. Mejor así. Ahora que la había lanzado se arrepentía de lo hecho y no quería que nadie leyera sus inquietudes. Aunque, por otra parte - se tranquilizó - nunca se sabría de quién habían partido puesto que no lo había firmado ni tenía ninguna marca que indicara quién lo había escrito. Ni siquiera estaba manuscrita por lo que ninguna pista podría salir del contenido de aquel envase azulado que igual asomaba que desaparecía al son de la marea. Dio media vuelta y salió apresurada de allí ante la inminencia de la lluvia y la insistencia de su propia voz interior que la instaba a moverse con rapidez.

   Cuando llegó al coche, las primeras gotas de lluvia hicieron su aparición en el parabrisas, confirmando así las leyes de la gravedad conforme se estrellaban contra el cristal delantero, en lenta cadencia, con un débil y efímero “plic” que paulatinamente fue subiendo en intensidad hasta convertirse en un sonoro y furioso baile de gotas de  agua que parecía más bien una desbandada al estilo sálvese quien pueda más que una ordenada coreografía.
Durante el camino de vuelta a casa, la lluvia fue su compañera de viaje consiguiendo que su atención se centrara en la circulación,  olvidando por tanto  su anterior acto y todo cuanto con el texto tenía que ver. De hecho, una vez en casa, tanto la botella como su contenido se borró de su cabeza de forma casi permanente. Ya había cumplido su cometido - echar fuera de sí aquellos planteamientos que tanto la incomodaban - usándola  a modo  de memoria externa o USB en la que almacenarlos y exteriorizarlos dando posibilidad a ampliar espacio para que nuevos pensamientos e ideas que fueran surgiendo en el día a día tuvieran cabida en aquel desgastado ordenador en que se había  convertido su cerebro y cuya capacidad, si no toda gran parte de ella, estaba casi agotada o consumida.

   Durante los cuatro días siguientes, el impacto tanto de la noticia del descubrimiento de la botella como el hecho mismo de haber lanzado la suya propia quedaron relegados a un apartado rincón de su memoria convertido en un eslabón más  de una larga cadena que, junto a otras ideas surgidas en días anteriores, permanecían a la espera de ser completamente eliminadas.
O así debía haber sido de no ser por una pequeña nota que encontró en su buzón junto a varias cartas de recibos bancarios y varios anuncios publicitarios. La nota, escrita en ordenador, era breve, por lo que apenas con medio folio (rasgado a mano) había bastado para exponer  su explicación.

   La releyó varias veces antes de entender plenamente su significado. De su lectura se deducía que alguien durante un paseo cerca del mar había escuchado un ruido y observado cómo otra persona (a la que horas después supo poner nombre) había lanzado un objeto al agua. La curiosidad le pudo y se acercó a comprobar qué era ese objeto  recogiéndolo e inspeccionándolo encontrando lo que guardaba en su interior. Por eso le mandaba esa nota, con una dirección de correo, para que supiera que su mensaje había llegado a un destinatario o destinataria – que en la nota no se precisaba - por si quería mandar más mensajes pero esta vez en vez de encerrados dentro de una botella le daba la oportunidad de lanzarlos al mundo virtual.
La primera reacción fue de pánico, claro. Quién sería esa persona que conocía y que había leído sus pensamientos más íntimos sin darle permiso. Aunque, bien mirado, tenía tanto derecho como cualquier otra a leer aquel papel puesto que ella lo había abandonado a su suerte sin contemplaciones para ser encontrado por la primera persona que se topara con él. Ya no cabía quejarse ni lamentarse.

   Dos semanas luchó contra aquel mundo virtual tratando de obtener algún dato que le hiciera adivinar la persona que le había descubierto. Pero por mucho que tanteara o procurara convencer al ser que se encontraba al otro lado, no pudo adivinar de quién se trataba. Ni siquiera cuando hablaba con las personas con las que usualmente solía convivir y  a las que solía frecuentar pudo atisbar un mínimo de reconocimiento.
No, no sabía a quién se enfrentaba. Durante un mes siguió la correspondencia en estos términos sin conseguir ningún avance en sus pesquisas hasta que, definitivamente, desistió del intento centrándose en aprovechar lo que de bueno aportaba la oportunidad de conversar con alguien que conocía parte de sus secretos. Tal vez pudiera analizar con esa persona desconocida diversos planteamientos a los que se les diera otro enfoque, más frío y falto de subjetividad, diferente al que ella pudiera otorgarles.

   Conforme pasaban los meses y se sucedían los mensajes, su visión respecto a la persona que respondía comenzó a diluirse. Ya no la contemplaba como persona en si, más bien se había convertido en unas letras que aparecían en su correo y que le ayudaban a tomar mayor conciencia de sí misma. Daba igual quién fuera. Ya no le preocupaba ni pensaba en que fuera alguien conocido o incluso cercano. Ni siquiera sabía si estaba hablando a un hombre o si era una mujer o, incluso, si sería de una edad similar a la suya. Sólo  lo veía como una oportunidad de compartir y, eso, le hacía sentir bien.

Sin embargo, llegó el día en que los mensajes dejaron de aparecer. Nada hizo suponer que aquel desenlace fuera a suceder pero de la misma forma inesperada en que habían aparecido, en su momento, ahora desaparecían. Sin avisar. No hubo más intercambios ni ocasión para las despedidas. Simplemente acabó de forma tajante como una tijera corta una cinta separándola por siempre del canuto al que está arrollada.
Nunca supo quién fue aquella persona ni volvió a mantener conversaciones con ella. Y nunca se le ocurrió volver a su loca idea de lanzar mensajes en una botella puesto que ahora era consciente de las consecuencias que aquellos momentos de arrebato,  mezcla de ingenuidad y romanticismo barato, podían provocar. Pero siempre le quedó la tentación de volver a probar suerte con el extenso mundo virtual al que veía como un inmenso mundo por explorar  en el que podría zambullirse, esta vez  con salvavidas, por si acaso.
 
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 06 Mayo, 2016, 07:11:56 am

                                                                  TURBULENCIAS

“¿Buscabas algo?” Se oyó decir a sí misma. La pregunta le cogió de sorpresa. No esperaba a nadie a su alrededor y se sobresaltó con un movimiento involuntario que lo mismo podía ser de nervios que un escalofrío. Su cara se relajó cuando vio de quién provenía la voz. Por alguna razón, que no pudo entender en ese momento, parecía feliz de no verse frente a otra persona.
Le sonrió tímidamente y acabó girando su cuerpo y dirigiéndolo hacia donde ella se encontraba, cerca de la orilla. Conforme se acercaba, su mente caprichosa lo observaba mientras contemplaba con creciente desasosiego como se iba transformando en una figura sibilina y engañosa con apariencia ondulante, recordándole el acercamiento de una serpiente al acecho de su presa. Aquello le provocó malestar y parpadeó rápido  para despejar esa desagradable imagen de su cabeza tratando de ocultar sus pensamientos con el gesto de llevarse la mano a los ojos para protegerse de la luz solar que asomaba frente a ella. ¿Y qué era eso que tanto se empeñaba en esconder rápidamente en el interior de su bolsillo derecho? Algo pequeño que no pudo adivinar porque el puño se cerró inmediatamente  protegiéndolo de miradas curiosas. No debía ser cosa de gran interés pero, como había puesto tanto empeño en ocultarlo (o eso es lo que le había parecido a ella), le hizo desconfiar de inmediato - medida que se descubrió inútil al cabo de varios minutos cuando descuidadamente metió la mano en ese mismo bolsillo para tirar lo que allí estuviera guardado al interior de una papelera cercana.

   Habían caminado juntos durante una centena de metros hasta el borde mismo de la carretera, donde sus pasos se cruzaron dirigiéndose en direcciones opuestas, con cierta precipitación por parte de la mujer que no se sentía cómoda en compañía de aquel hombre quien desde el primer momento que lo conociera le había hecho recelar.
No entendía su reacción ante aquella persona que nunca le había mostrado otra cosa que no fuera una correcta compostura y quien la trataba con cordialidad acompañada de cierta timidez que a ella siempre le había parecido estudiada. Todo en él le resultaba llamativo, no porque se hubiera dejado seducir o deslumbrar por su simulado brillo – como parecía les sucedía al resto de personas - sino por parecerle fuera de lugar. Decididamente, pensó, no era una persona con la que se sintiera a gusto sino más bien le entraban ganas de salir corriendo y alejarse de ella. Era algo visceral. Sabía que no cabía explicación posible y no le agradaba darse cuenta de semejante razonamiento, pero no podía evitarlo, por lo que se sintió muy agradecida cuando comprobó que ambos llevaban direcciones opuestas.

   Camino de su casa pensaba sobre ello y en cuál sería el origen de semejante rechazo. ¿Habría tenido algo que ver el hecho de que le resultara familiar desde la primera vez que lo viera? Tal vez algo relacionado con cierto acontecimiento de su pasado pero que no recordara y que de alguna manera estauviera conectado con él o con su forma de actuar. Ciertamente, aquello no tenía sentido pero no dejaba de mostrarse irracionalmente a la defensiva cuando él se encontraba cerca.
Se dejó arrastrar por sus recuerdos y permaneció largo rato enfrascada en una peculiar pelea que presenció por descuido en una calle poco transitada de un pueblo al que su familia solía ir de veraneo cuando era pequeña. No sabía cómo encajaba aquella escena entre tantos buenos ratos pasados con sus amigos jugando en las calles ni entendía por qué precisamente aquellas palabras acudían a ella en esos momentos. Recordaba perfectamente lo que dijera aquel hombre en un tono tranquilo a su hijo pequeño quien lo miraba con estupor luchando por contener su ira y sus lágrimas. “Nunca olvides lo que te acabo de decir y no se lo digas a nadie. A nadie. Esto sólo debe quedar entre nosotros dos.”

   Los dos se giraron al verme cuando me acercaba a preguntar si podrían devolverme la pelota que se acababa de colar en su parcela. El gesto de ambos denotaba sorpresa y en seguida se apresuraron a entrar en la finca, traspasando la cancela, para ir a rebuscar entre la hierba lo que les pedía dejando tras de si un rastro de desconfianza y duda. ¿Cuánto tiempo llevaba yo allí? ¿Qué era lo que yo habría podido escuchar? El padre se metió en la casa sin mirarme mientras que el hijo, con  cierta torpeza, localizó la pelota y me la devolvió con indiferencia sin prestar mayor atención al gracias que le solté mientras salía de allí corriendo con la pelota en la mano antes de que pudiera decirme nada más.
Era frecuente que en nuestros juegos, alguna acabara traspasando el alto muro  yendo a esconderse en el jardín de aquella casa que se encontraba justo detrás del frontón de la plaza en la que solíamos corretear y jugar. Hacíamos turnos para ir a por ella ya que nadie se atrevía a recuperarlas porque no éramos bien recibidos, especialmente por la madre, quien temía constantemente que una de esas pelotas descontroladas estropeara sus rosales y el resto de  flores que con tanto mimo cuidaba en esmerados arriates  a los que dedicaba gran parte de su tiempo.

   Siguió buceando en aquellos recuerdos de verano de la infancia tratando de extraer de su memoria el nombre de sus compañeros de juegos y especialmente el de aquel perro que tanto miedo le daba y cuyo dueño era uno de los miembros del grupo que solía frecuentar- por lo que no era raro que se acercara a ellos cuando menos lo esperaba - lo que inevitablemente llevaba a un mismo desenlace donde acaba colocándose detrás de aquel chiquillo, gritando como loca y suplicando que aquel bicho no se le acercara provocando inevitablemente las risas de los demás.
Saltando de unas situaciones a otras se olvidó del camino que tomara inicialmente y acabó delante de la entrada de un parque en el que se intuía el frescor procedente de la abundante vegetación que acogía. Se adentró en él en busca de un lugar donde sentarse a ordenar tanto recuerdo en el que se mezclaban los años y las ubicaciones. Allí permaneció, sin conciencia del tiempo pasado, disfrutando de aquellos años que no se repetirían pero que seguían intactos  en su mente.

   Se incorporó despacio con una grata sensación, como paladeando las imágenes que acababa de recordar y guardándolas de nuevo con cuidado hasta la próxima visualización. Caminó lentamente hasta llegar a una de las salidas traseras que conducían a una calle bulliciosa donde se topó de frente con la realidad que la esperaba con la misma aceleración de todos los días como obligándola a desembarazarse de sus sueños infantiles para recordarla que el presente no tenía tiempo que perder.
Con un suspiro de confirmación se dejó engullir por la marea humana que se desplazaba de aquí para allá sin decidirse por ninguna dirección en concreto. Tendría que usar el autobús para volver a su casa puesto que aquel día el coche permanecía en el taller después de haberse negado a arrancar aquella mañana. No había prisa por llegar a una hora ni a ningún sitio en especial pero deseaba volver a su casa para completar la tarea que le encomendaron en la biblioteca aquella semana. Estaba de vacaciones, si, pero siempre le dedicaba parte de su tiempo a la biblioteca local desde que su amiga se convirtiera en la directora y, a cambio, obtenía el permiso necesario para curiosear por todas partes sin que nadie le importunase.

   Ya en la parada pudo observar las personas sentadas en la terraza del bar de enfrente decidiendo que, puesto que el autobús aún tardaría unos buenos minutos en aparecer, analizaría sus poses y actitudes tratando de imaginar sus posibles conversaciones como medio de pasar el tiempo.
Había una pareja de chicas jóvenes que no paraban de fumar y hacerse fotos con el móvil mientras reían y enviaban mensajes. No había bebidas a la vista por lo que pensaba que estarían esperando a alguien o esperando que las sirvieran, como así sucedió al poco rato cuando una camarera se acercó a ellas dejando sobre la mesa sendas cervezas y una bolsa de patatas. En la mesa de al lado había otra pareja pero esta vez las edades diferenciadas le hicieron suponer que serían padre e hija, tal vez por la pose protectora de ella hacia él quien trataba, sin conseguirlo, de apoderarse de una de las aceitunas que desbordaban el plato puesto frente a ellos. La siguiente mesa inmediatamente a su espalda estaba vacía pero la que se encontraba un poco más atrás estaba ocupada por un hombre solitario cuya pose denotaba claramente su desánimo.

   El autobús llegó justo en ese momento, sin que diera tiempo a imaginar en qué situación se hallaría aquella persona, quedando en suspenso en su cabeza mientras pagaba el billete y se acomodaba en uno de los asientos cuyo ventanal dejaba ver la terracita. Aquella figura le resultaba vagamente familiar pero no supo concretar mucho más hasta que pasadas dos paradas cayó en la cuenta de quién era. ¿Qué estaría haciendo allí? ¿No le había dejado apenas un par de horas atrás tomando la dirección contraria a la suya? ¿Y qué sería lo que le pasaba?
Siguió durante el resto de trayecto dando vueltas y más vueltas a diferentes alternativas que acudían sin cesar a su mente clasificándolas de aptas o adecuadas – por lo cual acababan en un aparte de su memoria para su posterior análisis - mientras descartaba otras por excesivamente irreales o carentes de lógica.

   Tres días más tarde se volvió a tropezar con él en la biblioteca, a la que había ido en busca de información sobre un libro. Su amiga le suplicó que le ayudara en todo cuanto pudiera puesto que ella estaba ocupada con varias gestiones y deseaba ofrecerle tanta información como le fuera necesaria ya que tenía muy buenas relaciones con  su familia. Accedió con escaso entusiasmo pero dispuesta a colaborar y rendir al máximo posible. Así fue como se enteró que su padre acababa de fallecer.
El hombre le explicó cómo al poner en orden varios de sus documentos había encontrado un manuscrito antiguo que sabía  no  pertenecía a su padre y le gustaría devolvérselo a su legítimo dueño, o dueña.

   Aquello le pareció extraño pero no le dio mayor importancia. Se dedicó a investigar en el ordenador sobre el origen del mismo metiéndose en varias páginas de libros especializados sin obtener el resultado esperado. Después de muchas páginas visitadas y muchos minutos ante la pantalla, decidió intentarlo mediante imágenes. Aquel libro tenía abundantes ilustraciones por lo que probó suerte. Esta vez se topó con múltiples fotografías que si bien en un principio le parecieron similares a los dibujos que acompañaban al texto, no acabaron de hallar en el documento.
Pero lo que más le intrigaba era el lenguaje en el que estaba escrito. No entendía nada de lo que allí aparecía así que de nuevo se aventuró con imágenes de lenguajes antiguos. Y esta vez acertó de pleno. Una  de las primeras imágenes le llevaba hasta una página en la que figuraba el “Top 10 de los idiomas olvidados en el tiempo”. Así fue como descubrieron, asombrados, que era un texto muy codiciado porque estaba escrito en un idioma desconocido que sólo se había encontrado en ese libro y por ello se le suponía lleno de secretos que nadie había logrado desentrañar aún.

Miró perpleja al hombre sentado a su lado para comprobar que estaba leyendo lo mismo que ella y que había entendido las implicaciones que aquello suponía. Pero se extrañó aún más de la reacción que tuvo al escucharle murmurar que siempre había temido que aquello fuera cierto. No entendía a qué se refería pero la desilusión y la amargura expresada en aquella cara le inducía a pensar que era un pesado secreto familiar con el que había estado cargando durante años luchando contra su propia convicción de que aquello fuera real. No en vano se trataba de su padre.
De repente aquel hombre se volvió hacia la mujer hablándole con cierto deje de desilusión en su voz, como si la conociera de algo más que de aquellos días pasados en el pueblo. “¿No me recuerdas aún? Yo nunca te olvidé”.

   La mujer parpadeó sorprendida y aturdida. No entendía cómo podía ser que la situación se hubiera tornado tan cambiante. Hasta el momento, ella consideraba a aquel hombre como uno más de los muchos conocidos que uno realizaba a través de las interacciones cotidianas con los demás. Pero allí estaba ella,  frente a una persona que la miraba incrédula preguntándose cómo era posible que la hubiera olvidado. ¿Olvidar, qué?
Con gesto resignado el hombre seguía hablando ante el silencio de la mujer. “Aquella mañana, en el jardín de mi casa, cuando viniste a buscar la pelota. Siempre tuve la duda de saber si habías escuchado más de lo necesario o si, como parecía, no llegaste a entender las palabras de mi padre.”

   Reaccionó respondiendo en voz baja, los ojos fijos en la pantalla, como quien se habla a sí misma. “Escuché lo que te dijo, si, pero no supe interpretar sus palabras y mi vida siguió su curso olvidando por completo lo que oí sin prestar atención a lo que pudiera significar. No era más que una niña y aquello no tenía sentido para mí más allá de una regañina de padre en la que no debía inmiscuirme.”
“Aquel día – continuó el hombre – acabábamos de dar un paseo por el sendero que llevaba a la fuente de piedra cuando nos encontramos con un hombre desconocido que le preguntó a mi padre la dirección del molino. No entendí por qué mi padre se sentía turbado ante semejante e inocente pregunta pero lo cierto es que trató de alejarme de allí insistiendo en que debía coger unas cuantas flores para mi madre antes de llegar a casa.
Cuando me alejé lo suficiente de ellos, vi cómo aquel hombre le daba un paquete  a mi padre y éste lo escondía rápidamente bajo su chaqueta mirando antes a ambos lados, esperando no ser visto por nadie. Esta actitud me resultó extraña y se lo hice ver cuando volvíamos a casa. Fue en medio de esa conversación cuando nos encontraste en la entrada de mi casa. Nunca volví a hablar de eso con nadie pero siempre guardé  resentimiento hacia mi padre y desde entonces la relación entre ambos cambió de tal modo que acabó convirtiéndose en distante hasta desembocar en una incomunicación total.”

   Resignado al confirmar lo que ya sabía desde hacía tanto tiempo – que su padre no era sino un vulgar ladrón o algo peor - se dirigió con el libro hacia la salida dispuesto a  iniciar los trámites necesarios para devolver el libro a quien correspondiera. Suponía que el primer paso a seguir sería acercarse a la policía para documentar  y notificar las circunstancias en que dicho texto aparecía en su poder, o mejor dicho, en poder de su padre.
Una vez marchó de la biblioteca, la mujer permaneció sentada donde estaba pensando en todo aquello y decidió investigar por su cuenta la vida de aquel hombre cuyo hijo consideraba decepcionante. Trató en vano de conseguir cualquier información, por mínima que fuera pero, todas sus búsquedas acabaron en nada. No dedicó muchos esfuerzos a eso y tras varios intentos infructuosos salió de allí con su mente puesta en otro asunto.

   Transcurridos los meses de verano y de vuelta en su casa habitual, una mañana, al ojear ociosa una de las páginas de la prensa que ofrecía a su clientela el bar de su barrio descubrió con sorpresa una noticia escueta pero que enseguida captó su atención, por la imagen que aparecía en ella.  La fotografía no tenía nada de especial: mostraba una persona sonriendo a la cámara con un libro en la mano acompañada de otra persona no tan sonriente pero igualmente satisfecha, a la que  reconoció al instante. Se alegró por él.
Las breves frases que acompañaban  la imagen aclaraban que al fin volvía a manos de su verdadero dueño un preciado texto muy antiguo y de un valor incalculable tras varias décadas desaparecido. Nada se decía sobre el hecho de haber sido robado sino todo lo contrario: el propietario se mostraba francamente agradecido a la persona que estaba a su lado (en quien reconoció al hombre que estuvo junto a ella en la biblioteca), y en especial a su padre, por haberlo mantenido oculto de posibles ladrones y falsificadores sedientos de engrosar sus finanzas a base de la ignorancia ajena.

Dejó el periódico pulcramente doblado sobre la mesa y se marchó de allí con la sensación de empezar bien el día.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 21 Mayo, 2016, 09:38:49 am
                                                                                           EL RETO

   Las últimas palabras que le dirigiera en amistosos términos volvieron a su memoria al cabo de varios días, tras afanosas diligencias derivadas de preocupaciones domésticas con escasa repercusión en su vida pero que debía afrontar para despejar su cabeza de obligaciones adquiridas. Y esa tarde, sin más, sin venir a cuento, como para pillarla desprevenida y ver cómo reaccionaba, esas mismas palabras se hicieron un hueco entre sus pensamientos, a codazos,  junto con la necesidad de cambiar la bombilla del porche y la lista de la compra.
Pero pronto fueron barridas y desechadas por lo inapropiado de su aparición. “No estoy yo para retos ahora”, sentenció al instante, un tanto contrariada, girando su muñeca  derecha para comprobar la hora en el reloj a la vez que se reprendía por no haber recordado la reunión que tenía aquella tarde. Como siguiera así la cosa, iba a acabar con un libro de notas colgado al cuello en el que ir escribiendo todas las tareas pendientes que se le iban acumulando e irremediablemente  olvidaba.

   La reunión tuvo ocupada su mente toda la tarde aunque poca atención le había prestado siendo consciente de que en el fondo no dejaba de darle vueltas a aquella extraña proposición que se le hiciera  días atrás. “Tómatelo como un reto”, le había dicho antes de girarse hacia la salida y dejar aquella frase flotando en el aire a su alrededor.
Al principio, ni se percató del alcance que aquellas palabras habían tenido pero, conforme pasaron los días, fueron calando en ella como  gotas de agua  perforando una roca, hasta lograr traspasar sus rígidos esquemas y llegar al centro mismo de su ser. Un reto. Bien. ¿Y qué se supone que quería decir con eso?

Para afinar el significado del término, buscó su definición en el diccionario: "5. m. Objetivo o empeño difícil de llevar a cabo, y que constituye por ello un estímulo y un desafío para quien lo afronta."

   Quedó pensando sobre eso sin llegar a considerar que aquello fuera con ella puesto que no entendía que tuviera que demostrar nada a nadie, ni siquiera a sí misma, ni le parecía que debiera plantearse nada semejante. ¿Para qué ir por un objetivo difícil y perder sus energías en algo forzado?
Entendía la vida como una sucesión de alternativas ante las cuales elegir sopesando, previamente,  los pro y los contra más que como  una carrera de obstáculos en la que se necesita llegar al final para sentirse “realizado”. Los caminos no siempre había que recorrerlos en su totalidad ni había que llegar hasta una meta, pensaba, sino que muchas veces había atajos, carreteras secundarias o senderos inesperados que podían permanecer ocultos si no se estaba atento, perdiendo así las oportunidades que ofrecían (que también había que explorar por lo que de  novedoso podrían mostrar).
Para entonces ya había decidido que llamaría a quien le había brindado aquellas palabras para declinar su invitación.

Ciertamente, aquella no era su forma de actuar. No necesitaba estímulo alguno para satisfacer su propio ego ni para sentirse bien consigo misma. Pero la curiosidad… Ah!!... eso si que era un poderoso motor y estímulo para ella. Prefería actuar en función a un  “por qué”, una razón, motivo o explicación que la llevara hasta donde tuviera que llegar. Aunque, en más de una ocasión, tanta curiosidad se había visto contraproducente, pero…. Allí estaba, y no pensaba desembarazarse de sus efectos. Formaba parte inseparable de sí misma y desprenderse de ella  significaría renunciar a una de sus facetas. No, por mucho que le acarreara diferentes tipos de problemas no dejaba de reflejar su personalidad y su forma de afrontar el mundo en el que vivía.

   Salió de su casa en dirección al local donde quedara con su amiga Julia para comer tras varios meses sin tener noticias suyas. Julia se había ido a trabajar a otra ciudad - no tan alejada como para no poder verse de vez en cuando pero lo suficiente como para tener que mudarse - dejando así a Rosa sola en su piso, sin compañera.
No es que estuviera deseosa de encontrar nueva compañera de piso pero no estaría mal tener una agradable compañía con la que compartir gastos. Por eso no había tenido tiempo aún, ni ganas – todo sea dicho – de poner un anuncio en algún periódico o en algún lugar destinado a tal fin, y lo había ido postergando para mejor ocasión.

   El reencuentro fue muy agradable. Julia parecía feliz y se alegró por ella aunque notaba cierto descontento cuya causa no acertó a discernir hasta que tomadas un par de cervezas la conversación se desvió hacia terrenos más íntimos. Habían estado viviendo juntas durante varios años, desde que empezaran en la facultad, y habían hecho muy buena amistad. Se conocían bien y no se ocultaban sus sinsabores utilizándose  mutuamente de “sparring” sobre el que aplacar sus desasosiegos.
Rosa sabía que una vez Julia empezara su discurso lo mejor sería dejarla continuar sus propios pensamientos evitando entrar en disputa con sus planteamientos, no ofreciendo consejos sobre cómo debía actuar ni tratando de brindar ningún tipo de ayuda. Lo que en ese momento necesitaba era simplemente alguien que la escuchara y la dejara expresarse sin interrupciones; alguien que la dejara liberar su furia interior para poder calmarse sin que esto tuviera mayores consecuencias para nadie. Era una especie de explosión controlada que no implicaba efectos colaterales ni ocasionaba daños personales

   Una vez calló Julia,  dejó que acabara de fumarse el cigarro recién encendido y, entonces, le preguntó: “¿Ya te encuentras mejor?”. “Si”, le respondió con una sonrisa distendida en el rostro. “Gracias por escuchar. ¡Qué a gusto me he quedado!”. Se apoyó en el respaldo de su silla y suspiró aliviada. “Siempre supiste escuchar muy bien, Rosa. Lástima que ahora estemos separadas”.
La conversación empezó a relajarse y desviarse hacia aspectos derivados de los propios trabajos y sus relaciones con los diferentes compañeros, llegando a bromear sobre la posibilidad de que Julia le presentara a uno de ellos para ver qué tal les iba. “Te aseguro que os llevaríais genial. Y seguro que acabarás agradeciéndome que te lo haya presentado”, rió mientras le echaba una miraba conspiradora.

   “Ya conocía tu labor como Relaciones Públicas pero desconocía tu nueva faceta de Celestina”, bromeó Rosa.  Y siguieron ese juego durante unos minutos más hasta que volvieron de nuevo a las situaciones cotidianas y se centraron en cómo podían resolver las grandes cuestiones del mundo. Al despedirse, Julia deslizó en el bolso de Rosa una servilleta con el número de teléfono de su compañero, por si acaso.
No lo descubrió hasta pasados un par de días cuando estuvo rebuscando en su bolso tratando de encontrar algo donde escribir la matrícula de un coche que acababa de dejarle un bonito rayón en su lateral trasero cuando salía del aparcamiento y que ni siquiera se había dignado a parar y ver qué había pasado. Tal vez pensó que no había nadie en el coche y se fue sin más. Pero afortunadamente ella estaba dentro y había visto todo lo que pasaba; no dudó en escribir su número. Ya arreglarían cuentas. 

   Al llegar a casa trató de ponerse en contacto con la aseguradora para informarle del incidente por lo que sacó el papel, arrugado, que había metido precipitadamente y con enojo en el interior del bolso. Al mirar el número se dio cuenta que no se correspondía con una matrícula y se quedó un tanto confusa, al principio, al pensar que había perdido el papel. ¿Y qué era ese otro número que aparecía allí? Iba acompañado de un nombre cuyas letras le resultaron conocidas. “¡Esta Julia!, rió, no tiene remedio”.
Dio la vuelta al papel y descubrió, con alivio, los números que buscaba.


                                                                             ____________________________

   Durante varios días estuvo sopesando la posibilidad de llamar o no a ese teléfono sin llegar a ninguna conclusión por lo que al final siempre acababa descartando la idea por descabellada. Pero aquella tarde, por circunstancias que no alcanzaba a comprender (posiblemente la misma curiosidad que la impulsaba a hacer tantas otras locuras en su día a día) se convenció de que era un buen momento para averiguar qué pasaría.
Varias alternativas habían surgido ya en su mente y todas ellas estaban perfectamente alineadas desde la más probable a la más absurda e ilógica, pero no por ello igualmente posible. Tenía que comprobar cuál de todas ellas sería la ganadora y cuán de acertada o equivocada estaba en sus intuiciones iniciales.

Marcó y esperó. No tenía claro qué diría en caso de que le cogieran el teléfono pero eso no fue obstáculo para no llamar. Algo se le ocurriría. Mientras escuchaba el pitido de llamada trataba de organizar las ideas pero acabó sorprendida cuando quien le respondió al otro lado era la voz de una mujer.   “Vaya, creo que me he confundido de número. Quería llamar a Tomás”. La mujer le informó que no se había equivocado y que avisaría enseguida a Tomás para que se pusiera al teléfono. Aquello estaba fuera de sus alternativas pero aún así rehizo mentalmente su presentación ante una persona de la que no conocía nada más allá de su nombre y su número de teléfono.
Cuando escuchó hablar al otro lado  quién preguntaba por él, Rosa se presentó como amiga de una de sus compañeras, Julia. Con eso estaba todo aclarado. Tomás se rió al otro lado del teléfono cuando escuchó ese nombre y dijo algo sobre “esa lianta” con tono festivo.

   “Bien, Rosa, parece que tu amiga te tiene en muy buena estima y no para de hablarme de ti tratando de convencerme para que te llame. Hace unos días me dejó tu número escrito dentro de uno de  los bolsillos de mi cazadora pero no sé dónde lo he puesto, por eso no te he llamado. Pero que conste que, si no me hubieras llamado tú, te hubiera llamado yo nada más que por comprobar si era cierto todo cuanto me decía.”
Ambos rieron de las ocurrencias de Julia. Charlaron durante unos minutos y quedaron en hablar más tranquilamente otro día, ya que Tomás estaba ocupado en esos instantes. Se despidieron con un saludo formal quedando pendientes de otra llamada, que se produjo dos semanas después, y en la que ambos saciaron su curiosidad  siendo conscientes de que aquello no llevaría a nada.

Volvieron a quedar pendientes de una nueva comunicación, que ya no se produjo. Ninguno de los dos tuvo la motivación ni las ganas suficientes para iniciar un posible acercamiento: Rosa, porque le daba pereza complicarse la vida -con lo bien que se encontraba ella sola. Tomás, porque no tenía especial interés en conocerla y ella tampoco había mostrado una actitud demasiado interesada, o eso es lo que había sacado en claro de las pocas palabras que se habían intercambiado.
Las cosas pasan cuando tienen que pasar y, esta vez, parece ser que  pasaban …. de largo.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 11 Junio, 2016, 11:13:04 am
                                                        DE VUELTA


      Allí estaba de nuevo, frente a la entrada del edificio en el que pasó cuatro años de su vida entrando y saliendo con más o menos fortuna hasta que, decididamente, tuvo que dejarlo estar. Le habían despedido. Pero todo aquello pasó hacía tiempo y ahora su perspectiva había cambiado. Ya no era una novatilla que tratara de hacerse un hueco en ese mundo desconocido del marketing. Ahora ya llevaba recorridos varios caminos y sabía cuáles debía evitar y cuáles no. Había adquirido cierta experiencia y no se adentraba de cualquier manera a explorar diferentes alternativas comprobando en qué acababan sino que ahora tenía clara su postura y su forma de actuar.
No es que sus ideas al respecto hubieran cambiado, no. Más bien había madurado, después de haber vivido en sus propias carnes las consecuencias de sus actos descontrolados. Pero habían sido necesarios. Debía saber por dónde caminar y por dónde no. Hasta dónde llegar. Reconocer límites. Sólo así podría avanzar hacia el objetivo.

             Cuatro años recorriendo aquellos caminos le habían proporcionado la suficiente perspectiva para orientar sus pasos hacia lo que quería y constatar así  si realmente merecía la pena o no; evitar rodeos innecesarios; saltarse protocolos inútiles o decidir qué atajos tomar y cuáles no. ¿Había aprendido algo? Tal vez.
Necesitaba aquel trabajo y estaba decidida a recuperarlo. Había comprendido que era realmente lo que le gustaba. Tal vez no quisieran reincorporarla al equipo pero, eso ya no dependía de ella. Sus esfuerzos se concentraban en retomar el contacto con sus pasadas actividades, que tanto echaba de menos; lo que sucediera a continuación sólo el tiempo lo diría.

      Con este propósito se enfrentó a la primera persona que se puso en su camino cerrándole el paso. “Te despidieron; no insistas”. Le dolió escuchar aquellas palabras, que eran ciertas, y ante las que no cabía anteponer ninguna contraargumentación más allá de un esperanzador “Las circunstancias han cambiado, tal vez, y de ser así puede que decidan dejarme intentarlo de nuevo”. Echándose a un lado pasó de largo enfilando directa hacia la oficina donde se encontraba la que fuera su anterior jefa deseando que no estuviera reunida y tuviera algunos segundos para atenderla, aunque no fuera más que por la cortesía de haber estado trabajando para ella sin que tuviera queja alguna sobre su persona.
No fue ella quien decidiera echarla sino sus superiores, quienes no entendían de estrategias innovadoras o cualesquiera otra dinámica que no fuera lo que siempre les había dado buenos resultados. ¿Al fin y al cabo, quién era ella para ofrecerles aquellas nuevas alternativas que incluso a sí misma le resultaban un tanto arriesgadas?

      Tratando de ocultar lo nerviosa que estaba ante la expectativa de ser rechazada de nuevo, trató de imprimir a su gesto una seguridad que en absoluto sentía. Esquivó a la secretaria que permanecía enredada en el ordenador y colgada del teléfono dirigiéndose con decisión hacia la puerta que permanecía cerrada. Tocaba ya casi la manija - mientras la secretaría le echaba una mirada preocupada en un intento por frenar su determinación - cuando ante ella se presentó su antigua directora de campaña con varios papeles en la mano y urgencia en sus andares.
Casi chocaron de frente pero, rápida en reaccionar como aún la recordaba, pudo esquivarla a la vez que con un hábil gesto de su mano libre, a modo de advertencia, la retuvo a cierta distancia mientras daba órdenes a su secretaria del cambio de citas que debía incluir en su agenda.

      Giró en redondo y se quedó mirándola fijamente, sin mostrar recelo ni animadversión por su inesperada e intempestiva visita. Tras una breve pausa, en la que la recorrió con la mirada largo rato,  haciéndole un gesto con la mano le pidió que la siguiera al interior de su despacho.
Aquello no se lo esperaba pero no era cuestión de desaprovechar la oportunidad y la siguió mansamente sin pronunciar palabra. Una vez dentro le pidió que cerrara la puerta, cosa que hizo sin dudar esperando de un momento a otro que descargara sobre ella toda una serie de comentarios sobre lo inapropiado e inoportuno de su presencia en aquel edificio tras haber sido “desterrada” del equipo,  indicándole claramente la necesidad de salir de allí tal y como había entrado antes de que cualquier otra persona pudiera verla. Pero de nuevo, le sorprendió al ofrecerle asiento y mostrarse dispuesta a escuchar lo que quisiera decirle.

      Tratando de clarificar y reorganizar sus ideas ante la nueva situación que se le presentaba, no acertó a pronunciar palabra, más allá de un triste y evidente “Aquí estoy, de nuevo”. Tras esto, calló. Todos los discursos ensayados una y mil veces previniendo una actitud hostil por parte de la persona a quien trataba de convencer se le borraron de la memoria en el mismo momento en que estuvo frente a ella, comprendiendo que no era esa su intención. Más bien parecía agradecida de verla.
Confusa y desarmada se mantuvo a la espera, sin saber qué otra cosa hacer más que solicitar su reincorporación al equipo. “Me parece bien, puedes empezar ahora mismo”. Mientras pronunciaba estas palabras la miró de reojo con cierto aire burlón, divertida ante su desconcierto, y no supo si le hablaba en serio o si se estaba riendo de ella.

      “Venga, a qué esperas… ¿Acaso no venías a trabajar? Pues ya tienes trabajo. Ve y únete al equipo. Y avísales que os quiero a todos juntos y con las neuronas bien activas en cuarto de hora. Tenemos un cliente  importante al que ofrecer nuestros mejores servicios”.
Salió contenta y relajada dirigiéndose hacia las escaleras que le conducirían a la planta superior, en la que se encontraría con sus antiguos compañeros. ¿Cómo reaccionarían al verla? Fantaseaba con esta idea cuando se cruzó a un par de desconocidos en la escalera que apenas le prestaron atención, inmersos como estaban en su propia discusión sobre la validez o no de una idea que los mantenía ocupados y aislados en su propia realidad cuando, de pronto, sonó un timbre que no recordaba de su última vez en aquel edificio. No parecía que aquello alterara a estas dos personas, que seguían su acalorada discusión sin apenas responder a ese pitido tan estridente que se colaba por sus oídos obligándola a tapárselos en un gesto involuntario de dolor.

      Despertó sin saber a qué atenerse. Estaba tumbada en la cama, en una habitación en penumbra. Aturdida, no era consciente de la realidad que la envolvía.  De repente, comprendió. Entonces…. ¿Todo había sido un sueño? Claro. Eso explicaba la actitud tan comprensiva de su jefa y la inmediatez en ver su deseo hecho realidad. Decepcionada, se giró y deseó volver a dormir, no estaba de humor para despertarse aún.
De nuevo, aquel timbre zumbó en sus oídos. “¿Otra vez soñando? Venga ya…”

Pero el timbre no cesaba. Provenía de su mesilla de noche. Una luz parpadeante iluminaba intermitentemente un rincón de la habitación. Era su móvil. Había cambiado el tono y no recordaba su sonido. Pensó en tirarlo contra la pared pero se contuvo al pensar que de nada serviría mas que para hacerla salir en buscar de uno nuevo en cuanto comprobara que ése estaba fuera de combate.
No reconoció el número. Además, había dejado de sonar en cuanto lo tuvo en la mano. Mejor. Que la dejaran tranquila; su mañana empezaba mal y no era cosa de estropearla más.

      Volvió a sonar. Una. Dos veces. Tres. A la cuarta aceptó la llamada con pocas ganas y con voz enfadada preguntó quién llamaba, levantándose de un salto al escuchar al otro lado a su compañera que le advertía de una reunión que tenían en poco más de una hora y debían preparar. Ella  todavía no había aparecido por la oficina.
Aquello le dejó descolocada de nuevo. No entendía si estaba en un sueño; si estaba despierta; si era un sueño real o si era una realidad soñada….  Fuera lo que fuera no cabía dudar más y salió disparada a la ducha.  Cuando despertara ya vería qué hacer…. o entender.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 25 Julio, 2016, 13:25:27 pm
                                                             DUDA RAZONABLE

   No se sentía con fuerzas para continuar esperando una respuesta que no llegaba – y que, por lo que ella entendía, no se produciría. No quería volver a caer en la apatía y la dejadez hasta que ésta formara un manto cómodo que ocultara su indecisión y le permitiera aplazar el problema, que seguía sin resolver.
Avanzó por el pasillo pobremente iluminado, debido a la escasa luz que se colaba desde la planta superior a través de la escalera, pensando en la posibilidad de zanjar la cuestión de forma expeditiva. Dos pasos más allá, sus pensamientos, de nuevo, habían cambiado de rumbo como un barco de papel azuzado por los embates caprichosos de un niño juguetón.

   Tropezó con algo que apenas pudo distinguir (algún tipo de peluche o algún juguete de bebé) mientras sus manos tanteaban la pared en busca del interruptor. Cuanto más se alejaba de la escalera más oscuro se hacía el largo pasillo que daba acceso a la zona de aparcamiento donde se encontraba su coche.
Encontró un saliente de medidas y superficie reconocible y lo presionó  logrando que la oscuridad se disipara en cuestión de milésimas de segundo,  obligándola a escabullirse hacia las zonas  más recónditas  a la espera de que el temporizador diera por concluida la función.

   Alcanzaba ya la puerta de acceso al garaje cuando la oscuridad volvió a reinar en la planta sótano de la urbanización pero, esta vez, no hizo ademán de buscar o tantear  pues ya conocía el terreno que pisaba y no era necesaria ninguna pista que guiara sus pasos. Alargó el brazo, abrió la puerta y allí permaneció unos segundos, a la espera, sorprendida de no encontrar la claridad deseada.
Aún así, trató de convencerse de que aquello no era sino el habitual tránsito de la luz a la ausencia de ella por lo que en breve sus ojos se aclimatarían a la penumbra mientras que en un acto reflejo de libre asociación le vino a la memoria aquel libro de Saramago que había leído con interés - pero que acabó por no entender -  del que había esperado otro final más poético o metafísico. ¿También ella se habría quedado ciega temporalmente?

   Se rió de su propia ingenuidad. Eso no pasaba en la vida real pero su mente tendía a retraerla a su propio mundo interior, del que apenas salía para socializarse con las escasas personas que encontraba en su día a día, manteniéndola ocupada en cuestiones totalmente ajenas a lo que le rodeaba - lo cual la obligaba a reinterpretar constantemente la realidad. Eso le daba cierto aire de despreocupación absoluta por su entorno cercano que los demás solían interpretar como frialdad o simple estupidez.
En realidad, no le importaba lo que pensaran o dejaran de pensar los demás; o no mucho.

Seguía agarrada a la puerta - la claridad no parecía querer asomar - y empezó a inquietarse (no porque tuviera miedo a la oscuridad sino más bien por encontrarse ante una situación que no controlaba).  Oyó un ruido a su izquierda y su primera reacción fue girarse hacia el lugar del que había provenido el ruido por ver si alguien pudiera ayudarla a aclarar lo que pasaba pero, al poco, se paró a escuchar con más detenimiento pensando que tal vez no fuera una persona sino un animal.
Emitió un silbido de tanteo buscando obtener respuesta, así sabría si había una persona cerca. Pocos segundos después, escuchó lo que esperaba oír: “¿Alguien por ahí?”

   Volvió a silbar para localizar a la persona que hablaba, que le había sonado lejana, y de nuevo la misma pregunta quedó suspendida en el aire  lo que motivó  que se dirigiera hacia allá avanzando con los brazos extendidos y las manos moviéndose en todas direcciones en un intento de despejar su camino de posibles obstáculos.
“¿Qué ha pasado?” preguntó mientras avanzaba hacia aquella voz que en esos momentos expresaba  en alto la misma suposición que rondaba en su cabeza. “Un apagón repentino, posiblemente. En cualquier momento volveremos a la normalidad”.

   Las palabras sonaban amables y el timbre de su voz no denotaba el sexo de quien las pronunciaba. Podía ser un hombre o una mujer, posiblemente de alguna persona de las que vivían en la zona más alejada.
“Me ha pillado cuando bajaba al trastero y no me traigo linterna, ni móvil, ni nada. De no ser por eso podría alumbrar mi camino. Y como esto es nuevo para mi, aún no me oriento”. ¡Claro, qué tonta! no se le había ocurrido pensar en esa posibilidad: el móvil. Y automáticamente se llevó la mano al bolso buscando en su interior.
   
      Iba decidida a encontrarse con quien había pronunciado tales palabras cuando en su cabeza surgió la duda. ¿Por qué habría de ir al encuentro de una persona que no conocía y de la que no sabía nada? Más le valdría mostrar cierta prudencia. Quién sabe lo que se puede esperar de este mundo tan loco en el que lo mismo por estar en el lugar inadecuado en el momento equivocado se puede acabar en una situación de lo más desagradable (y si no que se lo pregunten a la peregrina estadounidense que se extravió y fue a preguntar donde no debía, a quien no debía). No, mejor prevenir.
De repente,  una especie de destello, como un fogonazo y, de nuevo, la oscuridad. Pero fue lo suficientemente intenso como para que pudiera advertir que no muy lejos de ella se encontraba una persona en medio del pasillo con lo que parecía ser algo alargado en la mano. Su reacción inmediata fue de precaución, ocultándose a su vista detrás del coche que tenía más cercano. Reacción inútil, por otra parte, puesto que la persona en cuestión estaba de espaldas a ella cuando esto pasó y no tuvo tiempo para verla.

   Se fue acercando lentamente, con cautela, evitando hacer ruido para que éste no la delatara, mientras consideraba lo absurdo de su conducta tanto por buscar compañía en momentos de cierto desconcierto como por mostrarse tan recelosa al encontrarla.
Mejor sería usar el móvil para buscar su coche, que no tenía claro dónde lo había aparcado. Una vez fuera de aquel espacio desconocido  se resolvería la situación.

   Decidió al fin alumbrarse para salir de aquella negrura que no la dejaba respirar a gusto dirigiéndose hacia la persona que acababa de tropezar con una columna, quien giró inmediatamente hacia ella con agradecimiento. “Voy a buscar el coche y con la luz de los faros podremos encontrar la salida. Venga conmigo, si quiere.” Y claro que quiso. La pobre mujer, que como pudo comprobar ya no tenía nada en las manos, la miraba con cara asustada y un tanto avergonzada de mostrarse tan timorata pero la oscuridad, tal como le estaba explicando de camino,  le provocaba ciertos problemas de ansiedad desde que era pequeña.
Estuvieron buscando por colores: el suyo supuso que seria fácilmente identificable al ser blanco y resaltar sobre los demás. No estaba muy lejos pero se había equivocado de dirección y tuvieron que desandar un buen trecho hasta llegar  a él.

   Se sentaron y respiraron con alivio al encender los faros y comprobar que seguían en el mundo real; arrancó y se acercaron a la puerta de salida. Introdujo la llave de apertura pero nada pasó. Contrariada, volvió a introducir la llave: el mecanismo siguió sin funcionar. Miró a su acompañante, sin entender, esperando de ella alguna respuesta. “Normal. El apagón también afecta a la puerta.”
Se quedaron allí sentadas sin llegar a considerar la posibilidad de que tendría que haber algún mecanismo manual de apertura: una pensando en dejar el coche y salir de aquella negra opresión a tomar el aire y la otra buscando una salida cercana o un aparcamiento libre donde dejar el coche hasta mejor oportunidad.
“Salgamos de aquí. Puedes aparcar ahí mismo”. Justo al lado había una puerta de salida a las viviendas y, sin necesidad de mediar palabra, ambas se dirigieron hacia allá encabezando la marcha quien portaba el móvil.

“Ven a casa. Te puedo ofrecer algo de beber mientras esperas”. Esta vez no dudó, y aceptó la invitación. Si tenía que esperar aunque fueran diez minutos más - sin tener muy claro por qué - prefería su compañía, una vez disipados sus temores iniciales,. Ahora le parecían absolutamente absurdos y casi se avergonzaba de ellos.
Salieron a la luz y aquello fue como el descubrimiento de un nuevo mundo. Después de tanta oscuridad el sol del medio día las cegó pero les resultó gratamente reconfortante sentir el calor de aquellos rayos de sol en su piel.

   Dejaron atrás varios bloques de pisos antes de enfilar hacia la entrada que les llevaría hasta la casa de su acompañante que, como bien había supuesto, estaba ubicada en el extremo opuesto a la vivienda de sus amigos. Era un apartamento sencillamente amueblado, de decoración casi minimalista,  y bien combinado con tonos pastel que contrastaba con el gran cuadro que presidía el salón - uno de esos cuadros abstractos y coloridos que bien podría haber salido de la mano de cualquier niño jugando con los  pinceles que le acababan de regalar. Recordaba haber hecho uno muy parecido ella misma en uno de esos días de inspiración creativa en la que le dio por experimentar con los colores, las líneas y el ordenador. Y no le había quedado mal del todo. De hecho, le había gustado el resultado pero no llegó a guardarlo ni a imprimirlo. Era una de esas cosas que se hacen sin pensar y a las que no se les da mayor importancia.
Se sentaron en un cómodo y amplio sofá color crema mientras charlaban animadamente de todo y nada. Era una conversación banal pero no del todo intrascendente. No se conocían lo suficiente como para andar contándose intimidades pero tampoco eran tan desconocidas como para no mantener un diálogo fluido salpicado de pequeñas anécdotas personales.

   Llevaban ya media hora de cháchara distendida cuando las luces hicieron por fin su aparición. Todo volvía a la normalidad y ya era buena hora de volver a casa. Se despidieron amablemente agradeciéndose mutuamente la compañía ofrecida y cada cual volvió a su rutina y a su vida cotidiana en la que por un espacio de tiempo se había colado una de esas situaciones inesperadas que en cierta medida alegran el día o le dan un aspecto más colorido.
Llegó a su casa sin más incidentes y se preparó una comida ligera que le permitiera ponerse en seguida a trabajar en el  documento que debía presentar ante la comunidad de vecinos. Un problema sin resolver respecto a quién debía pagar los desperfectos causados por unas humedades cuyo origen aún estaba sin identificar y del que se sospechaba era cosa de uno de los vecinos - quien ofrecía siempre una fuerte resistencia a que su casa fuera inspeccionada por los del seguro.  La reunión tendría lugar esa misma tarde y no debía dejar ningún dato al azar. Cuando hubo acabado, se echó un rato a descansar antes de verse inmersa en la inevitable refriega vecinal.

   Tal y como tenía previsto, llegó a casa con un terrible dolor de cabeza y  pocas esperanzas por alcanzar un acuerdo amistoso. Se tumbó  en el sofá y allí quedó unos minutos en silencio tratando de no pensar en nada hasta que reunió el ánimo suficiente –más bien el apetito - para prepararse la cena. Desde la cocina escuchaba las noticias sin prestar mucha atención, en ella era un mero acto reflejo.
Llevó en una bandeja un sándwich y una ensalada con algo de fruta. Hubiera preferido una pizza pero no tenía intención de esperar a que se la trajeran ni consideraba la posibilidad de salir ella misma a buscarla.

Se sentó en el sofá y empezó a comer con ansia mientras desfilaban por la televisión infinidad de imágenes en respuesta a su tendencia a cambiar de canal en canal hasta tropezar con imágenes interesantes. Nada le atraía esa noche ni nada le llamaba la atención lo suficiente como para permanecer más de dos minutos en un mismo canal. Hasta que se paró horrorizada. No podía creer lo que veía. ¡Imposible!.
Suponía que sería una simple coincidencia. Pero aún así no pudo evitar llamar.

   Cuando descolgaron el teléfono no dio tiempo a que hablaran sino que soltó a bocajarro  “¿Es cierto?” La respuesta que obtuvo fue un agrio “¿Quién es?”, al que no hizo caso, y repitió de nuevo “¿Es cierto? ¡No me lo puedo creer!”.  Tras una pausa, su amiga reaccionó cuando identificó su voz. Si, se lo podía confirmar. Esa misma tarde habían estado allí varios coches de la policía y se la habían llevado. Nadie se lo podía esperar de una zona tan tranquila como aquella en la que las familias vivían despreocupadamente.  Pero eso no significaba nada. Estas cosas pasaban hasta en las mejores familias, como suele decirse… pero era tan terriblemente real y cercano que le hizo estremecerse y temblar sin que pudiera evitarlo.
Había estado sentada en casa de una asesina sin saberlo (había matado a su hermano por una pelea doméstica que venía de lejos y se había ido a vivir a un nuevo barrio, donde no la conocieran, a empezar una nueva vida). Y parecía tan amable, tan poca cosa, tan normal, casi timorata… Aquello fue lo que más le aterrorizó porque no se podría  fiar ya de nada ni de nadie. ¿En qué mundo vivimos?, pensó con desesperación.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Agosto, 2016, 12:30:57 pm
                                                                          MUNDOS DE PAPEL

Nunca supo si el libro llegó a ella por casualidad o si fue ella la que llegó a él. Lo cierto es que aquel libro iba a iniciar una revolución. O, al menos, plantar una semilla que a buen seguro germinaría en el momento oportuno.
Aquel libro había caído en sus manos por una simple ley de probabilidades en la que el porcentaje de ser elegido antes que cualquier otro, en principio, era exactamente idéntico al de todos los del mismo estante. De hecho, previamente a toparse con él ya había tanteado y descartado un par de ellos que fueron debidamente devueltos a su lugar.

Habían abierto la biblioteca para ella, en exclusiva, no porque fuera alguien especial o por ser una ocasión que lo mereciera sino porque estaba ubicada en la plaza de un pequeño pueblo de veraneo en el que los trabajadores del ayuntamiento hacían varios encargos a la vez y el bibliotecario, como uno mas de los empleados que se encontraban en nómina, no siempre estaba disponible. Pero como ya la conocían de otros años, la atendieron en cuanto fue posible.
“Ven dentro de una hora - el tiempo necesario para dejar listo el papeleo - entonces, te acompañaré a la biblioteca y te abriré la puerta”, le había dicho el funcionario que actualmente se encontraba cubriendo el puesto de un compañero mientras aquel estaba de vacaciones. Y así se hizo. En cuanto la vio llegar, llamó a quien estaba detrás del muro que comunicaba las dos oficinas, y que ella no pudo ver,  avisándole que salía un momento.

Concluida su anterior novela,  puesto que disponía aún de unos cuantos días de  ocio y descanso por delante, pensó en acercarse a la biblioteca municipal a buscar un nuevo texto que la ayudara a pasar un buen rato. Por eso mismo no se paró en exceso a leer los títulos de los libros ni se interesó mucho por quién los escribía. Lo más importante en ese momento para ella era la temática, que pudiera o no engancharla, haciendo que un libro en particular le resultara atractivo.
Cogió un libro cualquiera; lo abrió para comprobar que su letra era lo suficientemente legible para ella; lo cerró; lo giró y trató de leer el texto en su contraportada buscando pistas sobre su  contenido: una recopilación de relatos cortos. No le sugirió nada al leerlo y a punto estuvo de acomodarlo de nuevo en la estantería (y ya era el tercero). Además, la etiqueta de la biblioteca, mal ubicada, tapaba parte de lo allí expuesto impidiendo su total comprensión. Volteó el libro y buscó el nombre de autores o escritoras conocidas: tampoco le dio ninguna pista. Pero sí se fijó en la editorial, que reconoció como una de sus preferidas y de la que le constaba contaba con grandes libros en su haber – o así se lo parecía a ella de las lecturas pasadas. Y como no le parecía bien hacer esperar por más tiempo a aquel amable empleado, se lo llevó sin pensar.

 “Gracias por abrirme, me había quedado ya sin lectura”. El hombre la miró con simpatía. “Para una persona que quiere leer… La puerta de la biblioteca estará siempre abierta para ti“. Tras esa esperanzadora despedida  cada cual tomó su camino: el funcionario volvió a su oficina y la mujer a la que temporalmente era su residencia.
Ya en casa, echó otro vistazo a aquel libro y frunció el ceño. No estaba muy convencida de que fuera a gustarle mucho pero tampoco perdía nada por probar. Lo resguardó en una funda para libros, que ya no recordaba quién le regaló, y lo  dejó sobre la mesa a la espera del momento adecuado.

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Recuerda perfectamente cómo sucedió todo. Dejó el libro sobre la mesa y se levantó impulsivamente. No había ninguna determinación en ese acto, de hecho, en el mismo instante de levantarse se le ocurrió  ir a beber un vaso de agua pero, en el escaso trayecto a recorrer desde donde estaba sentada hasta el grifo sus pensamientos desarrollaron toda una teoría que la llevó a tomar la precipitada decisión de sentarse a escribir.
Algo en aquel libro la estaba activando un secreto mecanismo interno del que nada sabía hasta ese momento. No acertaba a dar con la palabra adecuada que describiera aquella sensación. Era una especie de apertura mental, de claridad de ideas que se atisban pero que no se dejan cazar, siempre revoloteando cercanas pero sin posibilidad de atraparlas.

Cuando ya no sabe qué hacer, cuando no encuentra cómo seguir, se para de repente a contemplar el mundo a su alrededor con ojos inquisitivos como buscando en algún punto remoto algo que se le haya pasado por alto y que le dé la pista necesaria que le lleve de nuevo al sendero que tan bien aprendido tiene. En esos casos, todo permanece en su sitio, como si lo estuviera contemplando en una de esas imágenes retenidas en el espacio y el tiempo, mientras ella va dando vueltas alrededor de ese mundo cristalizado que se mantiene a la espera de retomar de nuevo su rumbo y en el que las leyes físicas han dejado de existir.
Lo observa desde distintas perspectivas por si la falta de visión le oculta la clave que busca para continuar. Nunca sabe dónde puede estar escondida. A veces, detrás de una risa traviesa; o en algún espejo oculto por un reflejo traicionero; incluso puede ser una persona inesperada, una frase dicha en el momento oportuno o una imagen distorsionada. Todo puede ser o no ser.
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   Despertó con la sensación de no haber descansado bien. Sentía la cabeza  embotada y  el cuerpo como si fuera de gelatina, al igual que un muñeco que no se mantiene en pie al no contar con su armazón de alambre. Le costaba mantener los ojos abiertos y fue tambaleándose hasta la cocina dispuesta a ponerse un café bien cargado que consiguiera espabilarla. Mientras lo preparaba reparó en el libro que reposaba sobre la encimera. No recordaba haberlo dejado allí, no era un lugar adecuado para un libro y menos para uno que no fuera suyo, a los que cuidaba con mayor esmero y atención si cabía que a los propios.
Lo recogió enseguida y lo apartó de allí antes de que pudiera sufrir cualquier accidente imprevisto que produjera un daño irreparable (Para el caso, pequeñas migajas, una simple mancha de café o una gota de agua, por insignificante que fuera, ya era considerado como tal).

   Al levantarlo, sujetándolo por el lomo, un pedazo de papel se deslizó del interior del libro asomando su cara blanca,  como por casualidad. No era habitual en ella usar trozos de papel para marcar las páginas; ni siquiera solía realizar anotaciones para una posterior búsqueda. Tampoco recordaba que durante la lectura o en algún momento en que estuviera cercana a ese libro hubiera tenido que echar mano de un papel cualquiera para garrapatear una precipitada anotación que no pudiera resistir el paso de más tiempo que el inmediato. Aquello llamó su atención.

En realidad,  ese se suponía que debía ser su cometido sólo que aún no lo entendía así - y puede que tampoco llegara a entenderlo ya que se trataba de una simple probabilidad de entre las miles de alternativas  que coexistían en aquellos mundos desconocidos.
Pero, volviendo al momento presente – o pasado según se observe – y centrándonos en el plano de la cocina, como si fuéramos una mera presencia observadora del desarrollo de ciertos acontecimientos,  habíamos dejado a esta persona sorprendida ante un pedazo de lo que parecía un folio normal,  rasgado precipitadamente. 

Lo siguiente que hizo fue sacar aquel trozo de papel y girarlo en busca de alguna prometedora pista pero, se sintió decepcionada – como cuando una promesa se torna fútil - al comprobar que no era más que un trozo de folio en blanco arrancado, tal vez, al azar. Y quedó allí parada, mirando sin ver aquel  despojo, mientras su vista se perdía a través del cristal de la ventana más allá del verdor de las hojas de la planta trepadora que ocupaba gran parte de la verja.
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   No siempre encuentra lo que necesita. A veces ha olvidado qué estaba buscando y ha vuelto a la realidad sin ser consciente de ello, como si todo hubiera sido un sueño pero con la conciencia intranquila y nerviosa avisándole de que algo falla; algo debe ser aclarado, encontrado o resuelto. “Qué será esta vez”, se pregunta.
En estos casos se siente como si fuera la protagonista secundaria de una película en la que no hace más que figurar porque alguien utilizó sus influencias para ponerla en aquel lugar al que no pertenece.  Por mucho que quiera interpretar decentemente su papel de segundota no da la talla. O no lo suficiente. Y entonces, cae al abismo.

   Cuando emerge de aquellas profundidades comienza de nuevo la construcción de una identidad lo suficientemente estable que le permita resistir el día a día sin resquebrajarse. Aunque nadie se da cuenta de esta metamorfosis, en realidad, puesto que todo sucede en zonas tan ocultas de su ser que incluso casi a ella misma se le pasan por alto.
Hoy despertó así. Sabía que algo había cambiado pero no lograba definirlo.
 
Se duchó y salió hacia el trabajo con la mente en blanco, sin pensar los actos que debía realizar en su tránsito hacia el mundo real. Se movía por puro instinto, era como una autómata bien entrenada ejecutando la tarea para la que estaba programada.
Chocó con alguien – o con algo, no sabría precisar, puesto que ni se dio por aludida ni quiso echar la vista atrás a contemplar el pequeño caos que acababa de organizar sin proponérselo en un hormiguero urbano que se encontraba en uno de los resquicios de la acera levantada cercana al parque. Alguien estaba protestando a su espalda e incluso le dedicó un comentario de lo más obsceno, pero ella ya no lo escuchaba atenta como estaba a cumplir la programación establecida: “Torcer a la izquierda y parar en el semáforo hasta que éste se ponga en verde para los peatones”. Escuchaba su propia voz siguiéndola como si fuera la llamada de un guía espiritual al que debía obedecer sin más, sin oponer resistencia.

   El trabajo le permitió mantenerse en estado semiautomático sin otra preocupación que ocuparse del teléfono,  mantener el correo al día y las facturas en orden así como el registro de las entradas y salidas de mercancía. Era un papeleo ingente pero su capacidad de organización le facilitaba la tarea planificando y colocando adecuadamente cada documento en su correspondiente ubicación. Todo era tan rutinario que apenas le restaba capacidad a su “ordenador principal” dejándole vía libre para ocupar su mente en otras cuestiones más estratégicas como las que actualmente planeaba en su interior.
Se había decidido ya pero sabía que aún no era el momento oportuno por lo que debía esperar a una nueva oportunidad o a dejarse vencer antes de llegar siquiera a presentarse como candidata. Preparaba una historia surgida a raíz de la lectura de su último libro. Había asomado en su cabeza un día cualquiera, dos meses atrás, y desde entonces no la dejaba tranquila. Tendría que dejarla salir. Su plan era sencillo: escribirla, presentarse a un concurso para aficionados y olvidarla en un cajón. Esa era la razón por la que dejó de leer: no quería más historias en su cabeza pidiendo salir. Ella no estaba preparada para esa tarea. Estaba convencida de que la historia se había extraviado en su camino hacia el mundo exterior y había elegido a la persona equivocada. Aún así, decidió que lo mejor para las dos sería que saliera ya de una vez y así fue cómo, entre datos administrativos rutinarios, empezó a recrear un mundo que asomaba a intervalos en su imaginación.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Agosto, 2016, 12:32:41 pm
Como todos los finales de mes, en los que se acumulaba el trabajo ocupándola más horas de las de obligada dedicación por contrato, salió a comer a un bar cercano con idea de volver al cabo de una hora para rematar el trabajo que quedaba pendiente. Nunca se sintió explotada por ello sino más bien era su forma de planificarse la tarea. Ella estaba conforme y sus jefes también. Por otra parte, tenía sus compensaciones: su horario no era necesariamente estricto y podía flexibilizarlo a conveniencia siempre que todo estuviera en orden y a punto.
De camino, se paró a mirar el escaparate de la librería, que siempre le atraía por su cuidada estética y su especial forma de configurar los espacios creando un clima atrayente hasta para aquellas personas que eran ajenas a los libros. Quien pasaba por su lado se paraba a mirar las distintas portadas que aparecían como una exposición de pequeños cuadros esmeradamente dispuesta para el disfrute de los viandantes.

   Aquel libro le llamó la atención desde el mismo instante en que posó en él sus ojos y decidió que uno de esos días entraría a comprarlo, a pesar de haberse prometido no volver a leer en una larga temporada. Sin embargo, no podía evitar la tentación que implicaba recaer en un viejo vicio que tanto echaba de menos. De hecho, a la salida, se acercó a la librería con la intención de comprarlo y empezar a leerlo esa misma noche. Sentía curiosidad. ¿Sucedería otra vez?


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Tarde o temprano tenía que suceder. Como en un dejà vu, las acciones y los acontecimientos se sucedían tal y como esperaba salvo que, en este caso, ella sabía que ciertamente ya había pasado y no era más que una repetición de algo que recordaba había sucedido en otro tiempo. Pero aquella tarea había quedado allí, sin concluir, y por eso mismo seguía dentro de aquella espiral de la que no podía escapar, entrando y saliendo de un extremo a otro sin posibilidad de huir.
Al principio, había formado parte del espectáculo asistiendo en calidad de espectadora pasiva, aunque necesaria. Era una sensación semejante a dejarse atrapar por una película de acción en la que se preveían los acontecimientos sin que se pudiera hacer nada por evitarlos.

Con el tiempo, aprendió a incluir pequeñas incongruencias en las “escenas”: una silla cambiada de sitio, una puerta mal cerrada, una ventana con un cristal resquebrajado o incluso roto …. Pequeñas incidencias, apenas perceptibles, que no modificaban la acción en su conjunto pero que le daban cierto aire diferente al entorno en que se desarrollaba. Cada vez que experimentaba con una de estas “anomalías” se esforzaba por descubrir  qué  efecto causaría en el proceso - aunque para eso debía esperar a que éste concluyera. Así, a través de la técnica del tanteo experimental de ensayo- error trataba de buscar una salida.
Los cambios no siempre llevaban a mejoras o a nuevos descubrimientos, simplemente estaban ahí y ella no sabía qué modificación podrían haber provocado en un contexto que quedaba más allá de su conocimiento. Lo único de lo que podía estar segura era que como resultado de sus “incongruencias” cada final era un poco diferente y, por lo tanto, demostraba que de alguna manera era susceptible de ser modificado. Y eso, era lo que le daba  sentido a su necesidad de seguir allí. Debía encontrar el final adecuado.

La próxima vez intentaría permanecer cerca de la ventana para atisbar más allá de aquellas cuatro paredes de las que nunca hasta ahora había sacado ninguna pista. Tal vez la respuesta estuviera fuera. Pero para eso, debía crear la posibilidad. Era un proceso muy lento, claro. No sabía si tendría el tiempo suficiente para remediar un final ya conocido que en nada le agradaba pero,  necesitaba avanzar para cortar aquella espiral infinita en la que había caído.
De nuevo se acercaba la hora y no tardaría en desaparecer. Escuchó resignada el característico sonido del engranaje de un reloj de péndulo – que aunque ella nunca lo había visto se lo imaginaba así por su peculiar sonoridad – anunciando el cambio de hora con los correspondientes repiqueteos posteriores, tres campanadas, resonando en la casa como señal  premonitoria de que el fin estaba cerca.
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   Releía lo escrito buscando errores e incongruencias a la vez que surgían  en su cabeza otras posibilidades no contempladas inicialmente. Eso era lo único que le atraía del acto de escribir: esa infinidad de mundos posibles – algunos descartados y relegados al olvido en el mismo momento de nacer - que acababan reflejados en unas escuetas líneas conformando así el curso de una historia  convertida en un río vivo, que seguía su propio curso, hasta convertirse en algo con personalidad propia.
De repente,  recordó la sensación tan extraña que la invadió al mirarse al espejo aquella mañana. Era algo absurdo, por supuesto, pero tuvo la impresión de que alguien la observaba desde el otro lado, como si se tratara del tipo de cristales usados para observar sin ser vistos.

   Aquello le dio una idea para su historia. Aunque la descartó casi al instante al considerarla  una especie de plagio de Alicia a través del espejo o algo similar. En realidad, ya no le parecía una idea tan interesante sino más bien vulgar y que seguramente habría sido explotada hasta la saciedad en innumerables ocasiones.
De nuevo surgió otra idea ante si, algo relacionado con la física cuántica y la teoría de los mundos paralelos solo que no podía recordar exactamente qué era y a qué venía todo aquello.

   A los pocos segundos ya estaba tecleando en el ordenador “Teoría de los mundos paralelos”  surgiendo ante sus ávidos ojos sucesivas páginas relacionadas con la temática en el orden que al buscador le parecía más sugestivo (algo había leído una vez sobre cómo se ordenaban estos resultados a base de lo que denominaban  PageRank y los vínculos entrantes y salientes pero, en ese momento, no acabó de precisar la idea). Leyó unos cuantos artículos para hacerse una idea lo más objetiva y mundana posible. Algunos conceptos se le escapaban y no era capaz de asimilarlos pero la lectura en su conjunto le llevó a definir su propia interpretación de la Teoría de los Universos paralelos.
“Los universos paralelos dependen  del punto de vista de quien observa así como del objeto observado, lo cual lleva a infinidad de universos que se desarrollan a la vez pero en los que lo que varía no es tanto la persona que observa sino el objeto ”. Sonaba bien, podría ser interesante. Ante ella se abrieron varias posibilidades y caminos alternativos que recorrer en su historia. Incluso se podían retorcer aún más esos mundos y ofrecer nuevas posibilidades a partir de quien observara, en base a sus estados de ánimo. Una superposición de mundos en los que una misma persona observa un mismo objeto en un mismo espacio y tiempo pero cuya realidad se ve modificada por la subjetividad provocada por la diferente perspectiva según el humor que le embarga, que actúa a modo de filtro.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Agosto, 2016, 12:34:36 pm

¿Era un reflejo de sí misma lo que había visto en el cristal de aquella ventana o realmente era otra persona? No pudo comprobarlo. El proceso debía seguir su curso y no podía pararlo sin más antes de que se desarrollara de nuevo toda la escena que tan bien conocía. Empezaba a preguntarse si no sería un sueño recurrente al que debía dar respuesta y que por eso tan sólo se limitaba a un espacio y a un tiempo breve, concreto y cíclico.
“La próxima vez me fijaré mejor”, se prometió a si misma mientras en la casa resonaban de nuevo aquellas tres campanadas que daban término a la escena y a su propia existencia.
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   El primer capítulo no le había resultado especialmente llamativo ni interesante en ninguna de sus variantes: ni el personaje (una mujer cualquiera con una vida normal que pasaba sus horas dentro de una casa), ni el contenido (nada que captara su atención, solo el transcurrir de una vida bastante trivial y anodina), ni siquiera el estilo en que estaba narrado. Eso sí, había múltiples descripciones, muy elaboradas y precisas – en exceso, pensaba -  respecto a diferentes objetos que había en aquella casa.
Parecía que la importancia recayera en aquellos objetos más que en el personaje en sí mismo, que quedaba relegado a un plano secundario y del que apenas se daba una descripción completa más allá de unos rasgos muy generales que lo mismo podían servir para identificar a una muchacha joven como a una mujer de avanzada edad.

   Empezó a leer el segundo capítulo, más por inercia que por gusto, mientras su cabeza se había quedado atrapada en aquella idea de otorgar toda la importancia a los objetos en vez de a la persona, que se suponía sería la  protagonista. ¿Qué finalidad tenía eso? Si se centrara en algún objeto en especial, podría entender que tal vez quien escribiera aquel texto lo había escogido como metáfora de algo y ella era la que no tenía capacidad para entender su mensaje pero allí eran demasiados los objetos que aparecían y desaparecían sin que tuvieran una importancia destacada así que tampoco podía ser eso.
Cuando se dio cuenta, llevaba ya más de la mitad de la página leída sin que se hubiera enterado de lo que allí estaba escrito. Sin embargo, comprobó que podía seguir con facilidad la secuencia puesto que era casi idéntica a la ya expuesta en el capítulo anterior. ¡Qué raro! Tal vez era una edición de esas que habían salido mal de fábrica. Pero no, eso no podía ser o no estaría en una biblioteca pública.  ¡Ah, eso sí que era curioso! Siguió leyendo.

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   Leía por tercera vez un párrafo que no acababa de encajar. No recordaba haberlo escrito así pero puesto que no tenía sentido pensar otra cosa que no fuera que lo había tecleado ella misma – quien sabe si solo a modo de idea primigenia para ser desarrollada en otro momento - modificaría el texto hasta que su lectura le satisficiera lo suficiente. Avanzaba en la historia, que había decidido construir a base de pequeños capítulos como si fueran escenas repetidas en mundos paralelos. Mismo personaje, mismos objetos, mismo espacio y mismo tiempo pero, diferente enfoque, lo que permitía introducir variaciones sutiles que giraran en un bucle de infinitas posibilidades.
El final nunca estaría escrito puesto que cada persona adoptaría el suyo propio y se identificaría con uno diferente al sugerido. A ella nunca le había gustado que le dijeran cuál debía ser el final de una historia y en justa correspondencia, por eso mismo, no pensaba ofrecérselo a los demás. La historia sólo tenía sentido si conseguía que quien la leyera fuera más allá de la mera sucesión de hechos relatados. Tenía que ser un devenir al más puro estilo Deleuze.
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Las posibilidades que ofrecía aquel descubrimiento animó a la persona que había podido mirar al espejo de reojo mientras se dirigía a recomponer las piezas de un puzzle sobre una mesa ovalada, de estilo reina Ana, pesada y de caoba. Era un gesto fugaz puesto que no estaba previsto, pero le había proporcionado otra visión. No sólo había conseguido atisbar algo más allá del cristal de la ventana sino que también pudo reconocer una sombra difusa en el espejo.
Había tomado la decisión de centrarse en buscar todo tipo de superficies similares en las que poder verse reflejada…. Unas gafas, una botella, copas, …Parecía que ahí estaba la clave. La próxima vez estaría más atenta.
 
De nuevo, el silencio previo a las campanadas le recordó que su tiempo estaba a punto de acabar. Pero, para su sorpresa, esta vez le pareció que se prolongaba aún por un tiempo. Como no se lo esperaba, tan sólo permaneció allí, de pie, a la espera de que concluyera todo, indecisa, sin saber muy bien cómo actuar.

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   Levantó la vista de la página para comprobar que nada se movía detrás del cristal, tal y como había presentido. Sin embargo, le había parecido percibir el reflejo de una persona - posiblemente una mujer, aunque no pudo distinguir rasgo alguno – que la observaba con la curiosidad de quien se encuentra por primera vez con una nueva civilización.
Sintió la influencia de la lectura en sus percepciones. Se estaba volviendo un tanto paranoica respecto a eso de los mundos paralelos. Sus pensamientos giraban en torno a la idea un tanto extravagante de que ella misma era la protagonista de la historia a partir de la cual se urdía una trama que estaba siendo escrita por una persona ajena a ella. 

   Giró de nuevo la cabeza hacia la ventana y, esta vez, sí que vio claramente lo que parecía una silueta. Sería una sombra de forma caprichosa, seguramente. Aún así, se acercó a comprobarlo.
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   ¿Lo habría imaginado o sería real? Alguien al otro lado del cristal se había movido. Había acercado allí su cara y ella no había podido hacer mas que permanecer con los ojos abiertos de asombro.
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   El relato se le resistía. No avanzaba como debía. Parecía que la historia se hubiera vuelto contra ella puesto que, de mañana temprano,  cada vez que releía lo escrito el día anterior se sorprendía al encontrar ciertos detalles que se le habían olvidado o que no recordaba los hubiera añadido en ese orden. Era como si alguien le estuviera gastando una mala broma tratando de revolver en sus cosas para desbaratarle su trabajo marcando una nueva dirección  que ella no había decidido.
Dejó su historia aparcada en un archivo de su ordenador. Demasiado confusa. Pero el tiempo pasaba y no podría presentarse al concurso. ¡Ah, si … el concurso! Había olvidado que así había empezado todo. Pero ya no estaba tan segura de querer dejar salir aquella historia ni de  querer presentarla en ningún sitio. Aquello empezaba a no sentarla bien, era un tanto obsesivo. Mejor sería parar. Olvidarlo por un tiempo. Pero estaba tan involucrada que no sabía si a esas alturas iba a poder dejarlo sin más.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Agosto, 2016, 12:36:17 pm
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   Era el momento, tenía que ser ahora. No cabía dudar porque las acciones se sucederían de nuevo y, tal vez,  no tendría muchas más oportunidades. De hecho, no estaba segura de que aquello fuera a suceder esta vez.
Dejó que la escena transcurriera como debía ( no deseaba incluir ningún cambio para no ocasionar ninguna variable que diera al traste con lo que se proponía hacer) aguardando el momento en que sonaran las - en su momento - tan molestas e inoportunas campanadas, que por el contrario, en esta ocasión, esperaba con todas sus ganas para poder ejecutar su plan.

   Estaba nerviosa y expectante. Deseaba más que nada comprobar si su estrategia daba algún resultado. La idea era muy sencilla y no sabía si su intento provocaría el suficiente impacto. Sólo cabía esperar acontecimientos una vez iniciado el primer movimiento, como en uno de esos espectáculos en los que la caída de una simple ficha de dominó conlleva el desmoronamiento en cadena de todas las demás.
Su ficha inicial sería ese minuto de más. Aprovecharía ese tiempo para moverse hasta la ventana - ya había previsto la forma de dejarla oportunamente entreabierta – e intentar colar  un escueto mensaje. No había llegado a más, posiblemente porque en el fondo ya suponía que aquel acto no serviría para mucho.

   Llegado el momento, se acercó a la mesa donde sabía encontraría un pequeño bloc  y un lápiz con el que escribir una nota apresurada en caso de necesidad ( la mesilla donde reposaba el teléfono); escribió su pregunta y acto seguido la dejó escapar por la ventana sin tiempo de ver si había alguien al otro lado para recogerla.

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   Se quedó pensativa, mirando el texto y lo que acababa de leer. ¿Qué estaría pensando cuando se le ocurrió aquello? Parecía que el personaje trataba de burlar sus normas y salir del mundo al que se encontraba sometido usando los mismos trucos que ella trataba de usar. Se afanaba en seguir su propio camino aunque parecía que el destino no se lo ponía nada fácil.
Y esto le llevó a otra idea: aquella del destino en términos griegos o romanos -  ahora no recordaba bien – sobre que las personas no tenían su destino escrito sino que todo era voluntad de  los dioses, quienes  jugaban con ellos. Visto así tal vez ella era una divinidad para la protagonista de su historia y por mucho que tratara de vencer su destino acabaría  en el mismo sitio puesto que así lo había escrito ella. Decidió investigar más sobre el tema y se sumergió en el mundo de la mitología durante un par de horas saltando caprichosamente de un texto a otro conforme brotaban las ideas al igual que el agua que surge de un manantial en la montaña.

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   Cerró el libro con gesto cansado. No parecía que fuera a mejorar la historia que realmente le parecía aburrida, ilógica y mal estructurada. Para empezar, lo de los mundos paralelos se le antojaba una idea bastante absurda. Estaba convencida de que aquello era ciencia ficción y a ella  nunca le habían atraído ese tipo de lecturas. Tal vez fueran eficaces para aquellas personas que necesitaban engancharse a la lectura de forma lúdica pero no para ella, desde luego. Reconoció que al principio le había causado  cierta curiosidad pero ya se había dado por vencida. Al final iba a resultar que realmente se había equivocado al elegirlo.
Despojó al libro de su funda protectora dejándolo con fastidio encima del sofá donde  permaneció durante todo el día sin que nadie le prestara atención hasta bien entrada   la noche en que decidió sentarse a ver la televisión en busca de cualquier película que distrajera su mente por unos minutos.  Al hacerlo, tuvo que mover el libro de su sitio y comprobó que aún mantenía el pedazo de papel entre sus páginas.  “Qué raro”, pensaba que ya lo había tirado antes. Tiró de él con el índice y pulgar de la mano izquierda - que era la que quedaba más cerca del libro - mientras seguía la secuencia de la película, sin darse cuenta de que lo guardaba en su mano.

Al levantarse y notar el tacto del  papel en la palma de su mano, cerró el puño y lo arrugó para tirarlo hecho un rebujo a la basura. Se levantó y lo llevó sopesándolo en la mano y jugando con él como si fuera una pelota imaginaria lanzándola al aire para recogerla una y otra vez en un recorrido que no duraba más de doce pasos. Pero fue lo justo como para darse cuenta de que aquel papel sí tenía algún tipo de trazo a modo de dibujo, o escrito. Lo abrió y se quedó parada pensando cómo podía haber sucedido eso. Leía a sombrada una pregunta escrita a lápiz “¿Quién eres?”
Al principio quedó sorprendida por la cuestión que se le planteaba “Buena pregunta – pensó - quién soy”. Pero no se dejó atrapar por aquella duda existencial durante mucho tiempo sino que pronto surgió la verdadera pregunta “¿Y tú, quién eres?” Quién habría escrito aquello. Porque su letra no era, por mucho que hubiera tratado de deformarla. Además, mostraba una caligrafía cuidada, aunque hubiera sido escrita posiblemente con precipitación,  y que en nada se asemejaba a la suya.

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   Se miraba en el espejo tratando de adivinar quién era en realidad. ¿Era un producto elaborado a partir de determinados elementos o era una parte de la ecuación? Según se enfocara desde una perspectiva o desde otra podría tener más o menos relevancia para tomar las decisiones necesarias. Si era un producto, poco tendría que hacer más allá de asumir su esencia y tratar de jugar las cartas en su favor. Pero, si fuera una parte de la ecuación, tendría distintas posibilidades. ¿En realidad, las tendría?
Se quedó allí mirando aquel reflejo, que no le transmitía nada, esperando que sonaran de nuevo las campanadas. No parecía que su plan hubiera provocado ninguna anomalía. Se sentía defraudada y con escasa iniciativa para realizar otro movimiento, por pequeño que fuera, que le permitiera salir de aquel limitado mundo en el que parecía se había acostumbrado a vivir. Empezaba a sentir que todo le daba igual y que perdía energía para continuar luchando contra lo que parecía un objetivo inalcanzable, como Sísifo y su vano empeño por subir una piedra que siempre volvía a caer. Se acabó. No le encontraba sentido. Mejor dejarse arrastrar por la corriente y que fluyera ésta donde quisiera.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Agosto, 2016, 12:38:31 pm
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   Encendió el ordenador con cierta sensación de ansiedad. Pensar  que  pudiera haber cambiado algo durante la noche era lo que le provocaba ese nerviosismo. Estuvo hasta tarde y se había afanado en reconducir la historia tal y como ella deseaba pero, no estaba segura de si al leerla por la mañana descubriría un “dique” puesto en el camino que hubiera frenado el flujo de la historia llevándola de nuevo a desbordarse por zonas que no deseaba.
Releyó rápidamente la última parte y, para su alivio, no notó nada especial. Todo parecía en orden. Ascendió por el texto releyendo diferentes párrafos en diferentes páginas sin tener constancia de que hubiera nada fuera de lugar. Parecía que al fin quien hubiera motivado aquello había cesado en su actividad, quien sabe si por aburrimiento o por desidia. Mejor así, pensó, y se preparó el café que se tomaría mientras revisaba el texto con más tranquilidad ahora que ya había superado sus temores.

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   Seguía preguntándose quién era en realidad mientras daba vueltas por la casa. En cierto momento en que llegó al pasillo se descubrió como un reflejo en el espejo de cuerpo entero que tenía en la pared frente a la puerta de su dormitorio. Se observó en silencio como si fuera alguien ajeno a sí misma tratando de obtener alguna información de aquella persona que se mostraba ante ella. Nada que destacar: ni la mirada, ni la ropa, ni el gesto. Absolutamente nada. Parecía un fantasma, un ser invisible. Podía dejar de ser en ese momento y nada cambiaría.
¿Quién habría escrito aquel papel? ¿Y, cómo había surgido aquella duda a la que ahora mismo se estaba enfrentando? Su mente elaboraba varias hipótesis con rapidez que fueron descartadas en su mayoría quedando como más probable la siguiente idea:  Puesto que ese libro estaba en una biblioteca pública, lo más normal es que ese papel lo hubiera escrito la persona que la hubiera leído con anterioridad a ella o como mucho, la anterior a ésta. No creía que fuera a remontarse más allá en el tiempo. Aquel simple papel no estaba tan deteriorado y no creía muy probable que si quien lo hubiera visto  lo hubiera mantenido allí. ¿Con qué fin?

   Y ahí estaba de nuevo, frente al espejo, examinando la cara inexpresiva que le devolvía aquella acristalada  superficie. Mirándose directamente a los ojos volvió a preguntarse quién era.
Tras varios minutos con la mente perdida en sí misma acabó tomando una determinación. Fue hasta su escritorio y alargó la mano hasta el portalápiz, del que escogió un rotulador azul y, en un acto de sublime estupidez  (como lo calificó posteriormente ella misma)  escribió su nombre, en mayúsculas, en el centro del espejo. Después, como no contenta con semejante acto pueril y sin sentido, se dedicó a escribir a su vez una pregunta dirigida a quien se reflejaba ante ella, con cierta ironía. Como seguía sosteniendo el rotulador en la mano, decidió vengarse adoptando un gesto de lo más teatral. Escribió ¿Y tú, quién eres? “¡Eso!.¿Quién te crees tú que eres  para venirme a mi con esas?” dijo a su reflejo con un marcado tono de superioridad como desafiándolo a que se atreviera a decir lo más mínimo - cuando sabía de sobra que aquello no iba a pasar. Era la viva imagen de la victoria por goleada y se sentía eufórica.

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   Desanimada como estaba, no se dio cuenta de que en el espejo, en el que aún reposaba su última mirada del día, iban apareciendo unos trazos que poco a poco fueron convirtiéndose en letras. No le dio tiempo a verlos porque ya hacía tiempo que sonaron las campanadas y todo debía llegar a su fin. Se desvaneció junto a su mundo hasta que la mañana trajera un nuevo destino por obra y gracia del azar - o  vaya usted a saber qué razones - que la mantenía allí retenida.

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   Mientras repasaba la estructura de su historia se dio cuenta de que empezaba a perder soltura y fluidez. Demasiado repetitiva tal vez. Ya no sentía tanta atracción por aquella idea de los mundos paralelos sino que empezó a interesarse por la persona que había tomado como observadora – un ser cualquiera sin nada destacable puesto que no era en sí lo que le había interesado en un principio. Se había centrado tanto en el proceso y en las distintas alternativas que éste le ofrecía que había dejado de lado la esencia misma del ser, quedando relegado a un simple figurante pasivo.
Echaba de menos los pequeños cambios que se producían de un día para otro, a su pesar, dando a su historia un giro inesperado. Tal vez si olvidara el entorno y tratara de cuidar más a la persona, volviera a emocionarse con su relato y acabaría por fin de completarlo – porque no encontraba el final, por mucho que escribiera. Tal vez había llegado el momento de dotar al personaje de vida propia y ver qué camino decidía seguir por sí mismo.

   Quedó pensativa un rato dando vueltas a  su nueva idea, tratando de imaginarse a su protagonista a quien aún no había dado forma al no ser importante para el desarrollo de la trama.
“¿Quién eres?”, se preguntó mirando a la pantalla mientras trataba de esbozar la imagen de aquella mujer a quien había llevado de un lado para otro apropiándose de su vida sin prestarle atención.

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   Ni que decir tiene que el acto de escribir aquellas letras en el espejo no contenía implícito en sí mismo ninguna intencionalidad, ni esperaba siquiera que de él se obtuviera el más mínimo provecho. Sólo era eso, un acto. Un mero gesto que había surgido de un arrebato momentáneo provocado por la inoportuna pregunta y el estado de ánimo un tanto tendente a la inseguridad que en esos momentos la envolvía.
Sin embargo, con el paso de los días, aquello fue calando en ella como la gota que perfora la roca. Ya sabía que su familia no era su familia propiamente dicha,  es decir, la biológica, pero tampoco había indagado más allá porque no entendía que su pasado fuera a devolverle nada importante. Aquello pasó. Su verdadera madre o padre no la querían a su lado o por las circunstancias que fueran – en las que no pensaba entrar – no habían podido mantenerse unidos. Estaba bien así. Lo aceptaba sin preocuparle en absoluto. Una vicisitud más de la vida.

   Nunca  le había mentido sobre su origen. Siempre supo que era adoptada y siempre se lo agradeció a los que ahora consideraba su familia pero, al contrario de lo que puede suceder en las películas y demás literaturas, no sentía ninguna curiosidad por buscar a su verdadera familia ni saber si tendría más hermanas, hermanos ni nada. Estaba bien como estaba. O eso había creído, hasta el momento.
Y el caso es que al leer aquella interrogante cuya procedencia era tan extraña, algo la incitaba a cambiar ese planteamiento. Una especie de rumor callado pero continuo que cada vez resultaba más y más incómodo. Como esa sensación que se tiene cuando se escuchan murmullos al pasar delante de la gente que sabes están juzgando alguna de tus acciones.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 19 Agosto, 2016, 12:39:29 pm
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   No podía creer que no sucediera nada. Estaba allí parada a la espera de que comenzara la escena desde que se levantaba de la cama hasta el momento de escuchar las campanadas pero, por alguna razón que desconocía, seguía allí tumbada. Era toda una novedad.
Pasados varios minutos y viendo que nada la impulsaba a moverse, decidió vestirse y salir fuera. Nada se lo impidió. Abrió la puerta con cierto recelo, miró hacia atrás, comprobó de nuevo que no había obstáculo para salir al exterior y se fue.

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   En ese mismo instante dejó de teclear. Le pareció que era una justa manera de devolverle su libertad. No más limitaciones. A partir de ahora ella sería la responsable de sí misma y de su propia vida.
Por fin podría descansar. Había concluido su trabajo. Apagó el ordenador y ella también salió al exterior. Necesitaba aire fresco. Llamaría a alguien y se dedicaría a despejar su cabeza en compañía.

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   Había descubierto muchas cosas con solo indagar un poco. No había ningún secreto al respecto y se sabía perfectamente todo sobre su familia biológica. No quiso entrar en detalles porque no buscaba culpar a nadie ni hacer aflorar sentimentalismos inútiles. Sólo quería saber. Y eso es lo que obtuvo. Datos objetivos: una dirección y un nombre. Tenía una hermana biológica que también fue dada en adopción.
No tardó mucho en preparar el viaje. Ni tampoco esperaba una gran acogida. Ni siquiera sabía qué demonios estaba haciendo o cómo es que no lo había hecho antes.

   Delante de la puerta de casa de la que era su hermana biológica trataba de imaginar qué le diría o qué se dirían. O cómo se desarrollaría ese encuentro. No podía llegar sin más y decirle “Hola, soy tu hermana” ¿O si? Esa era la única forma que se le había ocurrido de hacerlo. Las demás le resultaban demasiado artificiosas.
Llamó y esperó. Pero no obtuvo respuesta. Volvió a llamar. De nuevo, silencio. Y desconcierto. ¿Decepción? Se giró en busca de un bar donde aclarar ideas mientras satisfacía su sed. Justo enfrente había una terraza. Se sentó a esperar que la atendieran.

   Pensó en hacer algo de tiempo dando un paseo por los alrededores. Debería haberla llamado antes para asegurarse que estaría en casa pero creía que esa era una forma un tanto fría de darse a conocer. Lo mejor era presentarse delante de ella en persona.
Llevaba el libro en la mano. Su nexo. Una casualidad, claro. ¿O no?

Regresó pasadas dos horas. Llamó y esperó, como la primera vez. No hubo respuesta. Aún así, lo intentó de nuevo. Al fin, tras lo que pareció una eternidad, alguien al otro lado del interfono preguntó quién era.
“¿Rosa Bernal?¿La que escribió Los mundos de papel?” Un titubeo y el sonido de apertura de la puerta.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 10 Febrero, 2017, 20:59:41 pm

Escuchó su nombre y abrió los ojos. La oscuridad y el silencio la esperaban. ¿Estaba sola? Esta idea le confundía y le aliviaba a partes iguales. Aguzó el oído, prestando total atención a su alrededor, pero solo escuchó el latir acelerado de su propio corazón al que trató de imprimir un ritmo más pausado controlando su respiración mediante inspiraciones lentas y profundas. Una última inspiración, más prolongada, y abrió nuevamente los ojos. Esta vez vislumbró cierta claridad y  encaminó sus pasos hacia ella.

                 Releyó de nuevo cuantas líneas allí se mostraban (apenas cuatro o cinco) quedando satisfecha del resultado. Esperaba no necesitar mucho más, no deseaba volver a mostrar su debilidad de forma tan descarada. Así que, apenas hubo terminado de leer, pulsó la tecla que mandaría todo a su sitio, del que no esperaba fueran a salir.
Un mensaje le advertía que iba a eliminar cuanto estuviera escrito solicitando su permiso para continuar. Aquello había sido suficiente….“por ahora”, pensó con cierta inquietud y escasa convicción.

Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 27 Febrero, 2017, 14:10:05 pm
                                                                                   CERO



La muchedumbre corría en todas direcciones mientras resonaban multitud de sirenas acercándose a lo que ella posteriormente denominaría “Zona Cero”. Cero de conjunto vacío. Cero de rotunda y absoluta falta de todo. Cero de agotado. Cero de… cero. Inútil tratar de explicar aquel vacío que se apoderó de aquella persona que permanecía estupefacta y sin capacidad de reacción ante aquel muestrario de brutalidad y crueldad gratuita. ¿Era necesario? Cerró los ojos y no los volvió a abrir hasta que una voz que parecía provenir de muy lejos le instó a moverse.
Ruidos a su alrededor. Empujones. Su cuerpo chocó con otro y cayó al suelo. Su último recuerdo fue  sentirse pisoteada, en el suelo, como una colilla caída en desgracia. (En el colmo del absurdo de semejante situación recordó una vieja película de animación donde sucedía algo similar: el resultado era de lo más grotesco. No pudo evitar reírse, no sin algún que otro gemido intercalado de dolor). No recordaba nada más. Sintió cómo su cabeza se desconectaba. Fue como un corte de luz fulminante. Como cuando se apaga la pantalla de un televisor que hasta ese momento no ha dejado de vomitar imágenes y sonidos sin cesar y del que se espera siga haciéndolo. Sonó un chasquido en su cabeza. Un breve zumbido y, luego, nada más. Ni silencio ni ruido. Ni luz ni oscuridad. Solo la nada más absoluta. Fin.

Una voz familiar repetía insistentemente su nombre. Le zarandeaba con ansiedad, rabia y desesperación, como quien da por desvanecida una esperanza engañosa que se hace evidente de repente. Abrió los ojos y los cerró casi inmediatamente. El sol le cegaba. Notó ruido a su alrededor, como murmullos apagados, el ladrido de un perro y voces infantiles acompañadas de voces más graves y preocupadas.
Notaba la calidez del sol en su piel. Una suave brisa acariciaba su espalda, sus hombros, sus piernas… Se sentía bien allí tumbada. Permaneció inmóvil durante unos minutos tratando de adivinar dónde se encontraba y cómo había llegado hasta allí pero, al fin y al cabo, decidió, eso ahora no tenía la menor importancia. Lo relevante era que se encontraba bien. Esta idea le reconfortó y volvió a cerrar los ojos.

   Despertó de pronto sintiéndose observada. Miró asombrada un rostro que estaba  tan cerca de ella que pudo contemplar en su mirada la curiosidad e interrogantes que se desbordaban por aquellos ojos que se clavaban en ella tratando de penetrarla. Escrutaba su reflejo como quien no se hubiera visto nunca antes. No se reconoció en la superficie acristalada del espejo de la habitación y se sorprendió sobresaltada al comprobar que era ella misma.
Concentró su mirada en aquel círculo de cristal donde aparecía un rostro semejante al suyo pero no del todo igual. Algo había cambiado. Aquellos ojos eran de un marrón un tanto apagado y ella siempre los había tenido de un marrón oscuro similar al de la Coca-cola. Además  no tenían el brillo que ella recordaba dando un aire de autómata a aquella cara que permanecía frente a ella.

   Seguía mirando dubitativa aquel rostro familiar cuando se dio cuenta que sus labios se movían. Ella no había pronunciado palabra alguna y sin embargo su reflejo estaba gesticulando y articulando palabras que no reconocía. ¿No emitían sonido o es que ella ya no escuchaba? Sin preocuparse siquiera en tratar de adivinar cual de las dos alternativas podía ser la correcta, se incorporó de un salto y salió de la habitación haciendo caso omiso de las personas que encontraba a su paso.
Debería estar extrañada de encontrarse en un lugar desconocido para ella pero no había el menor signo de preocupación en sus andares que parecían saber  hacia dónde se encaminaban. Se sentía bien paseando sin rumbo fijo por aquellos pasillos laberínticos, de lo que parecía ser una gran residencia, y que acabaron conduciéndola a un espacioso patio donde crecían matojos de flores silvestres, pequeñas y de vivos colores.

En el extremo izquierdo del patio había una puerta de madera pintada a rayas en una gama de tonos verdosos que daba paso a lo que parecía ser una especie de antiguo invernadero. Entró y se sentó en un banco  de piedra cubierto de verdín en la parte inferior, que había justo en el centro, donde convergían varios caminos. Sobre ella, el cielo del atardecer y, más allá, unas nubes de tonos rojizos que presagiaban que el final del día se aproximaba. Allí permaneció sentada durante largo rato mientras observaba como se desdibujaba el entorno a su alrededor conforme la oscuridad se apropiaba del espacio en que se encontraba. Sentía pasar el tiempo sin que le afectara. Notaba actividad a su alrededor pero no hizo el menor gesto que denotara que había detectado su presencia.
En algún momento de la noche alguien había devuelto su cuerpo al lugar del que saliera porque cuando despertó de nuevo estaba tumbada en la cama de aquella habitación tan falta de detalles. 

Recorrió con su mano lentamente el espacio que encerraban las cuatro paredes: Una cama, una mesita de noche con un espejo de sobremesa (el que la sorprendió al despertar), una silla y una mesa escritorio con dos cajones. El armario, más  parecido a un trastero que otra cosa, apenas destacaba: solo una pequeña grieta en la pared avisaba de su existencia. Se camuflaba perfectamente con la pared, al ser del mismo tono y no contar con un pomo grande ni llamativo. Junto a esto, unas cortinas no demasiado sucias ni estropeadas que ocultaban una ventana en forma de rombo,  constituían todo el decorado de aquel habitáculo.
Decidió que si debía quedar allí recluida lo menos que podía hacer era otorgar cierta personalidad a su entorno rodeándose de un mundo que la satisficiera. Quién sabía si debería permanecer allí por mucho tiempo o si acaso sería algo temporal. Ese detalle le resultaba insignificante, por ahora.

   Salió en busca de cualquier objeto que le ayudara a recrear su mundo otorgándole cierta calidez pero pronto descubrió que no iba a resultar tan fácil como había pensado encontrar lo que buscaba puesto que la decoración de todo el edificio así como la de las restantes salas apenas  contenían  los mismos objetos funcionales que había visto en su propia habitación. No le extrañó comprobar que también estos espacios resultaban tan faltos de vida como el suyo propio.
Se perdió tratando de localizar una salida al exterior en busca de algo de aire fresco y  sol que animara su cuerpo decaído, que mostraba signos de estar desmejorado. No notaba su peso como solía sino que más bien parecía flotar sobre el suelo, como si por algún motivo se fuera deslizando por su superficie gracias a un campo magnético que la mantuviera por encima suyo. Tampoco constatar este hecho le hizo reflexionar sobre lo cambiante que se había vuelto su mundo sino que le agradó pensar que en aquel nuevo universo podría ir descalza sin necesidad de sentir sus pies aprisionados por unos carceleros de piel, con o sin cordones.

   Pasó gran parte de la mañana disfrutando de un agradable paseo por una zona ajardinada que acababa en un portón de rejas no muy alto con un sencillo pasador. No quiso salir, aún no. Ya llegaría el momento de investigar más allá de aquellos muros. Ahora se concentraba en buscar algún material u objeto que sirviera a sus fines.
En uno de los laterales encontró un macetero algo roto, bastante sucio, y se concentró en limpiarlo a fondo hasta que quedó a su gusto. Luego añadió tierra – que excavó con sus propias manos - y se dedicó a buscar alguna planta entre las que crecían por allí cerca que se amoldara a tal espacio.  En su mayoría eran flores silvestres  que brotaban aquí y allá sin otra disposición que la que la propia naturaleza les había impuesto. Distinguió lo que creía era una margarita, distinta a las demás, de color rojo fuego, que mostraba su cara central amarilla. La recogió, con cuidado de extraer bien sus raíces, y la plantó en su nueva maceta. Decidió que la colocaría sobre la mesa, que  a su vez colocaría  cerca de la ventana para que tuviera luz suficiente.

Las horas pasaban pero no notaba hambre ni sed, ni las necesidades diarias propias de un cuerpo. Aquello tampoco le resultó nada extraordinario. De hecho, ni siquiera necesitaba ropa. Iba desnuda y no sentía la menor necesidad de cubrirse.
Si hubo un Cosimo que vivía en los árboles negándose a bajar de ellos y pisar suelo de por vida; Si hubo una Elisabet quien de pronto se quedó sin voz; Si nada de eso era extraño, ¿Por qué habría ella de asombrarse de su nuevo estado? Ni tan siquiera dudaba que aquel planteamiento tan carente de lógica pudiera ser tan irracional como su actual existencia.

   Puesto que no necesitaba volver sobre sus pasos ya que parecía que de alguna manera invariablemente acababa despertando en una cama, se aproximó a la reja con intención de salir al exterior. Miró a través de sus barrotes y no le gustó lo que vio. Ni lo que escuchó, o creyó escuchar. Demasiado ruido. Demasiada confusión. Se detuvo indecisa con una mano agarrada aún a los barrotes reteniendo su impulso inicial de abrir la cancela.
Veía todo tipo de edificios altos, muy altos. Demasiado altos, posiblemente. Muy cercanos unos a otros y todos cubiertos bajo una tenue neblina grisácea que flotaba aquí y allá ocultando parte de las ventanas cerradas que le parecían grandes agujeros negros. Mirara donde mirara solo veía  paredes y más paredes sembradas de aquellas ventanas tan simétricas y oscuras sin que asomara persona alguna. También comprobó que no había ni árboles ni  pájaros ni ningún otro signo de vida. Más allá de aquella puerta todo simulaba estar hueco, vacío.

   Se retiró despacio volviendo la espalda a la cancela y prosiguió su camino de regreso a la habitación buscando con la mirada algún tipo de grifo, fuente o similar que le proporcionara algo de agua para su nueva adquisición. No encontró nada y se conformó con pensar que tal vez dentro del edificio encontraría cómo resolver su problema.
Durante su deambular por aquellos pasillos era frecuente encontrarse con gente a su alrededor que al igual que ella misma marchaba solitaria en diferentes direcciones sin una ocupación concreta. Parecían simples sombras más que otra cosa. Nadie se acercó a ella ni ella hizo el menor intento de acercarse a los demás, ¿Para qué, con qué fin? No pensaba que ninguna de aquellas figuras descoloridas le fuera a ayudar a encontrar lo que necesitaba; más bien parecían necesitar de su apoyo  antes que serle de ayuda a ella. Alejándose de sus sombras se adentró en una nueva sala que aún no había explorado.

   Al entrar, notó un cambio en el aire, cierto aroma que le recordaba a su casa. Por un instante sintió nostalgia y quiso poder encontrarse de nuevo allí, pero pasó pronto. Enseguida se desvaneció aquel recuerdo dando paso a una fría  indiferencia de la que ni si quiera fue consciente.
Aún con la maceta en la mano sin haber dado con una jarra, botella o un simple vaso  logró encontrar su habitación. Se acercó a la mesa, colocó la maceta en una de sus esquinas, la acercó a la ventana y corrió las cortinas para que el sol entrara a placer. Abrió la ventana y notó la corriente procedente del exterior. Se sentó en la silla dejando que el sol y el aire  recorrieran su rostro.

   Despertó en la cama, como suponía. No recordaba cómo pero allí estaba. Su primera reacción fue mirar a la mesa en busca de su maceta. Quedó aliviada al verla. Se mostraba firme, señal de que había acogido bien su nueva ubicación. Pero necesitaría encontrar pronto algo de agua si no quería que perdiera su vitalidad. Sin saber por qué aquel pensamiento se mostraba insistentemente persistente y acuciante. Cuidar de aquella flor centraba toda su atención, de repente se había convertido en una necesidad. Aquella planta tomada prestada de una tierra que no era suya empezó a ser el eje sobre el que giraba su rutina diaria.
Desde que se levantaba, su primer pensamiento iba dirigido a ella. Comprobaba que tuviera la cantidad necesaria de sol y agua (que de alguna manera había regado su maceta).  Amanecía sobresaltada pensando en un posible accidente que hubiera sucedido mientras ella no estuviera vigilante; se había convertido en una obsesión. Y, a su vez, en su posible salvación.

Una mañana, al despertar, observó que había una botella de agua junto a la maceta. Agradecida, la guardó en uno de los cajones. Parte de su ansiedad por la supervivencia de su planta, había desaparecido.


   La conversación con la doctora no podía haber sido más desalentadora. No parecía que se notara ninguna evolución. No podían decir el tiempo que tardaría en recuperarse puesto que cada persona se sentía afectada en diferente medida. Desde aquel día no había vuelto a ser la misma. En realidad, simplemente había dejado de ser. No reaccionaba ante nada, era una simple cáscara vacía que no mostraba ninguna emoción. Ni siquiera parecía notar su presencia. Era indiferente a todo su entorno.
Aquella tarde, al fin, había notado cierto progreso y así se lo había comunicado al enfermero que cuidaba a su madre. “Parece que le ha cogido cariño.” El enfermero estuvo conforme con ella: “Desde el día que la recogió, no ha dejado de estar ahí sentada observándola”.

   Sacó su botella de agua del bolso y regó aquella maceta sin que su madre hiciera el menor gesto de reconocimiento. Permanecía allí sentada con la mirada perdida en su propio mundo, un mundo al que ella ya no tenía acceso.
Fue a buscar una nueva botella de agua y la dejó sobre la mesa con la esperanza de que su madre interactuara con ella, tal vez. Necesitaba un gesto, por mínimo que fuera, un indicio de que aquella persona no se había ido del todo. Que en algún lugar de su confusa cabeza aún seguía recordando.

   “Puede que ya no quiera volver”, le informó el enfermero viendo la mirada desesperada que le echaba a la mujer sentada frente a la ventana. “Hay un ínfimo  porcentaje de casos no recuperables. Sin saber muy bien por qué, deciden no volver. Es muy doloroso para las familias. Téngalo siempre presente, no quisiera que se hiciera falsas esperanzas.”
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 01 Octubre, 2017, 08:49:19 am
SIEMPRE ALICE


Trató por todos los medios de evitarlo, pero no fue suficiente; No pudo contenerse. En un descuido, brotó cuanto había tratado de mantener oculto cuidadosamente en su interior. Aquella marea, en incesante movimiento, buscaba desde hacía mucho tiempo cualquier resquicio o pequeña grieta por la que salir y, siempre, se encontraba con la misma férrea oposición en contra de tales propósitos. Se agitaba como fiera enjaulada en su cárcel, esperando el momento de encontrar un punto débil por donde acceder a un nuevo espacio más amplio que aliviara tanta energía y facilitara la  expansión de su contenido.
 Libre, por fin, ya no pudo retenerla ni frenarla; no cesando de manar, como vapor que escapa de una olla a presión, sin prisa pero sin pausa,  sacando a la luz hasta el último de sus miedos y demonios más temidos, agazapados tras la débil coraza de porcelana. Allí se mostraban, cual mercancía expuesta al público para su completa complacencia y regocijo, todas las debilidades que siempre había tratado de preservar de miradas ajenas e, incluso, de la suya propia.

Horrorizada, creyó (o más bien, temió) que aquel desbordamiento caótico y confuso provocase una gran explosión, parecida a la de un volcán en erupción largo tiempo contenido. Sin embargo, contrariamente a lo esperado, apenas fue una pequeña e imperceptible fuga que, gota a gota, continua y decidida, luchaba de forma desesperada por salir de su opresivo encierro. Escapó, burlando – y a pesar de - todas las trabas voluntariamente autoimpuestas. Escapó. Sin estruendo; sin grandes alardes. Escapó.
Afortunadamente, no supuso el temido revuelo que alertaría, a quien le rodeaba,  de algo que se removía en su interior. Simplemente sintió el progresivo alivio de quien descarga de sí mismo un gran peso que llevara soportando incómodamente durante mucho tiempo sin atreverse a quejarse por ello al considerarlo una parte más de sus deberes y obligaciones.
Una vez liberada, se sintió vacía.

   La noche pasó por su lado, de puntillas, mientras ella miraba, sin ver, un punto indefinido del horizonte que le ofrecía la ventana de su cuarto. Próxima ya la llegada del nuevo día, despertó, completamente vestida, tumbada en una cama a la que no acababa de dar ubicación. ¿Dónde estaba?

   No reconocía aquellas cortinas, ni aquellas sábanas. Ni reconocía la silueta de los muebles de aquella habitación que se adivinaban en el inicio de la claridad previa a la plena luz que ofrecían tan generosamente los rayos del sol al pasar a saludar por su ventana. Por no reconocer, no reconocía ni su propio cuerpo. No se sentía como siempre. Algo había cambiado sin que pudiera precisar bien qué era.

Se miró las manos y no las reconoció. Estas eran más grandes; sus dedos se mostraban más ágiles de lo que recordaba; Y más largos. Las suyas eran otras manos. Estas tenían cierto aire de fragilidad, como hechas a medida para algún fin determinado. Perpleja, mantuvo su mirada sobre sus manos mientras las giraba  contorsionando y agitando aquellos dedos suyos tan diferentes. Le agradó pensar que fueran de una pianista y se imaginó sentada junto al piano paseando esos delicados dedos por las teclas mientras componía una melodía sencilla pero extrañamente pegadiza  que,  una vez tomó forma en su cabeza, no la abandonó en todo el largo día,  tarareándola inconscientemente a intervalos  regulares, como si fuera el recordatorio de algo importante que debía cumplir y por cuya razón la alertaba; Se imaginaba como Gyorgy Cziffra  tocando "Grand Galop Chromatique" de Liszt, disfrutando del momento. Pero esta ensoñación duró poco porque pronto descubrió que aquello no tenía nada de idílico.

Unos golpes rítmicos y secos, en su puerta, le hicieron volver la cabeza y encontrarse frente a un espejo que le devolvía una imagen que en nada recordaba a lo que ella era - o fue. Quedó petrificada por lo que reflejaba - ¿Era ella en realidad o una imagen pegada al cristal? - haciendo caso omiso de los insistentes golpes dados a su puerta, la cual calló de repente cuando se hizo consciente de su impertinencia. Lo siguiente que escuchó fue un timbre: Una melodía, procedente de un móvil, estaba sonando a su derecha, en la única mesita de noche de aquel dormitorio, cercana a la cama. El móvil pitaba; vibraba; cantaba; se iluminaba; no había estratagema posible que no hiciera para atraer su atención.
Dudando si contestar o no, sus pensamientos se interrumpieron cuando unas voces, procedentes del pasillo, le hicieron temer un desenlace desagradable. Y así fue como a las voces, cada vez más apremiantes y desquiciadas, sucedieron una serie de golpes y forcejeos que le resultaron tan incomprensibles y la aterrorizaron de tal manera  que no pudo moverse del sitio con intención de ocultarse, como era su inicial deseo.

   La puerta se abrió de golpe y un hombre sudoroso y con ojos desorbitados entró a la carrera en la casa, seguido de un par de policías, gritando en un lenguaje que no entendía. Todavía tenía tiempo de ocultarse si se movía con rapidez. Y es que - tal era el espanto que sentía - no tuvo capacidad de reacción permaneciendo inmóvil como una esfinge ante la mirada atónita de quien acababa de entrar en la habitación.
El hombre se dirigió corriendo hacia ella con tal ímpetu que cerró los ojos esperando en cualquier momento sentir el golpe que seguramente le asestaría en cuanto estuviera a su lado. Sin embargo, no sucedió tal cosa sino todo lo contrario. Aquel hombre la estaba abrazando, besando, acariciándola dulcemente a la vez que repetía una y otra vez el mismo sonido que para ella no tenía significado alguno. Aprisionada bajo el abrazo de aquella persona sentía  latir su propio corazón de forma desbocada.

   Abrió los ojos cuando notó humedad sobre sus hombros. Aquel hombre, que hacía poco le semejaba la propia imagen de la violencia más desatada, se había convertido en un muñeco de trapo que blandamente dejaba caer su peso sobre ella de forma tan comedida y tierna que la llenó aún más de confusión. ¿Eran lágrimas lo que resbalaban por sus mejillas? ¿Cómo podía ser eso?  ¿Qué es lo que le habría inspirado a aquel hombre que tanto le había afectado?
El hombre no dejaba de emitir sollozos y no se apartaba de ella mientras, abrazado aún,  acariciaba su pelo. Sin entender nada, trató de separarse de él, suavemente al principio, pero con firmeza. Le miró fijamente  y quiso expresar sus dudas y temores sin que pudiera hacerlo. La voz, su voz, no le respondió. Abría la boca pero de ella no salía sonido alguno o, al menos, nada parecido a los sonidos que ella conocía. Apenas eran unos gruñidos indescifrables. En un acto reflejo, se llevó las manos a la boca, a la garganta y allí quedó, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. ¡No podía hablar! ¿Cómo era eso posible? ¿Qué estaba pasando?

Rígida, por la tensión acumulada, permaneció estática, contemplando a aquellas personas que habían entrado en su habitación de forma súbita y violenta, sin comprender. Los policías  observaban la escena a cierta distancia dejando hacer a aquel hombre que se comunicaba con ellos mediante sonidos no reconocibles para ella pero que, por los gestos y expresiones corporales de aquellos, daban a entender que la situación estaba ya resuelta. Los acompañó hasta la puerta de la casa y desaparecieron de su campo visual sin dar muestras de preocupación o disgusto sino más bien sonrientes y con miradas de comprensión.
La casa quedó en silencio durante unos instantes y ella se dejó caer en la cama con todo el peso del cuerpo, liberando lágrimas de tensión y de impotencia a la vez que deseaba la desaparición de aquel hombre desconocido tras la misma puerta por la que instantes antes había hecho su aparición. No hubo suerte. Aquel hombre no solo volvió a su lado sino que se acercó de nuevo a ella con intención de volver a abrazarla. Pero, esta vez, sí supo reaccionar y se separó con tiempo suficiente para que no pudiera hacerlo. Se incorporó de la cama y, de pie, frente a él – que se había sentado a su lado para permanecer  cerca de ella – mantuvo su cuerpo erguido en un gesto que pretendía avisar que no permitiría que eso sucediera de nuevo; Con una mirada desafiante y los brazos cruzados en lo que ella entendía un gesto defensivo.

   El hombre la observaba con preocupación, pero no trató de acercarse a ella de nuevo. Sentado, contemplaba a su mujer extrañado y aliviado. Afortunadamente no le había pasado nada y no había sufrido ningún daño, uno de sus peores temores. Hacía tiempo que la doctora  le había advertido que aquello podía pasar aunque nunca se está totalmente preparado para ese momento, como pudo comprobar.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 14 Octubre, 2017, 09:22:20 am
VIENTO DEL NORTE

   Presiento que serán mis últimos momentos. Fuera, el viento gira con furia y me recuerda lo cerca que estoy de llegar al final. He tratado de mantener la esperanza durante muchos días, a la espera de encontrarme con alguien que pudiera sacarme del  atolladero  en que me encuentro,  pero no ha sucedido. Cierto es que tampoco tenía muchas esperanzas de que así fuera. Nunca he tenido la necesidad de apoyarme en nadie para salir a flote y, sin embargo, esta vez, siento que debo buscar fuera de mí para no caer en el olvido del silencio y la confusión. Por eso me decido a escribir. Es mi única alternativa. Tal vez, en algún momento, alguien comprenda y le sirva de ayuda. Por lo que a mi respecta, ya no tengo salvación.
Encerrado en este mundo, agitado por un mar de olas inmensas que me llevarán al fondo del abismo, no quiero dejar pasar la oportunidad de exponer a otros lo que acabará irremediablemente perdido en la vorágine que me rodea.

   Tiempo atrás, pude haberlo evitado. Ya no es posible. Desgraciadamente, el tiempo me ha dado la razón. ¿Lo busqué yo o fue producto de las circunstancias? ¿Acaso importa eso ya? No; no importa, claro. Es la forma en que trato de excusarme ante mis propios ojos, porque no hay juez más implacable que yo mismo. Yo, que he tratado con bastante indulgencia los avatares de los demás, nunca he sido capaz de aplicar ese principio general a mi persona. Estrictamente severo e inflexible, me he formado un carácter particularmente exigente que no ha sabido sortear las mareas y reflujos de la mar.
Un océano en el que siempre he vivido; las aguas a las que siempre he visto como un buen amigo y que  ahora se vuelven contra mí. O a las que de alguna manera he traicionado, mostrándome de esta forma su pesar y desencanto. Las he decepcionado y  me lo reprochan de semejante manera. Pero no se lo tengo en cuenta; me lo he ganado. Ahora, ya no cabe mostrar enojo, sorpresa o desaliento.

   Pero, como os decía, quiero explicarme; dejar escrito lo que no puedo expresar de otra manera; justificar mi imprudencia; tratar de acallar mi conciencia - la misma que no me ha dejado opinar y me ha tenido amordazado durante años en un recóndito lugar del que no pude salir a tiempo para avisar del desastre que se avecinaba. Porque, yo, observador pasivo de los hechos, he sido  incapaz de evitarlos.
Y de repente, la tregua; una necesaria pausa.

        Es curioso que recuerde ahora la última palabra del día que leí en el Dle: “Acuario”. Sorprende los pensamientos tangenciales y fuera de lugar que llevan a una mente saturada a la calma momentánea. Sin saber por qué, esta palabra ha evocado en mí un sentimiento de tranquilidad y serenidad. Tal vez pensé en una imagen colorida y relajante de peces sorteando a otros peces en un espacio de dimensiones limitadas que me llevó a un instante de mi vida en que me encontraba relajado y  confiado.

   Pero ha sido tan fugaz como irreal. De vuelta al presente, me siento más perdido que antes. Algo ha cambiado en el exterior. El viento, anteriormente tan amenazador y vertiginoso, ha calmado su ser para convertirse en un siseo constante parecido al maullar arrullador de un gato que trata de congraciarse con nosotros para su provecho. Han cesado los vaivenes de la mar; vuelvo a ser acunado por unas aguas mansas que parecen haber descargado ya su ira contra mí. Pero no me fío. Debe ser la calma que precede a la tormenta final. Debo darme prisa; mi tiempo se acaba.

Un último pensamiento, previo a desaparecer tragado por una gran ola, le llevó a rememorar un día de intensa tormenta, en su casa, junto a su madre y hermanos. De pequeño, temía los rayos y los truenos y se acurrucaba al lado de su madre tratando de protegerse de sus temores. De nuevo, la imagen de su madre surgió ante él acercándolo a su regazo. Cerró los ojos y trató de recuperar aquella sensación de calidez mientras las aguas ocupaban todo el espacio que le rodeaba hasta engullirlo completamente.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 22 Octubre, 2017, 07:09:23 am
LA LARGA MARCHA


Parecía que el pasillo se estrechaba al fondo, conforme se ascendía en espiral, sin que se pudiera distinguir signo de luz al final del mismo. Tal vez fuera porque no tenía fin, o porque allí acabara todo, frente a un muro de piedra o cualquier otro material lo suficientemente resistente y tenaz como para permanecer impenetrable a su débil constitución. Sin embargo, no se equivocaba: aquella era la salida,  sin duda. Por fin, tras mucho caminar sin reconocer el terreno; tras mucho vagar por senderos desconocidos e informes; tras mucho dudar ante las bifurcaciones que se le presentaban a cada paso, sin avisar – incluyendo algún que otro retroceso para volver a la senda inicial; tras largo trecho recorrido por aquellas vías – en ocasiones apenas simples bosquejos trazados en una tierra irregular; tras incesantes caminatas en las que apenas descansaba para tomar un respiro;  tras innumerables vueltas, revueltas y pendientes – tanto ascendentes como  descendentes; tras todos aquellos kilómetros sin fin que se le habían presentado durante todo ese tiempo como una carrera de obstáculos, a veces a contrarreloj; por fin, llegaba a lo que parecía una meta (una de las muchas posibles, lo sabía).
Se tomó su tiempo para saborear bien aquellos últimos pasos que le llevarían, según entendía, al momento en que acabaría su larga marcha. Despacio, se aproximaba a lo que desde hacía mucho tiempo (tanto tiempo que ya ni recordaba cómo empezó todo) esperaba con cierta ansiedad. Allí estaba su meta. Expectante, se imaginaba avanzando a cámara lenta, con la vista fija al fondo, mientras su mente se desdoblaba para captar ese  preciso momento. Una parte, centrada en el momento presente, físico, corpóreo, dinámico, perceptivo. La otra parte, centrada en una imagen donde se aparecía ante si como un personaje externo a quien observara aproximándose desde la distancia, y que lo mismo mostraba un encuadre  de plano general como primer plano; cenital o nadir; picado u holandés; escorzo o dorsal; perfil o “flip over”. Y todo ello, a la vez, en una mezcla  de perspectivas superpuestas que proporcionaban cierta sensación de vértigo y surrealismo.

   Era consciente de haber perdido varias partes de su ser por el camino: pequeños detalles, cierto. Algún botón de su camisa. Un desgarrón del pantalón. El cordón de su zapato. Nada especialmente significativo, si se considera solo el aspecto físico- mundano del asunto. Salvo que no era ese el aspecto a considerar sino el otro. No quería decírselo. No quería reconocérselo.  No quería ni insinuarlo. Mejor acallarlo. Lo que no se pronuncia permanece en lo irreal. No existe. Es solo un preludio, una silueta, un futurible no confirmado. No. No quería pensarlo. Habría significado dar forma a una idea que acabaría por salir y atormentaría su mente hasta que no le encontrase un significado. Así estaba bien. Una mera presencia, sin más. Un tanto molesta, eso sí. No era capaz de dejarlo estar. Tenia la necesidad de sonsacar, hurgar, desmenuzar todo cuanto se le presentaba. Como un niño ante un objeto desconocido. Debía explorarlo, abrirlo, desmembrarlo, entenderlo, antes de devolverlo al lugar de donde lo encontrara.
Y no quería que eso sucediera, evitando cuidadosamente caer en el intento, sorteando circunloquios improcedentes, ocultando pliegues que podrían llevar a un laberinto del que tal vez no supiera salir. La técnica del avestruz: no veo, no existe.

   Siguió adelante, una figura oscura apenas discernible en aquel paraje por el que transitaba, con cierto ánimo triunfalista, como quien sabe del deber cumplido y espera una recompensa por ello,  por mínima que sea: una palmadita en la espalda, una exclamación de aliento, una mirada agradecida, un cálido apretón o un reconocimiento velado reflejado en la apreciación de quien tiene a su lado.
Se acercaba y ya casi saboreaba su triunfo cuando, de repente, topó con algo que le impedía avanzar. No entendió. Nada había delante suya que obstruyera su caminar. Sin embargo, chocaba contra un muro invisible, traslúcido pero, innegablemente, un muro.

Oscuridad y silencio. Fin.

                                                                        ---------------------------------------

Cuando las luces se encendieron, comprobó que era la única persona que permanecía en su asiento. De hecho, quien se acercaba a él escaleras arriba llevaba una escoba y se agachaba aquí y allá, bien para acomodar, bien para recoger, bien para arreglar, algún objeto. No tuvo conciencia del tiempo transcurrido desde que la historia  acabó en un fundido en negro, dando paso a los títulos de crédito, hasta observar aquella persona que se afanaba en dejar un poco aseada aquella sala para cuando se iniciara el próximo visionado.
Lentamente, salió de allí y se dirigió hacia su coche pensando en aquella extraña película y su simbolismo final. ¿O acaso no era ningún simbolismo y simplemente era así? No pudo determinar si hacer una buena o mala crítica de lo que acababa de ver. ¿Se la podría recomendar a alguien? No; decididamente, no. No es que fuera una mala película sino que era demasiado… “abstracta”. “Abstracta”, repitió en voz alta, y se rió de buena gana. Esa era la palabra utilizada por su vecina cuando quería criticar a alguien pero sin que se notara mucho. Si, era ese tipo de “arte” difícil de interpretar. Para algunos una joya, una obra maestra. Para otras personas, una majadería sin pies ni cabeza. Un esnobismo. Y recordó aquel libro que leyera hace poco, que llegó a sus manos por accidente, dejándole una agradable sensación: “La elegancia del erizo”. Leyó críticas que alababan su excelencia y otras que no le daban muchas oportunidades. Pero eso es como todo, sentenció. Lo válido es lo que cada cual encuentra provechoso, sea o no del gusto de los demás.

Y con este planteamiento dio por concluida su tarde de cine disipándose en el tráfico intenso que le rodeaba a esas horas, en plena hora punta, dificultando su conducción y que reclamaba toda su atención,  reconcentrada durante el trayecto de vuelta a casa.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 03 Noviembre, 2017, 06:38:59 am
COMUNICANDO


“Está usted despedida”. Esta fue la escueta frase que dejó caer su jefe, sin apenas mirarla – porque ni siquiera tuvo el valor de decírselo mirándola a la cara. Perfecto, pensó; ya no tendré que enfrentarme a los abusos diarios de poder y ostentación de tanto mequetrefe como merodea por estas oficinas.
Sabía que no tenía nada de perfecto quedarse sin trabajo pero no dejaba de ser un mecanismo de defensa frente a la “crónica de una muerte anunciada” desde que hacía dos o tres meses comprendiera que aquel “silencio administrativo”, que se concentraba a su alrededor cada vez que se acercaba al grupo, no presagiaba nada positivo ni tranquilizador. Lo sabía, si. Y… ¿Acaso podía ella hacer algo por evitarlo? NO. No dependía de ella sino de las circunstancias, o más bien, de las “necesidades del mercado” - como solía decirse cada vez que notaba de nuevo aquella sensación tan desagradable de estar fuera de lugar.

   Por mucho que hubiera tratado de averiguar cuál era la alternativa adecuada que la condujera de nuevo al camino “correcto” nunca supo la opción acertada puesto que nadie le dijo en qué fallaba o cómo debía reconducir sus planteamientos, no quedándole más remedio que usar la vía del tanteo experimental  - provocando situaciones que le permitieran identificar qué se esperaba o no de ella en función de las respuestas obtenidas y originadas por sus actos. No era adivina, ni intuitiva. Solo entendía (o solo quería entender) lo que se le decía de forma clara y directa. Nada de circunloquios en los que tuviera que adivinar o leer entre líneas. ¿Para qué estaba el lenguaje sino para comunicarse con los demás? ¿Y qué otra función tiene la comunicación sino la de expresar exactamente lo que se desea transmitir, descubrir, manifestar o hacer saber a alguien  mediante un código común al emisor y al receptor?
Y, sin embargo, cuando se le hablaba solía ser de forma tan ambigua que todo quedaba a la libre interpretación de quien escuchaba. Demasiadas posibilidades como para manejarlas todas a la vez. O demasiadas opciones para explorarlas una a una. Demasiado tiempo y esfuerzo sin saber si merecía la pena  su dedicación expresa en ese objetivo. Mejor dejar en manos del destino lo que tuviera que ser; no consideraba la idea de malgastar ese tiempo en algo que no era tan relevante. ¿Quería ese trabajo? Si, lo quería. ¿Le gustaba lo suficiente como para prestarle toda su atención y empeño en recuperarlo? No lo tenía tan claro. Le gustaba, si, pero suponía que era por falta de otro que le tentara más. Como se suele decir “En el país de los ciegos, el tuerto es el rey”.

   Estas y otras ideas similares se formaban en su cabeza otorgándole cierta tranquilidad respecto al futuro inmediato. Buscar otro trabajo, por ahora, no era su prioridad. No estaría mal un período  vacacional donde distanciarse de la situación para tomar una perspectiva más amplia y realista.

Aquella misma tarde se encontró con su antigua compañera de piso, de quien hacía mucho tiempo  no sabía nada, y mantuvieron una relajada conversación sobre tiempos pasados, sentadas en una terraza y disfrutando de un estupendo día otoñal, mientras el mundo giraba a su alrededor con las prisas acostumbradas; como cuando congelas una imagen para observar mejor sus detalles; un remanso del río antes de volver a retomar la corriente.
“Podrías plantearte el trabajo autónomo; sin jefes ni nadie que te mande”. No era una salida nada descabellada. Ya había estado trabajando como autónoma antes; conocía de lo que hablaba. Esa era justo su situación, de esto hacía ya más de siete años, cuando se presentó la posibilidad de trabajar en la empresa de la que acababa de ser despedida. Al principio no se mostró muy satisfecha de aquel cambio pero luego, con el correr de los meses, se había ido implicando más de lo debido hasta no querer dejarlo. Pero su amiga tenía razón; podría volver a planteárselo.
Ser autónoma implicaba para ella ciertas desventajas, aunque también le ofrecía bastantes posibilidades; tendría que estudiar esa opción y olvidar lo de buscarse un nuevo trabajo. De hecho, no le apetecía nada ponerse a buscar. No le desagradaba la idea de comenzar su aventura en solitario; sonrió y despejó de aquella manera sus oscuros pensamientos sobre la necesidad de trabajar. El resto del día lo dedicó a pasear, relajarse, disfrutar en la calle del buen día que se había presentado.

   Aquella noche se durmió de inmediato, soñando, sin ser consciente de qué pero con la sensación de haber sido  algo agradable por lo bien que se sentía al despertar. Un torrente de energía y buena disposición hizo que estuviera todo el día elucubrando posibles ideas que llevar a cabo en solitario. No buscaba nada que le reportara unos beneficios cuantiosos sino que se conformaba con mantener a raya sus deudas. Siempre había sacrificado el salario a la calidad de vida sin importarle la cantidad de dinero que pagaran con tal de  poder disfrutar de tiempo que dedicarse a si misma.
Buscando apoyo logístico para los papeleos necesarios que inevitablemente surgirían en su nuevo proyecto (había pensado en convertirse en articulista freelance) mantuvo varias conversaciones con distintas amistades y familiares que trabajaban por su cuenta y que podrían aconsejarla sobre lo que era más provechoso para ella. También visitó numerosas páginas web donde encontrar información de interés para lo que se proponía hacer. Aquella era una idea que le tentaba mucho y en poco tiempo ni recordó que había estado trabajando para otros.

   Se lo tomó con mucha calma y, mientras estuvo pensando y repensando cómo actuar y a quién acudir, dedicaba su día a documentarse sobre diversos temas de interés (o al menos a ella se lo parecían) que abarcaban diferentes ramas de la Sociología, la Historia (natural o social) así como diferentes tribus y subculturas. En realidad, se dejaba llevar por su curiosidad y por las tendencias que creía descubrir en la red. No obstante, debía vender sus artículos si esperaba vivir de ellos (lo que no quería decir que escribiera únicamente para lo que quisieran escuchar las personas que los). Tenía sus límites. Y sus principios. No todo valía. En caso de que no pudiera hacerse un hueco o no gustara a las editoriales no tendría más remedio que buscar otra forma de ganarse la vida.
Pero pasaba el tiempo y no acababa de convencer, a las diversas revistas, del interés de los temas que trataba en sus artículos (los cuales subía a su blog para que, al menos, vieran la luz después de tanto trabajo).
   
   Oculta tras un montón de libros, no era visible a quienes asomaban por aquella sala de la biblioteca. Esta vez, buscaba cualquier texto que le ayudara a comprender aquella parte de la historia  de la que hasta hacía poco no tenía mucha información - pero que a raíz de la lectura del libro “El imperio eres tú” despertó su curiosidad por conocer, de primera mano, a partir de documentos históricos oficiales - aunque no le sorprendió lo que leyó. De nuevo la barbarie se cebaba con las tribus indígenas. Allá donde fueran las personas “civilizadas” daban muestras de su más que evidente falta de escrúpulos y su nivel depredador frente a los más débiles. ¡Bienvenida civilización! Qué hipócrita y qué falta de contenido. ¿Quién se inventaría esa palabra? ¿O el problema era quién la había usado para tapar lo que realmente se hacía? Buscó en el diccionario el significado de civilización… y no pudo más que sonreír irónicamente ante lo que leía:
 2. f. Estadio de progreso material, social, cultural y político propio de las sociedades más avanzadas.

También buscó lo que significaba la palabra civilizar:
1. tr. Elevar el nivel cultural de sociedades poco adelantadas. U. t. c. prnl.
2. tr. Mejorar la formación y comportamiento de personas o grupos sociales.
Con un gran suspiro, que lo mismo podía representar su hastío por la capacidad humana de degradar a otros seres de su misma especie como la repugnancia que sentía al leer aquellas escenas tan miserables y ruines, cerró el libro de un golpe y salió de allí con ánimo abatido.
Más tarde, se centró en buscar la etimología de dicha palabra descubriendo que no empezó a usarse en España hasta el siglo XVIII. Y según parece, por parte de petimetres para darse aires de modernidad. La estupidez humana no tiene límites.

   Había conseguido colocar alguno de sus artículos en diversas revistas digitales de poca monta pero su salario fue realmente escaso; con eso apenas podía sufragar gastos. Tendría que poner toda su inventiva a trabajar – y así adivinar lo que realmente interesaba a las editoriales - si no quería quedarse sin trabajo, de nuevo.
Pero su sorpresa fue grande cuando descubrió un mensaje de su antigua empresa. ¿Qué querrían? Bueno, fuera lo que fuera podía esperar, seguro. Y no volvió a acordarse de ello hasta que al día siguiente recibió una nueva llamada. Esto sí que le resultó curioso; parecía que mostraban interés en contactar con ella pero ¿Para qué? Ya le habían mostrado su intención de dejarla fuera del equipo así que no entendía qué querían ahora.

   Dejó pasar unas horas antes de llamar a su antigua empresa. Cuando por fin pudo comunicarse con su exjefe, le sorprendió que con la misma actitud en que había sido cesada de su puesto, se le estuviera invitando a volver. ¿Qué  decir? Su situación económica estaba un tanto delicada y optó por volver a intentarlo.
No hubo ningún tipo de “celebración” o atención particular por parte de ninguna de las personas con las que se reencontró; ningún comentario respecto a que estuviera o hubiera estado ausente; parecía no interesar a nadie. Todo volvía a ser como antes de que ella saliera de allí. Realmente, no entendía.

Al cabo de muchos meses de incesante trabajo, fue llamada de nuevo al despacho; y se volvió a repetir la situación: De nuevo despedida. Aquello la aturdió. Había vuelto a implicarse sin darse cuenta de que aquello podía  pasar. Esta vez, no le afectó tanto, aunque seguía sin entender. Dejándolo pasar se enfrentó de nuevo con diversas revistas digitales  ofreciendo, aquí y allá, algunos artículos que había dejado a medias en su anterior etapa de articulista.  Y no se sorprendió en absoluto cuando, al cabo del tiempo, volvió a recibir la llamada de la empresa para su reincorporación. Lo aceptó como algo, tal vez, inevitable. Entendía que era una situación absurda que podría cortar y dar por concluida  pero prefirió sacar provecho de ella. Podría compaginar ambos períodos y permanecer tanto en la empresa (cuando a esta le pareciera adecuado) como de forma autónoma.
Estos cambios los entendía y los asumía como ciclos completos que le daban la posibilidad de no saturarse ni con lo uno ni con lo otro.  Y así permanecía en tierra de nadie, sin comprometerse más de lo necesario – consciente de que para la empresa no sería más que una  pieza de repuesto - pero sin desconectarse del todo. No le parecía mal trato.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 05 Diciembre, 2017, 18:53:59 pm
                                                                              ENCORE

De nuevo, aquel torrente de ideas en ebullición buscaba su camino para emerger al mundo, para hacerse notar, transformadas en algo visible, aunque fuera virtual. Apresuradas, en oleadas, revueltas y sin otra finalidad que la de liberar la fuerza contenida, protagonizaban una fuga precipitada e incontrolada que surgía a borbotones  cada vez que encontraban un mínimo resquicio por el que  escabullirse. Parecía como si esperasen  una señal – que generalmente era cualquier momento de lo más trivial o precisamente, por serlo - aprovechando la lasitud y relajamiento en las murallas defensivas. Cuanto más tranquila se sentía  pensando que todo estaba en su sitio, mayor era el  peligro de fuga, encontrándose de sopetón con la desbandada general.
No entendía cómo podía autoengañarse tanto. Todo su autocontrol saltaba por los aires en cuanto desviaba la mirada por un segundo. Pero no era posible estar siempre en tensión. En algún momento debía distenderse si no quería quedar agarrotada de por vida, insensible ya a cualquier cambio. Permanecería rígida y sin capacidad de reacción. Además, suponía un extraordinario gasto de energías. No, aquello no podía suceder.

   Por eso, marchó en línea recta hasta ubicarse frente a la puerta - la misma por la que ya había pasado incontables veces y a la que acababa regresando una y otra vez por muchos cambios que introdujera en su recorrido. Al principio, descartando algunos atajos y retrocediendo conforme se encontraba con un obstáculo que le impidiera seguir. Metódica y secuencialmente iba eliminando, una a una, distintas posibilidades en busca de soluciones que le permitieran salir de allí. Perdida, en medio de aquel laberinto de alternativas, cuando creía que ya no existían más vías posibles por explorar, acababa encontrando cualquier sendero que la llevaba en una dirección no esperada y, quién sabe, si acaso prometedora – o al menos, esa era su esperanza.
Volvía a intentarlo. Respiró hondo antes de atravesar aquella puerta que tan bien conocía, sintiendo una nueva descarga de adrenalina. Se sentía nerviosa y desconfiada. Por no confiar, ni en ella misma. Todo se había vuelto tan irreal que no era capaz de separar lo cierto de lo simulado, confundiendo sus razonamientos, llevándola a un estado de shock o de bloqueo tal que era incapaz de decidirse. Dudaba de todo. No había punto de referencia al que acogerse, por lo tanto nada podía permanecer estable. Ni siquiera tenía definidos los límites. Así no se podía construir ninguna base sólida sobre la que erigir el más mínimo planteamiento lo suficientemente contundente como para sobrevivir a las sacudidas del destino.

   Esta vez, permaneció en su sitio durante largos minutos; primero, de pie; después, dejando caer el peso de su cuerpo sobre la pared; y, por último, sentada en el frío suelo. Allí quedó. Quién sabe si a la espera de algún acontecimiento que le ayudara a decidir o a la espera de un momento lúcido que le proporcionara una vía de escape: una acción, al fin. Se desesperaba al permanecer allí indecisa y se reprochaba no tener más claridad de ideas  ni capacidad de iniciativa.
Reprimió el impulso de salir corriendo hacia donde sus pies la llevaran. No, mal comienzo. Ya había experimentado aquella situación y no le había reportado nada bueno. ¿Y si lo intentara otra vez? No. No más huidas. Permanecería donde estaba hasta encontrar una solución convincente y bien fundamentada. El tiempo no era lo importante ahora sino el camino a seguir. Se acabaron los paseos sin rumbo y las rutas emprendidas para saciar su curiosidad. No más. Era lo más razonable, lo sabía. Y, sin embargo, ¡Le tentaba tanto volver a las andadas!

   Pasaron las horas y seguía sin decidirse. Su confusión había tomado una forma  tan abrumadora que pesaba sobre ella como plomo haciéndola hundir sus hombros e inhabilitándola para cualquier movimiento. Sentada y cada vez con menos fuerzas sentía pasar el tiempo como si no fuera con ella, con indiferencia casi.
Un ligero rumor de pasos hizo que aguzara el oído y cambiara su postura, mostrándose atenta y en tensión ante un posible encuentro con  personas desconocidas. En un acto reflejo, se levantó y comenzó a andar aceleradamente alejándose de  aquel rumor que, posiblemente, solo había sido un engaño de su mente aturdida. Paró y giró en redondo, para volver sobre sus pasos, pero su sorpresa fue mayúscula cuando al hacerlo no logró identificar el lugar donde se encontraba. ¡Tampoco había andado tanto como para perderse en un nuevo camino del que no reconocía nada! Fuera como fuera y sin saber cómo, en algún momento debía de haber salido al exterior porque ahora se encontraba en un terreno bastante rocoso y con pequeños arbustos desperdigados  aquí y allá. Empezaba a atardecer; mejor buscar un lugar donde pasar la noche. Tendría que subir al punto más alto que encontrara para reconocer el terreno y decidir hacia dónde encaminar sus pasos.

   Subió una pequeña loma y al llegar a lo alto quedó maravillada por lo que vio. Múltiples puntos luminosos iluminaban lo que parecía un camino. Restregó sus ojos por si el cansancio le gastaba una mala pasada con un espejismo ilusorio fruto de su deseo por llegar a algún sitio. Los abrió y fijó su mirada al frente. No, no era ninguna ilusión óptica. Se veían claramente: destellos luminosos que se encaminaban hacia cierto punto del horizonte, donde se perdían tras lo que parecía ser una gran roca.
Perdida toda su cautela y  prudencia por el agotamiento que suponía la tensión acumulada, sin pensarlo un segundo y sin necesidad de meditar lo que hacía, dejó que sus pies la condujeran hacia aquel camino, que la atraía como polilla a la luz, acallando cualquier sabio y conveniente consejo que su subconsciente le dictaba en forma de imagen mostrando una secuencia vista en uno de esos documentales de Naturaleza donde una concienzuda estratagema tejida por un hábil depredador acababa con la vida de un inconsciente insecto que se dejaba fascinar por una brillante luz, terminando irremediablemente en las garras de su presa.

   Conforme avanzaba por entre aquellas luces se sentía más relajada, sin perder del todo su prudencia y desconfianza;  aún al acecho de cualquier cambio que se produjera o tratando de prevenir posibles contrariedades que se fuera encontrando sobre la marcha. La noche fue apoderándose del cielo - quien apenas mostraba  una débil señal de lo que hasta hacía poco había sido un resplandor a su izquierda. No dudaba en su caminar; las luces eran claras y precisas en cuanto al sentido a seguir.
Por el momento, siguió andando sin preocuparse más en buscar refugio para pasar la noche; poco rato después se lamentaría por no haberlo hecho puesto que al cabo de varios minutos las luces empezaron a parpadear. Al principio fue como una señal, un indicio de su pronta desaparición. Tras dos o tres intentos en los que se apagaban brevemente a intervalos de apenas un segundo,  comenzaron a incrementar el ritmo hasta convertirse en un frenesí acelerado de luces que daban un aspecto festivo al entorno, lo que proporcionaba cierta sensación de bienestar.

   Pero aquello duró poco. Pronto se apagaron todas las luces para no volver a encenderse más. Y allí quedó, parada. El primer instante fue de incredulidad pero enseguida recuperó su ánimo y se dirigió hacia unas rocas en las que se había fijado, al pasar no hacía mucho, para guarecerse y hacer noche, si ese era el caso. No sabía si las luces volverían a iluminar el camino o si su desaparición era ya irreversible. Pero en lo que resolvía ese problema debía pensar en su bienestar inmediato y ello pasaba por buscar el lugar adecuado donde pernoctar. Retrocedió unos pasos y vislumbró en la penumbra de la noche una silueta de lo que ella creía eran las rocas que buscaba pero que en realidad era la entrada a un pasadizo que conocía bien. No era la primera vez que se había tropezado con él. Decidida y en parte contenta de encontrarse en zona conocida, recorrió unos cuantos metros y se dispuso a extender su saco de dormir y sus escasas pertenencias. Bebió agua; se acomodó; se tumbó a dormir. Mañana dispondría de otro día lleno de posibilidades.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 10 Diciembre, 2017, 16:59:14 pm
Hoy he vuelto a verlo, como casi todas las semanas. Cada vez que lo veo siento un malestar que trato
 reprimir pero que no puedo evitar. ¡Cómo es posible que las cosas hayan cambiado tanto como para hacerme sentir tan mal! Es una sensación muy desagradable. Cuando pienso en la cantidad de tiempo compartido que pasamos juntos, en armonía, me entran remordimientos y sentimientos de culpa al constatar la indiferencia que me recubre cuando aparece en mi vida. Reconozco que me avergüenzo de ello. ¿Soy una mala persona por sentir lo que siento?
En otro tiempo fuimos amigos y compañeros pero ya de eso no queda casi nada: unas meras palabras de cortesía entre nosotros. Aunque bien sé que yo soy quien más sufro por ello; quien lleva consigo el peso de la culpa y la desesperanza de no poder hacer nada contra estos sentimientos ingobernables que se niegan a mostrar un ápice de comprensión ante las continuas andanadas de vuelta a la normalidad y buena sintonía que prodiga quien otrora fuera como de mi familia y a quien tantas veces hice cómplice de mis confidencias. No, el tiempo no perdona. Tal vez enmascara, pero poco más.

   Aún recuerdo aquella tarde de primavera cuando seguíamos mostrándonos orgullosos de nuestra más que fortalecida amistad. ¡Qué ingenuos y qué vanidosos! Caímos en el error de pensar que seríamos capaces de tolerar cualquier situación porque nuestra amistad estaba por encima de todo. Y era cierto, lo estaba. Pero aquello era un TODO demasiado grande como para asumirlo.
Nunca habíamos peleado por cuestiones de dinero ni por cualquier propiedad o pertenencia, sin importarnos que él fuera mil veces más rico que yo – de hecho, él era quien  pagaba generalmente las copas, las entradas, las comidas…. Eso nunca supuso ningún obstáculo: yo era un mísero trabajador a tiempo parcial y él era hijo de una familia más que adinerada. Lo teníamos asumido y ni siquiera era tema de conversación.

   Nos juntábamos cuando caía la tarde, sentados en una de las mesas de aquel bar que con tanta  gratitud nos acogió  y de cuyo nombre no me acuerdo. Algo relativo a las brujas o los calderos o qué se yo. Una palabreja que me sonaba a extranjera pues no la había escuchado hasta entonces. Además ¡Qué tipo de nombre era ese para un bar! Recordaba que tenía una k… “Ake” y algo más. ¿Acaso éramos magos o teníamos la intención de serlo? Siempre me sonó de lo más absurdo, pero nunca dije nada por temor a herir sensibilidades. Al fin y al cabo, me considero un buen hombre; no hay por qué ofender si no es necesario. Y el dueño del local me caía simpático.
Aunque no olvidaré su expresión de máxima desolación  cuando, aquella tarde, abandonamos el local  medio derruido escapando de una posible muerte por la explosión de aquella pequeña bombona de gas que no debería estar allí.

   No llegó a aclararse del todo su procedencia. Algunos juraban haberla visto desde hacía varios días y otros apenas recordaban ni que hubiera un pequeño trastero tras la barra. Pero yo si supe quién la puso allí y por qué. Él la puso. Iba a ser una divertida broma de la que no se dejaría de hablar en mucho tiempo. O de eso se trataba, como me había asegurado repetidas veces aquella misma noche en estado de embriaguez  y bajo el peso de la culpa.
No debería haber pasado lo que pasó. No sabía que hubiera nadie oculto allí detrás. ¿Cómo iba a imaginarse que el dueño del local iba a tener una hermana gemela drogadicta que acudía cada cierto tiempo a buscar su pequeña porción de humanidad? (Su hermano le preparaba una compra de alimentos que debían servirle para pasar la semana sin necesidad de tener que asistir a ningún centro asistencial. La única condición era que no fuera en horas de trabajo). Por eso estaba allí cuando no debía y por eso acabó en la ambulancia con quemaduras en gran parte de su cuerpo.

   Él reparó los daños generosamente y el bar volvió a ser lo que era pero aquella mujer nunca volvió a recuperarse del todo y a los pocos meses murió de sobredosis. Aquello influyó excesivamente en el ánimo de mi amigo quien acabó escudándose bajo el alcohol y las drogas para evadirse de la pesada carga que suponía su responsabilidad en el caso.
Progresivamente fue hundiéndose más y más en su propia espiral de autodestrucción alejándose de mí - que trataba de ponerlo en orden y obligarlo a reorganizar una vida que veía fracasar y desperdiciar -  mostrando una personalidad débil y pusilánime que no me dejaba indiferente.

     Con el tiempo, entendí que no había nada que hacer y dejé que viviera su vida como quisiera aun presagiando una deriva bastante incierta, cosa que era fácil de adivinar debido a las noticias que a veces me llegaban por parte de amigos que nos eran comunes a ambos. Al principio sentí rabia e impotencia al ver que no era capaz de hacerle entender pero, conforme pasaban los días, asumí que estaba fuera de mi alcance por mucho empeño que pusiera en ello no quedándome más que asistir a su inevitable caída en desgracia.
Supongo que ver lo que había sido y en lo que se había convertido era algo difícil de digerir para mi. Era la viva imagen de lo que yo no querría llegar a ser.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 07 Enero, 2018, 09:06:16 am
                                                                UNA TARDE OCIOSA

   La tarde, lluviosa, gris y fría, no invitaba a salir. Decidieron quedarse en casa, junto a la chimenea. Ninguno tenía una idea clara de lo que podrían hacer para llenar aquellas horas hasta que la noche  llegara  mirando, hipnotizados, el fuego en su infinita danza, con su chisporrotear intermitente mientras pensaban algún entretenimiento que les sacara de su monotonía. Los cuatro amigos habían pasado juntos buena parte de sus vidas y se conocían de aquella manera en la que con un solo gesto se expresaba una idea compartida por todos ellos.
Aquella mirada no gustó demasiado a Gustavo pero entendía que tendría que ceder, por ahora. Encogiéndose de hombros aceptó la propuesta y todos se dirigieron al desván entre risas e insinuaciones.

   No era la primera vez que subían allí pero si la primera vez que lo hacían desde que eran pequeños - cuando su imaginación engrandecía y descubría sombras siniestras donde solo había muebles baratos y algún que otro arcón de madera repleto de trastos y sábanas viejas. Como bien había supuesto, la magia de aquel otrora asombroso mundo  por descubrir no impresionó a ninguno de los presentes, sino más bien todo lo contrario, flotando en el ambiente  cierto ánimo de decepción.
“No entiendo qué hacemos aquí” – dijo Carlota enfadada. “Ya sabéis que no me gusta nada toda esta tontería de historias sobre desvanes y sus supuestos misterios. No son más que pamplinas de niñatos”. Germán, siempre solícito, trató de calmarla recordándole que ciertamente ya no eran unos críos pero lo único que consiguió fue una mirada de reproche que tuvo el efecto de cortar en seco su  incipiente sonrisa conciliadora. Desvió la mirada y se mantuvo alejado de ella.

   “Vamos, Carlota. Ponte en situación. Estamos aquí, aburridos,  sin nada que hacer hasta las ocho, ¡Qué menos que tratar de amenizar la tarde de alguna manera!”. Y dándole un empujón cariñoso con la cadera, Julia se dirigió hacia uno de los arcones que poblaban el desván para curiosear dentro. Al principio se resistía y no pudo abrirlo. Gustavo se acercó a ayudar y al rato estaban mirando el interior sin mucho interés – gracias o, más bien, a pesar de  la escasa luz que aún entraba por un pequeño ventanuco. Su contenido se resumía en un par de sábanas; una mantelería incompleta; una caja llena de abanicos de colores; algún vestido o camisón; unos cuantos pantalones; y pañuelos. “Nada interesante, como pensaba”, espetó Carlota a la vez que sacaba una de las sábanas doblabas que estaban apiladas a un lado del arcón, para demostrar su afirmación, levantándola súbitamente y haciendo que algo rodara por el suelo. Debía ser algo pequeño porque apenas hizo ruido. “Hala, ya tenéis con qué entretener la tarde: A ver quién encuentra lo que sea que se haya caído.”
“No creo que merezca la pena ponerse a buscar lo que posiblemente sea un simple botón”, dijo Germán con deje mohíno. Todos aceptaron esa hipótesis como la más factible y olvidaron la búsqueda. Guardaron de nuevo todo en el arcón y se acercaron al siguiente para descubrir su contenido, aunque con escasas perspectivas de encontrar nada de interés.

   Éste estaba bien cerrado con llave. Tenía echado un candado de poco calibre pero lo justo como para no dejar observar su contenido de modo inadvertido. “Seguro que la llave está en algún llavero de los que tienes en el mueble ese tan pasado de moda que hay en el salón. Voy a bajar a ver” - dijo Carlota para salir de aquel aire viciado – Y sin esperar confirmación del dueño de la casa,  bajó las escaleras dirigiéndose al salón cantando aliviada. Regresó minutos después de que se escuchara ruido de cajones abriendo y cerrándose así como el ir y venir de pisadas en la planta inferior. Como no tenían nada mejor que hacer, mientras esto sucedía bajo sus pies se dedicaron a buscar lo que pensaban sería un botón o lo que quiera que fuera había caído al suelo. La poca luz que antes iluminaba, en parte, el desván había dejado de ser tan intensa pasando a convertirse en un tenue tono ceniciento que apenas dejaba adivinar los trastos que allí se albergaban sin que ellos fueran conscientes de la oscuridad que les rodeaba hasta que Carlota, de repente, encendió el interruptor de la luz mientras, con voz triunfal, pregonaba “¡La tengo!”.
Los tres amigos que permanecían en el desván dieron un respingo y le lanzaron miradas recriminatorias obteniendo por toda respuesta la imagen de una pequeña llave - exhibida en alto - que formaba parte de un llavero bastante herrumbroso.

   Todos se acercaron expectantes al arcón deseando que, esta vez, obtuvieran algún resultado pero, al abrirlo, no hubo exclamaciones de sorpresa o de júbilo. Ni siquiera de consternación o decepción. No esperaban encontrarlo casi vacío. Apenas contenía dos o tres libros y algunas cartas, amarillentas por el paso del tiempo. Solo cuando sacaron los libros y las cartas, encontraron una pequeña caja que había permanecido semioculta en el fondo. Era una de esas cajas de galletas, de latón, que se usaban antiguamente para guardar diferentes objetos de pequeño tamaño - o lo que en realidad encontraron allí dentro: imágenes en blanco y negro de personas y lugares que no conocían.
Decidieron bajar al salón para poder ver las fotografías cómodamente sentados  al  calor del fuego.

   Gustavo apenas reconocía a aquellas personas que ofrecían a la cámara sus sonrisas más radiantes. En algunas de ellas estaba escrito, por detrás, algún nombre de personas o lugares que ayudaba a asociarlos bien con la familia, bien con algún momento puntual de sus vidas. En una de ellas aparecía un joven de aspecto afligido - alto, moreno y no especialmente apuesto - con una carta en la mano (caída, como si estuviera sosteniendo algo muy pesado) mientras su mirada se perdía en las nubes que se acercaban por su lado  derecho. Había un nombre escrito en el anverso con letra que parecía de mujer: Matías.
Por mucho que hiciera memoria, Gustavo no pudo recordar ningún familiar cercano o lejano con semejante nombre. Y todo hubiera quedado en eso si no fuera porque, acabadas las fotografías, siguieran con el ánimo aburrido y deseoso de actividad.

   “Os propongo un reto: Quien sea el primero en encontrar el botón ganará ...” – Gustavo dejó en suspenso sus palabras mientras pensaba rápidamente en algo interesante que ofrecer. Al principio quedaron mirándose unos a otros para comprobar el efecto que tenían estas palabras en los demás y al poco,  todos, incluida Carlota, corrieron escaleras arriba - entre risas y  bromas –  sin esperar siquiera a acabar de escuchar en qué consistía el premio y pugnando por ser la primera persona en subir. Julia llegó antes (le había cedido el paso Germán mientras utilizaba un placaje impostado sobre un Gustavo que maldecía con indignación para dar más realismo al momento).
En cuanto llegó se lanzó a la búsqueda del tesoro tropezando con uno de los tablones de madera del suelo, que sobresalía sobre el resto. Los demás se fueron acercando al arcón por diferentes lados mirando por aquí y por allá.

   Palparon el suelo por debajo de los muebles por si estuviera allí oculto  descubriendo al final su escondite. Pero no era un botón. Girándolo en la mano, Germán lo miraba con expectación. “¿Miguel? ¿Quién es ese?” preguntó en dirección a Gustavo quien  cogió el objeto que le entregaba aquel examinándolo extrañado. Era un anillo muy sencillo,  tipo alianza.
“No recuerdo ningún Miguel en mi familia – dijo pensativo – Tal vez fuera algún amigo de la familia. Pero ¿Qué hace aquí este anillo? Tendré que preguntárselo a mis padres para que se lo devuelvan a su dueño, si aún está vivo.”

   Aún quedaba una  hora hasta que  llegaran los demás. Aquella noche iban a celebrar una cena familiar a la que estaban invitados. Sería una buena ocasión para hablar de Miguel y averiguar quién era. En el ínterin, Julia sugirió que leyeran las cartas que encontraron junto a las fotos por si de allí sacaban alguna pista de quién podía ser. Aceptada la propuesta,  cada cual cogió una carta - que fue leída por encima fijándose únicamente en encontrar escrito el nombre no prestando atención al contenido - sin dar con ninguna referencia ni indicio de su identidad. Contemplaban la posibilidad de que en alguna de ellas apareciera su nombre vinculado con el de alguien de la familia o que incluso fuera un antiguo novio de alguna de las mujeres de la casa. 
Pero no encontraron nada por lo que, ante la cercanía de la cena, guardaron las fotografías y las cartas en uno de los cajones del mueble que ocupaba gran parte de la pared del salón y cada cual fue a prepararse para salir.

   Estaban sentados junto a los padres de Gustavo, más o menos en el centro de la mesa, lo que les permitía mediar en diferentes conversaciones. Cada cual trataba de encaminar la conversación hacia la familia y sus antepasados sin que ninguno de los intentos que hicieron por profundizar en el asunto acabara en nada puesto que a nadie le interesaba hablar de ese tema esa noche.
“¿Qué os pasa con la familia? ¿Estáis muy interesados en algo en particular?”. Era el abuelo quien se dirigió a ellos cuando, acabada la cena, pasaron a tomar las copas formando grupos diversos de animadas conversaciones. Gustavo le contó el anillo que habían encontrado y se preguntaban quién era ese tal Miguel del que no tenía noticias. La actitud de su abuelo cambió. Su semblante se tornó ligeramente pálido y parecía estar soñando despierto cuando en tono triste pronunció su nombre, “Miguel”, alejándose de ellos inmerso en sus propios pensamientos.

   Aquello no hizo sino acrecentar aún más la curiosidad de los cuatro amigos sin que se atrevieran a comentar nada más aquella noche, la cual  pasó tranquila y animada,  olvidando todo rastro de la historia del anillo.
A la mañana siguiente, Gustavo encontró sobre la mesa del comedor un sobre con su nombre escrito. Reconoció la letra al instante y se apresuró a leer su contenido. Tras  su lectura no pasaron muchos minutos hasta acordar con sus amigos un encuentro en el sitio usual.

“Y esto es lo que me encontré esta mañana encima de la mesa” – decía Gustavo mientras sacaba un sobre del bolsillo de su chaquetón verde. En la carta, su abuelo le explicaba que no debía volver a mencionar dicho nombre nunca más. A cambio, él le hacía un relato, más o menos extenso, de lo que había sucedido.
Por lo que contaba, Miguel era el hijo de un compañero de su tatarabuelo que tuvo más que amistad con algún miembro de la familia y cuya relación  fue cortada por este no se sabía muy bien por qué. Tal vez  cuestiones políticas que enfrentaban a ambas familias. Al parecer, algo imperdonable para la época. Y la cosa se complicó aún más cuando lo encontraron muerto en su cuarto. Se había suicidado.

   “No fue hasta más tarde – continuó hablando Gustavo – mientras recogía las fotografías para devolverlas a su sitio, cuando caí en la cuenta de que mi abuelo tiene un nombre compuesto”. Todos se le quedaron mirando sin comprender qué importancia podía tener aquello. “Salvador Matías” – insistió Gustavo. Nada, seguían sin reaccionar.
“¡Explícate ya de una vez, hombre! – presionó Carlota, irritada – “Deja de hacerte el interesante y cuéntanos de una vez lo que pasó”.
Gustavo les llevó de nuevo al momento en que subieron al trastero y dejó que la idea penetrara poco a poco en su cabeza. El anillo. La fotografía. ¿No entendían aún?
“Mi abuelo era el joven de la fotografía. Matías. Estaba leyendo la carta en la que le comunicaban el suicidio de Miguel – su querido Miguel”.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 28 Marzo, 2018, 19:42:44 pm
LAS CASUALIDADES NO EXISTEN

Todo empieza en algún momento, ¿por alguna razón o por casualidad? Mientras se hacía consciente de este dilema recordó que algunos de los experimentos científicos que luego habían derivado en grandes descubrimientos surgieron por “error”; fueron fruto de la casualidad. Ahí estaban los rayos X, la penicilina o el microondas. En fin, ejemplos había, variados y en distintas disciplinas. Si, todo acaba encajando (aunque no sea de la forma esperada).
Lo mismo podía decirse de varias de las afortunadas “casualidades” que le había deparado la vida. Al principio se sintió molesta con varias situaciones “inconvenientes” que al poco tiempo demostraron lo acertado de su oportunidad al convertirse en trampolín para ampliar y explorar otras alternativas no planificadas o, directamente, ni tan siquiera consideradas. Había sacado provecho de una desventaja inicial. Y no había sido solo una sino varias las veces que esto le sucediera a lo largo de su vida. ¿Quién no había experimentado algo parecido?

Esos eran sus pensamientos mientras ocupaba su tiempo a la espera de que  llegara su turno. Contemplar a las personas que deambulaban por aquel callejón se acabó convirtiendo en un pequeño estudio  sobre la humanidad  y sus diferentes personalidades o maneras de hacer y ser. Aún faltaba su buena media hora para entrar en el edificio pero como no resultaba nada práctico, a nivel de tiempo, ir y volver a su casa o a cualquier otro lugar o actividad que le apeteciera desarrollar, decidió quedarse allí sentada respirando el aire fresco de  aquel mediodía.
Lo que no sabía era que aquel entretenimiento le ofrecería la opción de resarcirse de maltratos y menosprecios pasados. ¿Así de fácil era? Se sorprendió de lo rápido que se había desarrollado todo una vez comprendió cuál era la situación.

   Sus días se desarrollaban tranquilos; nadie diría que en su interior bullían semejantes ideas y nadie la culpó por aquella “desafortunada casualidad”, como solían llamar al incidente las personas bienintencionadas con las que se rodeaba – aunque ella sabía que fue algo deliberado y que no tendría mayores dificultades en ocultar lo que realmente había pasado.
No, las casualidades no existen. Tenía la prueba. Todo el mundo había sido engañado e incluso ella misma estuvo a punto de creérselo si no fuera porque recordaba perfectamente cómo se había desarrollado todo.

La vio pasar tan cerca, con esos aires de superioridad que siempre la rodeaban, que pensó que era su momento; no tenía otra opción. Atropellarla no le había supuesto ningún remordimiento. Sabía que se lo merecía. No había sido muy cuidadosa cuando le quitó el novio y encima se lo había restregado por la cara haciéndola aparecer como una idiota delante de todas sus amistades. Ella pagaría por tantas injusticias y vejaciones que había tenido que soportar a lo largo de su vida. La misma que ahora recuperaba su  esplendor al verse dueña de la situación.
Estuvo perfecta. Escenificaba a la perfección su rol de persona insustancial que se había tropezado con la desgracia en su camino por la vida. Una lamentable circunstancia que haría que su mundo diera un vuelco inesperado. Esa era su baza, que jugaba con maestría.

No tenía más que aparentar cierta confusión y mostrarse medio alelada, como ausente, incoherente; lo que en según qué zonas se suele decir de alguien de pocas luces. “Le falta un hervor”.
Y precisamente, esa debilidad de carácter, ese parecer una mosquita muerta-  medio inútil a la sociedad y desvalida -  es lo que le había servido como coartada para  su gran actuación. “No señor, yo no vi que pasara nadie. El sol me cegó”; esto fue lo que declaró ante el juez aconsejada por su abogada, quien nunca puso en duda su versión de los hechos.

   El juicio fue muy breve y la sentencia no sorprendió a nadie: Homicidio imprudente. La sanción también cabía dentro de lo esperado al ser persona sin delitos previos con condena inferior a dos años; se libró de la cárcel. Ya le había informado su abogada cuál sería la sentencia más probable cuando, pensando que no merecía la pena malgastar su tiempo en mayores explicaciones puesto que la persona que tenía frente a ella apenas entendía lo que se le decía, había hecho un resumen muy escueto de la situación mientras le mostraba unos papeles donde se apoyaba su argumentación: “Los jueces o tribunales, mediante resolución motivada, podrán dejar en suspenso la ejecución de las penas privativas de libertad no superiores a dos años cuando sea razonable esperar que la ejecución de la pena no sea necesaria para evitar la comisión futura por el penado de nuevos delitos”.
Salió de la sala arropada por su abogada de oficio quien sintió pena por aquella mujer que se mostraba tan ajena a lo que le rodeaba. “Pobre, pensó, este tipo de personas en este mundo en el que vivimos están tan desprotegidas…”. Y mientras se alejaba de ella por el pasillo se felicitó de la suerte que tenía por contar con unas capacidades aptas para enfrentarse al día a día y salir airosa ante las visicitudes a las que le enfrentaba la vida. No pudo ver la  sonrisa oculta que se dibujaba en el rostro de su defendida mientras salía de los juzgados con la satisfacción de comprobar lo fácil que había resultado todo.

   Parada ante el espejo, que ocupaba el extremo de la pared del pasillo y que quedaba frente a la puerta de entrada a su dormitorio, miraba sin ver aquel cuerpo desnudo que ofrecía pequeños detalles a quien deseara observar con detenimiento: el lunar que se encontraba en su espalda, debajo del cuello; los prominentes huesos de su clavícula; la marca de una vacuna reciente o la palidez  de su piel. Solo cuando sintió un escalofrío, que recorrió por completo su cuerpo, se percató de su desnudez siendo consciente de la necesidad de cubrirla para evitar una enfermedad no deseada. “Solo faltaba que ahora que me libro de la cárcel acabara encerrada en un hospital”, pensó con socarronería.
Abrió la puerta del armario y descolgó maquinalmente la ropa que recubriría ese día su cuerpo mostrando una imagen anodina y sin nada que destacara, como era su costumbre. Prefería pasar inadvertida ante los demás y nada mejor que una imagen neutra para convertirse en invisible. Semejante aspecto serviría para corroborar ante cualquiera que era una pobre desgraciada a quien la casualidad le había llevado a encarar aquella difícil situación.
Título: Re:SOLO LETRAS
Publicado por: kermit en 31 Diciembre, 2018, 19:27:39 pm
GRIS

En aquel camino, cubierto de un manto de hojas secas arrastradas por el viento desde los árboles que bordeaban el riachuelo que transcurría tranquilamente cercano a la aldea, podía escuchar cualquier pisada indiscreta que se acercara. Aguzados sus sentidos, terminó el trabajo que le habían encomendado y volvió a su coche con aquel paquete maloliente y extrañamente pesado para su tamaño. Los días pasados bajo tierra habían hecho mella en las gruesas telas que lo recubrían.
No sentía ninguna curiosidad por aquel objeto que reposaba en el asiento del copiloto sobre un plástico que ella misma había extendido con el fin de  no ensuciar ni dejar rastros de su pestilente olor. Lo que había despertado su curiosidad había sido quien le pidiera el favor. ¿Por qué no podía acercarse esa persona a recogerlo ella misma? Si tanta prisa tenía por contar con ese objeto lo mejor que podía hacer era ir en persona a buscarlo. Además,  las explicaciones que le había dado no le habían satisfecho en absoluto; más bien le parecieron excusas. ¿Entonces, por qué se había prestado ella a hacer ese recado? Posiblemente por aburrimiento; o por salir de aquel opresivo ambiente; o por considerar que en parte se lo debía; o vaya usted a saber. Había ido porque quería. Y ya está.

   Cuando llegó a su destino, rodeó el coche y abrió la puerta del copiloto con intención de recoger el paquete, que debía ser conservado en una caja hasta que se lo pidieran. No era muy grande así que  podría encontrarla con facilidad en su propia casa. Una simple caja de zapatos bastaría. Era pesado pero no tanto como para no poder guardarlo dentro de ella.
Como iba dando vueltas a todas estas ideas  en su cabeza no se preocupó de  ver dónde ponía el pie,  tropezando en la acera y  teniendo que apoyar su mano para no caer de frente. El paquete quedó suspendido en el aire, por un momento, hasta chocar contra el suelo con un sonido sordo. Menos mal, no parecía que fuera nada delicado que hubiera podido romperse en pedazos. Y aunque así fuera, nadie le había especificado nada al respecto.

Al ir a levantarlo del suelo parte de su contenido se deslizó por una esquina del trapo, que se había abierto con el impacto. Una piedra. Pequeña. Gris. Igual a cualquier otra piedra de las que se podían haber recogido en la ribera de un río. Un guijarro, vaya. No le dio ninguna importancia a este suceso y volvió a colocarlo en el interior de aquella apestosa envoltura. Apuntó  mentalmente que sería buena idea meterlo dentro de una bolsa antes de depositarlo en la caja de zapatos. Aquello desprendía un olor penetrante mezcla a humedad y putrefacción. Supuso que así es como debían oler las sepulturas abiertas pasados varios días.
Este recuerdo le hirió profundamente. Sepulturas, como la de su madre. Apenas habían unas semanas desde su muerte.

Siempre había mantenido una actitud entre divertida y asombrada respecto a las, tan a veces, absurdas asociaciones que hacía su cerebro ante los más insignificantes sucesos del día a día. Sin embargo, en ese momento, no le pareció ni una cosa ni la otra; el recuerdo de su madre en el hospital, consumiéndose día a día, la atrapó con fuerza  mientras dejaba a su paso un reguero de lágrimas silenciosas que recorrían sus mejillas hasta el borde mismo de su mentón precipitándose a continuación hacia el acerado de cemento que discurría a lo largo de aquella calle de su edificio.

Ahora sentía más pesado aquel paquete. No le agradaba la idea de tenerlo en la casa por mucho tiempo. Sacó el móvil para llamar enseguida a su tío. “Ya lo tengo. ¿Te lo puedo llevar ahora? No me gusta tenerlo cerca.” Se escuchó un hondo suspiro y se hizo un silencio pesado que le pareció duraba demasiado. “¿Lucas, pasa algo?” De nuevo ese silencio incómodo se instaló entre ambos.
“Lo siento, Andrea, no puedes traerlo aquí. Es tuyo. Tu madre me pidió que te lo entregara pasadas varias semanas tras su … - sus palabras quedaron suspendidas en el aire, desconcertadas, sin saber bien qué hacer – su desaparición”. Andrea miró el móvil con aprensión como si él pudiera darle la respuesta que esperaba pero no quisiera hacerlo. Colgó sin despedirse y se quedó allí parada, contemplando indecisa el paquete que mantenía en sus manos.

Un último mensaje de su madre, pensó. Le entró un escalofrío repentino y se sintió mareada mientras un  vecino del bloque pasó a su lado deseándole un buen día antes de salir corriendo en dirección hacia su coche.  Ironías de la vida que le hicieron salir de su estado de estupor y reír a carcajada limpia liberando sus temores.
Más relajada, subió hasta su piso donde colocó aquel paquete sobre la mesa de cristal del salón como si de un cuerpo sin vida de algún pequeño animal se tratara. Posó su mirada sobre él con ternura. Ya no era un simple pedazo de trapo con piedras en su interior sino que representaba un recuerdo de su madre y, como tal, lo cuidaba con esmero. “A ver qué me tienes preparado ahora, mamá.”, dijo en voz alta mientras se desembarazaba de su abrigo y soltaba el bolso en el sofá.

   Delante de aquellas piedras, se quedó extrañada pensando en su significado. No recordaba ningún día en que hubiera ido a recoger piedras al río o nada que tuviera relación con eso. 13 piedras. Todas ellas de tamaño similar excepto una, más grande y redonda, que  tenía otros matices de color, como si fuera una intrusa entre las demás. El número tampoco representaba nada para ella. Su madre nunca fue aprensiva con los números, le gustaban todos (aunque tenía su preferido).
No sabiendo qué hacer con aquello lo guardó en una caja, tal y como tenía planeado, y se centró en buscarle sentido al número 13 ayudándose de las sugerencias ofrecidas por el buscador: algunas absurdas, otras más acertadas.

“En la cultura popular al número 13 casi siempre se le ha concedido un significado fatídico, sin embargo este enigmático y mágico número es mucho más que un posible símbolo de mala suerte. (...) Y en ellas también se habla de que, en realidad, el número 13 es un número sagrado, que representa un renacimiento tras la muerte”. Esto le llevó a pensar en la absurda idea de que su madre podría estar viva pero no podía hacerse notar y así se lo comunicaba. Absurda esperanza que dejó de lado con un hondo suspiro.

Estuvo gran parte de la tarde repasando páginas de diversa índole; descartando aquellas tendenciosas y más bien catastrofistas que en nada se asociaban con el carácter reflexivo y optimista de su madre. Igualmente descartó toda simbología religiosa u oscurantistas.
“A nivel simbólico, el número 13 está asociado al arcano de la muerte. Cuando hablamos de la muerte en el terreno esotérico o espiritual nos referimos a ella como un cambio, no como un final. Desde nuestra perspectiva limitada tendemos a asociar la muerte como algo negativo, pero desde un punto de vista ilimitado y en la búsqueda del sentido de la vida la muerte es sólo un camino hacia un estado superior”. ¿Un estado superior?, pensó. ¿La reencarnación? ¿Me la encontraré algún día convertida en pájaro o mariposa? Seguro que si existiera la reencarnación sería un alma libre, se dijo a si misma en el silencio de aquel salón solo iluminado por los macilentos y tenues rayos solares del atardecer”.

Desechó rápidamente aquellos pensamientos y probó suerte con otra página “El múmero 13 tiene una característica que muy pocos números tienen, pues forma parte de los números con que trabaja la proporción Áurea y la progresión Fibonnaci. Son los números que la Madre Naturaleza utiliza cada día en la construcción de todo lo que nos rodea".  ¡Ah, una percepción científica! Eso sí  sería de su agrado. Probó a buscar y profundizar más en esa vertiente.
Una página llevó a otra hasta conectar con Goethe y su Teoría de los colores. Siguió leyendo con interés pese a que la luz de la pantalla del ordenador ya le tenía la vista cansada y apenas leía bien.
“Según Johann Wolfgang Von Goethe, lo que vemos de un objeto no depende únicamente de la materia que lo compone, ni tan sólo de la luz tal como la entendió Newton, sino que depende también de otra variable: la percepción que tenemos del objeto en cuestión.
Atributos que Goethe asoció a cada color:
AZUL: El azul es un color que asociamos a la calma y tranquilidad. Además, al recordarnos a cielo y el mar, automáticamente nos aporta la sensación de libertad e infinidad.
ROJO: La intensidad de este color nos inspira excitación y pasión. Al mismo tiempo, tienen un efecto de energía e impulsividad en nosotros.
AMARILLO: El color del optimismo y la alegría por excelencia. Al asociarlo con el sol, nos inspira vida, luz y nos da un extra de energía para afrontar los días.
VIOLETA: El violeta es el color asociado al misterio, la meditación y nos aporta una sensación de melancolía.
NARANJA: Felicidad, diversión y sociabilidad son algunas sensaciones que nos inspira este color. Se trata de una tonalidad asociada a la niñez gracias a su característica de bondad.
VERDE: El color de la naturaleza por excelencia es el verde. Asociado directamente con la primavera y la esperanza. Se trata de una tonalidad que nos transporta a un lugar al aire libre y de aire puro"
.
   
Con esto, dio por concluida su búsqueda. No podía más. Se recostó en el sofá pensando en todo lo que había leído quedando pronto sumida en tal reflexión que no podía discernir si era sueño o realidad.

Despertó con el espíritu inquieto. Notaba que se acercaba a algo pero que, como una idea confusa y poco definida, se le escapaba de las manos. Estaba en camino, de eso no tenía dudas pero, ¿Qué era lo que realmente buscaba? Con un té aún humeante en la mano se sentó de nuevo frente a la pantalla de su ordenador. Esta vez se centró en búsquedas a partir de la Teoría de los colores de Goethe. Tras varias páginas acabó enlazando con una que llamó su atención.

Psicología del color. Cómo actúan los colores sobre los sentimientos y la razón
Eva Heller
"¿QUÉ SON LOS COLORES PSICOLÓGICOS?
El color es más que un fenómeno óptico y que un medio técnico. Los teóricos de los colores distinguen entre colores primarios —rojo, amarillo y azul—, colores secundarios —verde, anaranjado y violeta— y mezclas subordinadas, como rosa, gris o marrón. También discuten sobre si el blanco y el negro son verdaderos colores, y generalmente ignoran el dorado y el plateado —aunque, en un sentido psicológico, cada uno de estos trece colores es un color independiente que no puede sustituirse por ningún otro, y todos presentan la misma importancia”
. Dejó de leer. ¡13 colores! ¿Será esto lo que quería transmitirme? Nerviosa, prosiguió la lectura.
“El rosa procede del rojo, pero su efecto es completamente distinto. El gris es una mezcla de blanco y negro, pero produce una impresión diferente a la del blanco y a la del negro. El naranja está emparentado con el marrón, pero su efecto es contrario al de éste. Ésta es la razón de que en este libro se estudien estos trece colores psicológicos, que de hecho son más que los que suelen tomarse en consideración en otros libros sobre los colores.”
Rápidamente escribió en el buscador el nombre del libro citado. Esa tenía que ser la clave. ¿Pero, para qué?, no lo sabía.

   Encontró una entrada que le sirvió para descargar el libro en formato PDF y se afanó en buscar sentido a lo leído relacionándolo con las 13 piedras de su madre. Cada capítulo estaba dedicado a uno de los trece colores. Probó suerte con el color favorito de su madre, el plateado. Asociado a la luna, como no. No se sorprendió de dicha relación.
El libro tenía tantos apartados y tantos datos curiosos respecto a los diferentes colores que se olvidó de lo que realmente había motivado su búsqueda. Siguió leyendo de aquí y de allá hasta saciar su curiosidad.  Finalmente, se dirigió hacia la mesa donde había depositado las piedras, abrió la caja y extendió su contenido. 13 piedras, 13 colores. Sí, eso estaría bien. Al poco tiempo, tenía una idea clara de lo que se proponía aunque necesitaría salir a comprar algún material adicional para completar su idea.

 Una vez concluida su tarea, se fue a buscar un recipiente de madera. Al día siguiente, ya seca la pintura, dispondría las piedras en círculo con su piedra central plateada. Sería un bonito recuerdo. Lo que no lograba entender es cómo su madre había podido saber que llegaría a semejante conclusión. ¿Sería eso lo que ella hubiera querido? Seguramente. Como siempre, había transformado la perspectiva de una situación adversa  para sacar lo positivo.  Muy típico de su madre.