Cuando lo pisé por primera vez fue como tocar el sol con los pies, fue en su oriente, desprovisto de pedregosos montículos al contrario que en el poniente. Arena, sólo arena. Cuando en Nubia bordeamos voluntades vi que la nieve podría caer sobre los tejados de aquel paraje, porque no hay mayor necedad que no esperar hospitalidad tras los ojos de fuego de aquellos que habitaban el mar de fuego...
Ahí, nada más que ahí, puedes atisbar la verdadera inmensidad. Yo sólo la hallé, de nuevo, cuatro años después: en el día persil, tras su vísperas de mandrágora, cuando el mes es Ventoso y ella esperó sentada sobre un banco barnizado...