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Autor Tema: SOLO LETRAS  (Leído 10882 veces)

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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #10 en: 19 Octubre, 2014, 17:39:17 pm »
   EL EXPERIMENTO   

Sabía que aquello no podía durar. Era una realidad ficticia y no podría mantenerla viva por mucho más tiempo, pero era tan agradable pensar que las cosas podrían seguir ese curso por algunas semanas más…. Se había imaginado ya cuál sería el resultado  y creía que podría lograrlo. En su mente se formaba una imagen bastante real de lo que sus manos trataban de dar forma. Sería algo tan novedoso que todo el mundo lo aceptaría sin más. Y ella habría contribuido a que la gente se sintiera más feliz.
Fantaseó aún varios minutos más con esta idea hasta que la alarma del despertador le hizo reaccionar. No se despertó de inmediato, puesto que aún las nieblas del sueño la aturdían impidiéndola pensar con claridad y haciendo asomar la típica amnesia desconcertante en la que por unos segundos no se tiene conciencia clara de dónde se está o qué día o, incluso, qué hora es.

   Escuchó un ruido fuerte en el patio y comprendió que el día amanecía lluvioso por lo que no se sorprendió cuando el cielo se iluminó de repente en mitad del fondo aún oscuro de esos momentos previos al despuntar del amanecer. De lo que sí se sorprendió fue de no escuchar ruido alguno de truenos. Ya debería haber retumbado en sus oídos, aunque fuera de forma muy lejana, un sonido similar a una  bomba con onda expansiva incluida (o al menos así es como ella se imaginaba que sonaría). Otro destello iluminó la penumbra y, esta vez, empezó a contar porque según le habían explicado de muy pequeña, cuanto más cercano está el sonido del trueno después de  la visión del relámpago más cercana está la tormenta, o viceversa. Era una especie de automatismo, un pequeño ritual que hacía sin ser consciente de ello.
Contó hasta diez y nada pasó. Miró por la ventana extrañada y entonces sintió, más que escuchó, una ligera vibración que se fue  prolongando durante unos segundos y cuyo sonido aumentó de forma progresivamente ascendente.

   Preparó la cafetera y se sentó frente al ordenador para leer el correo y varias noticias que fueran de su interés. Especialmente centraba su búsqueda en aquellas noticias de carácter científico que destacaran la faceta positiva de las plantas para la vida humana, pero no ya como materia prima en algún remedio medicinal sino como referencia a investigaciones o proyectos en los que se obtenían datos concluyentes al respecto. Quería tener todo bien controlado, no dejar nada al azar.
Sus experimentos le habían llevado hacia las plantas de forma ocasional, como suele suceder con los grandes descubrimientos. El destino y la casualidad se habían unido para dar forma al germen de la idea que paulatinamente se había hecho un hueco en su mente. Cierto es que desde el principio tuvo que luchar contra otras grandes ideas y de no menor valía pero acabó por prosperar y convertirse en el faro que guiara sus noches durante aquel verano.

   Y es que ese verano había sido extraordinariamente fresco para lo que era habitual en la zona pero, por esa misma excepcionalidad, había descubierto con asombro y cierto enojo (por no haberse dado cuenta antes), que lo que ella misma llamara de forma nada científica sino por pura diversión “hierbajus vulgaritus”, dándole cierto renombre a aquellos tallos medio deshilachados que surgían de la nada, con toda la pinta de pertenecer al género de las malas hierbas  y que crecían cerca de la pared norte de su casa, eran en realidad seres vivos con todo un potencial en su interior que podrían ayudar a proteger a las personas de ambientes hostiles. O más concretamente, proteger a las personas de las propias personas.
Si. Protegerse contra las personas, ya que no todas podían ostentar ese nombre, desgraciadamente. Algunas había que parecían guiarse directamente por instintos y poco más. No podían ser llamadas personas puesto que eso de aplicar la inteligencia quedaba fuera de sus capacidades las cuales se limitaban a mirarse su propio ombligo, en el mejor de los casos, o bien se concentraban en “agredir” a quienes estaban a su alrededor con el fin de sentirse con cierto poder sobre los demás, tratando de encubrir así sus propias miserias.

   Al principio no consideró la posibilidad como real sino que la clasificó de simple casualidad, cosa nada extraña en su día a día. Las casualidades se daban con tal frecuencia que empezó a considerar la idea de que estuviera siendo objeto de algún tipo de complot cósmico con vaya usted a saber qué tipo de finalidad. Pero, claro, como aquello no había por dónde agarrarlo tuvo que rendirse a la evidencia de que las cosas sucedían porque sucedían, sin más. Y esto era muy difícil de asumir por su mente científica que tenía respuesta exacta para cada una de las situaciones en las que se encontraba, siempre que fuera en el plano físico. Lo malo era cuando debía buscar la fórmula para medir y explicar fenómenos de tipo “inmaterial”. Todo aquello que no se pudiera medir, contrastar por la experiencia o reducir a fórmulas, le creaba un terrible dolor de cabeza. Para ella representaba el caos más absoluto.
Por eso era raro que saliera de los confines de su reino, afincada como estaba en una zona rural donde disponía de un terreno más que suficiente desde el que asomarse a la naturaleza sin necesidad de tener que ir a buscarla. Así como tampoco necesitaba del bullicio ni de las zonas donde la gente se apresuraba a congregarse para disfrutar de la mutua compañía. El mundo de las relaciones sociales era algo totalmente extraño para ella que no acababa de dominar y en el que siempre se sentía fuera de lugar.

   Era uno de esos días en los que disfrutaba de su café matinal sentada frente a la ventana de la cocina, la cual le ofrecía unas maravillosas vistas del campo abierto, en donde la luz se iba instalando paulatinamente conforme el sol iba desplegando sus rayos de forma un tanto perezosa, como si él también, al igual que muchas veces acontece, hubiera tenido una mala noche de sueño y le costara más de lo habitual reemprender su cotidiana tarea. Se sentía enfadada porque no progresaba como esperaba en sus investigaciones ni lograba encontrar fisuras en sus teorías que la llevaran a nuevos caminos que recorrer. Con ese ánimo salió de la habitación para recoger sus notas del dormitorio donde dejaba siempre un cuaderno encima de la mesilla por si acaso de madrugada alguna idea se colara sin previo aviso y tuviera que anotarla para seguir su rastro al día siguiente antes  de que se disipara entre las brumas nocturnas.
En cuanto entró en la habitación se dirigió directamente a la mesita que estaba en el lado derecho pero, antes de llegar a ella, un fugaz destello  llamó su atención en la ventana hacia la que encaminó sus pasos para averiguar de dónde provenía. Seguramente sería el reflejo del sol en cualquier trozo de vidrio de alguna botella o cualquier pieza de metal a medio enterrar que hubiera caído al suelo. Abrió la ventana y observó el horizonte aspirando el olor de la hierba mojada y refrescando su cara con la brisa matinal. Oteó a su alrededor en busca de un nuevo destello y permaneció allí apoyada con los codos en la ventana. Se estaba bien allí. Notaba cómo su humor cambiaba. Suponía que el hecho de observar aquella quietud y aquel ambiente despejado tras la lluvia mitigaba su ansiedad.
   Esa fue la primera vez, el primer síntoma, el comienzo de una sospecha que se confirmaría algunas semanas después cuando su mente comenzó a relacionar situaciones vividas. Aquel día pasó sin pena ni gloria y no le dio más importancia. Pero tres días después, volvió a suceder durante la visita de una amiga suya que andaba muy apurada por causa de los problemas derivados de su trabajo.
Estuvieron hablando en el porche, sentadas en los escalones de la casa, durante largo rato. Su amiga estaba especialmente enfadada con sus compañeras y compañeros de trabajo porque la consideraban una amenaza y pensaban que intentaba escalar puestos a base de ponerles en evidencia cuando en realidad lo que sucedía era que ella, que había llegado nueva a la oficina ese mismo año, solo hacía su trabajo sin pararse a cotillear ni a chismorrear sobre los demás. No le importaba lo más mínimo que la secretaria del delegado de ventas fuera lesbiana o que la jefa de personal estuviera liada con el encargado del almacén. Ella iba a hacer su trabajo y listo. No podía entender que la gente la boicoteara por eso. No le daban las notas a tiempo; los papeles se “perdían” y aparecían en otras mesas; se formaban grupitos que cuchicheaban a su paso; y la miraban con cara de disgusto  cuando llegada la hora se podía ir tranquilamente, con la tarea acabada, a su casa.
   
   No es que estuviera molesta por lo que dijeran de ella, eso nunca había supuesto un problema, sino que estaba enfadada hasta el punto de desearles un mal día de trabajo para todos ellos. Y eso no le gustaba, no quería ser rencorosa. No era un sentimiento agradable con el que convivir durante sus horas de trabajo.
No sabía qué hacer para animarla y desviar su atención del problema hasta que me acordé de las fotos que había descubierto recientemente en una caja que tenía guardada en un oscuro rincón del altillo del mueble del trastero. En uno de esos arranques de organización y limpieza en los que  entra el ansia de tirar todo y reubicar lo que se supone “necesario”, había encontrado aquella caja de zapatos cuyo contenido era de lo más variopinto. Además de un pequeño álbum en el que se mostraban fotos de la pandilla que por aquella época formábamos, había una servilleta firmada por todo el grupo, varios tapones de corcho con su fecha correspondiente (aunque ahora ya no sabría decir a qué evento correspondían), unas monedas extranjeras (posiblemente francesas), unas gafas de plástico azul con forma de corazón y un papel con un número de teléfono que correspondía a una tal Josefina (aunque que yo recordara no había conocido nunca a ninguna), algunos posavasos de distintos bares que frecuentábamos y unos cuantos llaveros sin llave que formaban parte de alguna colección que no acabé, por lo visto.

   Le propuse ir a buscar la caja para que me ayudara a recordar aquellos días pasados y echar un buen rato. Así esperaba distraerla y hacerla sonreír un poco porque no me gustaba verla tan “agresiva”. No era su forma de ser natural. La idea no le llamó mucho la atención porque estaba demasiado obsesionada con su problema pero, sin decir nada siguió mis pasos  hasta el dormitorio como si de una sonámbula se tratara. Su cara reflejaba la tensión que sufría en el interior y su mirada estaba un poco perdida. Busqué la caja y se la enseñé mientras la agitaba para que sonara lo que había en su interior en un intento de sustraerla de su estado volviendo a la conversación anterior. “Acércate aquí que la veremos mejor”, le dije mientras la empujaba cariñosamente hacia la ventana donde esperaba que se asomara y se apoyara allí para observar mejor todo el tesoro que contenía dentro de aquel espacio acotado de cartón en cuya tapa  podía leerse una famosa marca de zapatillas de deporte.
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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #11 en: 19 Octubre, 2014, 17:42:06 pm »
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Se asomó con desgana por la ventana y me dio la espalda por un segundo sin ser consciente de que su torpe  gesto era en realidad un desprecio a mi compañía. Yo no se lo reproché, nos conocíamos de  tanto tiempo atrás que no teníamos que disculparnos por no mostrarnos amigables en según qué momentos. Respeté su silencio y permanecí a su lado mirando los objetos que activaban el recuerdo en mi memoria de tantas tardes pasadas juntas hacía ya muchos años.

   “Creo que este día fue cuando brindamos en el parque por tu aprobado”, dijo mi amiga mientras cogía uno de los tapones de corcho con la fecha borrosa. Su cara me sorprendió. Ya no mostraba ese fruncimiento de cejas ni sus ojos mostraban un reconcentrado brillo que dejaba traslucir un atisbo de rabia o enojo. Su mirada era bastante franca. Estaba relajada y hablaba sin el menor rastro de fastidio en su voz, tal y como se mostraba hace unos minutos en el porche. Observé con especial regocijo que mi plan había funcionado a la perfección  al haber logrado que se olvidara de su trabajo y sus detestables compañeros de oficina. Me sentí triunfante, pero ahora sé que aquello no fue obra mía.

   Unos cuatro días después de aquello viví algo sorprendente que fue lo que  hizo que volviera mi vista definitivamente hacia esa ventana y su entorno en busca de alguna explicación. Sucedió que se había escapado una gallina de mi vecino en el patio de la casa y que mi perro, no acostumbrado a visitas tan inesperadas, se había dedicado a corretearla y a punto estuvo de matarla. Desde la ventana pude ver cómo el vecino se acercaba a mí con cara de pocos amigos mientras calmaba a la asustada gallina con la mano. La pobre gallina, si es que se le podía llamar así de lo destartalada que le había dejado tanto correteo para salvar sus plumas, apenas se movía del regazo de su dueño. Si no fuera por el porte tan poco amistoso de mi vecino quien venía directo hacia la ventana me hubiera reído con ganas de aquella estampa que se presentaba a mis ojos. Reprimí la sonrisa que asomaba a mis labios y me preparé para desplegar la mejores tácticas diplomáticas de las que era capaz.
El vecino me saludó con gesto serio y de inmediato me espetó que mi perro casi había matado a su gallina. Tenía que atar a esa bestia peluda porque él,    que se dedicaba a  trabajar con aquellos animales para ganarse el pan de cada día,  no podía consentir que mi perro se dedicara a divertirse asustándolas o incluso matándolas.

   Yo aguanté el tipo todo lo que pude con cara seria mientras el vecino peroraba sin parar  contándome que bastante tenía ya con los sacrificios a los que se veía diariamente obligado para mantener a su familia. Sin embargo, conforme pasaban los minutos su discurso se fue suavizando sin que nada ni nadie mediara en ello. Yo ya tenía preparadas las disculpas de rigor puesto que el pobre hombre tenía su parte de razón aunque aquella no fuera la forma de decirlo. Pero no hizo falta mucho empeño porque el buen hombre empezó a mostrarse dubitativo e incluso comenzó a desdecirse de sus diatribas. Al final, acabó invitándome a cenar con ellos y me prometió una cesta de huevos frescos para la mañana siguiente.
Estuvimos departiendo relajadamente sobre las virtudes de vivir en el campo y como la conversación parecía prolongarse, y con el fin de no resultar mala anfitriona, le sugerí que se tomara un refresco conmigo en el porche para sofocar la sed que producía la charla en aquella tarde tan calurosa. El hombre aceptó con agrado y se dispuso a rodear la casa por el exterior mientras yo hacía lo propio por el interior llegando así a la cocina donde coloqué una jarra llena de cubitos de hielo, un par de vasos de tubo y diferentes latas de refresco en una bandeja para que mi vecino eligiera la que más le agradara. Pero cuando salí al porche, algo había cambiado. Mi vecino parecía turbado y mostró deseos de marcharse sin querer tomar nada aduciendo cierta prisa por acabar alguna tarea que había olvidado realizar.

   Aquella madrugada usé mi bloc de notas. Por la mañana, al despertar, leí lo que había apuntado: “Ventana norte. Vecino. Maribel. Yo?”  Al principio no entendí muy bien mis propias notas y no supe a qué me refería. Tal vez algún material de la ventana estaba roto o deteriorado y debía repararlo. ¿Pero, qué tenía que ver mi vecino o Maribel en todo eso? No lo recordaba así que me acerqué allí a ver qué pasaba. No vi nada anormal y dejé de lado lo de la ventana hasta bien entrada la tarde cuando vino a mi en forma de fotograma la idea que había despertado en mi mente aquella madrugada.

   De un salto me incorporé de la silla en la que me encontraba sentada leyendo en el jardín y fui casi corriendo hasta la ventana. Me quedé parada delante de ella tratando de descubrir el más mínimo detalle que la diferenciara con el resto de  las ventanas de la casa. La abrí, miré entre sus juntas, repasé las grietas y como no vi nada especial me dediqué a explorar el exterior ya que el interior no ofrecía nada interesante que fuera distinto a cualquier otra ventana de la vivienda. Salí de la casa y observé la ventana desde el exterior. Tampoco parecía que hubiera nada fuera de lo normal. Seguí allí parada un rato mirando y remirando el marco de la ventana, las paredes, el alféizar o cualquier otro detalle. Nada reseñable.
Volví al interior para observar más detalladamente. Algo debía tener diferente porque todo había sucedido en aquella parte de la casa. Fui mirando las restantes ventanas de la casa cuidadosamente por si se me había pasado algo por alto pero no encontré nada con lo que poder desarrollar una teoría o iniciar un camino experimental. Estaba algo nerviosa porque no podía descubrir qué cosa fuera aquella que provocaba tan extraños cambios en el comportamiento de los demás así que, la siguiente vez que me aproximé a la ventana de mi habitación mi ánimo se mostraba lo suficientemente huraño como para no ser útil en la investigación. Junto a la ventana cerrada de mi dormitorio contemplaba cómo  la claridad de la tarde se iba disfrazando de tonos más brillantes anunciando la llegada del atardecer, que prometía ser esplendoroso.

   Lo único que había conseguido averiguar era que por mucho que hubiera mirado,  revisado, comparado y vuelto a remirar  no había descubierto nada que hiciera especial a esa ventana y, lo que era aún peor, que mi mal humor iba en aumento. Mis datos experimentales empezaban a perder peso. Si era cierto que aquella zona de la casa era especial en algún sentido regulando el estado de ánimo de las personas de forma que transformara los humores negativos en positivos ¿entonces, por qué yo seguía de mal humor? ¿Por qué a mi no me había sucedido ese cambio que había notado en otras personas? ¿Qué había cambiado? ¿Acaso fuera de nuevo otra de esas casualidades que yo había tomado por certeza cuando la realidad no era más que causa del azar?
En esos pensamientos andaba cuando sin darme cuenta me encontré delante de la ventana, pero esta vez en el exterior. La rabia de ver inútiles mis esfuerzos me hizo acercarme a los cristales con los puños cerrados y con intención de golpearlos. Y eso fue lo que hice dejándome llevar por la impotencia y la frustración de ver en nada mis ideas iniciales. Como le sucediera a Don Quijote, maldije mi manía de ver gigantes donde solo había molinos y me quedé allí con la cabeza apoyada en el cristal agotada como estaba por la desilusión de ver arruinada así mi anterior alegría al pensar en el gran descubrimiento que estaba a punto de realizar. Del esplendor de los verdes laureles al más espeso y sucio de los fangos. Ese era mi nuevo estado.

   El atardecer avanzaba arrastrando con él alargadas sombras tanto de los árboles como de la casa. Yo seguía con la cabeza apoyada en el cristal y notaba cierta calidez en mi espalda que se iba disipando a la par que se disipaba mi sensación de fracaso y enojo. Al poco rato se había convertido en apenas  una vaga sensación que se confundía con otras más agradables como la de disfrutar de la brisa sobre mi piel, haciendo bailar y ondear el vestido amarillo de tirantes que ese día había considerado adecuado ponerme; o la de respirar ese olor indescriptible de la hierba bajo mis pies. Instintivamente me descalcé y dejé libres a mis pies para que se refrescaran con aquel manto de pequeñas hierbas que crecían bajo la ventana enredando mis dedos en sus deshilachados tallos.
¡Qué agradable era estar allí y qué afortunada me sentía por contar con aquel trocito de paraíso para mi disfrute personal! ¡Qué suerte había tenido por poder comprar aquella casa con todo su terreno alrededor que me proporcionaba tan gratos momentos!. De repente, me sentía tan bien que había olvidado todas mis anteriores cuitas y me reía de mí misma por tener semejantes pensamientos.

   Miré cómo mis pies  jugueteaban con la hierba a la vez que me ofrecían múltiples sensaciones agradables y me quedé especialmente sorprendida cuando descubrí que lo que estaba pisando era una planta que no había visto antes. Era una planta de lo más vulgar, apenas sobresalían sus tallos del resto de hierbajos que la rodeaban y no tenía flores ni despedía ningún aroma especial. Corté uno de sus tallos  para verla mejor y un líquido  lechoso y pegajoso se quedó impregnado en mis dedos. Lo único que diferenciaba aquel tallo de otros de los que se encontraban bajo mi ventana era una especie de tono azulado en la cara oculta al sol.
Con el tallo en la mano me afané en buscar plantas similares cerca de la casa, no encontrando ninguna salvo en aquella zona bajo mi ventana. ¿Sería eso lo que andaba  buscando, lo que diferenciaba a esa ventana de las demás? Estaba de un humor excelente y me pareció buena idea empezar mis experimentos en ese mismo momento. El primero de todos consistiría en trasplantar una de esas hierbas a otra zona de la casa. El porche y los escalones me parecieron el lugar perfecto ya que allí era donde solía pasar la mayor parte del tiempo y podría ver la evolución de la planta. Entusiasmada con la idea busqué una pala de jardinería para excavar unos cuantos hoyos donde reubicar la planta. No había muchas así que solo trasplante tres de ellas. Cubrí sus cortas pero gruesas raíces con tierra abonada y las regué con esmero. El resto de la tarde y la noche me dediqué a leer diversos recortes de periódicos especializados buscando algún ejemplar similar al que tenía en mi jardín.

   El día siguiente amaneció nublado, como mi humor, cuando al salir al porche comprobé  decepcionada que las hierbas no parecían tener un aspecto muy saludable. Aparecían alicaídas y con un lamentable tono amarillento en las puntas. Esperaba no haber provocado un final adelantado de su ciclo vital por el simple  cambio de ubicación. Cierto es que no tenía muy buena mano con las plantas, que tendían a morirse antes de tiempo cuando llegaban a mi casa, pero en esta ocasión no había hecho nada que propiciara tal desenlace.
Estuve pendiente de su evolución toda la mañana y al anochecer ya tuve claro que aquello no había sido una buena idea. Algo durante el proceso al trasplantarlas había provocado su decaimiento y definitivo final. Los tallos permanecían tumbados y amarillos, sin vigor ni fuerza para mantenerse firmes dando a la planta un aspecto de rastrojo. Al querer levantar los tallos de una de ellas observé que las raíces estaban débiles y rotas, por lo que se quedó en mi mano, mientras yo intentaba comprender qué había fallado.
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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #12 en: 19 Octubre, 2014, 17:43:01 pm »
Con el marchito tallo aún en mi mano me dirigí a la ventana para comprobar si el resto de las hierbas gozaba de buena salud o si, siguiendo las casualidades que encontraba día a día, era un proceso natural de las propias hierbas. Afortunadamente, el resto de las plantas permanecían tan lozanas y frescas como tenían por costumbre. Apenas quedaban unos cuantos tallos verde azulados por aquí y por allá, los suficientes como para proporcionarme una maravillosa sensación de bienestar tras unos minutos sentada a su lado. Esa era la confirmación de que aquellas hierbas eran las “responsables” de que en aquella ventana de la casa las situaciones más “violentas” se tornaran en apacibles, pasados ciertos minutos.
Ese era el primer paso para iniciar una investigación experimental que le llevara a descartar alternativas hasta lograr el objetivo final, que en su caso era aislar y determinar el elemento que provocaba el cambio en las personas, convirtiendo una situación “agresiva” en otra progresivamente más sociable y conciliadora a la vez que fortalecía anímicamente a la persona que estuviera en contacto con él, llegando a experimentar una grata sensación de “felicidad”.

   Esto podía ser la solución a múltiples trastornos de la personalidad, diversos tipos de depresión y quien sabe si hasta podría resolver los problemas de comunicación con los que se enfrentaban diariamente multitud de personas que atendían a todo tipo de personas en ventanillas o servicios públicos. Con disponer de unas cuantas de estas plantas en la habitación sería suficiente para pacificar los ánimos y mostrarse distendido y dispuesto al entendimiento mutuo.
Su mente empezó a fantasear acerca de la capacidad de las plantas para evitar discusiones y tensiones en otras esferas como eran las políticas y las financieras. ¿Podrían evitarse guerras y peleas entre diferentes tribus o razas? No. Seguramente aquello era absurdo pensarlo siquiera. Los intereses económicos siempre estarían presentes y una planta no conseguiría corregir la ambición de las personas sin escrúpulos. Decididamente, se olvidó de aquella parte que sabía no tenía solución posible puesto que, desgraciadamente, formaba parte de la faceta más miserable de la especie humana. Allá donde hubiera más de una persona habría algún tipo de interés, envidia, ambición, ansia de poder o necesidad de destacar frente a los demás. Ninguna planta podría contra la naturaleza humana.

   Por eso se concentró esperanzada en la primera alternativa, la de los beneficios que otorgaría a las personas con problemas de control emocional o en aquellos casos en los que fuera posible relajar tensiones, en espacios limitados, con un número determinado de personas que debían convivir asumiendo las necesidades propias y ajustándose a las de los demás.
Con esta idea se aplicó en la determinación y aislamiento del elemento “X”.

   Recorrió milimétricamente el espacio de su parcela en busca de más plantas de ese tipo pero, o bien no fue capaz de verlas o realmente no había más. Incluso echó un vistazo al terreno del vecino, con la excusa de que quería plantar las mismas flores que tenía en su jardín. Pero no encontró lo que buscaba.
Tenía que conformarse con las que tenía bajo su ventana y que no crecían en gran número. Estuvo pensando la mejor forma de aprovecharlas y hacer que se mantuvieran vivas puesto que en un segundo intento de trasplantarlas a una maceta, habían vuelto a marchitarse. Era como si se pusieran tristes de abandonar su lugar junto a las demás y no pudieran resistir la soledad, al igual que los pajarillos mueren de tristeza en las jaulas o cuando siendo aún crías están alejadas de los nidos y  sus padres no pueden alimentarlos.

   Al ver que no podría trasplantarlas, decidió acercar el laboratorio a las plantas. Realizaba un corte en un solo tallo, un pequeño trozo para observar la composición de ese líquido pegajoso. Cuando lo obtenía, lo colocaba en el cristal que usaría para ampliar la imagen en el laboratorio o, a veces, en función de la finalidad, utilizaba una especie de bastoncillo que posteriormente humedecía para descomponerlo en un líquido incoloro que le proporcionaba informaciones diversas sobre su contenido.
Tras varias idas y venidas al laboratorio y una semana larga de observar, descomponer y analizar, consiguió aislar lo que ella pensaba que sería el componente que obraba aquellos cambios.  La siguiente fase se concentraba en crear cantidades suficientes de ese componente de forma artificial. En caso de éxito, esperaba avanzar a la siguiente fase en la que debería buscar un “continente” que sirviera de recipiente para guardar dicha sustancia y perpetuarla  artificialmente: bien rellenándola como si de un ambientador se tratara o bien elaborando pequeños dispositivos  de usar y tirar.

   Estaba tan entusiasmada con la idea que no pensó en consecuencias negativas derivadas de su imprudencia al jugar a convertirse en una especie de “deidad creadora”. Tan obsesionada estaba con la idea de ofrecer al mundo una solución a sus problemas que no cayó en la cuenta de que podría estar creando, sin darse cuenta de ello, su propia trampa.
Una vez aislado el componente y habiendo logrado su reproducción química al  imitar su secuencia genética, decidió experimentar en ella misma los efectos de su nuevo y revolucionario invento. Al principio no supo más que extraer varias gotas del líquido por lo que inventó una especie de inhalador del cual hacía uso cada cierto tiempo notando sus efectos casi de forma inmediata. Empezó a sentirse tan bien que no encontraba momento para dedicarse a la vida mundana ni a sus escasas pero queridas compañías.

   A la semana de usar el inhalador, no pensaba en otra cosa que en fabricar una mayor cantidad del producto milagroso para poder instalarlo en diversos recipientes parecidos a los ambientadores de hogar y distribuirlos por toda la casa. Como no paraba de inhalar la extraña sustancia, su humor estaba siempre dispuesto para creerse capaz de cualquier cosa que quisiera hacer así como para perder la objetividad necesaria en sus investigaciones lo que la llevó a cometer más de un error que hizo poner en peligro su integridad física al mostrarse dispuesta a inyectarse un líquido elaborado a partir de aquel componente misterioso que había descubierto.

   Algunas de las amigas que la llamaron durante un par de semanas y a las que en todo momento les avisaba de que estaba a punto de mostrar al mundo un gran invento que revolucionaría nuestra actual forma de vida, empezaron a notar algo extraño en su comportamiento y se acercaron por su casa para ver qué estaba pasando.
Cuando llegaban, encontraban muy cambiada a su amiga, quien ya no mostraba la menor señal de buen humor y picaresca que en ella era tan caracteristica. Se la notaba bajo una especie de estado hipnótico que consideraban resultado de su concentración en el nuevo trabajo en el que estaba centrada. Además, se sentían un poco extrañas dentro de la casa, como si se relajaran sus músculos y no tuvieran voluntad propia para expresar lo que sentían. Se sentían tranquilas, si, pero de una forma un tanto forzada, como apagadas.

   Maribel fue la única que se dio cuenta de que algo fallaba cuando la segunda vez que fue a visitarla, su amiga no deseaba salir de la casa y mostraba una mirada perdida y acuosa. Ella misma se sentía sin fuerzas para discutir con ella y tratar de convencerla para salir a tomar el aire. El ambiente de aquella casa empezaba a agobiarla e intimidarla. Salió al porche a tomar el aire y se quedó allí sentada unos minutos mientras recuperaba de nuevo su fortaleza y su convicción por ayudar a su amiga. Se dio cuenta de que era el propio ambiente de la casa lo que la ofuscaba y decidió que su amiga debía salir de allí como fuera.
Entró al salón y se dirigió directamente a su amiga a quien tiró de la manga para hacer que la siguiera hasta el exterior. No sin dificultad consiguió su propósito y, tratando de alejarla lo más posible de la vivienda, le hizo bajar los escalones de la entrada y la sentó en una  de las sillas que había en el jardín.

   “¿Qué hacemos aquí, Maribel?” preguntó extrañada de verse allí sentada sin acordarse muy bien de cómo había llegado hasta allí. ”Respirar el aire fresco de este día tan maravilloso y procurar que tu casa se ventile  lo antes posible”.
Maribel había dejado allí a su amiga mientras ella se dedicaba a abrir todas las ventanas de la casa, y las puertas, de par en par. No es que hubiera un olor extraño en esa casa sino que era más bien una especie de atmósfera plomiza que sin ser asfixiante si resultaba en parte desconcertante. Aturdía un poco al entrar aunque pasados varios minutos uno se encontraba en tal estado  de embriaguez que no era consciente de ella. Solo se sentía una cierta inquietud mitigada por la mezcla de sensaciones agradables que dejaban anulados los demás sentidos y  convertían a quien estuviera dentro de ella en un ser autómata y sin poder de decisión.

Poco a poco notaba como la niebla de mi cerebro se iba disipando dando paso a un punzante dolor de cabeza que le obligaba a cerrar los ojos y a permanecer allí sentada. Notaba una suave corriente bajo sus pies procedente de no sabía dónde pero que le hacía sentirse mejor. Se descalzó y acarició la hierba que estaba bajo sus pies. Eso le hizo recordar otra tarde en la que se descalzó no hacía muchos días. “Las hierbas bajo la ventana”, murmuró. Maribel la miró sin comprender. Entonces repitió en voz alta la frase que esta vez si fue entendida por su amiga aunque no supo explicar qué quería decir con eso ni qué tenía que ver con nada de lo que estaba pasando. Más bien asustó a Maribel quien pensaba que estaba empezando a delirar.

Yo, traté de tranquilizarla y empecé a contarle todo lo que me había pasado desde el momento mismo en que me di cuenta de lo importantes que eran aquellas plantas bajo la ventana. Pero como mi cabeza aún estaba un poco aturdida no supe darle una explicación coherente y mis frases inconexas cada vez le producían mayor desconcierto.
Al final opté por mentirle a medias (o no contarle toda la verdad) y decirle que había experimentado en mí un componente novedoso que consideraba serviría para la cura de varias enfermedades, cuyo resultado era el que veía.

   Tardé varios días en recuperarme del todo y estuve fuera de mi casa durante ese tiempo porque mi amiga consideró necesario que saliera de aquella atmósfera para despejarme y volver a mi vida normal. Yo no me negué sabiendo que me iba a resultar difícil escapar de su instinto protector, actitud que en aquellos momentos admiré como nunca. Gracias a sus cuidados vuelvo a retomar mis investigaciones y mi vida anterior desterrando mis pasadas ambiciones de ofrecer al mundo un remedio para la felicidad.
Tiré todo aquel material que tuviera que ver con mis investigaciones sobre la planta y puse especial  cuidado en  que nadie se enterara de mi descubrimiento. Quité las plantas que había bajo la ventana y las quemé. No dejé rastro de ellas.
Aún me mantengo alerta ante los brotes que van surgiendo por aquí y por allá en mi jardín por si las viera de nuevo aparecer. Aunque, a veces, me gustaría volver a tenerlas bajo mi ventana.
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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #13 en: 09 Noviembre, 2014, 17:18:49 pm »
UNA HISTORIA CORRIENTE

A través del cristal de la cabina pudo ver como todas aquellas personas que tanto habían representado en su vida se iban reduciendo a la nada, disminuyendo paulatinamente,  conforme se alejaba de aquella tierra oscura que había sido su hogar hasta el momento. Había disfrutado de ella sin saberlo durante todos aquellos años y ahora, que debía abandonarla, comenzaba a descubrir su auténtico valor.

Siempre había esperado con ansia el momento en que aquel día se hiciera realidad pero ahora que al fin se materializaban sus sueños no sentía la emoción que esperaba sino que se encontraba en un mar de dudas que le hacía cubrirse de un manto huraño de soledad.
Miró de soslayo al resto de sus compañeros de viaje tratando de adivinar en sus caras las emociones que encerraban sus cuerpos cansados del largo y fatigoso vuelo a través de las montañas en aquellos aparatos ridículos y destartalados que con solo mirarlos costaba pensar en que pudieran mantenerse aún en pie y, mucho menos,  que se pudiera volar en ellos. No descubrió nada especial en aquellos rostros, nuevos para él,  salvo esa mirada huidiza típica de las personas no acostumbradas a trabajar con un grupo de  desconocidos y que denota la desconfianza que provoca la proximidad de sus semejantes.
 
   Pasaron muchas horas entre las nubes. Tantas que la luz celeste se apagó  y casi dio tiempo a que se volviera a encender. Amanecía ya cuando bajó despacio los escalones, debido a la debilidad de sus piernas y a los calambres que le atenazaban después de permanecer tanto tiempo en la misma postura. No se había movido por temor a invadir el espacio de sus compañeros de viaje quienes tumbados o con la espalda medio apoyada dormitaban a medias ahora que tenían tiempo para hacerlo. Todos le aconsejaron que lo hiciera. “Aprovecha ahora que puedes”. Esas fueron sus palabras. Pero tenía el ánimo tan turbado  que no encontraba acomodo  ni razón para hacerlo.
Muchas veces paseó su mirada por aquellos cuerpos agotados que se mostraban semiinconscientes en el suelo de una cabina que no paraba de agitarse como si fuera una coctelera pensando en qué tipo de personas encubrirían esas carcasas de piel y hueso. Desde ese momento y en adelante le quedaban  muchas horas por compartir con ellos y necesitaba saber hasta qué punto podría confiar en sus futuros socios  o si convendría más dejarse guardadas  para sí mismo ciertas parcelas a las cuales no se podría acceder. Trataba de adivinar y sopesar con quién establecer alianzas o con quién sería mejor poner límites precisos, o bien, cómo abordar su amistad para mantener al grupo en el debido equilibrio de forma que ayudara a cumplir la misión que tenían encomendada. Él era el jefe del grupo y, como tal, responsable del éxito de la misma. Habían sido elegido por su capacidad organizativa y su habilidad para cohesionar diversas almas hacia un objetivo común. Ahora debía demostrarlo con sus actos.

   La mañana era fría y el viento soplaba con rabia colándose por entre la ropa  haciendo erizar el vello de la piel. Se arropó bien bajo su chaquetón de cuero gris y se alzó el cuello para cubrir ese flanco tan expuesto a las inclemencias del tiempo. Mientras lo hacía contemplaba la fila de hombres y mujeres que bajaban diligentemente y en silencio por la pequeña escalera de la avioneta analizando con la mirada a cada cual mientras anotaba mentalmente pequeños detalles de su fisonomía que le llamaban la atención y que le servirían posteriormente para hacer un reconocimiento rápido de su persona.
Todos se colocaron en círculo a la espera de instrucciones o de alguna orden que cumplir sin saber muy bien qué hacer. Nadie se conocía con anterioridad a ese viaje y todos se miraban con cierta ansiedad y recelo. Lo único que  les unía era el deseo de actuar por una causa que ellos entendían justificada. Estaban ansiosos por conocer cuál sería su objetivo ya que nadie les había dicho nada al respecto; apenas habían escuchado algunas insinuaciones en las que se les hacía notar la importancia de la empresa y su valor para ciertas personas de las más altas esferas políticas cuyos esfuerzos recompensarían largamente. Todos excepto el líder del grupo, claro, quien en esos momentos trataba de ocultar su sonrisa cuando descubriera a los demás la verdadera misión.

 Llevaba tiempo preparando el discurso inicial para prevenir todo tipo de incredulidades y desaires cuando por fin comunicara al grupo el trabajo que debían realizar. Aquello iba a ser complicado, pensó, pero era importante y debía ser transmitido a los demás como tal. Lo cierto era que no tenía nada de heroico. Tendrían que robar  un perro. De mármol. De medio metro de largo y sus buenos kilos encima. Sonaba de lo más estúpido. Pero en eso consistía la misión.
 Ni siquiera él mismo entendía que hubieran elegido a seis personas de diversos lugares de Europa para realizar una simple acción que apenas requería unos minutos. ¿Qué tenía de extraordinario ese perro para que no pudiera ser objeto de una simple compra directa a su dueña? ¿Cómo era posible que se necesitaran seis personas para conseguir una vulgar estatua? Todas esas preguntas y muchas más, estaba preparado para responder de forma contundente atajando cualquier asomo de absurdo o de inutilidad de la tarea, que seguramente le iban a plantear, porque  esas mismas dudas habían acudido a su mente en cuanto se le comunicó por primera vez aquel encargo. Su primer pensamiento le llevó a sospechar si acaso le estaban poniendo a prueba para comprobar qué grado de  implicación estaría dispuesto a asumir respecto al trabajo propuesto, fuera este cual fuese. Primera prueba superada.

   Se dirigió al grupo con voz clara y pausada, mirando  la cara de todas aquellas personas que conforme lo escuchaban iban mudando la expresión de sus rostros: de ansiedad y curiosidad a sorpresa y desconcierto, pasando por un estado de rabia y después de incredulidad. Todos expresaron su desagrado con gestos evidentes de irritación y malestar acompañados de palabras a media voz y miradas acusadoras. Como si hubieran estado esperando al pistoletazo de salida,  comenzaron a protestar a la vez no consiguiendo por respuesta más que el gesto serio y firme de quien les había hablado el cual trataba de hacerlos callar alzando su mano tratando así de frenar sus objeciones, logro que consiguió tras varios segundos de confusión en los cuales cada interlocutor fue enmudeciendo paulatinamente.
“Entiendo todos y cada uno de vuestros reproches. Yo mismo me los planteé al ser informado del proyecto”. A esta frase inicial, que pretendía ser de lo más conciliadora, siguieron varias más en tono relajado y medido donde trataba de exponer con claridad la importancia del éxito de la operación a la vez que les arengaba para cumplir con  la misma. “No debéis pensar en la inutilidad de vuestro trabajo puesto que de todos es sabido la importancia del vuelo de una mariposa en la teoría del caos. Ahora os resulta absurdo pero de nosotros depende que no se produzca un desastre diplomático que conlleve al enfrentamiento entre dos gobiernos ”.

   No quedó claro si acabó convenciéndolos o si simplemente estaban dándole tiempo hasta poder calibrar la seriedad de la situación. Se encontraban demasiado cansados para iniciar un debate abierto así que su primera orden como líder del grupo fue que cada cual marchara a su habitación a asearse y descansar; pasadas varias horas se reunirían en su habitación y se les explicaría con más precisión  la tarea a realizar. Nada de información específica respecto a los gobiernos en conflicto o el objeto del que tendrían que hacerse cargo sino un detallado recorrido por las diferentes funciones de cada cual y los pasos a seguir en lo sucesivo así como las posibles vías de escape en caso de imprevistos. Si todos estaban conformes con lo programado sería cuestión de horas. Nada más sencillo que llegar, trasportar la estatua a un camión y salir de allí de vuelta a casa. Fin del plan y todos contentos.
Todos salvo la supuesta dueña de la estatua quien no se daría cuenta del cambio efectuado hasta pasadas varias semanas cuando tuviera que devolver el “regalo” a su verdadero destinatario y descubrieran que en su interior no estaba el auténtico objeto de valor; “paquete” que habría sido hábilmente sustituido por un breve mensaje de advertencia que haría abortar de inmediato las hostilidades entre los gobiernos enfrentados.
         --------------------------------------------------------------

   Leyó despacio lo escrito repasando cada letra y cada palabra para comprobar que todas ellas mantuvieran cierta estructura gramatical y coherencia interna. Seguía sin estar muy segura de aquella historia. No le parecía que pudiera tener muchos visos de realidad. Dudó. Decididamente no parecía real sino más bien un mal relato  de los que ella solía criticar por falta de veracidad y ausencia de trama. No le gustaba lo que en esta ocasión había surgido de sus dedos. Y por eso decidió que no merecía la pena seguir el texto hasta ver dónde le llevaba, conque lo borró sin pensárselo mucho. Cerró de golpe el portátil y salió de la habitación sin ser consciente de que el cable bloqueaba el cierre.
Se levantó cansada y entumecida. Había dedicado buena parte de la tarde a escribir aquello que ahora le resultaba tan absurdo pero no por eso se sintió decepcionada. Al fin y al cabo no era más que un mero pasatiempo así que no le importaba haber utilizado su tiempo en eso, más bien se encontraba de un excelente humor. Ya no sentía ese nerviosismo que le había perseguido por la mañana ni tenía el extraño sentimiento de que le faltaba algo. Estaba tan relajada que sería un buen momento para pasear y descubrir el mundo a su alrededor observando cómo éste se iba transformando conforme el otoño iba adueñándose de la situación.

   Su hermano había llegado a casa apenas unos minutos antes de que ella saliera por la misma puerta que él acababa de traspasar con cierta prisa para acabar alguna tarea pendiente recordada a última hora, y por eso no vio cómo de inmediato se sentaba ante el ordenador y lo encendía con premura, por lo que quedó muy sorprendida cuando, al volver de la calle, su hermano le daba las gracias con gran entusiasmo. No entendía por qué pero  tampoco le dio mucha importancia ya que éste tenía esos arrebatos continuamente; lo mismo te daba las gracias que te soltaba una frase de lo más despreciativa, y todo sin tener nunca claro el porqué. Menos mal que en esos casos, pasados varios minutos, que podían variar del cuarto  a la media hora, siempre aparecía con cara compungida y se acercaba a ella para pedirle perdón con una voz que sonaba realmente arrepentida dejándole estampado un beso en la frente que le sabía delicioso y que, además, tenía el poder de curar toda sombra de enojo hacia él.

Pero no fue hasta pasados unos días cuando se enteró de cual era la verdadera razón de tanto entusiasmo. Su hermano le mostró orgulloso la nota que le habían puesto. “Y todo gracias a ti que me salvaste la vida en el último momento”. Eso o algo parecido, porque lo que había pasado es que no se había acordado del trabajo de Historia hasta el mismo día casi de su entrega y aquel  relato que le había proporcionado su hermana ya escrito, sin ella ser consciente, le había dado la idea que le llevó a rematar la tarea.
“¡Pero si yo lo había borrado!” respondió sin comprender lo que había pasado. Su hermano le explicó cómo el cable había impedido que se cerrara el programa con lo que el ordenador se había quedado en la misma página preguntando si quería borrar o no el texto. “Y como pensé que podrías haberlo hecho sin querer, por si acaso, lo guardé. Y lo leí. Y me lo apropié. Solo que le di mi pequeño toque personal”. 

   Era cierto, ya no había ni rastro de gobiernos enfrentados ni del perro ni de nada similar. Ahora el protagonista era un soldado al que encomendaban la misión de tomar una colina situada en una zona ocupada que se consideraba especialmente estratégica para abordar al enemigo y seguir reconquistando territorio.
Bueno, después de todo, su texto había resultado de provecho para otra persona. Mejor así, de otra manera hubiera acabado diluido en el mundo de los proyectos inacabados y habría desaparecido sin pena ni gloria. No es que le importara ni mucho ni poco solo que así resultaba de utilidad para alguien, cosa que le agradaba y le hacía sentir bien.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, a su vez, aquel texto remodelado y reconvertido en pequeño relato bélico había sido de nuevo reinventado por su profesora para añadirlo en el siguiente número de  la revista del centro.  En él ya no había traza alguna de soldados ni de guerras ni nada que tuviera que ver con aquel período de la historia reciente. Ahora retrocedía en el tiempo y se desplazaba hacia la edad de la civilización de las pirámides a través de los descubrimientos de un arqueólogo bajo cuya supervisión se habían encontrado nuevos textos esculpidos en piedra, ídolos de diferentes clases y diversa cerámica de la época, todos ellos de gran valor, que daban un nuevo enfoque sobre la cultura surgida en aquella época y la forma de vida de sus habitantes.
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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #14 en: 16 Noviembre, 2014, 08:43:54 am »
FUSIÓN   

La primera vez, pensó que no había sido más que uno de esos sueños extraños que no acaban de recordarse bien hasta no despejadas todas las brumas nocturnas, cuando asoma la primera conciencia de realidad con la claridad del día; la segunda, fue una especie de “Déjà vu”; la tercera, removió inquieta su conciencia y  comenzó a surgir cierta preocupación al no saber el motivo de todo aquel enredo.
No dejaban de ser simples coincidencias pero, a la vez, tenían tal grado de posibilidad que asustaba pensar que fueran ciertas. No era la forma en que se sucedían los acontecimientos sino la sensación de que se podía influir en ellos sin  necesidad de presencia física. Algo similar a una telepatía o conexión psíquica entre dos personas desconocidas que por alguna razón discurren sobre la misma materia en un momento concreto del espacio-tiempo  creando una especie de “nube”  o dimensión en la que solo caben las ideas de ambas y donde ellas mismas se combinan dando lugar a otras nuevas que generan una solución novedosa.

Pero al contrario de lo que pensaba, con el tiempo llegó a la conclusión de que no era requerido esfuerzo alguno por parte de ninguna de las dos personas intervinientes así como tampoco se podía incidir de forma directa en la dirección de las resoluciones obtenidas sino que aquellas quedaban reducidas, si acaso, a meras observadoras participantes de una fusión entre ideas, a veces incluso contradictorias, que al igual que las mezclas obtenidas en un laboratorio entre diferentes elementos, generaban formas nuevas y desconocidas.
O esa era la conclusión a la que llegó tras varios meses de intentos desesperado por dar una explicación que le resultara lo suficientemente coherente a tan extraño fenómeno. La persona con quien se fusionaba siempre era desconocida para él y por lo que parecía, hasta creía que en algunos casos ni siquiera dominaban la misma lengua. Empezaba a preocuparse realmente por sus desvaríos no fueran a ser claro síntoma de enfermedad mental o lo que no sabía si podría ser peor, de tumor.

   Tan extraordinario le parecía  todo que no se atrevía a contarle a nadie su desconcertante secreto. Por lo menos, no hasta que no pudiera darle alguna forma de realidad aparente o explicación lógica.

   Trató en vano de considerarlo un sueño recurrente, mas no podía ser puesto que no eran las mismas sensaciones las que se provocaban cada vez ni tan siquiera se reproducía de forma idéntica una sucesión de hechos. Trató de autoconvencerse de que no era sino la mera expresión subconsciente de que algo le preocupaba en exceso sin ser capaz de precisarlo sino  a través de las imágenes proyectadas en el  mundo onírico (ya que estas circunstancias solo se producían cuando dormía). Incluso durante unas cuantas semanas tranquilizó su ánimo con la súbita idea de que estaba reproduciendo conversaciones inventadas a consecuencia de la lectura de su último libro. Pero duró poco su alivio al comprobar cómo volvía a tener sueños extraños cuya temática nada tenían que ver con aquel.
Lo cierto del caso es que aquello le planteaba, cuando menos, una sospecha fundada de que de alguna manera que aún no lograba comprender era capaz de hacer evolucionar sus ideas (con ayuda o no de esa supuesta persona con la que se fusionaba) hasta más allá de su límite personal.

   Así fue ampliando paulatinamente sus incursiones en distintas disciplinas, puesto que las ideas surgidas nunca se limitaban al campo de lo estrictamente científico sino que podían derivar hacia las más variadas situaciones de la vida: desde cómo elaborar una receta de cocina, pasando por cómo batear mejor y el punto de inclinación adecuada hasta cómo  progresar en la lectura y comprensión de textos o cómo utilizar adecuadamente el tono de voz para sugerir a quien escucha una opción deseada.
No siempre entendía el resultado de las fusiones, suponiendo que tal vez fuera la otra persona quien tuviera la capacidad necesaria para desentreñar el complejo significado de la solución obtenida. De hecho, a veces ni siquiera sabía de qué se trataba, ni cómo buscar información sobre lo que recordaba. En esas ocasiones, se sentía como lo haría el participante en un concurso en el que del resultado de su  acción dependiera la supervivencia de otros debiendo verter en una marea tumultuosa y revuelta donde se mezclaban todo tipo de enseres y materiales los suyos propios, sin saber muy bien a quién beneficiaría.

   Pasados los primeros seis meses, y tras varias fusiones, decidió no  prestarles más atención sino asumirlas como algo normal que sucede en el desarrollo del cerebro, tratándolo como un fenómeno tan usual como el extraño sentimiento de “Déjâ vu”. Supuso que sería algo normal y pasajero; una especie de reajuste conforme el cerebro iba envejeciendo.
Así permaneció durante cuatro meses más en el transcurrir de los cuales se repitieron diversos episodios donde se reproducían estas fusiones en que contactaba con personas que le eran absolutamente desconocidas y con las que nunca pudo comprobar la veracidad de lo sucedido; hasta que una noche sucedió.

   Trataba de conciliar el sueño cuando vino a él la conversación mantenida aquella tarde junto con sus compañeros respecto a la posibilidad abierta por los avances tecnológicos, futuros hipotéticos, grandes inventos que habían cambiado la vida de las personas y toda temática relativa a la creencia de la escasa utilidad dada al cerebro humano y a su gran capacidad aún no aprovechada. Quedó quieto y pensativo mientras llegaba a él el sueño deseado cuando, a modo de rayo que penetra la oscuridad de una tormenta, una idea se coló por su cabeza haciéndole consciente de que provenía de una persona que conocía.
Era una certeza que no entendía pudiera considerar pero que tampoco podía descartar y era tal su convicción de que conocía a esa persona que a punto estuvo de llamarla en ese mismo instante, acto que con grandes esfuerzos pudo reprimir dado lo intempestivo de la hora. Permaneció tumbado esperando a que de nuevo llegara a él esa sensación, tratando de establecer, no sabía cómo, cierta telepatía con quien suponía era su compañera de fusión de aquella noche. Reconocía en ella la idea expresada en una sala de conferencias abarrotada de gente en la que la ocupante de la butaca que estaba a su izquierda se esforzaba en matizar y aclarar.

   Ahora que lo pensaba, fue aquella noche cuando empezaron sus “fusiones”. Tendría que hablar con aquella muchacha de pelo alborotado y desmelenada que solía pasear a su perro por el parque cercano a su casa las tardes alternas de lunes a viernes. Tal vez ella pudiera darle una explicación de lo sucedido. O, al menos, tendría con quien hablar sobre el tema sin ser tomado por un demente.
De inmediato consideró la necesidad de hablar con ella en cuanto fuera posible dejando de lado toda prudencia y discreción sobre las extrañas noches pasadas y aquellas experiencias telepáticas que tanto le sorprendían y para las que no tenía una respuesta lógica eficaz.

   Curiosamente había obtenido el teléfono de esa muchacha de una forma de lo más inusual ya que se lo había dado ella misma una tarde en el parque cuando su perro  le había mordido por casualidad y le había rasgado un tanto el pantalón. Quería que le avisara si tenía que reparar el arreglo o si podía compensarle de alguna manera.
No le había echado ninguna cuenta y no sabía con seguridad qué había hecho con aquel pedazo de papel rasgado en el que la chica había registrado su número de móvil con un pequeño lapicero que encontró en su bolsa. De eso hacía ya más de medio año y no sabría decir con exactitud qué habría sido de él; lo mismo podía haberlo tirado a la basura que igual se encontraba aún en el mismo sitio en que lo dejara por primera vez así que probó suerte y la obtuvo, puesto que doblado en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta ese día encontró el ansiado papel.

   A la mañana siguiente, despertó temprano y se dedicó a tomar notas de todo lo que recordaba de sus noches y de las ideas que creía haber desarrollado para poder exponerlas con cierta claridad. Incluso trató de ordenarlas en el tiempo por si aquello servía de alguna ayuda.
Miraba con ansiedad el reloj que tenía en la pared de la habitación esperando que fuera una hora prudente para hacer una llamada a una persona desconocida en un día que se suponía festivo de modo que cuando las dos agujas estaban en lo más alto indicando el mediodía, se decidió a tomar el papel y marcar el número que en él estaba escrito.

   Tuvo que esperar al quinto tono de llamada para escuchar una voz gutural y profunda que no identificó como proveniente de la muchacha con la que había coincidido más de una vez en el parque y con la que había mantenido alguna que otra conversación de cortesía. Y, efectivamente, no era ella sino su compañero de piso quien apenas escuchó su nombre pasó el teléfono a la persona con quien realmente deseaba comunicarse, la cual respondió con tono aliviado “Sabía que  tú si  me escucharías. Esperaba tu llamada.”
Aquello le dejó tan sorprendido que no atinó a decir palabra, por mucho que la muchacha tratara de hacerle hablar llamándole por su nombre y preguntándole si se encontraba bien, lo que redobló su incredulidad. Cuando al fin consiguió emitir algún sonido fue para confirmar su presencia en el lugar convenido. Colgó el teléfono y se quedó allí parado un rato intentando asimilar lo que había sucedido.

   Al poco rato salía por la puerta de su casa en dirección al parque, lugar señalado para encontrarse con la chica que tan vivamente le había impresionado con sus palabras, sin fijarse en que acababa de pasar un semáforo en rojo y haciendo que el coche delantero tuviera que dar un frenazo en seco que le sacó de inmediato de todas sus abstracciones. Llegó a la entrada del parque y paseó la mirada por la gente que transitaba por allí hasta localizar a la persona que había sido su interlocutora al teléfono pocos minutos antes y hacia la que enfiló sus pasos.

   Cuando llegó, ella ya se había sentado en un banco cercano y le invitaba a que hiciera lo mismo con la mirada. Esperó a que se acomodara a su lado y empezó a hablarle sobre generalidades que le ayudaran a entrar en materia. Le dijo que se llamaba Manuela y que le había pedido su ayuda porque no sabía de otra persona que pudiera hacerlo. Ella también había tenido esos sueños extraños y se había preguntado qué podían significar sin llegar a una respuesta concluyente pero había notado cierta “sintonía” cada vez que él se encontraba cerca, sin poder explicar en qué consistía ésta.

“Al principio no me pareció extraño porque pensaba que era una sensación de familiaridad pues me recuerdas mucho a mi padre, ya fallecido, pero al cabo del tiempo me di cuenta de que aquello iba más allá de la simple familiaridad, era una especie de conexión inexplicable que me hacía sentirme cercana a ti”.
 Manuela me miraba con sus ojos grandes, verde mar, de expresión dulce y apacible mientras me contaba todo esto y yo trataba de centrarme en sus palabras sin poder sustraer de mi imaginación su expresión tan arrebatadoramente atormentada y adorable. Se veía tan apurada, tan desesperadamente preocupada y necesitada de ayuda que no dejaba de contemplarla como una pequeña que se hubiera perdido en medio de una multidud del lado de sus padres y estuviera pidiéndome que, por favor, los encontrara para poder volver con ellos.

   No podía hacer nada por ella más que escucharla e identificarme con sus palabras puesto que sus dudas y preguntas eran las mismas que yo me había planteado en mis noches pasadas, pero logré transmitirle cierta tranquilidad y le aseguré que estaríamos en contacto añadiendo que podría acudir a mí siempre y cuando lo necesitara. Pareció sentirse mucho más relajada y me confesó que había sentido un miedo terrible pensando en cuál sería mi reacción ante una situación tan fuera de lo normal.
Nos despedimos con un tierno abrazo, que aún conservo con intenso cariño entre mis recuerdos, y marchamos cada cual a nuestra casa sintiéndonos un poco más acompañados. Si bien no habíamos podido alcanzar una adecuada justificación para lo que nos estaba pasando al menos habíamos templado nuestro ánimo y compartido nuestras inquietudes y soledades.

   Esa fue la última vez que supe de ella, hace ya diez años. No la he vuelto a ver así como  tampoco he vuelto a tener más fusiones ni sueños parecidos. Manuela se los llevó. Ella los trajo y ella los hizo desaparecer.

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« Respuesta #15 en: 29 Noviembre, 2014, 08:48:10 am »
   HISTORIAS DESDE EL SOFÁ....

La tarde se mostraba lluviosa y gris. La lluvia, perezosa, no acababa de empapar el suelo de baldosas que cubría el camino de entrada a la casa cuyo único propósito parecía fuera  estar esperando ser pisado por alguna de las innumerables personas que transitaban sin orden ni concierto por las cercanías de la estación. Apenas una escasa barrera de madera separaba a esta del camino, de tal modo que, en ocasiones, la engañosa perspectiva hacía pensar que alguien fuera a colarse en un descuido por entre sus ensambles.
Dentro de la casa, una persona tumbada en un sofá de color crema con flecos en las esquinas y con varios cojines bicolor colocados desordenadamente  unos encima de otros, observaba el ir y venir de la marea humana sin prestarle mucha atención. Concentraba su mirada huraña en la parada de autobús mientras maldecía su suerte por encontrarse en aquella situación, que no había previsto, y que había desbaratado todos sus planes por un período de tiempo excesivamente prolongado, para su gusto.

   Cierto es que no fue correcto por su parte tratar de adelantar a aquella pequeña tropa de escolares alocados dando grandes zancadas, mientras intentaba esquivar sus mochilas, con el fin de que no se colaran antes que ella en el autobús pero es que tenía sus razones para actuar así. Tenía prisa. De reojo, había visto cómo el autobús se aproximaba  a la parada que ella se aprestaba a alcanzar cuando se percató del pequeño grupo, de unos siete chavales, quien junto al que consideró su maestro estaban esperando  la llegada del mismo para lo que suponía sería un paseo por el museo arqueológico. Allí es donde iba ella también; Tarde; Muy tarde. Seguramente ya estarían todos allí reunidos esperando la llegada del gran tesoro que durante largos meses habían estado solicitando a las autoridades peruanas y cuyas trabas burocráticas habían tirado por tierra tantas veces sus ilusiones de verlo expuesto por fin en sus vitrinas.
Todas sus  ilusiones se vieron de pronto estampadas contra el suelo cuando ella cayó de una forma bastante cómica quedando con las piernas cruzadas y con todo el peso de su cuerpo sobre la cadera. No pudo evitar que su calzado resbalara con aquel charco inesperado que hizo que la suela de sus nuevas botas se deslizara con facilidad por su superficie haciendo que ella perdiera el equilibrio y acabara topando con su cuerpo, cual largo era, en el suelo. Los muchachos fueron los primeros en ayudarla, entre risas, y en percatarse de que la caída había sido seria, el resultado de la cual era lo que desgraciadamente la mantenía postrada en aquel sofá.

No llevaba ni cuatro días en ese estado cuando ya empezaba a mostrar signos de aburrimiento extremo así como cierto malhumor fruto de la desesperación de verse inválida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Para todo debía depender de una persona no pudiendo hacer el menor gesto sin mediar una llamada a su hermana, quien sin ningún pudor había acudido a su casa para ayudarla hasta que  pudiera valerse por sí misma. Se habían acostumbrado rápidamente a la rutina mutua de la mañana; Mientras una leía, o mejor dicho, se desesperaba en el sofá, la otra trabajaba en su ordenador tecleando no se sabía muy bien qué. En más de una ocasión había estado tentada de preguntárselo directamente pero le parecía un tanto descortés que si no salía de ella  de “motu proprio” la obligara a contárselo, y mucho menos después de cómo se estaba comportando con ella, teniendo en cuenta que nunca habían sido unas hermanas muy bien avenidas.
La tarde traía el relevo y con él algo de diversión, lo cual  le sentaba muy bien a la par que provocaba que el tiempo se le pasara con mayor celeridad. Era el momento de encontrarse, según el día, con su amiga, sus compañeros de trabajo, el vecino o su ser más querido en aquellos tristes momentos de reclusión forzosa: su primo Roberto. Que ella recordara, desde siempre se habían compenetrado tanto que habían llegado a formar una pareja singular; En las diferentes reuniones familiares solían acabar apartados en un rincón maquinando alguno de sus complots o resolviendo diversos misterios de la historia pasada.

   Aquella tarde esperaba a su primo y ya tenía preparado un arsenal de preguntas para él pero una llamada a última hora de la mañana le avisó de que no iba a poder reunirse con ella por lo que su  humor se encontraba tan oscuro como las nubes que poco a poco iban cubriendo con su espesa capa de tonos grises el horizonte que divisaba desde su sofá. Por eso miraba fijamente a todas aquellas personas que tanta envidia le daban al poder deambular libremente de un lado para otro sin ser conscientes de la importancia de ese hecho tan simple pero tan liberador. Sobre todo, se centraba en los que, como ella, iban amagando a quienes venían de frente y avanzaban en diagonal, bajando de la acera si era preciso, y tratando de sortear alguna que otra pareja de ancianos cuyo caminar era más lento del que ella era capaz de soportar; familias con hijos que ocupaban todo el ancho de la acera o algún que otro grupillo de gente que se paraban a conversar en medio de la calle.
Sin darse cuenta llevaba un buen rato con la vista fija en una mancha indeterminada que de pronto empezó a tomar forma conforme ella tomaba conciencia de que estaba siendo observada a su vez. ¿La observaban a ella?¿Quién podría ser aquella persona tapada tras aquellos binoculares? ¿Y qué interés podía despertar ella? Ah, claro. No podían verla tapada como estaba con las cortinas. ¿Qué estarían buscando entonces? Que ella supiera, en aquella dirección sólo se podía ver el viejo puente romano que daba acceso a un estrecho sendero que, a su vez,  conducía hasta una pequeña ermita. Entonces era eso. Sería cualquier turista venido a la ciudad para admirar esos rincones inesperados con los que a veces uno se tropieza.

   Siguió con la mirada a aquella persona esperando que desapareciera de su vista pero le sorprendió comprobar que no se movía de su sitio y que no paraba de mirar impaciente la hora en su reloj. Entonces pensó que sería divertido recrear una historia sobre aquella persona que había atraído su mirada curiosa. Se fijó bien en su ropa; Su pose; Sus rasgos o lo que desde allí ella podía distinguir. Le chocó que llevara una cazadora de cuero más propia de un chulo de barrio combinada con muy mal gusto, todo sea dicho, con unos pantalones que parecían hechos a la medida por un sastre; Aunque claro, para gustos, colores, como decía su abuela. ¿Quién le aseguraba a ella que aquella persona, que por cierto aún no distinguía si era de sexo contrario o no, no se sintiera orgullosa de portar semejante atuendo y que incluso le pareciera hasta acertado o a la moda?.
Decidió centrarse en ese detalle para iniciar una historia llena de incongruencias donde la persona en cuestión contaba en realidad con cierta fama entre la población y lo que intentaba era enmascarar su imagen para pasar desapercibida. Solo que estaba consiguiendo el efecto contrario, por lo menos con ella. Lo que no lograba distinguir desde allí era su sexo. Decididamente, aquella no era la ropa que una persona llevaría para no destacar, más bien parecía hecho “ex profeso” para resaltar entre los demás. Si de ella dependiera, la hubiera multado por semejante combinación de atuendos y colores que a ella le inspiraban rechazo estético.

   De pronto, dio la impresión de que aquella persona se hubiera cansado de esperar y, mirando su reloj por última vez, se dirigió a la derecha y se perdió de vista no sin antes advertir cómo tiraba algo en la papelera cercana para después alejarse de la estación con cierta prisa.
Seguía sin distinguir con claridad si aquella persona pertenecía a uno u otro sexo pero decidió que aquellos andares bien podían ser los propios de un chico joven. No quería renunciar a su historia y le adjudicó ese sexo y edad para poder continuarla. Estaba tan aburrida que poco más podía hacer así que se enfrascó en un debate consigo misma sobre cuáles serían sus razones para acercarse allí de aquella guisa y con aquellos prismáticos. Quien sabe si no sería un deportista reconocido que trataba de encontrarse con alguien sin ser acosado, aunque lo más probable es que fuera una persona normal con lo que ella consideraba mal gusto para combinar su ropa y con unas razones de lo más vulgares para permanecer allí, como podía ser el que estuviera esperando la llegada de su novia, un amigo o incluso algún pariente.

   ¿Y para qué quería entonces los prismáticos? Bueno, si, reconocía que aquello se salía un poco de la normalidad pero seguro que habría una explicación más que lógica para todo aquello. “A ver, piensa… Supongamos que ha dado la casualidad de que tenía que devolverle aquello a la persona a la que estaba esperando y como no llegaba habría decidido utilizarlos mientras para matar el tiempo”. Si, aquello era una buena alternativa. “O también puede ser que quedara allí con una persona aquella tarde  para ir caminando hasta la ermita y que esa persona considerara que lo de mojarse no iba con ella”. Esta opción le resultaba poco posible.
Así siguió durante varios minutos dando vueltas a las diferentes alternativas y descartándolas conforme su nivel de probabilidad logrando que la tarde se fuera pasando rápidamente. En su mente iba dando forma a diversas historias cuyos protagonistas eran todas aquellas personas que, cayendo en su campo visual,  llamaran su atención de alguna manera y a las que iba dotando de unas u otras cualidades en función de su forma de andar, su vestimenta o cualquier gesto detectado por aquella observadora inesperada de sus vidas.

   A eso de las ocho de la tarde, cuando ya empezaba a  oscurecer y sus historias se estaban agotando, una llamada le hizo reír de buena gana. Su interlocutor: su primo Roberto, quien conociéndola sobradamente y suponiendo que estaría aburrida retenida a la fuerza en aquel sofá había ideado un plan para resarcirla de su ausencia pidiendo a un amigo suyo que, por favor, se acercara aquella tarde a la estación vestido de la forma extravagante que se le ocurriera para llamar la atención de miradas indiscretas pero sin exagerar. El resultado no podía haber sido más exitoso. Los dos primos conversaron durante varios minutos más, entre risas, celebrando lo acertado de aquel cómplice a quien quería conocer y con quien se vio al cabo de varias semanas.
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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #16 en: 05 Diciembre, 2014, 17:41:12 pm »
DE RELOJES Y ARENAS

Durante toda la mañana estuvo deambulando por  la playa dejando que su cuerpo fuera acariciado por la brisa marina e impregnándose del salitre traído por las espumosas olas del mar. Paseando de aquí para allá, descalzo, mientras se agachaba de vez en cuando a recoger alguna que otra concha, piedra o cualquier diminuto objeto que atrajera su atención, iba atesorando todo cuanto su alocada imaginación iba sugiriendo a su cabeza. El cubo que colgaba de su brazo se había llenado hasta pasada la mitad y como aún no estaba satisfecho con su botín siguió recorriendo la orilla durante unos cuantos metros más hasta que una voz, grave y familiar, le hizo girarse y volver ceñudo sobre sus pasos.
Era su padre quien no había dejado de vigilarlo durante todas aquellas horas en las que él había permanecido bien en el agua, bien en la arena, tumbado, semienterrado o chapoteando; Siempre pendiente, aunque a distancia, para darle la impresión de cierta libertad de movimientos y de independencia. “Ya soy bastante mayor como para que nadie tenga que cuidar de mi como si fuera un bebé”, le había reprochado en más de una ocasión.

   No entendía cómo los mayores podían ser tan pesados con eso de la hora. Al fin y al cabo ¿qué era eso del tiempo que tan apurados les traía a todos? ¿A quién le importaba preocuparse por mirar una esfera en la que se movían unas agujas  y a las cuales parecía que reverenciaban? “Estos mayores se complican la vida de las maneras más absurdas”, bufó mientras meneaba la cabeza con gesto enfadado.
“Y si no, mira lo que le pasó el otro día. ¿¡Pues no va y se queda dormido y luego sale corriendo a la carrera esperando que yo haga otro tanto!? ¡Pero si casi salgo en pijama a la calle!”;  menos mal que se dio cuenta y tuvo tiempo de cambiarse la camisa a todo correr mientras su padre, esperando en la puerta de la calle con las llaves en la cerradura y la mano presta a girar, trataba de contener su nerviosismo. Cuando él fuera mayor, se juraba una y otra vez, no iba a caer en las mismas trampas y sería capaz de dominar el tiempo en su propio beneficio sin necesidad de depender de él evitando a toda costa su estricta tiranía.

   Y casi lo había conseguido. Ahora era relojero. Uno de los mejores en su clase. Ya no se preocupaba excesivamente del tiempo, como se había prometido a sí mismo siendo más pequeño, sino que lo distribuía sabiamente ya que su trabajo, al ser tan especializado, le posibilitaba el no tener que mantener un horario diario pudiendo adaptarlo de forma flexible, sin que  por ello dejara de realizarlo a conciencia. Cada reloj que llegaba a sus manos era objeto de minuciosa inspección y cuidado; los trataba con suma delicadeza y raro era el que se escapaba a su control. Incluso el de mayor complejidad en sus mecanismos se convertía en libro abierto para él con solo observar o maniobrar en alguno de aquellos delgadísimos círculos dentados.
Así pasaba sus días, lejos de la monotonía y de la premura de otros empleos que había dejado atrás no sin felicitarse por ello. Ninguno de ellos le había satisfecho lo más mínimo, aunque no tuviera que mantener un estricto horario de trabajo, puesto que todos en su conjunto tenían en común un mismo defecto: estaban faltos de lo que él consideraba “armonía”; una sintonía entre sus esfuerzos y los resultados obtenidos.

   Lo de convertirse en relojero había llegado como por descuido, como por pereza, incluso casi a su pesar. Sucedió que en uno de esos períodos en los cuales buscaba un trabajo diferente al que ya desarrollaba, y que le tenía hastiado, se tropezó con un antiguo vecino con el que solía jugar de pequeño en las calles de su barriada y se sentaron juntos a contarse sus mutuas historias alrededor de sendas cervezas y una  buena ración de calamares. No recordaba cómo habían llegado a un punto tal de la conversación en el que, sin proponérselo, estaba dando su consentimiento para volver a verse, pasados dos días, a la entrada de su casa donde le recogería su amigo para llevarle a lo que sería su nuevo empleo.
En realidad, no paraba de echarse en cara la debilidad de su carácter por no haber mostrado más firmemente su negativa ante semejante perspectiva. ¡Relojes!. ¿Esa iba a ser su nueva ocupación? ¿Con lo mal que se llevaba con el tiempo, ahora iba a empezar él a arreglarlo? Absurdo, se mirara por donde se mirara. Además, no tenía los conocimientos necesarios para manejar esos artilugios tan complejos y …

Todas sus dudas habían sido acalladas por su compañero quien no paraba de asegurarle y reafirmarle que la tarea que iba a realizar no tenía nada de complicada y que, además, en caso de que no le pareciera de su gusto tendría la total libertad de irse por donde había venido si ese era su deseo. “No te cierres la puerta antes de llegar a ella. Decide una vez que la hayas traspasado. ¿Acaso pierdes algo por probar?” Debía reconocer que aquel razonamiento era bastante sensato, tal vez demasiado como para seguirlo, pensó dubitativo mientras se alejaba de su amigo y ascendía por las escaleras que llevaban a su apartamento en el tercer piso de un edificio bastante deteriorado por fuera aunque con bastante buena apariencia en su interior.
Al entrar, cerró la puerta despacio mientras pensaba en todas esas cosas, y se dejó caer en el sofá que presidía el salón. No es que fuera muy mullido, que digamos, pero si lo suficiente como para permanecer echado en él mientras veía una película o se entretenía con algún documental.

   Aquella tarde estaba aún liado con un nuevo reloj de bolsillo antiguo; una saboneta que le trajera una compungida mujer que lo había descubierto entre los enseres de su padre, recientemente fallecido. Como parecía que no estaba en muy mal estado había decidido arreglarlo para darle uso a la vez que le sirviera de recuerdo de su querido progenitor puesto que siempre había asociado la imagen de su padre con aquel reloj en la mano tomando notas a todas horas. En fin, se puso manos a la obra: desenredó la leontina y trató de abrir la carcasa que parecía se había quedado atascada. El muelle que descubría el reloj haciendo posible que se levantara la tapa no cedía más que a medias dejando entrever una esquina de algún tipo de papel basto o tal vez de  fotografía. Como la pieza era delicada tuvo que entretenerse durante largos minutos en desenredar aquel amasijo hasta descubrir, por fin, una fotografía amarillenta, recortada de tal forma que parecía que sus bordes los hubiera rasgado una mano ansiosa por contener en el centro a sus tres figuras: Un hombre y una mujer, que sostenía a un bebé en brazos.

Al verlo se alegró al pensar cómo aquella mujer le estaría muy agradecida por haber rescatado aquel instante de su familia para ella, lo que hizo aflorar en él un recuerdo de su padre quien también había dejado el reino de los vivos hacía varios años  para vagar, no le cabía duda, con cualquier libro en la mano en busca de un buen rincón donde sentarse a leer a la vez que disfrutaba de la naturaleza, dos de sus grandes pasiones en vida. Su recuerdo le emocionó y  llenó de imágenes su mente las cuales iban pasando ante él como si de una película en blanco y negro se tratara.
Su padre. Había querido mucho a ese hombre bondadoso que siempre ejerció una positiva influencia sobre él con sus razonamientos tan libres de prejuicios y que siempre habían tratado de ofrecerle una visión lo más imparcial posible. Nunca le había reprochado  abiertamente una acción o cualquier comportamiento por muy molesto que le resultara sino que a base de una extremada paciencia, que no sabía cómo había podido alimentar por lo nervioso e impulsivo de su carácter, le había hecho entender lo equivocado que estaba. Siempre le había admirado y por eso fue tan duro, en sus últimos momentos, verlo postrado en aquella cama de hospital lleno de tubos y semi inconsciente, en el mejor de los casos.

   Alejó esa imagen de su cabeza haciendo un gesto involuntario con la mano, como queriendo lanzarla lejos de sí mismo, y se centró en el reloj que ya estaba casi listo; apenas faltaba limpiar un tanto sus engranajes y envolverlo en su funda de fieltro para entregárselo a su propietaria en perfecto estado. Fue necesario  sacar la fotografía, que le entregaría en mano, para que no volviera a dar problemas al activar el resorte de la tapa.
Echó una última ojeada a esa imagen desgastada por el tiempo pensando en lo curioso del proceso de envejecimiento de aquel retrato que, al igual que el del propio cuerpo, se había ido arrugando, cuarteando,  y se sorprendió al notar cierto parecido en el rostro de aquella madre que miraba con adoración hacia su bebé. El no tenía fotos de cuando era pequeño porque, según le había contado su padre, la muerte de su madre siendo aún un bebé le hizo tan doloroso verlas que las había quemado todas; no conocía a su madre. Su padre siempre fue muy tajante al respecto. Para qué remover un pasado tan doloroso que no existía ya. La única imagen que tenía de ella era una fotografía que se encontró un día entre las hojas de un libro y de la que nunca habló a su padre aunque estaba casi convencido de que fue él mismo quien la dejara allí para que la encontrara.

   Cuando le entregó la fotografía a aquella buena mujer  buscando en sus ojos, rojos por la emoción, esa chispa de agradecimiento que esperaba reconocer se quedó confuso al comprobar cómo aquella cara se transformaba en un instante, pasando de la mayor de las ternuras a la mayor de las consternaciones. Suponía que sería la emoción de ver a su padre y, en cierto modo, acertaba, porque su cara reflejaba el gran impacto que le había causado reconocerlo en aquella imagen, solo que no era esa la causa de las lágrimas que acudieron sin cesar a sus ojos sino todo lo contrario.”Este es mi padre, si, pero esta no es mi madre”.
Aquella confesión le pilló por sorpresa no sabiendo muy bien qué decir. Lo que él pensaba que iba a ser un reencuentro tierno y emotivo había resultado un momento amargo y difícil que no dejaba más que dudas respecto a la vida que había llevado aquel hombre. ¿Quién era entonces aquella mujer y quién era ese bebé? ¿Sería suyo? ¿Acaso su padre había llevado una doble vida sin que nadie lo supiera?

   Aquella imagen, lejos de ayudar, había provocado todo un vendaval de emociones en la mujer quien no paraba de preguntarse sobre la identidad de aquella mujer desconocida que tan sonriente se mostraba a la cámara. Trastornada como estaba, apenas pudo darle las gracias por haberle arreglado su reloj y, pagándole precipitadamente, se marchó de allí dejándole solo con el ánimo aún  conturbado.
Aquella tarde no pudo dejar de pensar en aquella fotografía y la historia tan extraña que contenía haciéndole reflexionar sobre lo poco que conocemos a las personas, a veces, por muy íntimamente que se las trate.

Esto le llevó a considerar si acaso su propio padre no le habría tratado de ocultar alguna parte de su vida más allá de la parte concerniente a  su madre, sobre la que nunca dijo nada que no fuera que había sido una buena mujer  que le adoraba y que había querido mucho a su tan deseado bebé.
   Sumergido como estaba en sus recuerdos, sacó el libro en el que había encontrado la fotografía de su madre, único recuerdo que tenía de ella,  contemplando aquel rostro aún juvenil que mostraba una muchacha sentada en un banco, con sus libros y sus cuadernos, a la salida del instituto. Se imaginó, por enésima vez, lo que le diría si la pudiera tener a su lado y cómo se reconfortarían mutuamente por la pérdida de su padre.
De nuevo pensó en su padre; perdido en el mundo onírico donde pudo revivir los momentos más alegres vividos junto a él durante gran parte de la tarde, hasta que la oscuridad de la habitación le hizo consciente de la hora que era en el mundo real. Anochecía ya y debía salir a recoger una pieza del almacén antes de que cerraran para dejar preparado el reloj que le habían llevado aquella misma tarde. No tenía muchas ganas y podría haberlo dejado pasar hasta la mañana siguiente pero pensó que un buen paseo le despejaría las ideas y que a su cuerpo  le sentaría bien moverse para calmar la ansiedad provocada por la inesperada  historia de aquella pobre mujer.

   Cuando regresó a su casa se encontraba más calmado. Por el camino se había encontrado con su antiguo profesor de instituto, con quien había mantenido acaloradas discusiones filosóficas en las que trataba de darle la vuelta o todo planteamiento provocando, en más de una ocasión, las risas de sus compañeros de clase ante sus más que dudosas premisas, logrando olvidar casi por completo todo lo relacionado con la fotografía y aquella mujer.
Traspasó la puerta a oscuras y se dirigió directamente a su habitación, que se encontraba a la derecha, sin percatarse de un sobre gris que se había colado por debajo de su puerta y había ido a parar al rincón. Pasaron largos minutos hasta que se percató de aquello que estaba en el suelo, arrugado. Al principio pensó que era algún tipo de propaganda y no se acercó a recogerlo hasta que se levantó del sofá para preparar la cena. Lo agarró y lo estrujó en su mano con intención de tirarlo a la basura cuando, al notar la dureza de su contenido,  le hizo abrir el sobre para poder partirlo en dos más cómodamente.

   Para su sorpresa, aquello no era propaganda de ninguna clase. Era una fotografía semejante a la que él había descubierto en el reloj, pero ampliada. En ella se podía vislumbrar la habitación en que se enmarcaba la fotografía y pudo observar un detalle que le dejó estupefacto. Recordaba ese mueble estantería que asomaba detrás de la pareja. Y podía reconocer esos libros; y aquel gran cuadro de una marina. Pero entonces, ¿Eso qué quería decir, que eran hermanos? ¿Que después de tantos años pensando que había sido hijo único de su amantísimo padre en realidad había vivido una farsa y tenía otra familia que por alguna razón le habían ocultado?¿Era esa su madre y acaso era él quien reposaba en su regazo?
Giró la fotografía y vió anotado un número de teléfono junto una escueta frase. “Si quieres saber, llámame. María.”



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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #17 en: 14 Diciembre, 2014, 13:36:04 pm »
   VIDA

Sentada en un banco de la plaza veía pasar la gente de aquí para allá parloteando alegremente en pequeños grupos, en parejas o en familia. Se sintió sola en medio de tanto barullo y eso le hizo consciente de que estaba viva porque a pesar del ruido ambiental y del barullo propio del tráfico en plena hora punta notaba cómo la sangre corría por sus venas, sentía cómo respiraba, sus sentidos le ofrecían amplia información que recogían de todos los rincones y, sin embargo, nadie se percataba de su presencia. En ese momento pensó qué pasaría si ella dejara de existir. Nadie se daría cuenta. Pasadas muchas horas, tal vez. La vida es demasiado precipitada como para percatarse de los detalles.
Desde su observatorio podía registrar información de todas aquellas personas durante una parte de su vida sin que fueran conscientes de que eran observadas. Detenía su mirada en una u otra persona por cualquier motivo que llamara su atención: A veces por su ropa, otras por ser la nota discordante en un pequeño grupo, en ocasiones por demasiado solitarias o por demasiado estruendosas. No tenía un criterio fijo sino que variaba en función de su instinto caprichoso o puede que lo hiciera así para comprender la complejidad de la persona en sí. Nunca dejaría de sorprenderse por ello.

   Se levantó despacio, como a cámara lenta, mientras a su alrededor todo se movía con rapidez, recorriendo con la mirada aún a varias de las personas anónimas que seguían cruzándose delante de  su crítica mirada; curioseando en vidas ajenas que nunca volvería a ver; descubriendo detalles que ellas mismas desconocían. Todo esto le servía para reflexionar y profundizar en la naturaleza de las cosas cotidianas que no suelen ser objeto de análisis para nadie puesto que son algo tan evidente y tan usual que se da por conocido y sin importancia. Pero a ella le gustaba descubrir patrones de regularidad en ese microcosmos y por eso, siempre que podía, se sentaba en aquel banco en particular porque le ofrecía una amplia perspectiva  y profundidad de campo desde la cual poder incluir al mayor número de participantes posible.
Allí sentada, con su bloc en la mano, tomaba notas de la variedad de patrones humanos con los que tropezaba. Al cabo de varias semanas de haber iniciado sus primeros registros ya había descubierto ciertas semejanzas o simetrías. Ya se había topado con varias personas que seguían la misma rutina a las mismas horas y casi podía reconocerlas entre le muchedumbre aún antes de que pudiera divisar sus caras. Hasta les había puesto nombre y se había recreado una vida ficticia para ellas.

   Fue en una de esas tardes cuando comprobó que “Carmen” volvía sola y con el paso más lento de lo normal. Todo su ser indicaba cierto decaimiento y casi podía reconocer en ella los rastros de las lágrimas vertidas, hacía tal vez no mucho tiempo. Dedujo que sería a causa de “Javier” quien no le acompañaba aquella tarde. ¿Una pelea de enamorados? Bueno, el malentendido se resolvería posiblemente al cabo de varias horas y el dulce reencuentro resarciría ampliamente esas lágrimas perdidas. Nada nuevo bajo el sol.
Tampoco le gustó ver cómo aquel perrillo que seguía a su dueña con tanta alegría era apartado de una patada por uno de los peatones que bajaban la calle en dirección contraria, sin que nadie excepto ella se diera cuenta de lo sucedido. El pobre animalillo tropezó con la correa y acabó de morros contra el suelo aullando lastimeramente mientras la mujer se agachaba a recogerlo poniéndolo en sus brazos y haciéndole algunas caricias como si de una amorosa madre con su niño chico se tratara.

Aquella escena le hizo recordar….esa tarde    que camino de su casa se encontró de frente un loco que estaba abriendo la puerta del coche y la volvía a cerrar pasados unos segundos no se sabía por qué. Desgraciadamente comprendió inmediatamente cuando al pasar por su lado, viéndolo sonreír de semejante manera y con cara de satisfacción, pudo distinguir en el arcén de la carretera un bulto peludo gris y ensangrentado. Era un conejo. O lo que quedaba de él después de que aquel cafre le hubiera dado un portazo y lo hubiera mandado allí a que se pudriera. Afortunadamente, el pobre animal parecía haber muerto al instante.

   Quiso borrar la escena de su mente tratando de concentrarse en las luces de la avenida y su mirada recayó en la castañera que allí se solía colocar, a eso de las cuatro de la tarde, a ofrecer sus mercancías a quien deseara y tuviera con qué pagar. Generalmente se le acercaban los más pequeños quines atraídos por el humo de su chimenea querían saber qué era aquello que tan bien olía mientras otros, más mayores ya y versados en el tema, acosaban a sus progenitores hasta conseguir de ellos las monedas necesarias para lograr su amarronado botín.
También aquello la llevó de viaje por su infancia cuando paseaba por las calles de la capital con ojos asombrados ante todo lo que veía. Le fascinaron las luces, las amplias avenidas, la multitud, el tráfico, los grandes y coloridos escaparates de las innumerables tiendas que una tras otra se presentaban al paso de los caminantes ociosos buscando engancharlos con sus promesas de precios rebajados o diversas ofertas escritas en grandes letras, muy llamativas.

   Parecía que la vida no fuera sino un constante bucle de ida y vuelta por el que las diferentes personas vamos transitando sin ser conscientes de que todos pasamos por los mismos lugares  y situaciones en uno u otro momento. Algunas son más afortunadas que otras porque les toca el lado amable del bucle y no sufren en exceso las exigencias de una inadecuada curvatura. Otras, desgraciadamente….
De nuevo su cabeza viajó hacia otro lugar y otro espacio, alejados en el tiempo, cuando empezó a intuir por primera vez que llevaba una vida privilegiada. En aquellas calles de capital pudo ver con toda la crudeza que puede mostrarse a una criatura de corta edad lo que significaba no tener un hogar. Vivir en la calle sin más pertenencias que las que te cupieran en una desgastada bolsa de plástico de un comercio cuyo nombre ya no recordaba; las peleas por un trozo de cartón o una botella de vino; las caras de mirada perdida y las conversaciones con uno mismo en voz alta.

   Escuchó un sonido que le resultaba vagamente familiar, pero sin poder concretar por qué, hasta que cayó en la cuenta que era el nuevo timbre de su móvil que hacía poco había cambiado y del cual ya no se acordaba. Cuando por fin dio con él dentro del batiburillo de cosas que llevaba siempre en su bolso, habían cortado ya. Miró el número, sin identificar a la persona que había hecho la llamada, y decidió dejarlo pasar hasta que volvieran a llamarla.
Guardó de nuevo el móvil en su bolso de forma automática cuando su mano tropezó con un objeto que no debería estar allí: un manojo de llaves que no le pertenecían. Recordó entonces que aún no se las había devuelto a su vecina quien, a su vez,  había olvidado las llaves de su propia casa encima de la mesa del bar donde habían estado desayunando aquella mañana. Y lo más seguro es que estuviera buscándola como loca porque no tenía otro juego y tendría que entrar a cambiarse para la cena que esa misma noche tenía concertada en un restaurante de la zona norte de la ciudad.

   Se levantó de un salto y salió corriendo hacia su casa chocando en su precipitada carrera con uno de los peatones que venían en sentido contrario lo que hizo que el llavero se le cayera al suelo sin ella darse cuenta. Siguió su camino calle arriba sin dejar de acelerar más que para ceder de vez en cuando el paso a algún viandante o sortear algún obstáculo que se encontrara en su camino. Paró en un semáforo y se sorprendió al ver alguien que corría y gritaba diciendo que se parase pero ella no hizo caso puesto que no le conocía y suponía que se habría equivocado. Por eso cuando el disco cambió de color siguió su rumbo sin prestarle atención hasta que unos metros más arriba acabó poniéndose a su altura y, casi sin aliento, el personaje en cuestión le tiraba de la manga para que parara.
Al principio le resultó algo molesto porque no entendía qué quería de ella aquel muchacho de pelo revuelto y cara un tanto malhumorada que no paraba de respirar profusamente mientras  apoyaba las manos en un poste cercano descansando de su larga e inesperada carrera. “Ya no estoy preparado para estas cosas”, decía el chico con bastante dificultad y la respiración entrecortada mientras con la mano libre le enseñaba el llavero haciéndolo oscilar para darle a entender cuál era el motivo de la misma.

   Avergonzada de haberle causado esa “pequeña” molestia, le dio las gracias con cierta voz de arrepentimiento: “Gracias, Javier, no me había dado cuenta y pensaba….”
Calló al instante, horrorizada al darse cuenta del error que acababa de cometer. Había reconocido al muchacho como el compañero de “Carmen”, la supuesta enamorada que habría derramado lágrimas amargas por lo que fuera más que probablemente una simple pelea de pareja, uno de los muchos y necesarios reajustes pasajeros que suelen darse en toda relación.
“¿Nos conocemos?¿Cómo sabes mi nombre?”Ahora le tocaba el turno al chico de mostrarse perplejo y asombrado ante la mirada baja y esos colores arrebolados que habían asomado a las mejillas de la chica sin que pudiera contenerlos por mucho que intentara ocultarlos con sus manos. Bueno, tendría que confesarlo todo porque no era capaz de mentirle después de aquello. Podría haber escapado tranquilamente de la situación inventando cualquier excusa que le viniera a su imaginación pero no creía que fuera justo hacérselo a él después de mostrar un comportamiento tan “solidario”. Se había equivocado y tendría que pagar sus culpas; lo asumía. Pero no era posible en ese momento porque seguramente su vecina se estaría volviendo loca maldiciendo su mala cabeza.

   “Perdona, hoy voy con mucha prisa pero cualquier otro día que te vea por la plaza te lo cuento todo”. El chico la miraba con cara extrañada y ya había recobrado su normal respiración con lo que estaba parado frente a ella calmo aunque un tanto aturdido y desconfiado. El que le llamara por su nombre no le había hecho ninguna gracia. ¿Quién era aquella muchacha tan descarada que después de hacerle correr como loco para devolverle unas malditas llaves que a punto estuvo de tirar (cosa que con ganas hubiera hecho si no llega  a ser por el semáforo que hizo que pudiera alcanzarla a tiempo) y que ahora le estaba dando de lado? Mejor irse de allí ya y olvidarlo. Para una vez que le había entrado el espíritu solidario mira con quién tuvo que toparse; una de esas que se creen con derecho a todo. Lanzó un seco: “Vale, adiós” y se mezcló en la marea de gente que pasaba por la calle confundiéndose al poco tiempo entre ella.

   Se sintió decepcionada después de aquello pero lo olvidó pronto pensando en que la estarían esperando en su casa. Acertó de pleno. Al doblar la esquina encontró a su vecina y amiga, plantada como estaba delante de la entrada del bloque donde vivían, mirando desesperadamente a ambos lados de la calle intentando calmar su ansiedad ante la inminente tragedia que representaba para ella el hecho de llegar tarde a su primera cita importante. En cuanto la vio doblar la esquina se dirigió presurosa hacia ella con cierta expresión de alivio en su cara aunque por sus rasgos, esa cara también  dejaba traslucir que ocultaba cierta rabia  y malhumor por lo que se aprestó a entregarle las llaves sin más demora.
“¡¿Pero por qué no me cogías el teléfono?! Te he llamado varias veces”, le espetó sin intención de escuchar la respuesta que estaba dándole su amiga al tiempo que salía corriendo por las escaleras del edificio. “¿Así que el número desconocido eras tú?” se dijo más que nada a sí misma porque su amiga ya se había metido por la puerta y desaparecido tras un reflejo de cristales al instante.

   Subió despacio los escalones y se animó a llegar hasta su casa por las escaleras tratando de sacudirse la desazón que la envolvía en esos momentos; Primero había dejado a una persona que no conocía de nada bastante enfadada por su precipitación y su despiste y después había mejorado su situación haciendo que su amiga también se sintiera molesta con ella. No estaba mal lo que ella solita había conseguido en tan solo media hora larga; “¡Hoy te quedarás sin postre!” ironizó consigo misma.
Esa noche sus sueños fueron bastante molestos y pesados acabando por despertarla a una hora muy temprana y no pudiendo conciliar más el sueño hasta pasadas casi tres horas con lo que a los pocos minutos, cuando sonó su despertador, le costó mucho despertarse permaneciendo en estado medio hipnótico hasta pasada una buena media hora, por lo menos, y una vez tomado el primer café matinal.

   La mañana pasó sin mayores incidentes y la hora de salir llegó casi por sorpresa. Cogió su bolso y su abrigo de la percha y marchó sin prisa hacia su casa pensando en si aquella tarde se encontraría con Javier y en si esta vez podría explicarse sin prisas ni excusas. No sabía si en el hipotético caso de reconocerle entre la multitud y de que él accediera a hablar con ella  sería capaz de hacerle entender el cúmulo de torpezas que habían sido el desencadenante de la situación; torpezas que eran algo innato a su persona.
Comió tranquilamente y se sentó a leer al sol de sobremesa mientras hacía tiempo esperando la hora en la que suponía podría encontrarse con Javier. Más que leer lo que hizo fue pasar su vista por aquellas letras de las que no extraía ningún significado porque su cerebro la mantenía en un estado de latencia  o aletargamiento ocupado como estaba en otras cuestiones a las que daba vueltas y vueltas como una lavadora en proceso de centrifugado.

   Cuando llegó la hora  no se apresuró, como ella esperaba, hacia el lugar en el que preveía sería el punto de encuentro sino que deambuló dubitativa calle arriba y calle abajo tratando de darle coherencia a sus agitados discursos internos en los que tan pronto se negaba a permanecer allí porque no tenía necesidad de dar explicaciones a nadie, y menos a un desconocido, como tan pronto se echaba en cara la falta de diplomacia que había demostrado en su momento. Perdida en estos monólogos estaba cuando alguien le pidió si podía, por favor, decirle qué hora era, con lo que maquinalmente levantó su brazo derecho para girar la muñeca y mirar la esfera de su reloj sin acordarse de que ya no lo llevaba. Al mirar su muñeca desnuda, levantó la vista hacia aquella persona con cara de despiste, encogió los hombros y llevó la mano al bolso donde encontraría, o eso esperaba, su móvil y así podría decirle lo que deseaba saber.
Pero algo le hizo mirar de nuevo a aquella persona que ahora la miraba con una sonrisa burlona en la cara a la vez que le mostraba su propio reloj colgando de la muñeca. “Bonito reloj”, fue todo lo que pensó en ese momento olvidando lo absurdo de la pregunta y de la situación.

   “Hoy no pareces tan antipática como el otro día; más bien pareces hasta una persona normal ¿Has vuelto a perder las llaves o no es algo que acostumbres hacer con frecuencia?” Vaya, si era Javier. Y parecía que no estaba muy molesto sino más bien disfrutando de la situación al verla tan perdida. Estaba acompañado de “Carmen” y los dos parecían complacidos con el encuentro. Hacían una buena pareja, no cabía duda de que se les notaba muy compenetrados uno al lado del otro. Se sintió en desventaja y en seguida quiso marcharse de allí porque no había previsto que estuviera acompañado sino que esperaba poder hablar a solas con él y disculparse sin nadie más como testigo.
“¿¡No te dije que esto iba a pasar!? Pues mírala, ahí la tienes sin saber que hacer o qué decir pero deseando dar media vuelta y largarse de aquí”. La persona que hablaba era la que ella había denominado como Carmen y lo cierto era que tenía toda la razón, parecía como si hubiera mirado a través de ella y supiera exactamente lo que pensaba.
Se sentía como pillada en falta. ¡Cómo había cambiado toda la situación! Ya no era ella quien iba buscando a la otra persona sino que la otra persona le había encontrado antes a ella y encima parecía que supieran cuáles eran sus intenciones. Derrotada, desorientada y a falta de otra alternativa no se le ocurrió más que decir que lo sentía pero que tenía prisa por llegar a un sitio, mintiendo descaradamente, lo que se reflejó en sus movimientos nerviosos, su mirada poco segura y sus encendidas mejillas, que la volvían a delatar.

   Javier se separó de Carmen dejándole el paso libre para que pudiera seguir su camino mientras le decía …”es una pena que nuestra observadora del banco no quiera conversar con nosotros un  breve instante al menos. Tal vez en otra ocasión será”. Y volviéndose a su acompañante le dijo: “Vámonos Sandra, creo que mamá nos espera para nuestro habitual paseo.”
Se alejaron calle arriba charlando animadamente y dejando a su interlocutora más confundida de lo que ya estaba  reprochándose la cantidad de errores cometidos en tan poco tiempo. “Otro día será, si”. Javier y Sandra eran hermanos. Eso le agradó y marchó a su casa con el ánimo soñador.
   
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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #18 en: 20 Diciembre, 2014, 13:21:59 pm »
AMANECER

Intentó abrir los ojos pero una luz cegadora los mantenía cerrados. Escuchaba tanto ruido a su alrededor que, aturdido, chillaba al vacío tratando de alejar aquellos sonidos que no cesaban. Notó frío y sensación de ingravidez en su cuerpo. Adivinaba movimiento en torno suyo sin precisar qué o quién lo provocaba. Estaba aterrado y quería volver de nuevo a su refugio. Ese pensamiento era el único que centraba su atención sin darse cuenta de que en ese momento estaba siendo izado por unas poderosas manos que lo manipulaban torpemente para colocarlo sobre una superficie plana, suave y esponjosa que le ofrecía cierta calidez. Eso le calmó un tanto  puesto que sintió cómo la luz se amortiguaba de nuevo. De algún modo todo parecía volver a la normalidad. Cerró los ojos y dormitó durante varios minutos.

En la habitación del hospital se podía ver por aquí y por allá toda una serie de pequeños trozos de papel de colores esparcidos por el suelo consecuencia de la alegría desbordada la víspera en señal de celebración por la llegada del nuevo miembro de la comunidad. Era lo esperado en esas ocasiones: regalos, besos emocionados, espacios abarrotados de personas deseosas por conocer al recién llegado y rutinas alteradas por la novedad.
La noche fue extraña y pasó entre llantos, palabras a media voz y horas de sueño intercaladas con cierto malestar, por lo que al despuntar el amanecer aún dormía. Despertó con hambre y lo hizo saber gritando cuan fuerte podía mientras su cuerpo se agitaba sin control ocasionando un revuelo a su alrededor de sonidos que con el tiempo se harían familiares a sus oídos. De nuevo fue izado por las torpes manos que aún no se acostumbraban a aquel cuerpecillo frágil de quien era transportado, envuelto en una extraña y desconocida piel, hacia un sonido tranquilizador: un retumbar constante que aplacaba su ansiedad y le confería cierto bienestar.
Una vez saciada su sed y alimentado convenientemente volvió a dormitar un poco inquieto y, esta vez, su sueño se prolongó por un par de horas.

   Dieciocho largos años habían pasado desde entonces y la situación se había vuelto complicada y demasiado alejada de todos aquellos sueños que en su mente se forjara respecto a su futuro. La llegada de aquel bebé había supuesto un cambio radical en su vida y le había generado múltiples alegrías que ahora se habían convertido en auténticas pesadillas. En algún punto del camino se habían equivocado al tomar una  desviación y ahora pagaban las consecuencias de sus extravíos; Muchos caminos por recorrer sin un mapa que indicara la ruta a seguir.
Con estos pensamientos girando en su cabeza trataba de arreglar el desastre que la furia desatada de aquel que fuera su tierno y adorado niñito había provocado. Una de las muchas que últimamente, y por desgracia, se estaban convirtiendo en algo habitual.

   Todo había comenzado  varios años atrás. Al principio, habían pasado desapercibidas siendo catalogadas como simples rabietas evolutivas y naturales en todo desarrollo infantil. Con el tiempo habían empezado a despertar las sospechas paternas y, finalmente, habían provocado una ruptura familiar. El pequeño monstruo encerrado en aquel cuerpecillo se había ido alimentando progresivamente sin que ni su propio anfitrión se diera cuenta de ello hasta convertirse en lo que actualmente denominaban  “la bestia”: una fuerza interior  incontenible que lo manejaba a su antojo desbaratando todo su equilibrio y ocasionando serias complicaciones en su vida social y familiar.
Lo peor era la vuelta a la normalidad del día a día cuando, recuperada la voluntad, debía recoger las piezas y fragmentos que en su desatada actividad previa a toda recaída iba soltando como si tratara de despojarse de aquella incómoda piel que le obligaba a contenerse. Entonces, se sentía vacío y una desoladora perspectiva respecto a su futuro inmediato quedaba instalada en su persona convirtiéndolo en un ser sin vida, una cáscara, un mero pellejo hueco como el de las serpientes al mudar su piel.

   Los años pasaban y la situación empeoraba y se enrevesada más conforme aumentaban las posibilidades de aquella bestia para hacerse con el control total y absoluto sin otra opción que la de esperar el turno de retomar las riendas de una vida que se preveía como una amarga existencia en la que se mezclaban la desesperación por la falta de control con las ganas de vencer a una bestia que no cedía ante nada.
Cuando por fin comprendieron que el problema no sé debía a  ellos sino que debían visitar al especialista adecuado las cosas comenzaron a cambiar de color, que no de perspectiva: La enfermedad era crónica pero no por eso debían sucumbir al desánimo puesto que la medicina avanzaba a pasos agigantados y nuevos fármacos facilitarían dominar aquellos impulsos provocados por una química defectuosa.

   Aquello fue un terrible y doloroso trago para una madre y un padre que siempre habían luchado contra un fantasma que ellos consideraban propio. En parte, sintieron el alivio de constatar que no habían sido la causa de tan desastrosa herencia en su queridísimo hijo aunque permanecían inmersos en un mar turbulento de dudas y desazón ante el porvenir  tan poco esperanzador que se le presentaba.
La peor parte se la llevó él pero, ya no le quedaban fuerzas para cargar con nada más. La propia bestia le había dejado tan abatido aquella vez que no podía ni pensar. ¿Cómo seguir adelante cuando se sabe que todo intento será vano? ¿Qué esperar ya de lo que tuviera que venir? La bestia lo borraría todo de una sola pasada y él estaría condenado, como Sísifo, a volver a empezar una  y otra vez una tarea que no tendría nunca fin, una tarea sin sentido que no podría concluir jamás.

   El tiempo pasaba y la bestia seguía asomando, dejando su conocido rastro de destrucción y hundiendo cada vez más y más las esperanzas de aquel ser, abrumado por la impotencia de verse vencido una y otra vez  por aquella en cada ocasión  que esta  aparecía. Había perdido la cuenta ya de las veces que había pensado en…… No, nunca darse por vencido. Alguna manera habría de salir de aquel laberinto; de encerrar a la bestia o de confundir su camino para que no llegara a su destino.
Con este ánimo renovado, cansado como estaba de una vida sumisa y gris en la que el miedo a la recaída lo inundaba todo y cualquier gesto fuera de lugar le recordaba la cercanía de la misma, consideró llegada la hora de enfrentarse a quien hasta ahora le había dominado buscando otras personas que se encontraran en situación similar y pudieran entender sus miedos y dificultades.

   Aquello fue difícil al principio puesto que al contrario de lo esperado no se sintió tranquilizado al compartir sus problemas con los demás, afectados al igual que él por una enfermedad maldita que les tenía acorralados y con sus fuerzas menguadas por el temor de desatar la ira de la bestia. A punto estuvo de abandonar el grupo de ayuda varias veces pero, afortunadamente, siempre encontraba una excusa para volver.
Sus recaídas se convirtieron en menos dolorosas y cada vez encontraba un nuevo sentido al hecho de compartir con otros sus sensaciones o sus temores porque ayudaban a los que llegaban nuevos, como él lo había sido en su momento, a mitigar parte de su negatividad  perdidos como estaban en ese mundo oscuro donde no se vislumbra luz alguna por donde salir. Se sentía bien ayudando a los demás a comprender lo que les pasaba y les enseñaba pequeños trucos que sirvieran tanto para reconocer los síntomas de la inminente recaída como aquellas percepciones engañosas que les ponían en riesgo de padecerla.

   Su vida comenzaba a tomar un nuevo giro y hasta comenzó a creer que sería capaz de someter a su bestia interior. Centró sus acciones en la ayuda a los demás y paulatinamente fue asumiendo su propio destino dentro de una sociedad en la que su enfermedad no encajaba pero contra la que luchaba y a la que iba venciendo con pasos lentos pero firmes. No es que esta se diluyera sin más. El sabía que su enfermedad seguiría acompañándolo hasta el final de sus días pero ahora era capaz de controlarla con mayor rigor conforme mantenía sus rutinas y se ajustaba a la estricta medicación que le causaba efectos secundarios no deseados con los que también debía luchar para no abandonarla. No, no era nada fácil seguir aquella vida; pero él la prefería mil veces a todos aquellos años pasados en la oscuridad sin perspectivas ni deseos de tenerlas.
Acabaría dominando a la bestia. Esa era su meta y lo que le mantenía vivo.
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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #19 en: 27 Diciembre, 2014, 08:15:47 am »
AMALIA

   Soñando con un porvenir mejor del que se avecinaba había decidido, no sin innumerables dudas e indecisiones, que reuniría el dinero suficiente para adquirir el regalo estrella de aquellas navidades: un mundo a la medida. Si, un mundo a la medida era lo que necesitaba harta como estaba de tanta vida monótona y aburrida que le cansaba con su largo desfile de rutinas cotidianas a cual más anodina. Cambiaría esa vida “normal” por otra artificial pero mucho más emocionante y vital.
Una compañera suya, que ya lo había experimentado, le había recomendado esas “vacaciones” como método excepcional contra la monotonía cotidiana siendo ella misma una protagonista en el mundo que mejor se adaptara a sus deseos y necesidades. De haber sido en otro momento de su vida no le habría hecho mucho caso, porque aquello de las experiencias virtuales nunca le pareció que fuera a resultar ni medianamente interesante comparado con la experiencia real (¡Cómo comparar las percepciones y sensaciones de una con la otra!) pero sucedió que por aquellas fechas se encontraba en cierto bajón emocional que la empujaba hacia el desánimo y a buscar una alternativa externa a ella misma que le hiciera salir a flote de nuevo. No tenía claro que fuese a resultar pero, quién sabe;¡ Por probar que no quede!

   Pasaron varias semanas antes de decidirse por aquella opción que preveía como extravagante y, lo más probable, inútil para un espíritu que como el suyo era de vivir lo tangible, nada de supuestas realidades que confunden las percepciones pero sin lograr despertarlas del todo. Ella, como Santo Tomás, debía ver, y tocar,  para creer. Eso de lo espiritual, lo virtual, lo ideal… todo eso estaba muy bien como medio de distracción puntual pero lo realmente importante era el poder entrar en contacto con la realidad física, palpable, para despertar todos y cada uno de sus sentidos. Eso era lo que le hacía sentirse viva y lo que realmente buscaba.
Con cierta desconfianza y el temor a sentirse timada, llegó a la puerta de entrada donde ningún cartel aparecía. Era el portal de un edificio cualquiera, de una vivienda cualquiera, en un barrio cualquiera. Esto le decepcionó un tanto porque esperaba ver un gran cartel anunciador de la maravillosa experiencia que se iba a vivir; un cartel colocado en una zona privilegiada y estratégica para llamar la atención de toda persona que pasara por allí y conseguir así más adeptos a la causa. Aquí el marketing no se prodigaba ni era algo fundamental. No le pareció que fuera una buena señal; aquello tenía pinta de timo se mirara por donde se mirara así que decidió salir de allí y sin pensarlo más giró sobre sus talones y subió calle arriba rumbo al metro.

   Pasados los días, se volvió a encontrar con su antigua compañera quien le preguntó por la experiencia que le recomendara en su último encuentro a lo que respondió con un bufido de desprecio seguido del escueto relato de su llegada a la puerta de aquel edificio y su disposición a abandonar inmediatamente su anterior idea ante lo que consideraba una auténtica tomadura de pelo.
Su compañera respondió perpleja que aquello no podía ser porque le había visto firmando el consentimiento de entrada y exención de responsabilidades. Había entrado a  trabajar allí  hacía un par de semanas y fue ella misma la que le prestara el bolígrafo para la firma.
Aquello sí que no se lo esperaba; Había entrado. ¡ Había firmado, qué?

   Su compañera se había tenido que ir pero no quiso dejarla allí en aquel estado por lo que se ofreció a llevarla a su hotel.”¿Hotel? ¿Vivo en un hotel? ¿Desde cuándo?”
Aquello empezaba a ser surrealista. No entendía qué podría estar haciendo ella en un hotel pero, como seguramente todo sería parte del absurdo juego al que su compañera había tratado de engancharla,  le siguió la corriente para ver hasta dónde llegaba la ficción. Ahora entendía ciertas cosas. Aquella muchacha, a la que conocía apenas de un curso que habían compartido en otra época,  trataba de  hacerle creer que había entrado en el edificio y que había dado su consentimiento para…. ¿Qué, concretamente?
Bueno, fuera lo que fuese, acabaría desmontándose en breve en cuanto llegaran al supuesto hotel y no hubiera habitación para ella; Estaba deseando conocer cuál sería la nueva estratagema o cuándo pararía y se dejaría descubrir el engaño.

Le recordaba a aquella película que viera en su momento… ¿cuál era?… Creía recordar que era algo de un juego en el  que un Michael Douglas maduro y convertido en rico hombre de negocios se veía envuelto en una trama totalmente inesperada con un final sorprendente cuando cae por aquella cristalera a una habitación donde le ofrecen una fiesta en su honor. O aquella en la que un Eduardo Noriega confuso y fuera de sí trataba de dar coherencia a un mundo que se le escapaba en una película de la que posteriormente los norteamericanos hicieran un “remake” para ofrecer su particular visión  cinematográfica. Incluso recordó aquella otra donde un conocido “Terminator”, junto a una casi desconocida Sharon Stone, protagonizaba una historia llena de aventuras  a cargo de una empresa generadora de experiencias inolvidables jugando con  la manipulación de los recuerdos personales.

   Se dejó llevar al hotel mostrándose tan sumisa y confusa como pudo mientras esperaba con placer anticipado el momento en que la realidad acabara por devolver las cosas a su sitio; después de todo, le estaba sacando partido a aquella situación; se encontraba más animada y su mente se distraía con otras ocupaciones ofreciéndole en conjunto una ligera sensación de bienestar que  hizo que se sintiera casi contenta por primera vez en  dos meses.
Además, como era plenamente consciente de que era una circunstancia pasajera y que en breve volvería a estar con los pies en la tierra, donde siempre había estado, se acomodó en su asiento paladeando la experiencia segundo a segundo y exprimiéndola hasta la última gota. El momento se aproximaba ya, como pudo comprobar cuando su compañera aparcó a la entrada del hotel y, sin bajarse, le despidió con un rápido deseo de que se mejorara. ¿Así era el final?¿Ahí acababa todo? ¡Vaya! Hubiera deseado que se prolongara por unos minutos más pero claro, no podría enfrentarse a una recepcionista de hotel que le negara la entrada. Aún así, una sonrisa de satisfacción apareció en su cara por los buenos minutos pasados. Al fin y al cabo, sí que tenían un buen marketing montado en esa empresa; Tenía que reconocer que de no ser tan terriblemente escéptica se hubiera ido corriendo a estampar su firma y a pagar lo que fuera necesario para que siguieran prolongando el montaje durante unas horas más. Era divertido salir de lo cotidiano sabiéndose segura con un billete de vuelta.

   “¿Va a entrar usted, señorita?” “No gracias; he olvidado algo”. El portero mantenía abierta la puerta de entrada franqueando  así su paso al interior donde una recepcionista muy atareada trataba de complacer tanto al cliente que solicitaba su pase en el mostrador como a quien atendía al teléfono, mientras tecleaba al ordenador en respuesta a un correo. Por un instante pensó en dejarse llevar y seguir simulando por un tiempo más que todo era real; Podía sentarse en el restaurante a tomar un café mientras decidía qué hacer aquella tarde pero su mente, tan racional como siempre, le impidió continuar con su ensoñación haciéndola consciente de inmediato de la hora que era y de la necesidad de volver a su casa a terminar las tareas pendientes.
Se encaminaba ya hacia la derecha cuando se quedó de piedra al escuchar cómo le hablaban desde lo alto de las escaleras con un tono de lo más familiar. “Como usted guste, señorita Amalia”. Aquello ya si que le parecía demasiado incluso para una broma. “Habrá que continuarla a ver hasta dónde nos lleva”, pensó y respondió al hombre que con una inclinación de cabeza daba por concluida la conversación. “Bueno; bien pensado, creo que subiré ahora a mi habitación”. El portero le dirigió una amplia sonrisa y abriéndole la puerta se desplazó a un lado para que pasara.

   Se paró indecisa delante de la recepcionista esperando a que esta cesara en su frenética actividad y le dirigiera una mirada que le resultara lo suficientemente convincente como para adivinar que no la reconocía; pero se equivocaba, no solo la reconoció sino que hablando en voz baja y dirigiéndose a ella mientras soltaba el teléfono junto al ordenador, le entregó sin esperar respuesta la tarjeta que le daba acceso a la que se suponía era su habitación.
Quedó allí paralizada por la sorpresa durante unos segundos hasta que reaccionó mirando el pase con extrañeza tratando de divisar algún número en él que le ayudara a identificar la habitación. Seguramente sería una tarjeta sin código que sobrara en el hotel. Empezaba a sospechar si no sería alguno de esos programas de cámara oculta porque la broma ya estaba durando demasiado; permaneció indecisa junto a los ascensores sin saber qué camino tomar hasta que un hombre muy amable  que bajaba de su habitación, reconociéndola, trató de ayudarla. “¿De nuevo perdida, Amalia? ¿Quieres que te acompañe a tu habitación?”

   Enrojeció al instante y no supo qué responder. ¿Sería verdad que ella era esa tal Amalia y que vivía allí? Así parecía, ya que no solo una sino tres personas le habían reconocido con ese nombre. Ya dudaba que todo aquello fuera una broma porque era demasiado aparatosa y se estaba prolongando demasiado. Mucho esfuerzo derrochado en un simple pasatiempo.
Mientras ella seguía avergonzada a aquel hombre que no paraba de hablarle con suavidad y cariño como si de una niña pequeña que se hubiera perdido se tratara, su razón  competía consigo misma por entender la realidad que se presentaba a su perpleja mirada. El hombre se paró delante de una puerta y le pidió que abriera la puerta pero ya no se sentía con ganas; todo estaba complicándose demasiado y no estaba segura de que pudiera afrontar una nueva sorpresa en su vida. Aún así trató de convencerse de que ya no podía haber más novedades y que lo más seguro sería que acabara allí todo con su cara aturdida mirando a una cámara mientras salían de detrás de un biombo  un grupo de personas que le resultaría familiar y quienes acabarían explicándole, entre risas, cómo habían maquinado aquel enredo, para gran alivio suyo.

   Abrió la puerta y entró en la habitación sin más sobresaltos despidiéndose con agradecimiento de aquel buen hombre que le había ayudado cuando lo necesitaba. Cerró la puerta tras ella y dirigió una rápida mirada en derredor percatándose de la ausencia de personalidad y la frialdad de lo que se ofrecía a sus ojos. Ninguna fotografía, ni libros ni pertenencia alguna que denotara que alguien ocupara aquel espacio que se veía triste y como abandonado.
De pronto se sintió tan cansada que sin pensarlo se tumbó en la cama donde quedó dormida casi al instante y solo despertó cuando notó cómo alguien estaba tirando de su brazo.
Trataban de ponerle un gotero de recambio porque el anterior se veía en las últimas. Su primera reacción fue retirar instintivamente el brazo y protegerse. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía en una camilla de hospital? ¿Dónde estaba su ropa?
Trató de hablar pero no pudo y miró aterrada a quien de nuevo trataba de tomar su brazo con fuerza insistiendo en que no se moviera.

“Cálmese, por favor. Necesito ponerle esto por su propio bien. Ahora entrará la doctora a reconocerla”. Dicho esto le tomó el brazo con firmeza aunque sin forzarla y retornó la aguja a su lugar original saliendo en silencio al igual que hiciera al entrar y dejándola en la más absoluta ignorancia sobre su estado. Se asustó y, al momento, se llevó la mano al costado por si encontrara algún indicio de que le hubieran abierto y extraído algún riñón o cualquier otra cosa como sabía sucedía a veces. Tras los extraños sucesos pasados experimentó de repente la angustia de no saber en qué situación se encontraba, ni quién era en realidad, ni si lo que estaba viviendo ahora mismo era real o tan solo era fruto de su imaginación. Lágrimas de desesperación y rabia se escaparon de sus ojos  sin poder contenerlas arrastrando consigo parte de su equilibrio emocional de modo que cuando entró la médico en la habitación su estado físico y mental era lamentable.

   La doctora habló con voz pausada y trató de asegurarse de que aquella persona reconocía su realidad mediante preguntas tan simples como cuál era su nombre, dónde vivía, cuál era el día de su cumpleaños… etc. Pronto comprendió que no iba bien encaminada porque las respuestas eran siempre una duda constante por lo que decidió probar suerte con otra pregunta que le ayudara a determinar con mayor precisión el grado de amnesia  que presentaba la paciente a cuya familia aún no habían podido notificar nada puesto que no se encontraron documentos que sirvieran para reconocerla.
“Por favor, dígame lo último que recuerda”… Esta frase despertó una vorágine de imágenes en su mente, sin orden cronológico ni coherencia en su secuencia que hizo que su abrumada cabeza no lo soportara más y prefiriera desconectarse  olvidando todo en un segundo. Se quedó bloqueada  no pudiendo recordar nada más.
Pero aún tuvo fuerzas para preguntar qué había pasado, dónde estaba y quién la había llevado allí. “Solo puedo decirle, por ahora, que tuvo un accidente y que alguien de forma anónima la dejó aquí a la entrada y desapareció una vez  se aseguró que la estaban atendiendo, sin dar ningún dato. Tal vez porque le atropellara él o tal vez porque la encontró en mal estado y por eso la trajo aquí. Sea como sea ni sabemos nada de usted (que no tenía bolso ni ninguna documentación encima y a quien apodamos Amalia para darle un nombre) ni de la persona que le trajo. Solo puedo decirle que sus heridas curarán y que podrá llevar vida normal.”

   ¿Vida normal? Aquellas simples palabras le hicieron tanta gracia que se echó a reír como una auténtica loca despertando el recelo de la mujer que tenía frente a ella quien pensó que no había medido bien su grado de estabilidad psíquica echando mano al timbre por si se las tenía que ver con una demente en pleno  episodio maníaco. Pero no hizo falta. Al poco se calmó y con voz más tranquila dándole las gracias a la doctora le pidió que si le podía recetar algo para descansar porque deseaba dormir y reponer fuerzas. Tal vez al día siguiente o cuando despertara empezara a recordar pero en esos instantes estaba tan contrariada que poco podía hacer más que descansar. Esta forma de razonar conformó a su interlocutora quien estuvo dispuesta a administrarle un tranquilizante siempre y cuando comiera algo antes. En apenas cuarto de hora servirían la comida y entonces podría comer y descansar. Dicho esto, abandonó la habitación que en ese momento permanecía silenciosa porque no tenía aún compañera de habitación.

   La mañana siguiente amaneció con cierto dolor de cabeza pero plenamente consciente de dónde estaba. Seguía sin recordar qué le había pasado, quién era o si lo último que recordaba era fruto de la medicación que le pusieran en el hospital al llegar. Su mente aún se mostraba torpe para recordar.
Una enfermera entró en la habitación y le saludó con voz animada mientras vigilaba que el gotero se mantuviera en buen estado. Esa voz le recordaba algo… era la de su compañera; la del curso; la que le había metido en aquel lío. La miró de frente y preguntó cuánto tiempo llevaba trabajando en ese hospital “Su cara me suena”, afirmó por toda explicación ante una pregunta tan personal.”Este es mi cuarto año y con suerte continuaré aquí por unos cuantos años más. Y es posible que me recuerdes de cuando te dieron la entrada. Yo fui quien te llevó hasta la cama y quien te colocó en ella. Yo y mi compañero Miguel. Puede que también lo recuerdes a él; te sujetó porque yo sola no podía contigo. Nos iba abriendo las puertas para que pudiéramos pasar”.  Claro, el portero.

   Solo quedaba por aclarar quién era la recepcionista y el hombre que le acompañó a su habitación. Seguramente otros enfermeros del hospital; tal vez del turno de noche. Le agradó saber que volvía a recuperar su vida. Todo había sido una mezcla de imágenes y sonidos producto del delirio provocado por  la medicación  y las personas que se habían ocupado de ella en su periodo de semiinconsciencia.
Pero aún faltaba por saber…. Quién le había llevado al hospital. Tal vez algún día lo descubriera. O tal vez no.
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Re:SOLO LETRAS
« Respuesta #19 en: 27 Diciembre, 2014, 08:15:47 am »

 


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